domingo, 30 de septiembre de 2012

Ciudadela, de Saint-Exupery


En la vorágine de los autores y los libros de autores consagrados por el canon, quedan arrinconados u olvidados en el margen de la historia de la literatura universal autores y libros. La memoria literaria tiene también su desván. Como sucede en la vida, escritores y títulos necesitan una segunda oportunidad. Nadie podría decir que Balzac es un escritor arrinconado, aunque tampoco se puede decir que es un éxito de ventas en Francia. Balzac es un clásico reconocido del que pocos pueden decir que no hayan leído Papá Goriot o Eugenia Grandet. Pero, ¿cuántos han leído Los chuanes o La obra maestra desconocida del mismo autor? Con Gustave Flaubert podría decirse otro tanto: se ha léido, por placer o por obligación escolar Madame Bovary, pero ¿Las tentaciones de Sant Antonio? Incluso si me apuran, ¿son muchos más los que han leído su libro póstumo e inacabado Bouvard y Pecúchet? Hemos leído Oliver Twist y Grandes esperanzas, pero ¿Casa desolada del mismo Dickens?
Ciudadela.exupery
 En este espacio que inicio hoy procuraré hablar de esos autores y libros que formaron parte de la educación de nuestra sensibilidad estética y ética. Libros y autores que vienen siendo desterrados por el empuje de un mercado que sólo sabe vivir de  la novedad más rabiosa. Y también por esa ignorancia literaria que se va haciendo casi natural en las nuevas generaciones de lectores. (Estamos invadidos de escuelas de escritura, cuando lo que haría falta son escuelas de lectura, talleres donde se desempolvara los grandes nombres menores que todas las grandes literaturas necesitan). Mucho hay que agradecer a esas editoriales pequeñas que se han instalado en los estrechos espacios que dejan en las librerías las grandes empresas o multinacionales del libro. Agradecerles que hayan hecho del rescate o la exhumación  su filosofía editorial. Siempre viene a mi memoria cuando en los años sesenta todos leíamos La isla de los pingüinos, del escritor francés Anatole France (premio Nobel, 1921). El libro se había publicado en ¡1908¡ Pero a nosotros nos interesaba, tal vez por ese uso demoledor de la parodia histórica, ahí era nada desmontar los grandes mitos y falsificaciones de la historia francesa. ¿Cuántos nuevos lectores conocen esta obra? La he releído y no ha envejecido ni un ápice.

 Hoy quiero hablar de un libro más que de su autor. Todo el mundo ha leído El principito de Antoine de Saint-Exupéry. Y todo el mundo tiene nociones sobre su vida y sobre su todavía enigmática desaparición en el Mediterráneo, durante una excursión aérea para localizar la aviación alemana casi al final de la segunda guerra mundial. Pero siempre me hago la misma  pregunta: ¿se conoce igualmente sus libros Piloto de guerra o Vuelo nocturno: verdaderos poemas sobre el arte del volar, el sentido del deber y la responsabilidad humanas? No hace mucho  pude ver en una librería la publicación de un texto suyo titulado Carta a un rehén. Si uno se fija bien, verá que “El principito” está dedicado a Leon Werth. Pues bien, Carta a un rehén es un texto de amistad a ese judío que pasa frío en París en plena ocupación alemana y que se llama Werth. Me alegró que los jóvenes tuvieran acceso a ese ejemplo de epístola clásica. Me sucede lo mismo con Ciudadela, el libro póstumo del autor. Que nadie, por favor, lo confunda con La Ciudadela de Cronin. Al libro de Saint-Exupéry  yo lo calificaría como el texto del fervor por todo lo humano. Escrito con un tono sentencioso y lírico, se acerca mucho a la reflexión bíblica. Así lo certifican el uso constante de parábolas. El autor francés escribió las primeras páginas y lo mostró en 1936 a Drieu la Rochelle: éste se mostró poco entusiasmado por lo leído. A Saint-Exupéry le afectó la indiferencia de su colega. Ese príncipe del aire parece que sólo podía escribir relatos de aventuras aéreas. Por tanto Ciudadela se convirtió, amén de su obra conscientemente póstuma, en su obra secreta. Leerla ahora es sorprenderse por la vigencia de su pensamiento. Saint-Exupéry busca en ese inclasificable texto el sentido profundo de la vida. Se hace preguntas capitales sobre la existencia y el valor de lo irrenunciablemente humano. Podría decirse que su estructura radica en su voz narradora, ese mágico personaje que descubre para sus semejantes el valor de la vida, una suerte de nuevo humanismo naciendo de las cenizas de lo que estaba siendo la segunda guerra mundial. Tiene también Ciudadela la estructura de los libros sagrados, el misterio de las plegarias en medio de los desiertos físicos y metafóricos. Libro de la soledad, de la belleza y las palabras, busca en el corazón de los hombres la razón de su radical existencia. Los banqueros de nuestros días deberían leer este libro: a lo mejor aprenderían, como exigía un poeta, a invertir parte de sus ruines ganancias en las grandes investigaciones del espíritu.

Fuente: J. ERNESTO AYALA-DIP

sábado, 29 de septiembre de 2012

Una deliciosa y mágica rareza de Dickens

Reino de Cordelia celebra los 200 años del nacimiento del autor británico reeditando el cuento La raspa mágica  ilustrado por Bedford

Uno piensa en Charles Dickens (Portsmouth,, 1812-Gadshill), 1890 y le vienen a la cabeza los grandes clásicos de larga extensión: David Copperfield, Oliver Twist o Historia de dos ciudades. Pero el novelista más emblemático de la época victoriana, es también autor de pequeños relatos como este La raspa mágica del que hoy hablamos. La pequeña editorial Reino de Cordelia celebra los 200 años del nacimiento de Dickens -festejados en todo el mundo con actos y reediciones- con la publicación de este singular cuento traducido por Susana Carral y con todas las ilustraciones originales de la edición original dibujadas por F. D. Bedford. El poeta, filólogo y traductor Luis Alberto de Cuenca, poseedor de una edición antigua de La raspa mágica comprada en Londres, es autor del prólogo.


Se publicó por primera vez en 1868, como segunda parte de las cuatro que conforman Novela de vacaciones en la revista estadounidense Our Young Folks y ese mismo año en su propia revista All Year Arround. Cobró 1.000 libras, una cifra desorbitada para la época pero que se explica porque para entonces era ya una figura reconocida que recorrió Estados Unidos como conferenciante. Lo que no se sabe es cuánto cobró Bedford, que ha pasado a la historia de la ilustración como el autor de las imágenes de Peter Pan y Wendy (1911) y doce años más tarde Cuento de navidad, del propio Dickens. Este años se han publicado dos volúmenes de cuentos de los colaboradores de All Year Arround, incluido él mismo (Una casa en alquiler y La señora Lirriper, en Alba) y Escenas de la vida de Londres (Abada editores) con las legendarias ilustraciones de George Cruikshank.

Raspa2     "Relato salido de la pluma de la señorita Alice Rainbird de siete años", reza el subtítulo de La raspa mágica. Alice supuestamente ha escrito el cuento y es, así mismo, su protagonista. Es la mayor de 19 hermanos, hijos de un rey -"el más viril de los hombres"- y una reina "la más hermosa de las mujeres". Pero, lejos de vivir en un palacio, el monarca es un médico funcionario al que la arruinada administración se demora en pagar. Un día en la pescadería se le acerca el hada Marina para decirle: "Cuando la hermosa princesa Alicia acepte compartir el salmón, como creo que hará, verá como deja una raspa en el plato. Dígale que la seque, la frote y la bruñe hasta que brille como la madreperla, y que la cuide, porque es un regalo que le hago yo".

La factura del libro hace pensar que ns encontramos ante un texto para niños exquisitamente ilustrado, pero su párrafo final que recuerda al de Blancanieves -en ese la madrastra es carbonizada al calzarse unos zuecos incandescentes- por su crudeza. Dickens dice así:

 Ya sólo falta, concluyó la hada Marina, acabar con la raspa mágica. 
Se la sacó a la princesa Alicia de la mano y, al instante, se fue volando para colarse en  la garganta del horrible doguillo de la casa de al lado -que siempre quería morder a alguien-, y ahogar, hasta que murió en medio de fuertes convulsiones.

Fuente: Elisa Silió

viernes, 28 de septiembre de 2012

El papel del libro electrónico


El dato no tiene pretensión estadística pero es elocuente. Lo aporta un amigo que ama leer y sabe observar con ánimo crítico sin perder el optimismo: en los subtes de Nueva York, donde cabría esperar que entre quienes disfrutan de la lectura se impusieran los dispositivos electrónicos (la oferta tecnológica es variada; los precios, convenientes, y no parece una invitación al robo exhibir un aparato sofisticado en el transporte público), se ven, sin embargo, tantos libros como tabletas. "La proporción es cincuenta y cincuenta", me dice.
Tal vez ciertos cambios, aunque radicales, no sean tan veloces ni excluyentes como nos apresuramos a creer. La Historia de la lectura y de la escritura en el mundo occidental , de Martyn Lyons, que Editoras del Calderón acaba de publicar en castellano permite sacar algunas conclusiones interesantes al respecto. El trabajo de Lyons se orienta a desarmar ciertos tópicos que se han cristalizado en mito, o van camino de hacerlo. Por ejemplo, el efecto revolucionario que tuvo la imprenta. En la relación del lector con el texto, Lyons establece cinco hitos, que interesan para valorar el momento actual. El primero es la invención del códice, que reemplazó al rollo y dio al libro la forma que conserva hasta la actualidad. El segundo, la invención medieval de la lectura silenciosa; el tercero, la imprenta; el cuarto, la industrialización del libro y el quinto, la aparición del texto en soporte digital. Y es, justamente, el libro electrónico la innovación a la que atribuye un poder transformador mucho mayor que el de la imprenta. Según Lyons, la imprenta no alteró la vida de la gente común, y no introdujo cambios en la forma y el soporte de los libros. La computadora sí lo hizo.

Pero dirige a sus colegas una advertencia que vale para todos: "Los historiadores nunca deben fiarse de la falacia tecnológica; es decir, del postulado de que la innovación tecnológica es, en sí misma, un factor determinante del cambio histórico. El contexto, y en este caso los lectores, también pesan". Y los lectores que frecuentan el papel parecen dar testimonio del augurio de Lyons: "La cultura escrita tradicional no corre ningún peligro de extinción. Aún ejerce el poder supremo en la esfera educativa. La producción de libros crece en todas partes. Se lanzan 40.000 títulos por año en Japón, el país con la mayor densidad poblacional de lectores del mundo y cuya sociedad es más conocida por sus computadoras en miniatura". En Nueva York, mi amigo llegó a la misma conclusión por la vía práctica. En la ciudad donde casi todo se puede hacer con tarjeta de crédito, él pagó en efectivo y no encontró un solo gesto de sorpresa, ni una sola sugerencia en favor del dinero plástico. Eso lo llevó a sopesar los dos objetos -de valor claramente diferenciado- que todavía circulan en papel: "Si siguen existiendo los billetes -argumenta intuitivamente-, ¿cómo no van a existir los libros?".
Fuente: Verónica Chiaravalli, La Nación

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Virginia Woolf o el pez melancólico



Alguien la comparó con un pez melancólico, encerrado en una pecera, en una sofocante sala victoriana, pugnando por salir de su prisión; pero ¿qué le pasaría al pez fuera del medio en que transcurrieron sus primeros años? Irene Chikiar Bauer ha invertido siete años de trabajo y novecientas páginas para responder a esa pregunta, en esta monumental (en todas las acepciones) biografía crítica de la célebre escritora inglesa, de quien los lectores argentinos tenemos una imagen magistralmente trazada por Victoria Ocampo. Imagen idílica, donde Virginia asume la figura melancólica de una ninfa de Burne-Jones, tal como la retrató Gisèle Freund en una sesión fotográfica abusivamente tramada por Victoria y en vano resistida por la autora de Orlando.
Virginia: ¿fue realmente así, ese ente casi inmaterial que en las imágenes de Freund parece una ondina hecha de pura luz? Otra pregunta a la que la señora Bauer suministra un haz de respuestas que enfocan a la biografiada desde todos los ángulos posibles: el puramente literario, desde ya, pero aderezado por incursiones en la fisiología, la psicología, la política, la sexualidad, los antepasados. El método elegido es el desmenuzamiento, año tras año (siguiendo la pauta fijada por Virginia misma en sus famosos Diarios) y casi día tras día, de las actividades de esta mujer singular que es, sin duda, la escritora inglesa más famosa de todos los tiempos. A la vez, se analiza cada uno de sus libros, cómo se gestó, de qué se trata, la recepción que tuvo y su posteridad. En un ámbito poco propicio, en general, a este tipo de trabajos (la biografía no es un género cultivado en lengua española -argentina, en este caso- con el fervor con que se lo practica en inglés y en francés), el libro de la señora Bauer es comparable, en calidad y erudición, con la mejor producción exterior. Sobre todo, teniendo en cuenta la cantidad de bibliografía ya existente sobre el tema.

La historia empieza, como es debido, con los antepasados, entre los cuales asoman cortesanos de Luis XVI y personajes de las diversas etnias que han compuesto el pueblo británico. Lo más concreto e inmediato es el casamiento, el 26 de marzo de 1878, de dos viudos: Julia Jackson, nacida en la India en 1846, de padres ingleses, viuda de un tal Duckworth, de quien tuvo tres hijos -Gerald, George y Stella-, y Leslie Stephen, que había enviudado de Minnie Thackeray, hija del célebre novelista autor de Feria de vanidades. En una sociedad tan estrictamente jerárquica como la inglesa, la nueva pareja ocupaba el rango de "clase media alta londinense", o sea, el nivel inferior de la alta burguesía. En otras palabras, gente de buen pasar, cultivada y refinada, con intereses culturales mucho más elevados que los de la aristocracia, pero que sabían mantenerse dignamente dentro de sus límites, de los que eran conscientes al parecer sin resentimiento. Los Stephen-Jackson tenían parentesco lejano con algunos nobles, y toda su vida Virginia Woolf se sintió atraída por la aristocracia, sin dejar de verla, a la vez, con críticos ojos burlones. El nuevo matrimonio tuvo cuatro hijos, en este orden: Vanessa, Thoby, Virginia y Adrian. Vivían -con su propia prole y los tres Duckworth- en un caserón de Hyde Park Gate, que Virginia desde chica bautizó "la jaula": grandes ambientes oscuros (el terror a las famosas corrientes de aire), con boiserie de roble tallado, enormes muebles, alfombras y tapizados espesos, plantas voluminosas, innumerables adornos y bibelots de todo tamaño. En suma, el ornato victoriano. Los Stephen recibían a menudo, con elegancia ("Vanessa y Virginia jamás olvidaron el código para servir el té", anota la biógrafa), a personajes importantes del mundo cultural: Thackeray, desde ya, y Dickens, Henry James, Lewis Carroll, los pintores Watts y Burne-Jones. Todos ellos servían de modelo a una tía abuela importante, Julia Cameron, la fotógrafa que Virginia evocaría, años después, en su obrita de teatro Freshwater.

Leslie Stephen (que a su tiempo recibiría el título de sir) había fracasado en su intento de seguir una carrera universitaria, pero su pasión por la cultura -las letras, sobre todo; no era ducho ni en pintura ni en música, que no le interesaban- lo llevó a destacarse hasta el punto de que se le confió, desde muy joven y hasta sus últimos años, la dirección del monumental Diccionario Biográfico Nacional. Julia, en cambio, mostraba sensibilidad para todas las artes, pero como mujer ejemplar de su tiempo, vivía tan sólo para criar y educar a sus hijos, manejar con destreza la complicada vida doméstica de entonces y ejercer la beneficencia. Era, según Virginia, la perfecta encarnación de lo que los victorianos llamaron "el ángel del hogar". Capaz también (siempre en palabras de su hija menor) de entrometerse en las vidas ajenas -sobre todo en materia de noviazgos y casamientos- y de arruinarlas, sin intención pero con denuedo: "Ella me hubiera coartado la carrera de escritora, me hubiera sofocado", exclama Virginia con incontenible exaltación.

Los cuatro hermanos Stephen mostraron desde chicos sus capacidades. Comenzaron por editar (es un modo de decir) una suerte de gaceta o boletín doméstico, The Hyde Park Gate News, escrito sobre todo por Thoby, donde daban cuenta de la actividad cotidiana del caserón y opinaban sobre lo que pasaba en el mundo, con ilustraciones de Vanessa que anticipaban su futuro como pintora reconocida. Las notas de Virginia -a quien sus hermanos bautizaron "la Cabra"- se destacan, desde la primera infancia, por la agudeza y el humor irónico: era, sin duda, la favorita de su padre. El gran acontecimiento de esos años era el traslado de la familia en pleno, con domésticos y mascotas incluidos, a la población costera de St. Ives, en Cornwall, donde alquilaban una casa llamada Talland House. En la memoria de los cuatro, quedó para siempre como la imagen del paraíso perdido. Allí daban rienda suelta a sus bríos juveniles, reprimidos en Londres por la severa disciplina victoriana, y disfrutaban de la naturaleza, a la que también el padre, Leslie, amaba con pasión. Era un hábil pescador, y sus andanzas y las de sus hijos son la materia de una bellísima novela de Virginia, Al faro (1927), cuyo personaje principal, la señora Ramsay, es en realidad Julia Stephen. No tenemos por qué dudar -dada su habitual y a veces desconcertante franqueza- de la honestidad de Virginia cuando nos revela que ya desde muy chica, al ver y oír el mar (experiencia inolvidable), sentía que "todo lo que se viera, se oiría al mismo tiempo". Empezaba la persecución de lo que obsesionaría a los escritores de su generación que revolucionaron el arte de narrar: capturar la simultaneidad de lo real, las múltiples sensaciones e impresiones que asedian al hombre contemporáneo, tal como procuraron expresarlo John Dos Passos (Manhattan Transfer), Joyce (Ulises) y hasta, a su modo, Proust en la Recherche, y Virginia misma en La señora Dalloway.

También en Al faro hay un momento -sublime, en verdad- en que se revela la sustancia inasible y misteriosa del tiempo. La señora Ramsay está sirviendo el almuerzo, el comedor bulle de juventud, de alegría, reluce la luz del verano. El ama de casa se da vuelta para ir a la antecocina a buscar más comida, y en el instante en que pasa del deslumbramiento a una relativa penumbra, sobre ella cae, como un mazazo, la revelación de que lo que acaba de ver, un segundo antes, ya es el pasado.

Julia murió joven (no lo era, para la época), a los 49 años, el 5 de mayo de 1895. La desolación más absoluta cundió en la familia, que desde entonces quedó signada por una melancolía que percibieron todos los que frecuentaron a los Stephen. Sobre todo Leslie, hombre caprichoso y testarudo, incapaz de adaptarse a cambio alguno en sus rutinas: fue, desde entonces, el fantasma de sí mismo, volcándose en sus hijas, que muy al contrario advertían el arribo de una época tumultuosa y mucho más libre. Otras muertes perfeccionarían la tristeza: Stella Duckworth, la medio hermana mayor que en cierto modo intentó reemplazar a Julia, murió poco después de casarse con Jack Hills, un amigo de la familia que a partir de entonces se convirtió en un peso muerto para sus cuñadas, a las que siempre estaba criticando y aleccionando. La mayor pérdida fue la de Thoby, al regreso de una excursión que los cuatro Stephen y una íntima amiga, Violet Dickinson, emprendieron a Grecia en el otoño de 1906. El viaje en sí fue en gran parte una decepción: pensaban encontrarse con la antigüedad clásica y vieron, en cambio, un país empobrecido y decadente, aunque pródigo en ruinas ilustres y paisajes admirables. Ninguno se sintió bien, ya fuere por el agua, la comida o el precario alojamiento. Thoby y Adrian volvieron antes a Londres, donde el mayor cayó en cama y murió, de fiebre tifoidea, el 20 de noviembre de ese año. Ese hermano quedó para siempre, para Vanessa y Virginia, como un dios olímpico que hubiera condescendido a pasar un breve lapso entre los humanos y regresado a su reino.
Fue también Thoby quien les presentó a las hermanas los compañeros de estudios en Cambridge que compondrían el famoso Grupo de Bloomsbury, el barrio bohemio al que los Stephen se mudaron cuando murió sir Leslie en 1904. Su muerte fue la liberación definitiva: Vanessa, en su condición de artista plástica, se encargó de levantar el caserón de Hyde Park Gate, pintar de blanco deslumbrante las paredes de la nueva casa -el 46, Gordon Square-, ubicar en ellas sus propios cuadros (admiraba a Matisse y los fauves), distribuir algunos muebles y adornos valiosos: tenían ahora luz eléctrica, agua caliente a discreción y calefacción a carbón. La mudanza a Bloomsbury escandalizó a los parientes más convencionales: no era un barrio elegante sino más bien de mala fama, pero les gustaba a las Stephen, que se consideraban "por naturaleza, exploradoras y revolucionarias".

Los compañeros de estudios de Thoby en Cambridge, enrolados en una suerte de sociedad secreta universitaria llamada Los Apóstoles, eran, principalmente, Lytton Strachey, Clive Bell, Leonard Woolf, Desmond MacCarthy, Maynard Keynes y Saxon Sydney-Turner. Comenzaron a reunirse los jueves al anochecer en la casa de Gordon Square, y siguieron haciéndolo tras la muerte de Thoby. Con total libertad de pensamiento y de palabra, conversaban acerca de "todo lo humano y lo divino", empezaban a publicar, aquí y allá, en diarios y revistas (Virginia lo haría desde 1904, en el Guardian de Manchester, luego en The Times Literary Supplement y otros medios), algunos conseguían editar sus primeros poemas y relatos. Lentamente se fueron haciendo camino y formando a sus lectores: el Grupo de Bloomsbury terminaría siendo el de mayor influencia literaria en la Inglaterra de los años 10 a los 30 del siglo XX, y sus veredictos eran aguardados con ansia (y terror) por los escritores noveles.

El 29 de mayo de 1912, Virginia se comprometió en matrimonio con Leonard Woolf, en lo que su sobrino, Quentin Bell (el segundo hijo varón de Vanessa con Clive Bell), califica, en la biografía de su tía famosa, como "la decisión más sabia de su vida". El libro de Irene Chikiar Bauer vuelve una y otra vez sobre el tema: ¿por qué esta hija de la alta burguesía londinense (dentro de los límites más arriba señalados), admiradora de la aristocracia, se casa con un judío pobre, para nada apuesto -ella, que manifestó siempre pasión por la belleza física, de la que Thoby habría sido un modelo ideal- y dotado de una familia a juicio de Virginia impresentable? Veintinueve años estuvieron juntos y, tal como surge de los Diarios, de la correspondencia y de los recuerdos de Leonard, fueron años en su mayoría felices, con absoluta fidelidad de parte de él (no tanto de ella, como veremos) y abnegación para soportar la frágil salud física y mental de su mujer, sometida desde chica a frecuentes ataques de pánico, con síntomas cercanos a la locura, tan temida. Sin olvidar un tema fundamental: se trató mayormente de un matrimonio blanco, Virginia nunca disfrutó del sexo con su marido y se lo hizo saber bien temprano. Él se resignó y se dedicó a rodearla de cuidados y precauciones semejantes a los que se tienen con materiales de alta peligrosidad. La conclusión sería que es el caso, excepcional, de una unión intelectual que logra sublimar la sexualidad, transformándola en una amistad amorosa sobre la base de compartir criterios de excelencia -y, por lo tanto, de exigencia- en cuanto al arte. Tuvieron en común, además, una casa editorial, la Hogarth Press, que les dio, con el tiempo, suficiente holgura económica como para editar los libros que se les antojara, empezando por los de Virginia y los "bloomburianos", casi siempre con tapa e ilustraciones de Vanessa. Esta última, sin divorciarse nunca de Clive Bell (quien aspiró antes a la mano de Virginia y siempre la cortejó, para gran diversión y tedio de ella), trabó una larga y compleja relación con el pintor Duncan Grant, un bisexual que llevó a la práctica, con fervor, uno de los principios rectores de Bloomsbury: todos se acostaban con todos (menos Virginia, fiel a su nombre), y así Grant fue amante de Strachey y de Keynes, y engendró con Vanessa una hija, Angelica, a la que Bell dio su apellido.

Vanessa bell, retrato de Virginia Woolf
Tras sucesivas mudanzas e idas y vueltas entre Londres y el campo, los Woolf se instalaron en Rodmell, una aldea al sur de Lewes, en una casita del siglo XVII, sin agua corriente ni cuarto de baño, Monk's House, a la que fueron añadiendo comodidades a medida que prosperaban: los sucesivos libros de Virginia, a partir de su primera novela, Fin de viaje (1915), se vendieron muy bien y empezó a ser conocida y editada en Estados Unidos, país al que, sin embargo, siempre se negó a ir, por más que le ofrecían sumas siderales por hacer giras de conferencias.
Irene Chikiar Bauer reseña el proceso de creación de cada uno de los libros -novelas, ensayos- que hicieron famosa y próspera a Virginia, y que el lector argentino ha conocido sobre todo a partir de las ediciones de Sur, continuadas por Sudamericana. Fue Victoria Ocampo la que instaló entre nosotros el culto de la Woolf, a quien conoció -mejor dicho, persiguió hasta alcanzarla- en una exposición en Londres, en 1931. El comienzo de la relación no fue auspicioso. En su Diario, Virginia habla de una "rastacueros [sic] sudamericana", que sin cesar la abruma con referencias a la pampa, las estancias, la flora y la fauna de esas tierras, todavía por entonces exóticas. Comenta su piel sonrosada ("como duraznos conservados bajo vidrio") y sus aros de perlas ("como si las avispas hubieran depositado allí sus huevos"). Y por una asociación común en la época, confunde la Argentina con Brasil y ve a Victoria rodeada de un halo de mariposas. Así empezó una amistad que fue afianzándose por cartas -ambas eran ávidas corresponsales- y amenazó romperse en 1938, cuando "la Okampo" (así escribió siempre Virginia el apellido) introdujo de contrabando en la residencia londinense de la escritora, en Tavistock Square, a la fotógrafa Gisèle Freund, empeñada en retratar a la Woolf, que detestaba que la fotografiaran y mucho más figurar en un catálogo de celebridades que Freund llevaba consigo como señuelo para atraer a las personalidades del momento.

¿Fue Vita Sackville-West el gran amor de la vida de Virginia? Otra incógnita que este libro intenta dilucidar. Desde la infancia -"poliforma perversa" según Freud (a quien Leonard y Virginia visitaron, en 1938, en su exilio londinense)- la escritora admiró por igual la hermosura y sobre todo la gracia y la distinción, tanto de hombres como de mujeres. Cuando Vita, descendiente de una antigua familia noble, criada y residente en el espléndido castillo de Knole, empezó a perseguirla declarándose su admiradora más ferviente, Virginia se sintió por demás halagada y respondió con entusiasmo al asedio. Vita estaba casada y tenía hijos con un diplomático renombrado, Harold Nicolson, pero tanto él como ella vivían sus vidas amorosas con total independencia. Él también era bisexual, con marcada preferencia por los hombres, pero nada de esto impedía que se llevaran bien, como buenos amigos, y comentaran francamente sus respectivos romances. La relación con Vita -una mujer majestuosa y muy bella, con un dejo exótico debido a una abuela gitana española, Pepita, a la que su nieta dedicó un libro encantador- fructificó en la más famosa novela de Virginia, Orlando (1929), la historia de un noble apuesto y poeta inglés, nacido en el siglo XVI, que enamora a la ya vieja reina Isabel I; Orlando vive para siempre y a través de los siglos (en algún momento se transforma en mujer, mientras es embajador en Persia) escribe su magno poema, "El roble", una descripción de los amados paisajes de su patria. El éxito fue colosal: Al faro vendió 3873 ejemplares en el primer año; Orlando vendió 8104 en el primer mes. De paso, Irene Bauer advierte sobre algunos errores en la canónica (y admirable) traducción de Borges.

Ni la fama ni la fortuna lograron sustraer a Virginia de un final trágico, que pareció estar siempre inscripto en sus genes. La muerte de su sobrino mayor, Julian Bell, en la Guerra Civil Española, fue como el eco, amplificado, del inacabable duelo por la muerte de Thoby. La salud mental de la escritora se tornó cada vez más inestable, con el agravante de que era consciente del deterioro y lo consignaba puntualmente en su Diario. El estallido de la Segunda Guerra, en 1939, precipitó el fin: casi segura de que los bárbaros -los nazis- triunfarían finalmente, y segura también de que iba en camino a la locura definitiva, se ahogó voluntariamente en el río Ouse, cerca de Monk's House, el 28 de marzo de 1941. Leonard la sobrevivió largamente, dedicado a preservar su memoria, ordenar y revisar la publicación de la correspondencia y las memorias.

Al cabo de las novecientas páginas, el lector siente pena de despedirse de tan grata compañía: una mujer extraordinaria, una prodigiosa escritora y un libro dotado de algo que va siendo raro en estos tiempos informáticos: una prosa elegante y precisa, sin vulgaridad y sin inútil retórica.

Fuente: Ernesto Schoo, La Nación

lunes, 24 de septiembre de 2012

La narración total e incesante

Foto autor
Sergio Ramirez

Pese a las malas lecciones, el libro de la historia seguirá abierto para ser reescrito. Es probable que los libertadores se conviertan en tiranos, pero lo que viene a importar es cada momento en que se piensa el futuro, y se trata de hacerlo realidad. Es lo que cuenta para Baltasar Bustos, y es lo que cuenta para Fuentes, quien además lo imagina como novelista con pasión desbordante. La lección es que toda lucha es incesante. Los ideales no terminan nunca de cumplirse pero siempre valdrá la pena pelear por ellos, y la escritura lo único que hace es tratar de navegar en las aguas agitadas del curso de los acontecimientos. Ideas, sueños, acciones, todo va siempre desbocado. Baltasar Bustos persigue a través de América a Ofelia Salamanca, una mujer que a la vez es la historia, la historia donde los próceres terminan siempre en el pudridero, enfrentando el pelotón de fusilamiento sentados en un taburete, como última merced, y por último, sus cabezas de bronce cubiertas por los excrementos de los pájaros en la plaza pública.
De Fuentes, en la hora de su muerte, me queda el haber aprendido mi devoción por la narración total e incesante que él quiso seguir haciendo sin tregua hasta la última hora, sabiendo que debía robarle tiempo al tiempo, viajando de un lado a otro del continente, como Baltasar Bustos, con la imaginación encendida a cuestas. Y me queda su ejemplar devoción, no menos incesante, por la ética, convencido de que las convicciones existen para defenderlas, y que uno tiene la obligación de no callarse nunca. Fuentes queda de cara al futuro, de pie en esa frontera entre el papel del escritor y el papel del ciudadano, entre la imaginación y la convicción. 

Sobre el autor

Sergio Ramírez nació en Nicaragua en 1942. Publicó su primer libro Cuentos, a los veinte años. Participó en la lucha para derrocar la dictadura Somoza y formó parte del gobierno revolucionario, del que llegó a ser vicepresidente en 1985. En su obra literaria figuran, entre más de una treintena de libros, Castigo divino (1988), Premio Internacional Dashiel Hammett de Novela; Un baile de máscaras (1995), Premio Laure Bataillon a la mejor novela extranjera en Francia en 1998; Margarita está linda la mar,  Premio Alfaguara de Novela 1998, y Premio Latinoamericano José María Arguedas en el 2000. Así también Cuentos completos (1998), con prólogo de Mario Benedetti; Adiós Muchachos, memoria de la revolución sandinista, (1999); el libro de cuentos Catalina y Catalina (2001); Mentiras Verdaderas (2001) y El viejo arte de mentir (2004), ambos sobre la creación literaria (2001); las novelas Sombras nada más (2002) y Mil y una muertes (2004); Señor de los Tristes, ensayos sobre escritores y escritura (2006), El reino animal, cuentos (2006), Tambor olvidado, ensayos (2007), El cielo llora por mí (2009) y La fugitiva (2011).

domingo, 23 de septiembre de 2012

El boom editorial de Clarice Lispector


Clarice Lispector
La obra de la escritora, dramaturga y periodista brasileña Clarice Lispector conoce en estos días una cantidad de ediciones inéditas y de reediciones que la sitúan a la vanguardia de la literatura en portugués, desde sus primeros artículos a las obras experimentales cercanas a su final.
Su caso es atípico: no es sencillo deducir de esa escritura una voz femenina que no se confunda con una mímesis masculina. En esa dificultad se cifra una posición que no se deja regular por las taxonomías al uso. Sin embargo, ¿quién dudaría que escribe una mujer?

Lispector nació en Ucrania en 1920; a los 2 años, su familia se instala en Brasil, donde falleció en 1977 víctima de un cáncer. Su primera novela, escrita a los 24 años, Cerca del corazón salvaje (1944) la hizo merecedora del premio Graça Aranha. Después de publicar La manzana en la oscuridad (1961), la crítica literaria brasileña la situó, junto con João Guimarães Rosa, en el centro de la ficción de vanguardia.
En su obra —donde aparece un uso intenso de la metáfora y atmósferas íntimas— se destaca Cerca del corazón salvaje, La hora de la estrella, Correo femenino, Aprendiendo a vivir y Para no olvidar.

Además, La pasión según G.H., La manzana en la oscuridad, Aprendizaje o El Libro de los Placeres, Felicidad clandestina, El vía crucis del cuerpo, Revelación de un mundo, La araña y Donde se enseñará a ser feliz.

La escritora —en el mundo de habla hispana— está siendo publicada por distintas casas editoriales: Corregidor, El Cuenco de Plata, Adriana Hidalgo Editora y Random House Mondadori (en la Argentina); por Siruela, El Aleph y Grijalbo (de España), y Monte Avila (de Venezuela).

La novedad es que la distribuidora argentina Grupal, en coedición con Siruela, está empezando a hacer los libros de Lispector en la Argentina. En diálogo con la agencia Télam, Silvina Fernández, gerente editorial de la distribuidora, confirmó que “empezamos a producir sus libros en la Argentina. Los precios son relativamente accesibles. Y el catálogo es importante”.

Por cierto, las coediciones de Grupal con Siruela “conocen cierto auge, porque los libros de Lispector —hasta hace muy poco— eran prácticamente inhallables. Pero la cuestión no se agota en su obra”.

La empresaria no ignora que esos libros “no son de tiradas enormes, pero Lispector es una escritora clave, y no tener acceso a sus textos sería imperdonable. Sería imperdonable perder el contacto con los lectores.

Grupal-Siruela acaba de lanzar al mercado los Cuentos reunidos y Donde se enseñará a ser feliz y otros escritos, que incluye una entrevista que la brasileña dio a un diario y una obra de teatro, La pecadora quemada y los ángeles armoniosos, además de una serie de crónicas periodísticas inéditas.

La entrevista es de 1976, diez años después del accidente que casi le cuesta la vida (y le arruinó una mano) al punto de pensar, según sus dichos, en el suicidio; la depresión la volteó repetidas veces pero no le impidió escribir una de las cumbres de su obra: Agua viva, un monólogo, crónica y autobiografía de construcción tan artesanal como precisa.

“En la Argentina se han publicado muchas cosas mías y yo me quedé pasmada cuando llegué, no sabía que me conocían. Dieron un cóctel, 30 periodistas, hablé por la radio, medio teledirigida, porque era todo tan extraño, que actuaba casi sin saber. Ni noté que estaba hablando por la radio. Yo que sé. Una mujer me besó la mano”. Esa mano de Clarice Lispector.

Fuente: Zona literatura

sábado, 22 de septiembre de 2012

Emily Dickinson estrena nueva imagen


La historia se repite: hace tres meses investigadores británicos concluían que un retrato de Jane Austen a los 13 años era auténtico, ahora investigadores estadounidenses confían en que una fotografía recién descubierta de Emily Dickinson muestre a la poeta a los 30 años, en la plenitud de su carrera. Hace sólo un par de semanas hablábamos de la polémica de los escritores que compraban buenas críticas en Estados Unidos, y ahora en el Reino Unido el autor de best-sellers RJ Ellory confiesa que ha pecado, que durante años ha escrito buenas reseñas en internet para sus novelas... Y malas para las de sus colegas. 

Emily Dickinson
Emily Dickinson, a la izquierda, con su amiga Kate Scott Turner en 1859.
Empezamos: 

ESTADOS UNIDOS

Hasta ahora sólo se conocían dos imágenes de la enigmática poeta estadounidense Emily Dickinson: una pintura de ella cuando era niña con sus hermanos y un daguerrotipo de 1847, a la edad de 16 años. Y parece que habrá que sumar una tercera: según el Amherst College Archives and Special Collections, un daguerrotipo de 1859 pertenciente a un coleccionista de Nueva Inglaterra muestra a Dickinson a la edad de 30 años con su amiga Kate Scott Turner. Esta fotografía ha sido sometida a múltiples pruebas y todo parece indicar que sí, que Emily Dickinson era, en la treintenta, una mujer "serena". (vía Big Think, The Guardian)

Blake Bailey, prestigoso autor de las biografías de Richard Yates y John Cheever, firmará también la de Philip Roth. El pasado mes de junio ambos firmaron un acuerdo que concedía acceso ilimitado a Bailey a los archivos y la correspondencia del autor de Pastoral americana, a quien ya ha entrevistado en varias sesiones maratonianas. Tardará, calcula Bailey, entre ocho y diez años en terminar la biografía de Roth.  (vía Arts Beat / NYT)

MÉXICO

Aquí se puede leer el cuento Diez mil hombres de Patricio Pron, cortesía de Letras Libres. El próximo lunes, Pron conversará con Teju Cole en el CCCB de Barcelona. (vía Letras Libres)

BRASIL
En la próxima edición de la Feria de Frankfurt se presentará Machado, una nueva revista literaria que nace con la misión de promocionar la literatura brasileña. Los textos se publicarán en inglés y en español, y en el primer número se podrán leer los trabajos de 20 escritores brasileños contemporáneos. (vía Publish News Brazil)

ARGENTINA

El mercado del libro electrónico ya ha dado grandes pasos en Brasil, pero ¿qué pasa con el resto de Latinoamérica? De momento, ni Amazon ni Apple parecen atreverse a entrar en esos 19 mercados que suman casi 400 millones de lectores. Desde Buenos Aires, Julietta Lionetti se plantea la pregunta en Publishing Perspectives, apunta las razones de sus reticencias -"los datos nunca han sido el punto fuerte de los países de habla hispana, a este lado del Atlántico, la aversión por la estadísticas y la afición a la oscuridad es proverbial"- y les da algún que otro consejo: "El español no sólo es un idioma unificado, también es un negocio unificado. No puede gestionarse de forma territoral, como si el español de Latinoamérica fuese un negocio distinto del de España. Y no puede gestionarse sólo desde una España ahora maltrecha económicamente. Los grandes, si vienen aquí, necesitarán un equipo ágil y flexible de expertos en operaciones especiales, no sólo un endeble cuerpo expedicionario". (vía Publishing Perspectives)

ESPAÑA

Dos citas literarias: La Central inaugurará el miércoles su librería en Madrid, a la que acudirán los escritores Mario Vargas Llosa y Alessandro Baricco, los editores Inge Feltrinelli y Jorge Herralde, y el Secretario de Estado de Cultura, José María Lassalle. Y el viernes comienza una nueva edición de las Conversaciones literarias en Formentor, que este año girará en torno a Los grandes personajes de la literatura. Aquí, el programa completo.

Esta semana llega a las librerías Los reyes de lo cool de Don Winslow, precuela de Salvajes, que Oliver Stone ha adaptado a la gran pantalla y que se estrenará en las salas españolas a finales de septiembre. En esta entrevista en The New York Times recuerdan por qué merece la pena leer las novelas negras que firma Winslow: "Él no se inventa nada. Durante años fue investigador privado y leía a autores como Chandler, Hammett y Elmore Leonard mientras esperaba en su coche durante las operaciones de vigilancia".

FRANCIA

Huit, una pequeña editorial de Quebec, ha editado los panfletos antisemitas de Louis-Ferdinand Céline en una obra titulada Ecrits polémiques. Los tres textos -Bagatelle pour un massacre, L'Ecole des cadavres, Les Beaux Draps- no se reeditan en Francia desde la Segunda Guerra Mundial. El editor de Huit, Rémi Ferland, explica que el libro es una edición crítica que tiene el propósito de "desmitificar" esos "odiosos" escritos de Céline. (vía Le Monde)

La temporada de galardones literarios comienza con el anuncio de los escritores preseleccionados para el Premio Goncourt 2012. Entre ellos se encuentran Mathias Enard, Jérôme Ferrari o Joy Sorman. La lista completa, aquí.

Ya es oficial: el grupo Gallimard ha comprado Flammarion por 240 millones de euros. Antoine Gallimard habla en L'Express de esta histórica unión. (vía L'Express)

REINO UNIDO

La semana pasada el escritor Jeremy Duns denunció vía twitter que el autor de best-sellers RJ Ellory (en España publicó en 2011 Sólo el silencio) utilizaba varios pseudónimos para escribir reseñas positivas de sus novelas en Amazon. Y negativas de las de sus colegas. "Nicodemus Jones" escribió que su novela A Simple Act of Violence era "una obra maestra moderna", en cambio no fue tan generoso con Dark Blood de Stuart MacBride: "Otra más en el desfile sin fin de novelas procedimentales policiacas que no ofrecen nada nuevo y que parecen abundar en el Reino Unido". Ellory admitió que llevaba más de una década haciéndolo y presentó sus disculpas, pero no consiguió frenar la indignación de muchos escritores, preocupados por una práctica cada vez más frecuente: 49 de ellos -Michael Connelly, Jo Nesbo, Ian Rankin y Lee Child, entre otros- enviaron una carta a The Telegraph condenando la proliferación de reseñas falsas en internet. (vía The Guardian y The Telegraph)

CHINA

Clarissa Sebag-Montefiore visitó la última edición de la Feria del libro de Pekín y se llevó una sorpresa: a pesar de la burocracia y la censura, la industria editorial china está en imparable expansión. Y eso que ya es la más grande del mundo en lo que a volumen se refiere: en 2011 se publicaron más de siete mil millones de libros. Los lectores chinos devoran títulos de género -negro, romántico, aventuras-, de autoayuda, infantiles; y los escritores escriben, en su mayoría, sobre experiencias y sentimientos, apenas sobre política. La censura persiste, pero se ha suavizado, insiste Sebag-Montefiore, y ahora lo que impera es la auto-censura. Para leer a los escritores más comprometidos, basta con entrar en internet: webs literarias como Rongshuxia.com y Qidian.com, que en 2011 atrajeron a más de 100 milliones de usuarios al mes.

Fuente: El país

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Algo más sobre Historias de cronopios y de famas



Columna literaria de Adriana Greco en Programa radial Paranormales


UN CRONOPIO PEQUEÑITO


Un cronopio pequeñito buscaba la llave de la puerta de la calle en la mesa de luz, la mesa de luz en el dormitorio, el dormitorio en la casa, la casa en la calle. Aquí se detenía el cronopio, pues para salir a la calle precisaba la llave de la puerta.


Historias de cronopios y de famas (1962) es un peculiar e inclasificable libro que, estructurado en cuatro partes (Manual de instrucciones, Ocupaciones raras, Material plástico e Historias de cronopios y de famas), ofrece en palabras de Alberto Cousté una suerte de ética, disfrazada por el humor y protegida de la solemnidad por la ternura . En esta obra, Cortázar alterna el relato breve, la viñeta y el ensayo lírico.

Cortázar utiliza por primera vez el término "cronopio" en 1952, en una crónica a un concierto de Louis Amstrong (posteriormente incluida en La vuelta al día en ochenta mundos) que titula "Louis, enormísimo cronopio". Es en ese mismo año cuando la presencia de los "cronopios" se le imponen casi sin buscarlo:

En 1952, yo estaba en París y fui a un concierto  en "Les Champs Elisées" de homenaje a Igor Stravinsky. Me sentía muy conmovido viendo a Stravinsky  dirigiendo la orquesta y a Jean Cocteau recitando una de las obras.

En el entreacto, todo el mundo salió a tomar café. Yo no tuve ganas de salir y me quedé completamente solo en ese inmenso teatro y, de golpe, tuve la sensación de que había en el aire personajes indefinibles, una especie de globos que yo veía de color verde, muy cómicos, muy divertidos y muy amigos, que andaban por ahí circulando. Inmediatamente supe que su nombre era "cronopios".

Cortázar adolescente en Chivilcoy
Historias de cronopios y de famas ofrecen una suerte de taxonomía humorística y sui géneris del género humano. Cortázar la explica así:

Empecé a escribir sin saber cómo eran. Luego tomaron un aspecto relativamente humano, con esas conductas especiales de los cronopios, que son un poco la conducta del poeta, del asocial, del hombre que vive un poco al margen de las cosas.

Frente a ellos están los famas: grandes gerentes de los bancos, presidentes de las repúblicas, la gente formal que defiende el orden.

Las esperanzas son personajes intermedios, que están un poco a mitad del camino, sometidas, según las circunstancias, a las influencias de los famas o de los cronopios.

Todas las aventuras que les suceden dependen de la psicología de cada uno de ellos.

Las Historias de cronopios y de famas son una sucesión de situaciones descabelladas,  instántaneas de humor surrealista que socavan el racionalismo trivial y mecanizado. Según Jaime Alazraky, situaciones límite que ilustran el principio patafísico de Alfred Jarry, según el cual

En Historias de cronopios y de famas, Cortázar expresa su rebeldía contra los objetos y personas que constituyen nuestra vida cotidiana y nuestra mecánica manera de relacionarnos con ella.

Julio Cortázar nos invita permanentemente al juego, a la constante reinvención de una realidad nunca estática, a buscar los significados de las cosas que para nosotros tengan sentido.


¿Qué es un cronopio entonces?  Es la primera pregunta que nos hacemos cuando nos dicen que las historias a leer son de cronopios y de famas. La mejor manera de entender qué es un cronopio, un fama o una esperanza, es leyendo sus historias. No se necesita de una especial perspicacia para ir formando en nuestra mente el perfil de cada uno de ellos. Y no nos cuesta, porque de alguna manera existen en la realidad - aunque no en su género puro sino híbridos de ellos -  cronopios, famas y esperanzas.


Pero si todavía nos quedan dudas, Cortázar dijo que “ser cronopio es contrapelo, contraluz, contranovela, contradanza, contratodo, contrabajo, contrafagote, contra y recontra cada día contra cada cosa que los demás aceptan y que tiene fuerza de ley”.


martes, 18 de septiembre de 2012

"viento en popa", no "de viento en popa"


La locución "viento en popa" quiere decir 'con buena suerte, dicha o prosperidad' y se escribe sin la preposición "de", tal como recoge el Diccionario académico.
Sin embargo, en ocasiones, se emplea la forma inapropiada "de viento en popa", como en "El elenco rafaelino, que anda de viento en popa en este inicio del Torneo Argentino B, cuenta con algunas dificultades...", "La presidenta aseguró que el canje de deuda marcha de viento en popa".
En los ejemplos anteriores, lo adecuado hubiera sido emplear simplemente "viento en popa": "El elenco rafaelino, que anda viento en popa en este inicio..." o "La presidenta aseguró que el canje de deuda marcha viento en popa".