sábado, 19 de noviembre de 2016

Sylvia Plath

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Todos los componentes de la felicidad estaban dados en la vida de la poeta estadounidense Sylvia Plath: hipersensible, rebelde, creativa. Nació en 1932 en Boston y creció en un país conservador, si bien en el umbral de la revolución que creó la píldora anticonceptiva e intentó, en todo el mundo, transformar la sociedad bajo las rojas banderas del socialismo. Pero ella, hija de un inmigrante alemán, entomólogo y profesor universitario, se suicidó en 1963, antes de afianzarse la década que trajo una alborada de libertad para el planeta. ¿Por qué se acercó a la poesía? Es un misterio el modo en que algunos seres son tocados por el soplo de la belleza. Era lectora y escribía cuentos desde los ocho años, bonita y de tipo físico anglosajón, soñadora y melancólica, todo auguraba una extensa y fecunda vida. No era ajena a la obsesión gringa de ser una chica popular y exitosa. Partió a Inglaterra a estudiar literatura, tras obtener la beca Fulbright. Allí se cruzó su destino con el del poeta Ted Hughes, con quien se casó en 1956. Por esos años aurorales, según ella, Hughes era el hombre perfecto: alto, joven, guapo, creativo, escritor como ella. El hechizo fue mutuo, tuvieron dos hijos, Frieda y Nicholas, una envidiable familia, pero había entre ambos una fractura, algo no declarado. Tal vez la tendencia maníaco depresiva de Sylvia, su bipolaridad, en el diagnóstico de hoy, comenzó a distanciarlos. También egos, competencias, roles sociales y, por encima de todo, la aparición en escena de otra poeta, Assia Wevill, con quien el inestable Ted se marchó a vivir, previo abandono de Sylvia. La maternidad fue deseada pero la metía también a ella en una camisa de fuerza, necesitaba espacios, oxígeno, un cuarto propio. No paraba de componer sus poemas, como Gabriela Mistral, como Alejandra Pizarnik, como Wislawa Szymsborska; la animaba el mismo impulso placentero y doloroso que estremecía a las escultoras Camille Claudel y Rebeca Matte. Amaba el movimiento del mar, escribía un diario, su padre murió cuando ella era pequeña, su inconsciente lo acusó de abandonarla; se deprimió, le aplicaron electroshock, que desordenó aún más su mente. En 1960 publicó su libro El coloso y otros poemas, un alma sola frente al incomprensible oleaje del mundo real, piel fina, corazón tan blanco.

La ruptura matrimonial con su esposo y la sensación de ser desplazada por otra mujer la aniquilaron. Conoció en Inglaterra a la escritora sudafricana Jilian Becker, quien publicó en 2002 Los últimos días de Sylvia Plath, testimonio de primera línea sobre los momentos finales de la infortunada escritora. Los hijos de Sylvia y Ted eran pequeños, uno de tres años; el otro, de uno, cuando ella decidió borrarse, para lo cual imaginó la venganza de Medea contra el infiel Jasón, en la tragedia de Eurípides: no se mataría ella, sino que a los hijos de ambos como la más horrenda de las acciones extremas, para arrojar los cadáveres de sus niños al rostro del abandonador. No lo hizo y la gélida mañana del 11 de febrero de 1963, estando en Londres, preparó la leche de los pequeños, les dejó dos vasos servidos y se encerró en la cocina, sin dejar notas de despedida ni hacer llamados telefónicos de última hora. La noche anterior tuvo un sueño que se disolvió al amanecer, con el llanto de uno de sus hijos: estaba frente a un acantilado, al borde mismo, pero no sentía ni el menor sobresalto, sus pulsos latían en paz, una brisa que surgía de la playa y ascendía hasta la cima, le movía su cabellera rubia. Al irse a dormir pensó que todo anochecer incluye la sensación de una irreversible pausa, semejante a una pérdida. Encendió el horno y metió su cabeza en el interior hasta que la intoxicación la mató.

Hughes, muerto en 1998, se hizo cargo del legado inédito de su ex esposa. Confesó, años después de los dramáticos hechos, haber limpiado correspondencia, arrancado páginas del diario durante las etapas conflictivas -las más-, de su vida en pareja; omitió entradas del documento confidencial que lo acusaban y degradaban, señalándolo como responsable de las incertidumbres emocionales de Sylvia. En suma, Ted manipuló y acomodó los papeles de la poetisa. Además, y como si una suicida en su entorno fuera poco, Assia Wevill se autoinmoló y mató, al unísino, a la hija de ambos, Shura, con gas, al estilo Plath. También el hijo de Ted y Sylvia, Nicholas Hughes Plath, se mató en 2009, ahondando la huella de los suicidas.

Sylvia Plath, 1932-1963, yace en Yorkshire y a su tumba acude con frecuencia el viento del acantilado, el viento de su sueño postrero, que la va a buscar.


Fuente: Mario Valdovinos

miércoles, 16 de noviembre de 2016

"Contra el mundo, contra la vida"

Fuente: Adriana Santa Cruz para Leedor.com

“Estoy tan harto de la humanidad y del mundo que nada logra interesarme a no ser que incluya, por lo menos, dos crímenes por página, o que trate de horrores innominados procedentes de espacios exteriores”. Estas palabras de Howard Philip Lovecraft podrían servir de epígrafe para esta reseña del libro de Houellebecq, un atrapante ensayo que pretende –y lo logra– realizar una síntesis entre vida, obra y pensamiento de uno de los genios de la literatura fantástica mundial.

Michel Houellebecq es un controvertido poeta, novelista y ensayista francés que, en esta ocasión, nos entrega una obra interesante, concisa, con una estructura sólida que nos permite conocer a Lovecraft como hombre y como escritor. El libro nos habla de un autor racista, abiertamente reaccionario; que glorifica las inhibiciones y juzga repelentes las manifestaciones eróticas directas; que desprecia el dinero, la humanidad toda y hasta la democracia. ¿Qué hace que todo esto no dé como resultado la indiferencia o la censura al creador de los mitos de Cthulhu? La respuesta es simple: sus textos.

El autor francés divide la obra de Lovecraft en cuatro círculos: correspondencia y poemas, solo parcialmente publicados y la mayoría no traducidos; textos en colaboración; relatos varios, y relatos que constituyen el corazón del mito: La llamada de Cthulhu (1926), El color surgido del espacio (1927), El horror de Dunwich (1928), En las montañas de la locura (1931), En la noche de los tiempos (1934), entre otros. En todas estas obras, la escritura del norteamericano “no se despliega tan solo en la hipertrofia y el delirio; a veces hay también en ella una delicadeza, una profundidad luminosa muy poco corrientes”.

Con abundantes ejemplos de la obra de Lovecraft, el ensayo analiza desde el particular estilo del escritor hasta sus influencias en la literatura posterior, pasando por la concepción de lo fantástico que muestra en cada uno de sus cuentos y de sus novelas. A diferencia del  fantástico tradicional, que comienza con un clima de felicidad y de trivialidad donde pronto irrumpe lo sobrenatural, en Lovecraft, ya desde el inicio, no existe esa banalidad, esa cotidianeidad. Él escribe para un público de fanáticos que desde las primeras líneas están en presencia del mal. Ese fanatismo, sin dudas, se relaciona con la creación de una mitología propia. Como señala Houellebecq, crear un gran mito popular es crear un ritual que el lector espera con impaciencia, seducido en cada ocasión por una nueva repetición en términos ligeramente distintos que, para él, es una nueva profundización.

También el propio Lovecraft  incursionó en el ensayo, y escribió cartas o consejos a escritores jóvenes, pero en estos textos decepciona. Allí aprendemos sobre sus gustos y su vasta cultura; nos enteramos de que admiraba a Poe, a Dusnany, a Machen, a Blackwood, pero falta el toque de genialidad, su aporte a lo fantástico que aparecerá en sus escritos narrativos, donde realmente se aprecian los recursos de su arte. Lo que destaca H. P Lovecraft. Contra el mundo, contra la vida son las “descripciones arquitectónicas” que nos ponen en presencia de un nuevo mundo donde la iluminación es fundamental para crear atmósferas oníricas. El escritor norteamericano también aprovecha las imágenes sensoriales de todo tipo –aunque se destacan las auditivas–: todas convergen para confirmar que el universo es francamente repulsivo. 

En cuanto a los personajes, son todos similares porque su única función real es percibir. La psicología no tiene cabida porque a Lovecraft no le importa el terror psicológico. En este sentido, la ciencia como descripción objetiva de la realidad le sirve al autor para lograr ese terror librado de toda connotación humana. Los conceptos científicos forman parte de universo literario del escritor y obedecen el siguiente principio: “Cuánto más monstruosos e inconcebibles sean los acontecimientos y entidades descriptos, más precisa y clínica ha de ser la descripción”.

Asimismo, hay una constante referencia de Houellebecq a aquellos que quisieron continuar a Lovecraft, imitarlo o rendirle un homenaje, aunque también el texto habla de cómo aquel influyó en la renovación de la ilustración fantástica, en el rock, en el cine y en la arquitectura. “Una vez muerto, nació su obra”, dicen sus biógrafos, y es absolutamente verdad. Sus fanáticos, pero también los que no lo conocen encontrarán en este ensayo –más allá de la no tan lograda traducción– un texto que se lee casi con el mismo placer que surge de la lectura de uno de los cuentos o de las novelas del narrador norteamericano.