El dato no tiene pretensión estadística pero es elocuente. Lo aporta un amigo que ama leer y sabe observar con ánimo crítico sin perder el optimismo: en los subtes de Nueva York, donde cabría esperar que entre quienes disfrutan de la lectura se impusieran los dispositivos electrónicos (la oferta tecnológica es variada; los precios, convenientes, y no parece una invitación al robo exhibir un aparato sofisticado en el transporte público), se ven, sin embargo, tantos libros como tabletas. "La proporción es cincuenta y cincuenta", me dice. Tal vez ciertos cambios, aunque radicales, no sean tan veloces ni excluyentes como nos apresuramos a creer. La Historia de la lectura y de la escritura en el mundo occidental , de Martyn Lyons, que Editoras del Calderón acaba de publicar en castellano permite sacar algunas conclusiones interesantes al respecto. El trabajo de Lyons se orienta a desarmar ciertos tópicos que se han cristalizado en mito, o van camino de hacerlo. Por ejemplo, ...