Traducir es un proceso sin fin que ilumina una obra y renueva su condición de clásica. “Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”, afirmaba Calvino. 'Martín Lutero traduciendo la Biblia en el castillo de Wartburg en 1521' (1989), de Eugène Siberdt. / FINE ART Clásicos son esos libros que siempre acaban pidiendo una traducción nueva. Estoy parafraseando a Italo Calvino y su definición de los clásicos, esas obras especiales que nunca acabamos de releer. Se releen por definición y se retraducen por definición, pues traducir también es una forma especialmente atenta de leer. “Un clásico”, decía Calvino, “es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”. Así que nunca terminamos de traducirlo definitivamente. Y además las traducciones se renuevan por razones históricas y lingüísticas: cambia la relación entre culturas y entre lenguas, cambian los valores, cambia la estimación de los escritores y de las obras, cambia la lengua...