En estos últimos meses —con las revelaciones del topo estadounidense Edward Snowden— hemos visto claramente cómo Internet, originalmente lleno de tanta promesa para igualar el acceso a información en el mundo, se ha convertido, también, en una oscura herramienta de espionaje y vigilancia digna de la peor Gestapo. Ni hay que mencionar, además, que esta fantástica máquina —o red de máquinas— de información (¡de comunicación! ¡de archivo!) se ha atorado con material efímero, vulgar y banal. Pornografía y videos tiernos de gatos son dos enormes consumidores de banda ancha, por ejemplo. Pero tal vez Internet sea como una ciudad que fue fundada por una puñado de sabios (los científicos y geeks que asentaron las bases) pero que después, como cualquier ciudad luminosa sobre una colina, se convirtió en un imán para toda la humanidad: comerciantes y eruditos, artistas y ladrones, sacerdotes y prostitutas... Bueno, ya entendieron la metáfora. Pero lo que queríamos decir es que en esta ciud...