La escena es así: un hombre descansa en la cima de una montaña que acaba de alcanzar. Está satisfecho: a sus pies se despliega un escenario sin límites, el cielo está despejado y las cumbres nevadas de los Alpes sólo recuerdan la magnitud de su hazaña. Sin embargo, se ve al hombre absorto y feliz con la mirada fija en el objeto delgado y rectangular que sostiene en sus manos. Por su expresión, uno intuye que la sensación de libertad del paisaje a su alrededor es un eco perfecto de esa otra sensación que lleva dentro. El hombre, por supuesto, está leyendo y nosotros podríamos estar ante una nueva publicidad de e-book, de Kindle o de iPad. Pero no: el hombre es Petrarca, el año es 1353 y lo que se sostiene en la mano es un libro. Toda una novedad de aquel entonces: un libro pequeño, portátil, en este caso una copia de Las Confesiones de San Agustín , un objeto amigable y diferente a los monstruosos ejemplares que habitaban los monasterios. La escena, que el mismo Petrarca des...