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Diccionario integral del español de la Argentina

Producido editorialmente en la Argentina desde el comienzo; redactado por lingüistas hablantes nativos de la variedad del español de la Argentina, con criterios lexicográficos propios elaborados según las actuales pautas del oficio y las reglas del arte.
Más de 40.000 palabras y de 80.000 acepciones actuales, basadas en documentos reales del español hablado en la Argentina. Definiciones claras y consistentes. Más de 90.000 ejemplos de uso. Más de 2.000 notas que resuelven dudas de uso. Frases y locuciones. Equivalencias con otras variedades del español. Sinónimos y antónimos. Más de 80 tablas con modelos de conjugación verbal.


Verbos
Pronombres
Prefijos y sufijos
Ortografía y puntuación
Dudas gramaticales frecuentes
Usos discursivos de conectores



Prólogo de José Luis Moure*

Se han cumplido holgadamente los quinientos años de la conquista española de América. Más allá de toda razonable consideración histórica, económica, antropológica o social, ese hecho determinó otro que tiene la contundencia de lo evidente: con las carabelas llegó a la tierra nueva un idioma, que se expandió por ella en boca de los recién llegados y de quienes los sucederían en las siguientes oleadas inmigrantes. Provenían de variadas regiones españolas; los había marineros, soldados, clérigos, profesionales, comerciantes y aventureros de toda condición, y aunque poseían las pronunciaciones, los acentos y los vocablos propios de sus lugares de origen, no tenían otro referente lingüístico compartido sino el que alguna vez había sido la lengua de la primitiva Castilla, forzosamente adaptada a las realidades de la geografía ganada en la empresa de la Reconquista a lo largo de siglos, al contacto con dialectos diferentes y a las inevitables interferencias y nivelaciones lingüísticas que conlleva todo proceso de esa índole. Por encima de esa diversidad y poniéndole límites, al menos formales, estaba la norma prestigiosa que emanaba de Toledo (más tarde sería Madrid), y a la que se sometían la gramática, la ortografía y el deseable decir de todos, conformando lo que hoy suele denominarse lengua estándar, es decir la variedad general, prestigiosa y aceptada, la que Nebrija fijó en una gramática, la que se enseñaba e imponía en las escuelas, aquella en la que se escribía y se expresaba la administración, la ciencia y la literatura. Dos largos siglos después, ya bien asentados la ocupación y el dominio político sobre los extensos territorios americanos, la fundación de la Real Academia de la Lengua (1713) vendría a consolidar la codificación lingüística y el imperio de esa norma única.
Pero la historia de toda lengua no es sino el conflicto, latente o desembozado, entre lo que las instituciones establecen y lo que los hablantes terminan haciendo de ella. En verdad, la lengua puede concebirse como un mecanismo en equilibrio inestable, que se va configurando distintamente a lo largo del tiempo y de la geografía. La evidencia histórica enseña también que de manera inexorable cada lengua varía en el tiempo y en el espacio, y que la variación se manifiesta también en un mismo tiempo y lugar diferenciándose al menos según la edad y el estrato social de los hablantes, pero también según el sexo, la profesión u oficio, la situación comunicativa, etc. 
El español, extendido por el inmenso continente nuevo, no pudo impedir el cumplimiento de esos condicionamientos incesantes, y circunstancias de muy diverso carácter (distintas geografías, mayor o menor distancia y comunicación con los centros virreinales, donde los usos lingüísticos querían y podían ser más celosamente controlados, diferente grado de contacto y convivencia con las numerosas lenguas indígenas, diversidad de conformación del entramado social, etc.) incrementaron en el idioma aquella heterogeneidad ya propiamente americana, a la que el siglo XIX vino a sumar las irreversibles consecuencias de las luchas independentistas y el nacimiento de una pluralidad de nuevas naciones. 
Sin embargo, y salvo en las concepciones teóricas más radicales de algunos miembros de la generación argentina de 1837, el espíritu revolucionario que impregnó los movimientos americanistas no abogó por la autonomía lingüística, acaso porque la sensatez permitió advertir lo que el filólogo Andrés Bello caracterizó como “las inapreciables ventajas de un lenguaje común”. Pese a ello, la independencia política de las naciones dejó abiertas las puertas para una lenta pero creciente toma de conciencia y aceptación de las propias identidades lingüísticas. 
La apretada síntesis que hemos intentado exponer en los párrafos precedentes nos pareció necesaria para iluminar otra evidencia. Los dos siglos de vida independiente de los países americanos de lengua española y su desarrollo cultural hicieron inevitable no sólo admitir en plenitud la existencia de sus variedades lingüísticas sino integrarlas a normas diferentes de la que había regido durante el período colonial, es decir la que tenía su centro en la Península. No implicó esto la renuncia a la lengua común, sino la necesaria admisión de que en esa lengua pueden y deben convivir otros modelos normativos establecidos por el uso y la franca aceptación de los hablantes de otros lugares de América. Se trataba simplemente de reconocer la legitimidad de rasgos lingüísticos bien asentados en diferentes comunidades, que no podían seguir ateniéndose a principios de corrección, algunos de ellos devenidos claramente minoritarios, que ya no eran los suyos: habían nacido otros estándares fijados por el largo uso de las mayorías. Ningún americano distinguirá normalmente en su pronunciación entre caza y casa, aunque acepte respetar la diferenciada ortografía; y si no es en alocuciones de forzada retórica, tampoco empleará el pronombre vosotros, que ha sustituido unánimemente por ustedes. Hace mucho tiempo que los argentinos hemos abandonado el tú, aunque lo sigamos memorizando, como se debe, en el aprendizaje de la conjugación; en escasos lugares del país se diferenciará la pronunciación de la primera consonante de llave y yegua, y un muchacho porteño que lea falda pensará seguramente en un trozo de carne para puchero antes que en una pollera, mientras que un contemporáneo madrileño invertirá el orden en que imagina esos referentes. Ninguna de esas opciones lingüísticas, como tantas otras que en la pronunciación, la gramática o el léxico podrían aducirse, es incorrecta, porque cada una responde a una norma propia, detrás de la cual hay una larga historia de vacilaciones, preferencias y determinaciones colectivas.
El diccionario es el instrumento por excelencia de que dispone una lengua estandarizada para codificar las palabras que emplea. De él se espera que las defina adecuadamente, es decir que fije su significado con claridad, exactitud y precisión, condiciones que distan de ser de cumplimiento sencillo. Volvamos por un momento a la palabra que nos sirvió de ejemplo en el párrafo anterior. El Diccionario de la Lengua Española elaborado por la Real Academia Española (nos referiremos a él con el tradicional acrónimo DRAE), que a través de sus veintidós ediciones y sus doscientos ochenta años de existencia (su primera publicación data de 1726) ha sobrellevado la admirable e ímproba tarea de definir el vocabulario de nuestro idioma, no podría sin violencia ser infiel a su origen y dejar de responder privilegiadamente a la curiosidad lexicográfica de los peninsulares y al particular conocimiento del mundo que fundamenta la estructuración de su vocabulario, atendible razón por la cual, en el caso de falda, dispone la acepción de prenda femenina en el primer lugar y la alusiva al corte vacuno en el séptimo. Y si buscamos nuestro vocablo pollera, encontraremos primero su significado de vendedora de pollos, muy ajeno a nuestro uso, y sólo en el noveno puesto la referencia a la prenda. Supongamos ahora que un escolar argentino quiere precisar la diferencia que el diccionario establece entre el durazno, el prisco y el damasco, tres productos que las fruterías le exhiben con abundancia en las estaciones cálidas. El DRAE le dirá que durazno es otro nombre que se da al duraznero y que éste es una variedad del melocotonero; de prisco le indicará que es el fruto del alberchiguero, y bajo damasco encontrará que se trata del fruto de una variedad del albaricoquero… En tanto un alumno español probablemente habría visto satisfecha su búsqueda, a su par argentino, que ignora qué sean el melocotón, el albérchigo y el albaricoque, la ignorancia acaba de triplicársele. Y si acaso tropezase en un texto español con la curiosa expresión ojo de breque, el DRAE poco lo ayudará señalándole que se trata de una forma coloquial que alude a un ojo “pitarroso y remellado”. Como argentinos no podemos sino suscribir lo que con sencilla elocuencia expresó el lingüista mexicano Luis Fernando Lara cuando se refirió a “la sensación que tienen muchos mexicanos cuando consultan diccionarios elaborados con los puntos de vista y la experiencia de la lengua de la Península, de que hay distinciones nuestras que no se toman en cuenta, y de que hay sentidos y palabras que no corresponden a nuestro propio uso de la lengua” (Diccionario del español usual en México, 1996). 
Las consideraciones previas en absoluto pretenden impugnar el Diccionario de la Lengua Española, repertorio noble en el más entrañable sentido del adjetivo, y que seguramente todos los usuarios del español seguiremos consultando, sino ilustrar las insuficiencias que su propia historia y naturaleza le han impuesto, abrumándolo con la responsabilidad no sólo de evaluar y seleccionar las formas léxicas empleadas por cuatrocientos millones de hablantes, e indicar su distribución espacial, temporal, social, etc. (dependiendo de una información imperfecta, no siempre suministrada por las instituciones americanas de manera regular), sino de responder a esas desmesuradas exigencias desde una perspectiva peninsular que, habiendo sido alguna vez central, hoy es por fuerza regional.

Alguna vez deslizó Borges, comentando la caótica clasificación propuesta por una imaginaria enciclopedia china, que “hacer un catálogo del universo no es tarea baladí”. Todo diccionario general de un idioma abriga de alguna manera un proyecto ambicioso, cual es el de registrar los elementos léxicos de que una comunidad realmente se sirve para mentar los seres y objetos de su mundo, para denotar sus acciones y pasiones, para cuantificarlos, determinarlos y calificarlos, y aun para definir los mecanismos gramaticales de que se vale. 
El Diccionario integral del español de la Argentina, que estas páginas quieren prologar, abre en nuestro país un camino novedoso. No se trata de un repertorio de argentinismos (nuestra tradición lexicográfica cuenta con varios y la Academia Argentina de Letras continúa ampliando uno que ya ha alcanzado dos ediciones), aunque incluya los más difundidos. Fue concebido con la pretensión de dar cuenta del vocabulario de la lengua común, la que compartimos con el resto de la América hispana y con España (por eso “integral”), la misma de que se ocupa el DRAE, pero tal como lo ha conformado la variedad argentina culta o estándar, seleccionando los elementos que son funcionales a ella y redefiniéndolos con las formas propias de esa variedad. Para decirlo de una manera más sencilla: el equipo de lexicografía de Tinta Fresca no revisó, recortó y adaptó el DRAE ni otro diccionario previo de acuerdo con nuestras necesidades (lo que habría sido una determinación frecuente y legítima), sino que optó por hacer un diccionario ab initio, enteramente nuevo en todos sus componentes. 
Naturalmente, esa decisión inicial implicó cuestiones lexicográficas y lexicológicas inmediatas a las que hubo que atender. No es este el lugar para detallarlas, porque la descripción técnica y la guía de uso que siguen lo harán con mayor precisión. Pero queremos apuntar al menos dos, que no son sino respuestas a desafíos lexicográficos de envergadura: a) la selección y conformación del corpus textual (es decir la materia prima verbal de la cual se extraen las voces que deben incluirse), que atendió a lograr una muestra equilibrada del español usado en nuestro país, y que se integró con textos de circulación social, literarios y no literarios de distinta naturaleza y soporte –libros, periódicos, páginas de Internet, etc.– producidos por argentinos, mayormente a partir de 1981, provenientes de los canales escrito y oral en las proporciones adecuadas y procurando cubrir una variada gama de situaciones comunicativas; b) la elaboración, con la asistencia de herramientas informáticas especialmente adaptadas y respetando las exigencias de la lexicografía moderna, de una planta (el conjunto y disposición de los campos de información que el lector encuentra detrás de cada entrada), en la cual, aparte de las acepciones, el Diccionario indica marcas de registro o de frecuencia (“coloquial”, “formal”, “infantil”, “grosero”, “infrecuente”, “obsoleto”) y brinda información gramatical que, más allá de las usuales de clase de palabra, género y transitividad, en el caso de los verbos, por ejemplo, proporciona la indicación y ejemplificación de los regímenes preposicionales y la remisión a una conjugación paradigmática tipo incluida en un apartado especial.
A pesar de sus más de 40.000 entradas y 85.000 acepciones, en el Diccionario integral se advierte la voluntad de que el conjunto posea coherencia y trabazón interna (lo muestran las remisiones temáticas) y que responda a la intención primaria de que el léxico ilustre y refleje, con ejemplos de uso efectivo extraídos del corpus, distintas dimensiones de la compleja realidad argentina de hoy, que puede abarcar desde expresiones del derecho (abandono de hogar) hasta términos de la llamada medicina alternativa (aromaterapia). 
Las posibilidades gráficas y variedad de tipos y símbolos que ofrecen los modernos sistemas de impresión han sido aprovechados en beneficio de la claridad, que hace la consulta amable y de fácil acceso. No es virtud menor en una obra que apunta a ser usada por un lector no necesariamente erudito, al que, por esa razón, también se le proporcionan indicaciones normativas –gramaticales y de uso– y, en el caso de referentes comunes cuyas formas “argentinas” son minoritarias en el mundo hispanohablante, las necesarias equivalencias con otras variedades.

 Detrás del Diccionario integral hay tres años de labor altamente especializada realizada por un equipo de expertos argentinos. El afán de exhaustividad que toda empresa lexicográfica abriga es siempre quimérico y está constreñido por condicionamientos materiales previsibles. En cuanto a los defectos y omisiones, son consustanciales a toda tarea humana, si bien la que nos ocupa cuenta con la ventaja de que los que hoy se adviertan podrán ser corregidos en ediciones sucesivas. 
Este prólogo no pretende ser publicitario. Sí cree justo saludar la primicia de un trabajo minucioso y de un largo esfuerzo, que contribuirán, acaso sin saberlo, al afianzamiento de una conciencia lingüística nacional aportando un instrumento indispensable. Nos atrevemos a anticipar que se trata de un hito en la historia del español en la Argentina.

*José Luis Moure, Universidad de Buenos Aires, CONICET, Academia Argentina de Letras.

Fuente: Editorial Voz activa

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