viernes, 19 de agosto de 2016

Titanes del coco

Hace años que el argentino Fabián Casas (Buenos Aires, 1965) viene reuniendo en España seguidores de su poesía y, como suele suceder, esos seguidores aumentaron cuando el escritor comenzó a publicar novelas. Es probable que el conocimiento casi confidencial de Casas entre los lectores españoles experimente un salto muy notable con la aparición de su última novela, Titanes del coco (Random House), título que alude irónicamente a unos célebres y televisivos combatientes de lucha libre.
En una primera aproximación, Titanes del coco tiene como argumento el mundo del periodismo, el ambiente de las ya desvanecidas redacciones propensas a la noche, el tabaco y el alcohol, con su pintoresco y desgarrado zoo humano de periodistas de halo mítico y peliculero, que se mueven entre el difícil equilibrio personal y los resbalones vitales.

El joven y hasta el momento irrelevante, aunque prometedor, periodista Andrés Stella es elegido por su jefe para integrar el equipo de un proyecto secreto con el que hacer frente a la competencia, un suplemento nuevo que pondrá el acento en la investigación y que, en primera instancia, abordará el caso de Ernesto Galarraga, preceptor de un colegio e individuo con aura de líder sectario, sobre el que pesan sospechas por el suicidio y el secuestro de sendas alumnas.

Un ambiente, una fauna y, desde el principio, como vector de la trama, la investigación sobre un personaje y sus oscuros rasgos. Por si esto fuera poco, otro nervio electrizado recorre y agita la novela de Casas, los compulsivos y escatológicos amores de Stella con la imprevisible y peculiar Blanca Luz.

Pero Titanes del coco no es, ni mucho menos, una novela lineal, sino, por el contrario, una tela de araña en la que, aspirando casi a la independencia, convergen y se suceden en capítulos cerrados y abiertos a la vez un montón de personajes e historias, de voces, épocas y escenarios, hasta de estilos –del informe al diario- narrativos.

Ningún problema. Con gran habilidad y pericia técnica, Casas ensambla perfectamente su “puzzle”, lo hace comprensible y abarcable en sus costuras, transiciones y saltos. La novela se convierte en un menú largo y estrecho, y muy variado, lo cual incluye la comparecencia de comentarios y citas de figuras literarias y artísticas como el poeta limeño Javier Heraud (1942-1963), abatido a tiros por el ejército de la dictadura peruana en una acción contra la guerrilla de la que formaba parte.

Con la poesía y los poetas también en el meollo del asunto, Casas convoca en su relato a nombres conocidos del panorama poético argentino, cambiando, en ocasiones, sus nombres reales por otros de su invención.


Entre la realidad y la invención loca transcurre Titanes del coco, una novela relativamente breve, pero de prosa muy apretada, en la que Casas no desperdicia una sola línea ni una sola palabra para consumar un texto y una textura tan pirotécnicos como sometidos a férreo control, pródigos en hallazgos verbales y en imágenes potentes.

En una desmelenada fiesta de cumpleaños, muy concurrida por poetas, la madre del anfitrión viene avisando a su hijo –Lamadrid, también poeta- del extraño comportamiento de Cachito, un vecino trastornado por la infidelidad de su mujer, hasta que…”Cachito se ahorcó, Cachito se ahorcó, gritó la madre. Todos, hasta los gatos, quedaron paralizados un segundo. Lamadrid corrió hacia la medianera y se colgó de ella para ver qué le pasaba a Cachito.Todos lo siguieron, trepando, excepto el padre, que, al lado de la parrilla, movía lentamente el fuego de los carbones. Cachito estaba tirado en el piso, con una soga en el cuello y una silla verde, de plástico, a su lado, también volcada. Ni ésa le había salido. Se había querido ahorcar, pero se le cortó la soga cuando partió la silla. Apenas golpeado, Cachito aceptó los mimos que le dieron los que cruzaron la pared para levantarlo y aceptó participar del cumpleaños, que, después del ahorcamiento, se había reanudado. Permaneció durante gran parte de la noche sentado en un costado de la larga mesa, entre Darío Lojo y Laura Wimpi, cabizbajo al principio –se acababa de ahorcar-, pero ganando confianza a medida que su desgracia se metabolizaba con la jarana general”.

He aquí una pequeña viñeta independiente, como tantas en el libro. Y he aquí el constante humor de Fabián Casas, inmisericorde, dispuesto a mezclarse con la negrura y el patetismo, entre el absurdo y el expresionismo esperpéntico. Cachito, que no da una, ha fallado en su intento de suicidio, pero, en fin, se incorpora a la fiesta cumpleañera que se reanuda. Al principio, cabizbajo, como es natural, pues –fogonazo de humor en la seria y circunspecta acotación- “se acababa de ahorcar”.


Fuente: Manuel Hidalgo. El cultural.

lunes, 13 de junio de 2016

Día del escritor en Argentina

Cada 13 de junio se conmemora el Día del Escritor. La fecha no es casual y encuentra su explicación en que un 13 de junio, pero de 1874, nació Leopoldo Lugones en Villa María del Río Seco, en el corazón de la provincia mediterránea de Córdoba. Entre muchas de las acciones y obras que emprendió, Lugones fundó la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) que, luego del suicidio del poeta, estableció el día de su natalicio como el Día del Escritor. Lugones no fue olvidado pero su tumultuoso y resonante paso terrenal es aún materia de controversia y polémica.


Fue el último intelectual total o, mejor dicho, el último en intentar ser ideólogo y protagonista, a la vez, de un proyecto político. Esa saga se inicia con Mariano Moreno y culmina con él. Se sintió el heredero de Domingo Faustino Sarmiento y buscó asemejarse hasta en sus propias y específicas frustraciones. En el ensayo Lugones, entre la aventura y la cruzada, la socióloga María Pía López comenta: “En su Historia de Sarmiento es clara la elección de un modelo y un precursor. Defiende la causa defendiendo al modelo del intelectual heroico. Construye un linaje, del cual es la continuación. Quiso ser Sarmiento: escritor y presidente. Y quedó atrapado en la tensión de ver sin ser visto.”


Esta suerte de “incomprensión”, atizada por el vate cordobés, de parte de los sectores populares hacia su tarea como pensador público, lo llevó a pensarse en clave jerárquica, ornamentado por el bronce de creerse un hombre superior. En ese núcleo trágicamente equívoco, puede pensarse su postrera conversión: la que lo llevó a decretar en 1924, en ocasión del aniversario de la Batalla de Ayacucho, “La hora de la espada”, y que cristalizó con su intención raudamente frustrada de erigirse como el intelectual de la dictadura iniciada el 6 de septiembre de 1930 y que inició la serie golpista con la que el Partido Militar mantuvo en vilo a la democracia en la décadas subsiguientes.

Pese a los intentos posteriores de algunos de sus discípulos y seguidores que buscaron escindir al intelectual político del hombre de letras, la fuerza vital que lo guió tuvo
siempre, para bien o para mal, un fondo ético y moral que él mismo se encargó de expresar. 


Lugones pasó sus primeros años en el campo. Sus vivencias y correrías infantiles allí dejarían una marca permanente en su vida adulta. A los 12 años es enviado al tradicional colegio Nacional de Monserrat de la capital cordobesa. Por ese entonces, traza sus primeros versos y crece su afición por la lectura. A los 16 años, inicia su carrera periodística en el periódico La Libertad. Por ese entonces, simpatizaba con las ideas anarquistas y, al poco tiempo, publica sus primeras composiciones con el pseudónimo de Gil Paz.

A los 20, se traslada a la Buenos Aires e ingresa en la redacción de El Tiempo. Allí traba amistad con Rubén Darío, el poeta nicaragüense y máximo representante del modernismo latinoamericano. Lugones pasaría a la historia como el gran poeta modernista del Río de la Plata. En 1909, le dedicaría a Darío su Lunario Sentimental. Afiliado al Partido Socialista, junto con José Ingenieros, fue la pluma irreverente en el periódico partidario, La Montaña. En 1897, cuando publicó su primer libro de versos. En ese mismo año, nace su único hijo, Leopoldo, futuro creador de la picana eléctrica y jefe de la policía durante la década infame. Su nieta, Pirí Lugones, fue integrante de Montoneros, y es una de los 30 mil desaparecidos por la última dictadura genocida. Pirí solía presentarse como “nieta del poeta, hija del torturador”. En la saga de los Lugones, se reflejan el drama, los desencuentros y la violencia que atravesaron a la propia clase dominante argentina desde 1930. Desencantado con la política argentina, insatisfecho por su tarea en una biografía de Roca en la que no podía avanzar y sacudido por una infidelidad, Leopoldo Lugones decide terminar con su vida en una isla del Delta, en 1938. 

domingo, 5 de junio de 2016

Los mejores epígrafes de la literatura

Resultado de imagen para grandes epigrafes de la literaturaEl epígrafe consiste en uno o más textos, generalmente breves, situados entre el título y el comienzo del texto. Los epígrafes pueden hacer referencia a la totalidad del texto (epígrafe de texto) o al capítulo o parte que encabezan. En tanto reproducen palabras de diversas fuentes, los epígrafes son un tipo especial de cita. En literatura los epígrafes funcionan muchas veces como parte de la intertextualidad de un texto.

Durante la historia ha habido grandes aficionados a los epígrafes, como Edgar Allan Poe, que los utilizaba a menudo para encabezar sus cuentos. A continuación encontrarás la lista de grandes epígrafes en la literatura pertenecientes a libros de prestigiosos autores.



10. En Un hombre que duerme. George Perec 

No es necesario que salgas de casa. Quédate a tu mesa y escucha. Ni siquiera escuches, espera solamente. Ni siquiera esperes, quédate completamente solo y en silencio. El mundo llegará a ti para hacerse desenmascarar, no puede dejar de hacerlo, se prosternará extático a tus pies".

Fragmento de Consideraciones acerca del pecado, el dolor, la esperanza y el camino verdadero, de Franz Kafka. 

9. En El Padrino. Mario Puzo.

Detrás de cada gran fortuna hay un crimen.

La comedia humana, Honore de Balzac.

8. En Pastoral americana. Philip Roth
Sueña cuando acaba el día,
Sueña y tus sueños podrían hacerse realidad,
Las cosas nunca son tan malas como parecen,
Así que sueña, sueña, sueña. 

Dream, Johnny Mercer.

7. En La conjura de los necios. John Kennedy Toole

Cuando en el mundo aparece un verdadero genio, puede identificársele por este signo: todos los necios se conjuran contra él.

An Essay on the Fates of Clergymen, Jonathan Swift.

6. En 2666. Roberto Bolaño 

Un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento.

El viaje, Charles Baudelaire.



5. En Fahrenheit 451. Ray Bradbury 
Si te dan un papel pautado, escribe por detrás.

Juan Ramón Jiménez.

4. En Memoria de mis putas tristes. Gabriel García Márquez 

No debía hacer nada de mal gusto, advirtió al anciano Eguchi la mujer de la posada. No debía poner el dedo en la boca de la mujer dormida ni intentar nada parecido.

La casa de las bellas dormidas, Yasunari Kawabata.

3. En Matar a un ruiseñor. Harper Lee
Los abogados, supongo, también tuvieron infancia.

Charles Lamb. 

2. En El reparador. Bernard Malamud 
Arroyos irracionales de sangre manchan la tierra...

The Gyres, William Butler Yeats.

1. En Por quién doblan las campanas. Ernest Hemingway 

Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la tierra; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia; la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; y por consiguiente, nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas; doblan por ti.

Las campanas doblan por ti, John Donne.