Por: Esther Cross* Para mí Cortázar fue el puente entre Borges, inalcanzable, y el deseo de escribir. Hay escritores que habilitan el pasaje del deseo a la escritura, así como otros pueden bloquearlo –quizá porque su obra los vuelve intimidantes–. En 1978, en el colegio, después de Borges leímos Final del juego. Fue como entrar en una casa nueva y reconocerla, todo a la vez. Ahí tenía un maestro, un genio, y podía leerlo de igual a igual, tuteándolo. Sentí esa cercanía, sentí eso. Pienso en Cortázar y salta enseguida la frase de Arlt, un cross a la mandíbula, porque ése fue el efecto de sus cuentos. El impacto persiste. En mi lista de cuentos fundacionales están “Casa tomada”, “La autopista del Sur”, “La señorita Cora” y “La noche de Mantequilla”, cuentos que, encima, sólo puedo definir como cortazarianos. Cortázar es un escritor que se explica a sí mismo, el padre joven de tantos pese a las diferencias generacionales. En los cuentos de Cortázar había una fuerza diferente. El domi...