miércoles, 25 de noviembre de 2015

Cuando la vida no basta

Por Fabián Soberón* 

"La literatura -dice Antonio Tabucchi citando a un poeta- es la demostración de que la vida no nos basta". El viaje, como parte de la vida, no nos basta. Es necesario el ejercicio de la literatura. Y eso es lo que hace Tabucchi en Viajes y otros viajes (Anagrama, 2012).

Tabucchi narra viajes, cuenta experiencias que ya son en la nostálgica escritura, episodios, escenas; recorridos que ya son recuerdos narrativos, encuentros que ya son evocaciones críticas. Tabucchi escribe sus viajes y en ese acto rutinario y mecánico convierte a las experiencias en la materia huidiza y diáfana, hermosa y fatal de la literatura. 

Su libro Viajes y otros viajes podría llamarse Ciudades y otras ciudades. O Ciudades y otros ensayos literarios. Tabucchi repasa con mirada lúcida y fascinante el mapa que los años han hecho con las ciudades heterogéneas que ha visitado. Viajes... no es un libro de viajes. Es un libro de crítica literaria y cultural. Es un libro que entreteje las ciudades con la literatura, la lupa crítica con la calle perdida, la mirada amenazada por la ciudad con el pensamiento preciso y estético sobre el mundo y los libros. 

Tabucchi dice en la conversación que antecede a las crónicas que le parece feo viajar pensando en escribir. Tabucchi cumple con su mínima doctrina. Los textos no son meras crónicas de viaje sino micro ensayos sobre la experiencia del viaje y sobre la literatura. 

Para Tabucchi, todo viaje es un lúcido pretexto. Un pretexto para el pensamiento, para la crítica. Se podría decir que Tabucchi cumple el dictamen de Wilde: ensaya, en este libro, el viaje como la forma moderna de la crítica. El viaje autobiográfico como una forma indirecta de la crítica. En estas páginas pletóricas de versos y de referencias históricas, llenas de pretéritos diversos, el viaje es una forma de filosofía del pasado, una filosofía del tiempo. Tabucchi reflexiona, a pesar suyo, sobre aquello que continuamente se pierde, que continuamente deja de ser. En el viaje, el huidizo acontecer, se potencializa. Todas las cosas y las personas fluyen, quedan atrás, y se convierten en un curioso ejemplo del hermoso y fascinante río del pasado que vuelve al inasible presente, que vuelve como recuerdo utópico, imposible. 

Los viajes y los libros 
El primer texto consigna un viaje mínimo, incandescente, revelador. Narra el viaje en tren desde su pueblo a Florencia. Lo lleva un tío. Este, además de conocedor de arte, es alguien que quiere darle al niño Tabucchi una formación. Y Tabucchi, recuerda, ya mayor, esa experiencia. ¿Y qué recuerda? Evoca la mirada de niño desde la perspectiva del escritor.

"...Tío, ¿qué hay que hacer para ver a los ángeles? Y él me contestaba: para ver a los ángeles hay que saber sujetar el pincel". En esa frase enigmática del tío se cifra la idea de este libro: para viajar hay que saber escribir el viaje. 

Libro Viajes Y Otros Viajes
Continuamente se queja de los viajes del turista típico, del turista kitsch, aquel que solo ve, de manera fugaz y prefijada, las locaciones establecidas por las empresas de viajes. Justamente, saliendo de ese recorrido, Tabucchi recomienda caminar unas cuadras y visitar, en Pisa, una posada en la que vivió Giacomo Leopardi desde el otoño de 1827 al verano de 1828. 

"Pisa fue amada por Leopardi y la ciudad le reservó una cálida hospitalidad". Pero la ciudad fue algo más para el poeta. Pisa le permitió retomar la escritura, luego de una profunda crisis. Escribe Tabucchi: "Consiguió desgarrar la telaraña de la depresión y renació a nueva vida". Allí escribió A Silvia y La resurrección. Para el final, se reserva una confesión bibliófila. Como todo lector, busca en una calle perdida, una librería de viejo. Con contenida emoción, se pregunta: "¿Quién sabe si ese turista que se ha evadido durante unos pocos minutos del camino marcado no acabe regresando a su autobús como una reliquia". 

En París, Tabucchi no se detiene en los monumentos consagrados. Como si hiciera el viaje en contra de las guías turísticas, anota: "Todas las guías turísticas nos dirán que todas las obras de Delacroix expuestas en place Furstenberg son "menores", dado que las mayores se hallan en el Louvre". Tabucchi nos convence de lo contrario. En la casa taller de Eugene Delacroix, se pueden ver los instrumentos musicales del pintor, los utensilios que recogió en su viaje por Andalucía, Marruecos y Argelia. "En Marruecos, Delacroix tuvo el privilegio de entrar en un harén y la tristeza de esas mujeres prisioneras le provocó una profunda emoción". 

Como en Citizen Kane, como en Hamlet, Tabucchi se vale de la duplicación escénica: narra un viaje dentro de un viaje y el lector siente que asiste a una estructura de espejos que multiplica el sentido de la realidad. "Delacroix escribió un diario que es uno de los más fascinantes libros de viaje del siglo XIX francés. Era también un escritor de talento, y sus textos sobre la pintura y el arte revelan una mano literaria insólita para quien está avezado a los pinceles. Sus consideraciones acerca de la música son admirables, y explican su gran amistad con Chopin, de quien pintó indiscutiblemente su más hermoso retrato". De la casa de Delacroix nos vamos con la íntima necesidad de leer ese diario. ¿Para qué sirve un viaje si no es para viajar por otros medios? 

Lisboa, ciudad de saudade: casi se podría decir que esta crónica-ensayo es la síntesis del libro. Tabucchi sostiene que es imposible comunicar con palabras de otra lengua el sentimiento de la saudade. Y este sentimiento de imposibilidad es, de alguna forma, el bello escozor que atraviesa el libro. Todo hace suponer que Tabucchi experimenta en el viaje, o en la escritura del viaje, esa extraña alegría de la nostalgia recordada con calma, esa extraña melancolía que acude, presurosa, en el texto que recupera el viaje. La saudade es, entonces, la felicidad nostálgica por lo ya visto que se recupera, tardía y desenfocada, en la hoja, ese viaje que ya no existe pero que vive como melancolía en el papel. 

Después de muchos kilómetros en auto, Tabucchi y su esposa, María José, llegan a Ürgüp, ciudad principal de Capadocia. Tabucchi describe la zona como un paisaje lunar que mezcla cenizas, lodo y fango, una extraña mezcla del Gran Cañón norteamericano y la Capilla Sixtina. La idea no es de él sino de un amigo matemático, quien lo impulsó a conocer Capadocia con esa frase que escapa a los dictámenes de la lógica. En Ürgüp, recuerda el escritor, Pasolini rodó su Medea. Las poblaciones se pierden en las rocas, en medio de una sequedad apabullante. En el interior de esas montañas, ocultas, están las múltiples capillas e iglesias que guardan poderosas obras de arte bizantino. Para el final del relato, Tabucchi guarda un recuerdo imposible. En el pequeño e incomparable hotel que cruza lo antiguo, lo familiar y lo moderno, Tabucchi y su esposa coinciden con una famosa intérprete de arpa. Una tarde, sentados en la entrada del hotel, María José recita en un idioma comprensible para la intérprete, un verso de Pessoa: "Oh, tocadora de arpa, si pudiera besar tus gestos sin besar tus manos". Y ella, inmortal, toca un concierto para los tres. 

En la última parte, Tabucchi escribe viajes sobre libros de otros. Comenta una historia de la literatura de Brasil y llama a este país "el edén de los remordimientos". Además de pensar el lugar del paraíso perdido, el libro que Tabucchi comenta y su viaje por el libro, reconstruyen los caminos idílicos que hizo la literatura de Brasil. Azorado, Tabucchi advierte que Brasil es, de alguna forma, la creación de una mirada de los europeos sobre el gran país. Es decir, un Brasil inventado para cumplir los caprichos, las ilusiones de los conquistadores. Es la teoría de Berkeley trasladada al imperialismo. Ser es ser percibido por el imperio. 

Tabucchi visita innumerables lugares y parajes, escondidos y abiertos en los distantes puntos del orbe: Mongolia (a través del relato de una amiga), Bombay, Creta, Boa, Séte, Jerusalem, las ciudades imaginarias de Calvino, la geografía lúcida e inventada de Rezzori, los cercanos monumentos de dos poetas en Lisboa: Pessoa y de António Ribeiro Chiado. Los destinos se acumulan; las lecturas y los versos se acumulan. La lectura de estos viajes es un modo de leer la biblioteca amplia y benéfica de Antonio Tabucchi. Los viajes heteróclitos y dispersos conforman una invisible y grácil biblioteca. Las sombras y los tiempos, el aire rojo del oriente, el color iridiscente del mar o las hierbas medicinales de Creta evocan las diversas lecturas, los libros: las armas de Tabucchi. 

A propósito de un exquisito y minucioso libro sobre la India, el escritor repasa el esfuerzo mental para escribir su novela Nocturno hindú. También escribe una crónica sobre las Islas Azores, en la lejana costa de Portugal, para revisar el plano de ensueño del personaje de Dama de porto Pim. 

Ese decir, el viaje es una forma de la autobiografía. Y la autobiografía es una forma de la crítica. O, la crítica es la forma moderna de la autobiografía, como quería Wilde. Los vasos llenos de citas se comunican y arden, arden, como quería Octavio Paz. "La poesía es tiempo y arde". Y en este libro ese verso es real. 

Coda 
A pesar de haber recorrido medio mundo, Tabucchi sabe que el viaje no es solo una travesía turística. Quizás por eso confiesa en la nota inicial: "Pero tal vez falten los viajes más extraordinarios. Son los que no he hecho, los que nunca podré hacer. Que permanecen sin escribir o encerrados en su propio alfabeto bajo los párpados, por las noches". 

El libro invita al viaje real pero también, y sobre todo, a realizar los íntimos recorridos literarios y críticos. 
Fabián Soberón es escritor, Profesor de Teoría y Estética del Cine de la Escuela Universitaria de Cine.
Fuente: La Gaceta

viernes, 20 de noviembre de 2015

Los correctores hacen mejores a los periodistas

Los correctores de estilo son necesarios en el periodismoPor: Enrique Bullido


"Cuando el periodismo aún se parecía al Periodismo, y eras un redactor novato que pisaba por primera vez la redacción, había dos personajes a los que mirabas con un respeto singular, mayor que el que te inspiraban los redactores jefes en mangas de camisa con tirantes y una botella de whisky metida en un cajón de la mesa, o los grandes reporteros con firma en primera página, a cuyas leyendas soñabas con unir un día la tuya. Los dos personajes a los que más podía respetar un joven periodista eran el corrector de estilo y el redactor veterano”.

Así comienza Arturo Pérez-Reverte Sientate aquí, chaval, un genial retrato de cómo eran los inicios de la profesión periodística en la época en la que el periodismo no tenía el apellido digital y se podía fumar en las redacciones.

En mi caso, cuando entré por primera vez en una redacción con un contrato de prácticas bajo el brazo que aprovechar, ambas figuras (el redactor veterano y el corrector de estilo) estaban encarnadas en una persona. Los periodistas que ya tenían una trayectoria en aquella redacción y los jóvenes que empezábamos le entregábamos nuestros textos en papel según íbamos acabándolos, y tras una exhaustiva lectura nos llamaba para devolvernos una hoja llena de anotaciones y correcciones en rojo, y para acribillarnos a preguntas sobre los más pequeños e inverosímiles detalles de nuestra información.

No diré que esas dos tareas (el interrogatorio sobre los pormenores de una noticia y la corrección lingüística de los textos) han desaparecido de las redacciones, pero sí que han quedado reducidas prácticamente a un mero trámite. Basta con una pasada rápida por el corrector automático del procesador de textos para dar el visto bueno a una información y lanzarla en busca de su minuto (o tuit) de gloria en las redes sociales, con el único objetivo de atraer clicks en manada a la web.

Los recortes que durante los últimos años han afectado al periodismo empezaron, paradójicamente, por estas áreas fundamentales de la información: la corrección lingüística y la experiencia profesional. Y eso se ha notado, y mucho, en la calidad de la información.

Así comienza Arturo Pérez-Reverte Sientate aquí, chaval, un genial retrato de cómo eran los inicios de la profesión periodística en la época en la que el periodismo no tenía el apellido digital y se podía fumar en las redacciones.

En mi caso, cuando entré por primera vez en una redacción con un contrato de prácticas bajo el brazo que aprovechar, ambas figuras (el redactor veterano y el corrector de estilo) estaban encarnadas en una persona. Los periodistas que ya tenían una trayectoria en aquella redacción y los jóvenes que empezábamos le entregábamos nuestros textos en papel según íbamos acabándolos, y tras una exhaustiva lectura nos llamaba para devolvernos una hoja llena de anotaciones y correcciones en rojo, y para acribillarnos a preguntas sobre los más pequeños e inverosímiles detalles de nuestra información.

No diré que esas dos tareas (el interrogatorio sobre los pormenores de una noticia y la corrección lingüística de los textos) han desaparecido de las redacciones, pero sí que han quedado reducidas prácticamente a un mero trámite. Basta con una pasada rápida por el corrector automático del procesador de textos para dar el visto bueno a una información y lanzarla en busca de su minuto (o tuit) de gloria en las redes sociales, con el único objetivo de atraer clicks en manada a la web.

Los recortes que durante los últimos años han afectado al periodismo empezaron, paradójicamente, por estas áreas fundamentales de la información: la corrección lingüística y la experiencia profesional. Y eso se ha notado, y mucho, en la calidad de la información.
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La extinción de los correctores en las redacciones ha hecho mucho daño al periodismo. Su labor no solo se limitaba a detectar erratas y evitar errores que se escapaban a los ojos del autor del texto. La tarea de los correctores también consiste en enriquecer las informaciones proponiendo sinónimos y mejorando las frases para hacerlas más atractivas.

Porque una simple coma mal puesta puede provocar, en el mejor de los casos, un ataque de risa…
Ejemplo de coma asesina
La extinción de los correctores en las redacciones ha hecho mucho daño al periodismo. Su labor no solo se limitaba a detectar erratas y evitar errores que se escapaban a los ojos del autor del texto. La tarea de los correctores también consiste en enriquecer las informaciones proponiendo sinónimos y mejorando las frases para hacerlas más atractivas.

Porque una simple coma mal puesta puede provocar, en el mejor de los casos, un ataque de risa…
Portada del Diario de Navarra
Sin duda, una de las competencias básicas de un periodista es una correcta expresión oral y escrita. No se puede ser buen periodista si no se escribe correctamente, y si no se conocen y respetan las más elementales reglas de ortografía y de gramática.

Los periodistas deben tener un adecuado dominio del lenguaje, su herramienta de trabajo, y escribir con corrección y sin faltas de ortografía, independientemente de que haya correctores o no. Pero los correctores pueden ayudar a mejorar los textos periodísticos.

Como se indicaba en las conclusiones del X Seminario Internacional de Lengua y Periodismo, organizado por la Fundación del Español Urgente (Fundéu BBVA) y la Fundación San Millán de la Cogolla, los escritores hacen mejores escritores y periodistas porque “la corrección aporta seguridad y confianza a los periodistas y calidad a los textos finales”.

La proliferación de redes sociales, blogs y plataformas de autoedición literaria también hacen cada vez más necesarios los servicios de correctores profesionales. Por ello, Fundéu BBVA y la Unión de Correctores (UniCo) han firmado un acuerdo para promover el uso de servicios profesionales de todo tipo de textos que se publican en formato digital.

Este blog tiene su propia correctora de estilo, @parizamar, que lee cada entrada, detecta errores, sugiere cambios, depura el estilo y mejora los textos con sus consejos. Sirva este artículo como agradecimiento y reconocimiento a su labor, y a la del resto de compañeros de profesión. Sería bueno volverlos a ver por las redacciones.


Fuente: La pirámide invertida 
http://enriquebullido.com/

viernes, 13 de noviembre de 2015

Salvador Benesdra

El traductor es una de las novelas míticas de la literatura argentina. Y su autor reunía todas las características para la construcción de ese mito. Con su reedición junto a El camino total, su otro libro, vida y literatura se combinan en una fórmula letal e infalible.
Salvador Benesdra nació en 1952 en Buenos Aires. Fue el hijo menor de una familia de clase alta dedicada al comercio de zapatos. De niño no habló hasta después de los 3 años -lo "normal" es más o menos antes del primero- y fue toda su infancia tartamudo. Cuando descubrió la lectura, también descubrió el insomnio prematuro: podía pasarse varias noches sin dormir para terminar sus libros. En la preadolescencia, luego de leer las obras completas de Lenin, inició su militancia en el Partido Obrero y a los 15 años convenció a su profesor de literatura de que se afiliara. 


Entre esa época y el comienzo de su carrera universitaria fue cuando estudió y aprendió los siete idiomas que hablaba con fluidez. Al momento de su muerte, estudiaba el octavo: japonés. Cursó la carrera de Psicología y la terminó en dos años. Durante la dictadura, se exilió en Francia con su pareja -Mirta Fabre-, y luego de que le extrajeron las glándulas paratiroides en una operación de rutina, tuvo su primer brote psicótico. En 1982 volvió a Buenos Aires y fue cuando empezó su carrera periodística en varios medios, como analista político y económico. Disfrutaba el periodismo y veía la redacción como un espacio para desarrollar el pensamiento. Con la profundización del modelo neoliberal menemista y su intensa actividad sindical, los brotes psicóticos volvieron con más frecuencia, siempre bajo la misma idea: una inminente invasión extraterrestre que pretendía robarse el Obelisco. 

Si Salvador Benesdra les parece un tipo raro, falta agregar que era un gran nadador, un excelente bailarín de salsa y que escribió la novela modernista más importante de la literatura argentina, junto con el Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal. La novela se llama El traductor y es un largo texto autobiográfico que trata de dibujar o mapear -en el contexto de la caída del muro de Berlín- cómo es que funcionaba la mente de Salvador Benesdra ante los eventos de su realidad intelectualizada. Ricardo Zevi, el protagonista y álter ego de Benesdra, es una mente paranoide que lee los acontecimientos desde las propuestas teóricas de los autores que más resuenan en su formación humanista: filósofos, sociólogos, escritores, pedagogos. A su vez, se ve enredado en una historia de amor patológica con una evangelista salteña a la que convence de que abandone su religión. Así, la narración avanza sin tropiezos con una prosa barroca y magnética a lo largo de casi 700 páginas. Si el traductor -Ricardo Zevi- es Benesdra, entonces se ha de suponer que Turba, la editorial para la que trabaja, es la redacción del diario Página/12, donde Benesdra era redactor. El clima caótico de la flexibilización laboral y el mundillo del asambleísta asalariado es el apocalipsis generacional del libro. Un mundo en el que rápidamente lo que hasta hace un instante se consideraba nuevo ya es algo obsoleto, y una nueva categoría de novedad trae consigo una nueva idea de modernidad. 

El traductor fue finalista del premio Planeta de 1995 (en 1994 ni había llegado a esas instancias). Benesdra insistió en un par de editoriales más y finalmente, luego de que le dijeron que no era un libro para el mercado, guardó el manuscrito en un cajón y empezó a escribir otra cosa. En 1996 su familia y amigos decidieron hacer una edición paga de la novela en Ediciones de la Flor; la tirada rápidamente se agotó y empezó el mito. 
El traductor es una de las novelas míticas de la literatura argentina. Y su autor reunía todas las características para la construcción de ese mito. Con su reedición junto a El camino total, su otro libro, vida y literatura se combinan en una fórmula letal e infalible.
El año pasado, la editorial palermitana Eterna Cadencia reeditó este libro junto con otro inédito de Benesdra: El camino total. Un texto de autoayuda. Si leemos el subtítulo, que es "Técnicas no ingenuas de autoayuda para gente en crisis en tiempos de cambio", podemos pensar que está hablando, desde una zona no ficcional, de los mismos temas que El traductor. Bien, el libro es una compilación de técnicas, reflexiones y consejos para las personas con problemas depresivos. Movilizado por la rentabilidad de los libros de autoayuda, sus estudios en meditación, psicoterapia, genética, y por la acumulación de "brotes psicóticos", decidió escribir -mientras avanzaba con los primeros capítulos de El traductor - un libro que lo acompañara. Que hablara de sus procesos humanos más íntimos despojados de la construcción de autor que hay detrás de cada novela. Así es como debe leerse El camino total y así es como debe entenderse El traductor. Como un libro autoritario que necesitó de otro pequeño e intimista para consolidar su monstruosa autoridad. Dos libros que hablan de una personalidad dividida, extasiada, y a la vez preocupada, que ya no puede con lo que su cabeza le dicta. 

Salvador Benesdra presentía, tal como los epilépticos y demás enfermos neurológicos, la aproximación de una nueva crisis. Por eso es que el 1 de enero de 1996 abandonó la playa uruguaya en donde estaba descansando, escribiendo, para volver a su departamento de Barrio Norte. Hizo un llamado a la clínica psiquiátrica en la que solía internarse para que le reservaran un espacio, pero luego lo canceló. Salvador Benesdra saltó el 2 de enero del piso décimo de su departamento en la calle Solís, unos meses antes de que su novela fuera publicada. En una carta que dejó a su hermana decía que no se sentía mal, que estaba muy bien, que de hecho estaba demasiado bien. 

La apuesta editorial de Eterna Cadencia, al presentarnos estos dos volúmenes que componen lo que sería la obra completa de Benesdra, es la de mostrar no solo un libro de cualidades asombrosas, sino también la personalidad de cualidades asombrosas que escribió el libro. 

Fuente: Carlos Godoy, Brando.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Antonio Dal Masetto

Ayer, a los 77 años y tras varios meses delicado de salud, murió en la madrugada de ayer, Antonio Dal Masetto, "escritor espía", como se definía ante su público, autor de prosa sobria y directa, cuya historia personal atravesada por la Segunda Guerra Mundial en su Italia natal y la migración de su familia a nuestro país ha dejado certeramente reflejada en varias de sus novelas.

Había nacido el 14 de febrero de 1938 en Intra, y 12 años después se radicó junto con su familia en la ciudad bonaerense de Salto, donde el fútbol lo ayudó a acercarse a sus compañeros de escuela y la biblioteca popular le abrió la puerta al castellano y a la literatura a partir de las aventuras de Emilio Salgari.

Había llegado a la Argentina con su madre y su hermana para reunirse con su padre, que hacía dos años vivía en Buenos Aires. Traía la ilusión de convertirse en artista plástico. Es que las monjas de la escuela a la que concurría en su pueblo le habían visto condiciones y hasta se habían atrevido a llamarlo "el pequeño Giotto", porque como el gran maestro, mientras en su niñez cumplía con su tarea de pastor de ovejas, dibujaba el paisaje.


La inicial vocación y expectativa se reconvirtió a los 17 años. "Para pintar necesitaba demasiado espacio. Para escribir con un lápiz y un cuaderno alcanza", argumentó una y otra vez, en cada ocasión que tuvo que explicar por qué había elegido la literatura. Y, luego, recordaba que antes de dedicarse a escribir fue albañil y vendedor ambulante, atendió la carnicería de su padre en Salto y hasta una heladería, tarea que lo fascinaba, porque creía que preparar un helado tenía cierta similitud con armar un ramo de flores.

"Utilizo mi propia existencia para hacer ficción", admitía al confirmar las huellas autobiográficas de la trilogía sobre la inmigración que comenzó con Oscuramente fuerte es la vida (1990), siguió con La tierra incomparable (1994) y cerró con Cita en el Lago Maggiore (2011).


Recibió distintos galardones literarios, que recibió con respeto, pero sin dejarse tentar por la vanidad. "Un premio es importante hasta que te lo dan. Después pasa a ser un dato más para la solapa de los libros", sostuvo días después de alcanzar el Premio Planeta 1994 por La casa del nogal que se editó con el título La tierra incomparable en la colección Biblioteca del Sur.

El "Tano" Dal Masetto, como lo llamaban todos los que tuvieron trato personal y profesional, deja un acervo de más de diez novelas, entre las cuales se cuentan Siete de oro (1969), Tres genias en la magnolia (2005), Sacrificio en días santos (2008)e Imitación de la fábula (2014); seis libros de cuentos -Ni perros ni gatos (1987), Reventando corbatas (1989), Amores (1991), Gente del Bajo (1995), El padre y otras historias (2002) y Señores más señoras (2006)- y el libro de relatos Crónicas argentinas (2003).

En los últimos meses, su salud se tornó frágil y hacía poco menos de una semana había sido internado en el Hospital Italiano, donde murió de un infarto cardíaco. Pero en ese lapso, concluyó Crónica de un caminante, que en diciembre publicará Sudamericana (ver aparte). Dejó muy avanzada otra obra, aunque no se sabe qué decisión tomarán sobre ella sus hijos Marcos y Daniela, de sendos matrimonios con María Di Silvio y Graciela Marmone.

Dal Masetto no sólo narró sus vivencias y las de su madre sobre la guerra y el regreso a Italia después de muchos años, sino que pintó los miedos que tuvo como muchos argentinos en los tiempos de la dictadura. Su novela Hay unos tipos abajo fue un guión de televisión, protagonizado por Emilio Alfaro y dirigido por Rafael Filippelli. Ambos decidieron llevarla al cine, con el mismo título, en 1985, protagonizada por Luis Brandoni y Luisina Brando. También en la pantalla grande, Jorge Polaco dirigió Siempre es difícil volver a casa (1992), novela en la que se basó también un film de Romain Gavras (hijo de Costa-Gavras).

Siempre se consideró a sí mismo un "espíritu itinerante que quería saber qué pasaba más allá de la frontera, de la ruta que veía", según sus propias palabras. "Sentía que en el pueblo me ahogaba", explicó la razón por la que dejó Salto y se instaló en Buenos Aires, solo, compartiendo un cuarto de pensión con otros cinco hombres. Tal vez ese mismo ahogo lo llevó a mudarse a Bariloche con su primera esposa, a dejar la ficción por un tiempo. De esa experiencia, regresó a la gran ciudad para dedicarse entero a escribir aunque "pasara hambre". Siete de oro fue su primera novela, donde sentó el sello autobiográfico que mantuvo por más de 40 años.

Alternó su producción literaria con la publicación de notas periodísticas y columnas en el diario Página 12, el dictado de talleres de escritura con interminables charlas con autores y amigos entrañables como Miguel Briante (1944-1995), Osvaldo Soriano (1943-1997), Guillermo Saccomano, Ricardo Piglia y su agente y amigo personal Diego Mileo, que tuvo la difícil tarea de confirmar oficialmente su muerte.

Con su lápiz sobre el cuaderno, escribió muchas de sus crónicas en los bares del Bajo porteño, su barrio, que le generaban una gran fascinación: "Yo espero en esas mesas, como un cazador con la escopeta amartillada, que caiga la historia. Si uno está alerta siempre aparece. El escritor es un espía que anda por el mundo tratando de robar cosas en un lado y en otro para alimentarse".

Todos coincidieron siempre en destacar su amistad, que superaba la actividad profesional, y su personalidad afectuosa. "Dal Masetto es italiano de nacimiento, pero como escritor no puede ser más intensamente porteño. No sólo ha publicado cuentos y novelas, sino también poesía. Su don poético, cuando queda libre, le permite volar y permite volar al lector", había señalado Eduardo Gudiño Kieffer al darle la bienvenida a su novela Fuego a discreción (1991).

Sus restos serán cremados pasado mañana y su familia dispondrá el destino final.

Biblioteca elemental

Los ejes de una obra con sello autobiográfico

Temas

La inmigración, el desarraigo, los miedos íntimos y los viajes son tópicos recurrentes en Dal Masetto

Títulos

De su trilogía sobre la inmigración se destaca Oscuramente fuerte es la vida; Hay unos tipos abajo y Siempre es difícil volver a casa fueron llevadas al cine

Premios

Obtuvo el Konex de Platino 2014 Novela (2011-2013); el premio Planeta 1994; el Municipal en 1990 (Segundo Premio Municipal en 1987 y 1983) y, en sus inicios, una mención en el Casa de las Américas 1964, por Lacre, su primer libro de cuentos.




Fuente: La Nación