sábado, 30 de junio de 2012

Un manual no sexista gramaticalmente correcto


La lengua, como producto social que es, se ve a veces condicionada en su uso por factores extralingüísticos, algunos de ellos de marcado carácter ideológico. Y siempre que tras los usos lingüísticos se esconden motivaciones ideológicas se suscitan acalorados debates de los que se hacen eco los medios de comunicación. Piénsese, por ejemplo, en los que provocaron el nombre del idioma o la planificación lingüística de distintas comunidades autónomas. No podemos sorprendernos, pues, que otro tanto ocurra con los llamados procedimientos igualitarios. 

Como es sabido, el interés por las alternativas para erradicar el sexismo lingüístico viene a coincidir en España con la llegada de la democracia. Así, una sociedad que aspira a alcanzar la igualdad entre los sexos comienza a demandar unos usos lingüísticos más acordes con la nueva realidad. Es cierto que no todos los recursos igualitarios merecen la misma consideración atendiendo a las normas gramaticales vigentes (unos son agramaticales como la @, otros lentifican el discurso como el uso abusivo de los desdoblamientos y otros como los abstractos o los colectivos, por ejemplo, son rentables y de utilidad en muchos contextos); pero, en mi opinión, merecen respeto en tanto que intentan dar respuesta a una demanda social: no estando de más recordar que es la lengua la que está al servicio de la sociedad y debe responder a sus necesidades, y no a la inversa. 

No es menos cierto que el uso de estos procedimientos se ha argumentado, en ocasiones, con acierto y, en otras, no tanto. De cualquier modo, siempre es legítimo disentir, aclarar o, incluso, corregir, si se estima oportuno. En cambio, debería ser inadmisible caer en la descalificación o en el insulto tal como se ha hecho estos días en muchos de los artículos publicados por la prensa. 
Estas páginas no tienen el afán de avivar la polémica, sino hacer solo algunas precisiones al informe emitido por el profesor y académico Ignacio Bosque, «Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer», en lo que respecta al contenido del Manual de lenguaje administrativo no sexista (2002), redactado a instancia del Ayuntamiento de Málaga por tres profesoras de la UMA, entre las cuales me encuentro. 

Antonia Medina Guerra, Diario del Sur  
Este Manual fue seleccionado, según se deja entrever en el primer punto del mencionado informe, al azar; pues para tal elección no se expone que se siguiera criterio alguno. Por razones evidentes, hubiese sido de gran interés científico y social que entre las obras elegidas se encontrase la publicada por el Instituto Cervantes con el apoyo del Instituto de la Mujer, Guía de comunicación no sexista (2011). Lamento que no haya sido así. Soy consciente de que no podré detenerme, como me gustaría, en los once puntos del mencionado informe (ya habrá otra ocasión para ello); pero, puesto que el debate se ha producido en los medios de comunicación, he creído necesario dar mi opinión, aunque de manera breve, a través de la prensa, aludiendo a los aspectos que considero más esenciales para aclarar o rebatir algunas de las opiniones emitidas por Bosque sobre MAL (sigla con la que designa la obra de la que soy coordinadora y coautora): 1) Aunque se comienza el segundo punto reconociendo que MAL constituye una importante excepción al estar redactada por lingüistas y que «es la guía más completa de las nueve, y también la menos radical en sus propuestas», unas líneas después afirma -esta vez sin hacer salvedad alguna- que los textos a los que se refiere «[…] contienen recomendaciones que contravienen no solo normas de la Real Academia Española y la Asociación de Academias, sino también de varias gramáticas normativas, así como de numerosas guías de estilo elaboradas en los últimos años por diversos medios de comunicación». 

En el caso de MAL, tal afirmación resulta del todo desafortunada, ya que, como se señala en distintas ocasiones a lo largo de la obra e incluso en la contraportada: «[…] el fin último de este Manual [es] el de familiarizar al personal administrativo del Ayuntamiento con las muchas estrategias no sexistas con las que cuenta nuestra lengua […], sin que ello implique violentar o atentar contra las normas gramaticales vigentes». Del mismo modo, se hace notorio al consultar MAL que se han tenido muy en cuenta los criterios académicos, como lo demuestran, entre otros aspectos, las referencias explícitas a las obras académicas entonces en vigor (téngase en cuenta que es un texto de hace diez años) o las alusiones directas a la Academia (por ejemplo, en las pp. 25, 26, 81, 87 o 95). 

2) En el apartado 3, tras mencionar que de las nueves guías seleccionadas «MAL es la única que acepta el uso no marcado (más comúnmente llamado genérico) del masculino, como en El trabajador debe exigir sus derechos (MAL-29) o en El alumno deberá asistir puntualmente a clase (MAL-32), donde admite que “el masculino es extensivo a las mujeres” (MAL-47), mientras que las demás no aceptan su empleo y recomiendan evitarlo en todos los casos», vuelve a generalizar sin hacer distinciones: «Entre los aspectos que comparten las guías de lenguaje no sexista destaca sobre todo una argumentación implícita que me parece demasiado obvia para ser inconsciente […]. 

Consiste en suponer que el léxico, la morfología y la sintaxis de nuestra lengua han de hacer explícita sistemáticamente la relación entre género y sexo, de forma que serán automáticamente sexistas las manifestaciones verbales que no sigan tal directriz, ya que no garantizan “la visibilidad de la mujer”. En este punto coinciden todas las guías, aun cuando se diferencia en el énfasis que ponen en la conclusión alcanzada». Tal premisa no debería deducirse del contenido de MAL, ya que en este texto se considera que «[…] el sexismo lingüístico no radica en la lengua española como sistema, sino que se halla en algunos de los usos consolidados y aceptados como correcto por la comunidad hablante» (p. 21), lo que justifica, por ejemplo, el tratamiento que se le da al género gramatical en el capítulo «Problemas morfosintácticos», del que reproduzco el siguiente párrafo para apoyar mi argumentación: «Frente a este doble valor del masculino en español, el femenino solo tiene un uso, el específico, es decir, que únicamente puede emplearse referido a las mujeres, por eso decimos que posee un sentido restrictivo. Esta situación de predominio lingüístico del género gramatical masculino es confundida con el dominio del varón en la sociedad. De esta forma, el género gramatical es asimilado, de manera errónea, a la realidad social. De hecho, el problema no se plantea porque el español posea géneros como el femenino y el masculino, sino por la incorrecta asociación que establece la comunidad hablante entre sexo y género» (p. 29). En definitiva, no podemos considerar que el masculino genérico no haga referencia a ambos sexos, porque ello implicaría aceptar que la lengua española es sexista como sistema y nosotras partimos del hecho de que el sexismo está en el uso, porque «La lengua española dispone de suficientes recursos para evitar el sexismo lingüístico» (p. 21). Ahora bien, dicho esto, debemos reconocer que hay recursos que se consideran más igualitarios que otros, ya sean por razones extralingüísticas como la incorrecta asociación de género gramatical y sexo o la actitud de la comunidad hablante ante la lengua, o por razones lingüísticas como la ambigüedad del masculino, precisamente por su doble valor específico/genérico, en algunos contextos. 
3) En mi opinión, el apartado 4 merece más de una reflexión. Por ejemplo, no entiendo la expresión «con la posible excepción de MAL» (o es una excepción o no lo es; esta fórmula vuelve a emplearse en el punto 7); pero, como tengo que ser breve en mi exposición, me detendré solo en lo más relevante por lo que insistiré que una vez más Bosque hace una interpretación incorrecta de nuestro Manual en la segunda parte de esta afirmación:
 «En cuanto a MAL, considera, correctamente, que son sexistas frases como En el turismo accidentado viajaban dos noruegos con sus mujeres (MAL-72), pero recomienda a la vez escribir Los gerentes y las gerentas revisarán las solicitudes presentadas hasta la fecha (MAL-81), puesto que entiende que usar únicamente los gerentes podría ser discriminatorio con la mujer».

No sé cómo el profesor Bosque llega a esta deducción, puesto que en la p. 81 nos limitamos a exponer las distintas posturas que, en cuanto al uso del masculino plural con valor genérico, conviven en la comunidad hablante. Además, hemos sido muy cautelosas con el empleo de los desdoblamientos, pues en distintas ocasiones (por ejemplo, en las pp. 89 y 90) insistimos en que provocan recargamiento y lentitud en la expresión. Esto no quiere decir que no puedan utilizarse, ya que no son agramaticales y resultan de utilidad en contextos puntuales como, por ejemplo, en el encabezamiento de las cartas. 4) En los apartados 5, 6 o 7, Bosque insistir en algunos aspectos ya expuestos con anterioridad:
 «De hecho, tales desdoblamientos múltiples se proponen a menudo como ejemplos en estas guías. La de la UNED considera que no debe decirse Los funcionarios interinos que hayan trabajado entre el 8 de julio y el 7 de enero […], sino (UNED -5) Los funcionarios y funcionarias interinos e interinas que hayan trabajado entre el 8 de julio y el 7 de enero […]. En MAL-70 se sugiere como pauta El/la avalado/a está obligado/a a comunicar a el/la avalista dicha circunstancia».

Por lo que respecta a MAL, estamos de nuevo ante una apreciación inadecuada, pues en la p. 70 afirmamos: «También podemos hacer uso de los dobletes con barra en otros tipos de documentos, si bien, esta opción, por razones estilísticas, no es la más recomendable» y remitimos a la p. 87 del Manual, donde se indica tras hacer alusión a la Ortografía (1999) de la Academia: «No obstante, y a pesar de que esté admitido, siempre que sea posible ha de evitarse separar con la barra la palabra y el morfema, pues afea el texto y dificulta su lectura, ya que si se opta por este recurso se habrá de utilizar no solo en los sustantivos, sino en todos los elementos con los que concuerden […]. Este conocido sistema de dobletes resulta, sin embargo, muy eficaz para suplir la falta de espacio en formularios e impresos». Después de esta remisión a la p. 87 se recoge el ejemplo al que hace alusión Bosque, ¿de verdad es posible creer que lo sugerimos como pauta? 

5) Las últimas referencias explícitas a MAL se hallan en el apartado 9:
 a) «Solo una de las nueve guías que cito recomienda evitar la arroba como signo lingüístico en todos los contextos. Aun así, no propone sustituir L@s niñ@s vendrán a clase con ropa cómoda (MAL-88) por el equivalente con los niños, sino las niñas y niños o con los/las niños/as».

El profesor Bosque parece olvidar que no hay otra interpretación posible de la @ en este tipo de frase, de ahí que en la página citada por el académico advirtamos que «[…] la utilización de este recurso no se limita en muchos casos a buscar la economía gráfica, sino que en realidad pretende eludir el uso genérico del masculino (lo que también es extrapolable, en ocasiones, a la barra), para lo que en caso de considerarse necesario, existen otros procedimientos, como los genéricos, las perífrasis, etc. Se trata, en definitiva, de una manifestación más de la equivocada asociación género-sexo y debe, por tanto, evitarse» (MAL-88). 
b) En lo referente a los listados de los colectivos y abstractos, se señala:
 «MAL es la única guía que actúa con cierta cautela: “Estos listados son orientativos y no deben interpretarse como soluciones válidas en todos los contextos” (MAL-52)».
Ahora bien, cuando sea posible, ¿por qué no habríamos de utilizar los colectivos o los abstractos, términos sancionados por el uso y recogidos en el DRAE? Además, colectivos como alumnado o profesorado tienen la ventaja de evocar la imagen mental de un grupo de personas de ambos sexos (con independencia de que se corresponda en todos los casos con la realidad), lo que no ocurre siempre con el masculino genérico por la incorrecta asociación género gramatical-sexo, a la que ya he aludido. 

De lo expuesto, creo que se evidencia que el académico y gramático Ignacio Bosque, a veces, formula apreciaciones muy dispares del espíritu con el que sus autoras concibieron el Manual de lenguaje administrativo no sexista del Ayuntamiento de Málaga: dar alternativas igualitarias desde el respeto a las normas gramaticales. Alternativas que, al contrario de lo que puede deducirse del informe de Bosque, son válidas en muchos contextos y no resultan ni agramaticales ni recargan el discurso. 

En definitiva, al igual que las guías de estilo de diversos medios de comunicación han intentado solventar, con mayor o menor acierto, cuestiones para las que la Academia tan solo muy recientemente ha propuesto solución como, por ejemplo, el plural de los extranjerismos, el Manual de lenguaje administrativo no sexista procuró responder a las necesidades planteadas por una institución pública, en este caso el Ayuntamiento de Málaga, para adecuarse a las directrices de transversalidad de género que señala la Unión Europea. Lo deseable sería, pues, que la Academia procurase ser, en todo momento, más diligente en su labor de guiar y arrojar luz en el correcto uso del español, y, por lo que respecta a los procedimientos igualitarios, no se limitara a suscribir las opiniones de uno de sus miembros, sino que diera respuesta de forma sistematizada a una preocupación que está instalada en una parte importante de la sociedad actual. 

lunes, 25 de junio de 2012

Páginas inéditas salvadas del fuego

Ernesto Sabato regaló a Elvira González Fraga, su compañera, capítulos de la novela La fuente muda, algunas de cuyas páginas inéditas publica ahora Babelia. En su búsqueda de la perfección, el escritor aparcó esta obra, que pretendía ser surrealista, y que redactó en los años cincuenta.
La fuente muda de Sábato debe su título a un verso de Machado
Los sucesos que terminaron con la locura y muerte de Carlos (llamémoslo así) acontecieron en 1939, antes de comenzar la guerra. Y, sin embargo, todavía suelo oír opiniones horribles acerca de él, todavía debo pelearme por él. Hay gentes "realistas", esas que dicen atenerse a los hechos, para las cuales la verdad es sólo lo que puede decirse en palabras claras y de límites bien nítidos, como se ve un objeto geométrico a la plena luz del día; para esa clase de gentes, la verdad acerca de Carlos son terribles palabras como cobarde, traidor, criminal. Y, no obstante, un hombre puede huir y no ser un cobarde, puede abandonar un movimiento y no ser un traidor, puede matar y no ser un criminal.


Hay una sola persona, quizá que podía haber dicho la verdad: Georgina. Es cierto que Georgina abandonó a Carlos a su propio derrumbe y este abandono puede parecer un hecho favorable a la teoría de sus enemigos. 
Pero yo tengo mis motivos para sostener que esa actitud de Georgina nada tiene que ver con los argumentos empleados por esas gentes siempre dispuestas a tirar la primera piedra. Por el contrario, esa actitud -que estoy lejos de justificar- precipitó al pobre Carlos en su desesperación y en su locura; y preparó el acto último y menos comprendido de su existencia: el asesinato de Yenia. El 27 de febrero de 1939, a las tres de la madrugada, en la pieza de la calle Gay-Lussac, Carlos mató a su amante: la apuñaló varias veces, luego la roció con nafta y la quemó.
No hay duda de que fue Carlos el autor de esa muerte, aunque no haya documentos que lo prueben. Pero este acto no revela de ningún modo -en mi opinión- que Carlos fuera un criminal en el sentido corriente de la palabra. No sé si adelantar lo que a mi juicio revela porque espero, deseo fervientemente, que la lectura de estas páginas hablen por sí mismas. Pero me siento tentado de decir una sola cosa y es que la aniquilación de Yenia sólo revela que Carlos no fue un héroe; porque el heroísmo, como alguien que no recuerdo ha dicho, consiste en ver el mundo tal como es y sin embargo vivir y amarlo.
Gigantografía en la  Av. 9 de julio
¡Cuántas veces he estado a punto de quemar estos papeles! Ahora, aquí, lejos de Buenos Aires, sentado sobre la hierba, a la orilla de un arroyo, todo aquello parece tan lejano e increíble que me hace dudar una vez más sobre la necesidad de relatar nada. Quizá contribuya a crearme este estado de ánimo la guerra: después de esa guerra bárbara y después que miles de seres indefensos se pudrieron o fueron quemados en campos de concentración, parece hasta vergonzoso ocuparse del destino de un solo hombre. Quizá sea también el campo: como a la luz del día, las ideas nocturnas parecen menos terribles, así el campo desagrava el espíritu del hombre que viene de la ciudad, oscura y desesperanzada. Quizá sea eso, en efecto: el estar tan lejos de las ciudades y de sus hombres, el recostarse en la hierba, el oír apenas el murmullo modesto del arroyito, el ver al Jeff que corre vanamente detrás de un martín-pescador, el ver las vacas que miran pensativamente a lo lejos.

Quizá sea todo eso lo que ahora me ha tentado una vez más a quemar los papeles. Pero, también una vez más, he sentido la impresión de que cometería una traición. ¿Una traición a quién?, me pregunto yo mismo. ¿A Carlos? Pero ¿acaso él pensó jamás que yo publicaría su historia después de su muerte? ¿No habría motivos para suponer, más bien, que sonreiría despectivamente de mis escrúpulos reivindicatorios, de mi deseo de justificarlo? Ya lo veo encogiéndose de hombros, levantando sus cejas, arrugando su frente con arrugas horizontales y mirando a lo lejos, a ningún punto, tal como era tan común en él, y comentando amargamente:

-¿Justificar qué? ¿Mi vida? Pero si mi vida no tiene justificación, si yo también soy una porquería, un fracasado. Además ¿por qué hay que justificar nada, mi vida o lo que sea? ¿Por qué ha de ser uno justo? ¿Y ante quién? ¿Ante los demás hombres? ¿Y ellos cómo se justifican? O quizá pensés que hay que justificarse ante Dios. Pero ¿acaso Dios es justo? Dejame de idioteces, por favor...

Después chuparía su eterno cigarrillo, en esa forma ansiosa con que lo hacía, y seguiría mirando a lo lejos, sombrío, aislado, insalvable.

Sin embargo, dejó esos papeles, esos trozos de novela, esos extraños cuentos, esas curiosas estadísticas. ¿Por qué no los destruyó si ya nada le importaba después de su muerte, si tanto le daba pasar a la posteridad (ante la pequeña posteridad que toda hombre tiene) como un canalla o como una pobre, indefensa criatura? Se puede argüir que si no los destruyó pudo ser, precisamente, porque nada le importaba de nada. Puede ser. Si le hubiera importado, en efecto, me los habría podido dejar a mí. Pero ni eso. Ahí quedaron, en su pieza de la calle Odesa, entre sus libros y sus bárbaros dibujos, donde la policía los requisó, con el resto de sus cosas.

Nada le importaba, pues. Y, no obstante..., una vez más he querido quemar todos esos papeles y una vez más (la última) he tenido la impresión de que cometería una traición a Carlos.

Su cuerpo murió en 1939; pero su alma, como pasa siempre, ha quedado en pedazos, dispersa aquí y allá, en el recuerdo mío, de Antonia, en el alma de Georgina y de sus enemigos, en su novela inconclusa, en sus cuentos, en sus extrañas estadísticas. Es curioso que el alma quede así destrozada y que cada amigo o enemigo se lleve un trozo, como el recuerdo de un país que se visitó, o como un despojo de guerra. Así andan los restos de Carlos, dispersos a los cuatro vientos, en recuerdos cada vez más imprecisos, en simpatías y en odios. Y me parece digno de ser meditado el hecho de que el odio de un enemigo contribuya así (y a veces con más fuerza) al mantenimiento de un alma.

Sea como sea, esos restos se hacen cada día más evanescentes y así Carlos va muriendo con los años la muerte final y verdadera. Ya sólo quedan visibles algunos pedazos, que se aferran a la vida como esos islotes que el río va socavando poco a poco, hasta que por fin desaparecen por completo. El tiempo es, en efecto, un río que termina por arrastrar y deshacer todo ¡y tan pronto!

Buena parte del alma de Carlos (quizá la más representativa) está en estos papeles y me parecería una traición destruirlos y dejar que sólo sobrevivan en estos próximos años los trozos más deleznables. Por eso he dicho que esta tentación de quemarlos, aquí, en la paz del campo, será la última. Publicaré los papeles de Carlos, aunque sean inconexos, aunque sean oscuros, aunque sean a veces ficticios. Al principio tuve el propósito de ordenarlos y hasta de rehacer la historia de mi amigo. Por aquel tiempo tenía yo aún la curiosa opinión de que una vida es algo que puede ser ordenado, aclarado y completado. Por aquel tiempo creía todavía en las reconstrucciones, a pesar de conocer el desaliento de Lord Raleigh.

Ahora soy más viejo, es decir más realista o más escéptico: sé ahora que la inconexión y la falta de sentido también forman parte de la realidad; sé, asimismo, que pretender reconstruir una vida es como pretender reconstruir un sueño con sus misteriosos escombros, con los restos de frisos soñados y las vagas columnas. La razón trata, vanamente, de realizar una arquitectura, pero ¡qué frágiles, qué pobres, qué groseras son sus reconstrucciones!

Ahora sé que querer reconstruir a Carlos sería algo así como querer ver plenamente ese templo fantasma.

Y Dios me libre de hacer una novela, con la trágica vida de mi amigo, porque eso sería peor que una traición.

Mi tarea, pues, es muy modesta y muy sencilla: es la tarea de un albacea.

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domingo, 24 de junio de 2012

Trece meses sin Sabato


Ernesto Sábato hubiera cumplido ayer cien años.  Un reportaje  de El País que incluye Páginas inéditas salvadas del fuego
Ernesto Sabato hubiera cumplido este domingo cien años, lamentablemente la vejez nos lo arrebató, pero su profundo sentimiento por todo lo humano, la agudeza de su pensamiento y   la desesperación de sus personajes nos quedan para siempre.

Antes de la lectura en la Fundación Ernesto Sabato en el barrio porteño de Palermo, Elvira González Fraga relató anécdotas compartidas con Sábato, de quien destacó su extrema sensibilidad, su timidez y un inmenso coraje para discernir.
“Íbamos mucho al cine. Yo le pedía que mirara al piso para que llegáramos una vez al tiempo porque lo paraban para abrazarlo”, recordó Elvira al revivir momentos con el ganador en 1984 del Premio Cervantes, fallecido el pasado 30 de abril.

González Fraga aseguró además que al escritor era un buen actor  al que le gustaba muchísimo hacer de loco  e interpretar al Quijote, mientras le enseñaba a ella el rol de Sancho.

También rememoró los tiempos de la última dictadura  (1976-1983), cuando se salvaron  tras ser perseguidos por un auto del que salía “un fusil por la ventanilla .

“Sabato iba manejando y no sé como logró confundirlo, se metió de contramano y lo perdimos”, dijo la mujer, para quien el autor vivía en un clima de temor y temblor de artista adolescente .

En 1984, un año después del retorno de la democracia al país, el autor fue presidente de la Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas  (Conadep) , que redactó el informe Nunca más, una obra clave que relató los horrores de la dictadura militar argentina.

“Había que jugarse la vida para investigar la historia en América Latina. Ernesto aceptó ponerse en el lugar de fuego más duro por las amenazas permanentes y por lo que significó investigar los crímenes de la dictadura”, resaltó el asesor principal del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo  (PNUD) Bernardo Kliksberg.

El experto también consideró que Sabato era el llamado permanente a la sociedad argentina sobre los valores, con un mensaje que despertaba, sin ninguna concesión.

Durante el homenaje, al que asistió entre otros muchos el embajador de España en Argentina, Rafael Estrella, el actor argentino Ricardo Darín leyó la parte final de la obra Sobre héroes y tumbas, una de las más conocidas de Sábato.

“Por una cuestión generacional, lo que a mí más me ha impulsado a admirarlo, quererlo y respetarlo (al escritor) es su actitud como ciudadano, su compromiso”, señaló Darín, minutos antes de iniciar la lectura en el homenaje realizado en la Fundación Ernesto Sabato, en el barrio porteño de Palermo.


Si bien aclaró que la lectura no es su fuerte, el actor leyó durante casi media hora frente a allegados e intelectuales el final del texto de Sábato.

“El autor pertenece a esa legión de tipos que fueron y son un ejemplo. Es una legión en extinción”, sostuvo Darín, quien destacó la “participación”  del escritor “como ciudadano” .

El autor de El túnel  y Abaddón el exterminador  murió el pasado 30 de abril en su casa de la localidad bonaerense de Santos Lugares, en la que residió durante los últimos 50 años prácticamente recluido debido a su ceguera, que le había obligado a abandonar sus dos principales pasiones, la lectura y la escritura.

Familiares, amigos y admiradores de Sabato despidieron sus restos con una ceremonia en un cementerio privado a las afueras de Buenos Aires luego del velatorio realizado en el club Defensores de Santos Lugares, al que el escritor concurría a tomar café y a jugar al dominó con sus vecinos.

El sepelio del autor debió extenderse más horas de lo previsto inicialmente ante la innumerable cantidad de gente que se acercó para dar su último adiós a esta figura icónica de la literatura argentina.

viernes, 22 de junio de 2012

Matrimonio homosexual, bloguero y friki, entran en el Diccionario de la RAE


El matrimonio entre dos personas del mismo sexo ocupa un lugar destacado en la lista de novedades que se han incorporado a la versión electrónica del Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), en la cual figuran también voces como bloguero, chat, espanglish, friki, SMS y tableta electrónica.
Entre esas novedades hay términos de todos los tipos, desde el cómic manga, la cienciología y el movimiento okupa hasta otros tan coloquiales como acojonamiento, culamen, gayumbos o peñazo, pasando por el euroescepticismo que parece reinar hoy día en gran parte de Europa y expresiones del ámbito económico como "riesgo de crédito" o "riesgo soberano".

El simpático "canalillo", es decir, el "comienzo de la concavidad que separa los pechos de la mujer tal como se muestra desde el escote", y el entretenido pasatiempo del sudoku, figuran igualmente entre los avances de la 23ª edición del diccionario, que se publicará en otoño de 2014 como cierre de la celebración del tercer centenario de la RAE, que comienza en 2013.
Todos estos términos han sido consensuados por las 22 Academias de la Lengua Española y se pueden consultar ya en la página web del diccionario académico.

Hacía tiempo que se esperaba la incorporación al diccionario del matrimonio homosexual, un tipo de unión que ya está reconocido por ley en España y en otros países hispanohablantes. Ahora se añade como una de las acepciones de la voz matrimonio, definido así: "En determinadas legislaciones, unión de dos personas del mismo sexo, concertada mediante ciertos ritos o formalidades legales, para establecer y mantener una comunidad de vida e intereses".

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lunes, 18 de junio de 2012

El Séptimo Círculo en la época de Borges y Bioy


Durante muchos años la colección de novelas policiales y de misterio que publicaba Emecé fue casi la única alternativa de los lectores del género. Habla uno de ellos.

Dos de mis cuatro libros favoritos de El Séptimo Círculo fueron publicados una vez que terminó el dominio de Jano Bifronte –la dirección de Borges y Bioy, o el “Biorges” que pergeñó Rodríguez Monegal–, cuando se ocupaba de ella Carlos Frías, creo. Son Mediodía de espectros, de John Dickson Carr, y No me apuntes con eso, de Kyril Bonfiglioli. La de Dickson Carr podría ser, en gran medida, inercia política de la editorial con el sello. En cambio, el estilo de Bonfiglioli –ambiguo, sardónico estentóreo– no hubiera solicitado el interés ni la curiosidad de los dos grandes maestros, de acuerdo con las confesiones esporádicas en las que revisaron esa relación –acaso la más estable y prolongada– con la edición de libros ajenos. En sus Memorias, Bioy recuerda que a Borges no le gustaba (o no le gustaba para empezar) La bestia debe morir, de Nicholas Blake, el número uno de El Séptimo Círculo. Conozco lectores fanáticos de la relectura, artistas supremos del arte de sobresaltar los márgenes con interrogantes, subrayar con birome y calificar el libro sin hesitación en la última página, que encuentran El Séptimo Círculo “floja”, y que suspenden el crédito a Borges y a Bioy por esta debilidad secundaria después de haber leído los primeros libros. La preferencia de ambos por Anthony Berkeley, John Dickson Carr y Richard Hull, por ejemplo, no determina una exclusividad, aun si no fuera una preferencia: traza un gesto de género (como quien dice “gesto de diseño”).
A la vez, un vistazo a los primeros treinta títulos de El Séptimo Círculo arroja una respuesta insatisfactoria a nuestro deseo de “coherencia” (pero la coherencia, como la madurez, no lo son todo, en un mundo gobernado a veces por dramaturgos menos complejos que Shakespeare). Dickson Carr y Michael Innes la simulan; Eden Phillpotts, ya entonces desdeñado y un tanto anacrónico, parece un capricho tardío de Borges. El permiso para un breve sobresalto –Extraña confesión– creo que precede el gusto de Bioy por Chejov (a Borges bien podría serle indiferente), y no está mal que una nota sobre un catálogo de policiales contenga un enigma, una dosis de misterio. El Amorim –El asesino desvelado– es un acto de condescendencia o de amistad (hay libros buenos de Amorim, no éste); ocurre lo mismo con Peyrou después: curiosamente, esa ruina perfecta –El estruendo de las rosas– funcionaba todavía con alegórico esplendor. La recurrencia de James Cain debió de ser idea de otros. Tampoco Patrick Quentin parece un gusto de los directores, instruido y afinado por ellos. El maestro del Juicio Final, de Leo Perutz, despierta la sospecha de ser Borges puro: es él quien tiene mejores conocimientos de la literatura en lengua alemana, y debilidad por los escritores provenientes de Praga. La omisión de Margery Allingham, una escritora que empezó sus artesanías cuando era apenas más grande que Daisy Ashford y después siguió haciéndolas cada vez con más gracia, coincide con la valoración –muy poca– que le adjudican Taylor y Jacques Barzun en su canónico A Catalogue of Crime, que es de 1971. Aunque hay dos libros de ella –La moda en mortajas, La muerte de un fantasma–, que me parecen obras maestras, el prestigio de la dama debe de ser producto del revisionismo posterior, un régimen que se permite sin ambages los beneficios de la exageración.


Otras voces

En la medida en que la gracia del género mismo se flexibiliza y se ensancha, Bioy señala alguna paradoja. La de que algunos de los novelistas hard boiled norteamericanos sean ingleses (como Peter Cheyney, por ejemplo, el salvoconducto –Lemmy Caution– que toma Jean-Luc Godard para conducir a Borges a Alphaville, en su film homónimo).

Una reacción similar va a despertar en Kingsley Amis el cacareado (sobre todo por los franceses) ejercicio de violencia que inauguran los novelistas “duros” respecto de los “blandos” (la tradición inglesa); el premio a su inspección rigurosa de los estilos cae en manos de Mickey Spillane (he aquí un novelista con nombre de personaje).

Sin embargo, el contorno de la definición de El Séptimo Círculo lo dan los lectores que a lo largo de los años supo encontrar, en lugares de aparente afinidad o de contraste disimulado. Encontré –o supe de– fanáticos de algunos libros de la colección en todas partes. Juan Marsé, de Laura, de Vera Caspary; Sergio Pitol de Mr. Byculla, de Erik Linklater (sobrevolado con ternura por Borges y Bioy); Carlos Monsiváis –sumisión plebeya– de La especialidad de la casa, de Stanley Ellin. En Cambridge, Eliza Karavedin, una estudiante sefaradí que leía muy bien en español, me reveló e inculcó tan lejos de su casa como de la mía, el amor por La línea sutil, de Edward Atiyah, en la colección El Séptimo Círculo. Es la novela increíble de un libanés que escribió también, antes de la moda de los estudios culturales, uno de los mejores libros del siglo veinte sobre los árabes.

El armado de la colección

Cualquiera que haya participado en cualquier función del estreno y el mantenimiento de una colección conoce los pormenores de orgullo y frustración que acumula y acaudala (visires visibles de mil y una noches de insomnio) la tarea. En alguna parte de su diario, Bioy enumera las actividades y desdichas complementarias, que rara vez se disciplinan, y que se disparan en direcciones inesperadas una vez que los libros (vale decir, los derechos) se consiguieron: la revisión de la traducción, la confección de la contratapa, el remordimiento anticipado por algo que se nos pudo haber pasado, un título de la competencia que pone en peligro el nuestro, la elección del título de la versión en castellano. En estos últimos aspectos, Borges y Bioy trabajaban con libertad y confianza, por lo que el sello distintivo se mantenía estable, una especie de secreto de manufactura.

Sin embargo, en algunos casos funcionaba mejor que en otros. La comitiva de traductoras (en general eran traductoras) adoptaba con rapidez los consejos –y hasta los prejuicios– de los directores de colección, si bien el esfuerzo de Bioy como rector del estilo resulta indisimulable.

TITULO EMBLEMATICO. Parte de la colección, con sus tapas originales. Este principio de identidad de la colección acarreaba también cierto matiz de monotonía. Pero un matiz es un matiz, no cualquiera lo merece. Borges se abstenía de intervenir de manera tajante, de “borgear”, como lo hacía a veces con títulos de cuentos (recordemos el giro genial que convierte “Los sicarios de Midas”, de Jack London, en “Las muertes concéntricas”).

Trial and Error (Ensayo y error), de Anthony Berkeley, pasa a llamarse El dueño de la muerte sin ganancias ni pérdidas ostensibles. Alguna vez, la angustiosa distancia entre el momento de lectura del original y el de escribir la contratapa adelgaza hasta la pereza –no tomarse, ay, el trabajo de contar– la sinopsis argumental; otra, no hay concordancia, entre la sustancia de la novela y ese postrero inkling ; otra, otra más, el estilo de Borges o el de Bioy mejora con elegancia una apretujada trama indefendible de personajes penosos y penosas situaciones.

No sé si sobrevive hoy algo parecido a un lector de colecciones; yo mismo nunca lo fui. Con el tiempo, la abundancia de títulos de alguna en mi biblioteca, me alarma, porque en la hacienda me gusta la variedad (al revés de lo que me pasaba de chico, que me conmovían la homogeneidad de los lomos). Conté cincuenta y cuatro volúmenes de El Séptimo Círculo en mi biblioteca. Uno por cada uno de los años vividos.


Fuente: Revista ñ