martes, 30 de septiembre de 2014

Hacedores de libros


De la mano de Soledad Puértolas, en Madrid, y Eduardo Mendoza, en Barcelona, recorremos todas las fases del nacimiento de un libro


Los pensamientos y las palabras de los dos escritores se encontraron, sin saberlo, casi a la misma hora en dos días distintos y en dos ciudades diferentes.


A 504 kilómetros uno de otro salió a relucir el nombre de una de las personas para quien la Feria del Libro de Madrid (30 de mayo al 15 de junio del 2014) representaba algunos de sus días más felices. Ese nombre surgió poco antes de las dos de la tarde, primero en Madrid y 48 horas después en Barcelona. Dos de los pilares del mundo del libro en español y que los escritores Soledad Puértolas y Eduardo Mendoza recorrieron y descubrieron, cada uno en su respectiva urbe, hasta armar el puzle de la cadena de valor del libro: una industria con 81.000 títulos al año, unos tres mil millones de euros anuales de facturación y que representa la pata más sólida del sector cultural español al aportar más del 1% del PIB. Incluso, en el séptimo año de crisis económica y reconversión del modelo de negocio.

En jornadas complementarias, hace dos semanas, Puértolas, un miércoles gris y fresco en Madrid, y Mendoza, un viernes azul y veraniego en Barcelona, se asomaron a ese territorio desconocido. Aceptaron la invitación de EL PAÍS de mostrar a los lectores esos espacios literarios, editoriales y comerciales que la gente no conoce y que están detrás del libro que leen: desde el lugar donde escriben los autores hasta los sitios de tertulias, pasando por la editorial y la imprenta. Y como corolario, una sorpresa para ellos dos: más allá del encuentro en esta crónica, descubrirán aquí la manera en que el destino los une en la cita madrileña.

El escritor

Dos días distintos fundidos en un solo tiempo que empieza con un miniflorero con geranios rojos. Está al borde del escritorio de madera con libros y papeles donde escribe Soledad Puértolas (Zaragoza, 1947). Está frente al ordenador, escoltada por una pared tapizada de literatura con baldas cercadas por fotos y toda clase de recuerdos. Es un despacho alargado que empieza a su izquierda en un salón tocado por la claridad del lucernario y la ventana que da al antejardín. Es su rincón de lectura, con un sillón rodeado de libros y ocho macetas entre las que destacan dos alegres culantrillos.

Vive en esa casa de Pozuelo (Madrid) desde hace 37 años. Allí escribe todas las mañanas. De allí han salido desde El bandido doblemente armado, pasando por Queda la noche y La vida oculta, hasta Mi amor en vano (todos en Anagrama), y también redactó su discurso de ingreso a la Academia de la Lengua en 2012.

Antes de salir, la novelista muestra una caja recién llegada. Son ejemplares de Nostalgia de los demás (Ediciones Universidad de Valladolid), con edición de Francisca González Arias, una recopilación de artículos y ensayos que trazan su biografía literaria y personal. Lo mismo que deben conocer los agentes literarios, si un autor lo contrata, para que busque la mejor oferta económica y editorial de la obra. 

El editor

A las once de la mañana, Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) se dirige al Grupo Planeta, al que pertenece la editorial donde ha publicado toda su vida: Seix Barral. Es un edificio de tres módulos octogonales de nueve plantas de cuyas terrazas descuelga una gran variedad de vegetación. Con esa editorial ha publicado desde La verdad sobre el caso Savolta (1975) hasta El enredo de la bolsa y la vida (2012). Mendoza sube a la séptima planta a ver su editora, Elena Ramírez. El ascensor se abre, él camina y se detiene en un despacho acristalado para saludar al poeta Pere Gimferrer, su primer editor. Lo escucha. ¿De qué hablarán?

Después, el escritor entra en el despacho de Ramírez, intercambian ideas. Autores como él entregan sus originales en papel o en formato digital. Los editores los leen, los analizan; luego dan su opinión; intercambian soluciones o cambios, si es el caso; y así un vaivén de ideas para mejorar el libro, si es el caso. Incluido el título. El libro pasa a corrección. Eligen la portada. Editor y autor lo vuelven a leer con lupa. Y hasta que el libro es encuadernado pueden pasar varios meses, o más.

Antes de irse, le pregunta a su editora por unos títulos de novela negra que le gustaría leer. Se despiden. Y vuelve a desviarse al despacho de Gimferrer. El poeta está sentado y el narrador está de pie. ¿De qué hablarán? Hablan de cine, la pasión del poeta catalán. De escenas cortadas en películas, entre ellas algunas de Candilejas, de Chaplin, que a Gimferrer le han encantado.

Diseño

En Boadilla del Monte (Madrid), Soledad Puértolas está en “la pradera” del Grupo SM, una de las principales editoriales que ayudan a crear a los primeros, segundos y terceros lectores. Es una inmensa caja rectangular metalizada, de tres plantas, con una legión de diseñadores, correctores, dibujantes, investigadores y especialistas en buscar las estrategias para conquistar lectores. El infantil y juvenil es uno de los sectores que mejor ha resistido esta crisis que desde 2008 la ha llevado a un descenso del 40% en su facturación.

En esa “pradera” de creativos se decide la presentación que habrá de tener el libro. Ella ojea y hojea aquí y allá algunos de los 200 títulos anuales de SM, ilustrados por unos cien artistas. Se detiene a hablar con “el mago de la imagen”, Antonio Rojo, que le explica cómo, con el ordenador, logra que el original del artista se mantenga fiel en tono y espíritu.

En otra mesa ve dibujos originales, en otra detecta un libro exitoso de la competencia. Le dicen que ellos están atentos a lo que les gusta a los menores para conocer sus preferencias, aunque “este libro no cumple con los valores de la editorial”.

La imprenta

Una vez la creación del autor ha tomado forma se envía a la imprenta. A una como a la que acaba de llegar Mendoza, Bookprint. Se sorprende al ver lo pequeña que es. Él había oído hablar, o incluso visto, esas imprentas descomunales donde se producen libros o periódicos. Y que continúan para hacer las grandes tiradas. Pero esta es digital, un adelanto del futuro. Sólo tiene una cosa y media en común con las otras: los enormes rollos de papel y menos ruido. Del rugido de las imprentas antiguas al zumbido de las digitales. Del sistema offset al inkjet.

Todo es digital. La obra está en un PDF. Las planchas metálicas no existen. Aquí el milagro lo hacen cinco máquinas rectangulares que ocupan treinta pasos de largo y no más de un metro ochenta de alto. El ciclo empieza en un ordenador que guarda el libro que saldrá encuadernado esos treinta pasos después. Luego se pasa a otra máquina que pone portadas y plastifica. Como esta nueva edición de Sin noticias de Gurb (Seix Barral), de Mendoza.

“El proceso es como el de una impresora en casa con algún artefacto más, y más grande”, explica Xavier Ferràs jefe de Producción. A él presta atención Mendoza como un alumno aplicado. Al despedirse, una de las empleadas le pide que le firme un ejemplar, y mientras lo hace reflexiona: “Es bueno saber que un libro no es solo una cosa que escribes, sino que forma parte de un proceso en el que intervienen muchas personas y circunstancias. Uno acaba pensando que lo que hace es importante, pero esto es una lección para el autor”. Cada día se imprimen, de media, 221 títulos en España y un total de 280 millones de ejemplares anuales.

Promotores e Internet

Todo está casi listo para que el libro sea leído. Falta algo…

Mendoza está en un edificio del centro de Barcelona. Baja en el ascensor a la planta cero en compañía de Claudio López de Lamadrid, director editorial de Penguin Random House (PRH), el otro gran grupo editorial, junto a Planeta, alrededor de los cuales están las otras 2.800 medianas, pequeñas o muy pequeñas editoriales privadas. El editor quiere que el novelista vea un trozo de película desconocida: la convención donde cuentan a la gente de marketing y la red comercial los títulos de la próxima temporada. Justo cuando van a entrar al aula empieza a salir gente. Ha terminado después de tres días. Planeta la terminó el día anterior.

Cambian de rumbo. Van al salón-comedor donde hay una biblioteca altísima con puertas correderas de cristal con ejemplares de títulos históricos de los sellos de PRH. De Lamadrid cuenta lo que se hace en esas “convenciones”: los editores enseñan los libros, hablan del argumento y del tema o de la historia del autor o la escritura de la obra y cómo se adquirió. La gente pregunta, sugiere, pide más información e, incluso, expresa su desacuerdo; al fin y al cabo son ellos, por ejemplo, quienes tratan con los libreros para “venderles” la obra. Saben qué puede o no tener acogida.

Cinco plantas más arriba, Nuria Cabutí, consejera delegada de PRH, saluda a Mendoza, quien pasa al departamento de Marketing y donde se gestiona la promoción en Internet, cómo “moverlo” en redes sociales. Pasan junto a quienes cranean todas las estrategias para llegar al público. Editoriales de toda estirpe y tamaño saben que la Red es un aliado indispensable. Todos se han adentrado en la oferta de libros electrónicos, que ya supone el 20%.

La distribuidora

Soledad Puértolas enmudece un segundo… dos segundos... Ha llegado a una nave de cinco mil metros cuadrados con estanterías metálicas, como esqueletos de edificios, llenas de cajas de libros con largos pasillos.

“Es como un Ikea, pero en lugar de muebles tiene libros”. Es lo primero que dice al entrar en Machado Grupo Distribución, de Miguel García Sánchez. Distribuye a las librerías cerca de 50 sellos. Todo está organizado y sistematizado. El trabajo se ha intensificado, no por las ventas, sino porque son los tiempos del menudeo. La crisis ha hecho que los pedidos se reduzcan, incluso a dos o tres ejemplares, y la devolución sea mayor (entre el 40 y 60%).

Puértolas echa para atrás la cabeza para ver mejor las alturas de esos edificios librescos a cuyo alrededor crecen coloridas torres de obras: “Ha venido un artista conceptual y ha dicho: ‘¡Saquen todo y pongan libros!”

La comunicación

El lector debe esperar un poco más… Falta la comunicación a los medios. Las oficinas de prensa de las editoriales o los mismos editores cuentan a los periodistas sus novedades y por qué consideran que vale la pena uno u otro título. Los periodistas de las secciones de Cultura y suplementos especializados miran las obras, las comparten con sus colegas y críticos y, poco a poco, deciden qué hacer.

Eventos como Sant Jordi en Barcelona, la Navidad y ferias del libro como la de Madrid, marcan el ritmo. Ofelia Grande, editora de Siruela, habla con Puértolas sobre la ilusión de ir a la Feria: “Es nuestro momento del año, cuando les ponemos cara a los lectores y nos relacionamos con ellos”.

No suele faltar a ella Jorge Herralde, editor de Anagrama. Mendoza va a visitarlo. Cae en la cuenta de que nunca ha ido a sus oficinas. “¿Será que no existen?” Cuando llega, lee en la puerta: Anagrama: “¡Sí existe!”, exclama entre risas. Y entra diciendo: “Quiero publicar un libro”. Es la una y media de la tarde. Herralde está reunido. Al rato sale, se saludan, bromean y charlan en una salita de reuniones. Hablan de la Feria y de cómo es el gran encuentro entre autores y lectores.

Herralde cuenta que estuvo en Madrid en la inauguración de un edificio de la Universidad Carlos III que lleva el nombre de Carmen Martín Gaite (Salamanca, 1925-Madrid, 2000). Es, entonces, cuando los pensamientos de los dos escritores se encuentran. Eduardo Mendoza habla de la misma persona que Soledad Puértolas había mencionado dos días antes en Madrid, y en términos parecidos. “Carmina”, para ellos. La lectora y escritora para quien la Feria representaba algunos de sus días más felices.

Librerías y tertulias

La Feria representa el 20% de las ventas del año. Un momento clave teniendo en cuenta que cada vez se cierran más librerías. Ahora hay unas 5.500. A Mendoza le gustan dos: Laie y La Central, también con sedes en Madrid. Lugares que se han reinventado para atraer más lectores con espacios para café, lecturas o charlas. “La crisis ha hecho que surjan también otras pequeñas y especializadas”, asegura Luis Morral, de Laie. “Hemos sobrevivido, también, por nuestra expansión a museos”.

En La Central, el escritor elogia el espacio de filosofía. Antonio Ramírez, su dueño, cuenta que él empezó ahí. Eduardo Mendoza se quedaría un rato más, pero van a ser las tres y media de la tarde y ha quedado a comer con su hijo, que ha venido de Nueva York.

Si Barcelona aspira a entrar en el programa de Ciudades Literarias de la Unesco, Madrid cuenta con uno de los sitios emblemáticos de la cultura y la tertulia de España: el Café Gijón, con 126 años. En una de sus 35 mesas Soledad Puértolas se reunía con Carmen Martín Gaite; en una de ellas come ahora. Muchos son los que han escrito sobre el Gijón, incluida Puértolas, que en su próximo libro tiene un cuento que sucede aquí, El caballero oscuro.

Más tarde pasa frente a la Biblioteca Nacional. Sobre las tres y media, vuelve a su casa para ir a recoger a sus dos nietos. Antes de despedirse, dice: “Dale recuerdos a Eduardo”. Dos días después, lo primero que él habría de preguntar sería: “¿Qué tal está Soledad?”

Ninguno de los dos acudirá a la 73ª Feria del Libro de Madrid. Pero el destino les ha organizado un encuentro literario, tal vez compartiendo caseta, ella hablando a través de Nostalgia de los demás y él de Sin noticias de Gurb.



Fuente: WINSTON MANRIQUE SABOGAL 


sábado, 27 de septiembre de 2014

Gastronomía literaria

El gran Gatsby'
"Leer y comer van de la mano. Usamos la misma expresión, apetito voraz, para los platos que para la literatura". De esta premisa ha partido la directora de arte Dinah Fried, dueña de su propio estudio de diseño en Nueva York, para publicar la obra Fictitious Dishes (HarperCollins), donde El guardián entre el centeno es un sándwich de queso con batido de chocolate, La metamorfosis, de Kafka, un puñado de comida en proceso de descomposición, y Matar un ruiseñor, pollo al horno con uvas y verdura. En efecto, el libro emprende la noble tarea de traducir a menú gastronómico grandes clásicos de la literatura. Moby dick, Miedo y asco en Las Vegas o El gran Gatsby son algunas de los libros recreados en las cincuenta fotografías que componen el volumen.
 ¿Quién no ha imaginado cómo sería ofrecer un plato de gachas a un indefenso Oliver Twist? He aquí un ejemplo del colorido trabajo de Dinah Fried. 
                                                                                       
Moby Dick (Herman Melville, 1851)

Una frase en la memoria: "No está en ningún mapa. Los lugares verdaderos nunca lo están".





El guardián entre el centeno (J.D. Salinger, 1951)

Una frase en la memoria: "Si yo fuera pianista, tocaría dentro de un maldito armario".





Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas (Lewis Carroll, 1865)

Una frase en la memoria: "Y cuando termines de hablar… ¡te callas!".






En el camino (Jack Kerouac, 1957)

Una frase en la memoria: "Pero entonces bailaban por las calles como peonzas enloquecidas, y yo vacilaba tras ellos como he estado haciendo toda mi vida, mientras sigo a la gente que me interesa, porque la única gente que me interesa es la que está loca".



Oliver Twist (Charles Dickens, 1837-1839)

Una frase en la memoria: "La caridad comienza en mi casa, y la justicia en la puerta siguiente".




Miedo y asco en Las Vegas (Hunter S. Thompson, 1971)

Una frase en la memoria: "La buena gente bebe buena cerveza"






La metamorfosis (Franz Kafka, 1915)

Una frase en la memoria: "Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto".







Fuente: El País

miércoles, 24 de septiembre de 2014

El cerebro lector: últimas noticias de las neurociencias sobre la lectura, la enseñanza, el aprendizaje y la dislexia.

CLIntroducción

La nueva ciencia de la lectura

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos.

Francisco de Quevedo

En este preciso momento, su cerebro está realizando una proeza asombrosa: está leyendo. Sus ojos analizan la página en pequeños movimientos espasmódicos. Cuatro o cinco veces por segundo, su mirada se detiene el tiempo suficiente para reconocer una o dos palabras. Por supuesto, usted no se percata de cómo esta información va ingresando entrecortadamente. Sólo los sonidos y los significados de las palabras llegan a su mente consciente. ¿Pero cómo es que unas pocas marcas de un papel blanco proyectadas en su retina pueden evocar un universo entero, como hace Vladimir Nabokov en las primeras líneas de Lolita?:

Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma
mía. Lo-li-ta; la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos
paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los
dientes. Lo. Li. Ta.

El cerebro del lector contiene un complicado conjunto de mecanismos que armonizan admirablemente para concretar la lectura. Este talento se mantuvo como un misterio durante muchísimos siglos. Hoy, la caja negra del cerebro se ha abierto y está naciendo una verdadera ciencia de la lectura. Los avances que han hecho la psicología y la neurociencia a lo largo de los últimos veinte años han comenzado a desenmarañar los principios que subyacen a los circuitos cerebrales de la lectura. Hoy, los modernos métodos de neuroimágenes (o imágenes cerebrales) revelan, en apenas minutos, las áreas del cerebro que se activan cuando desciframos palabras escritas. Los científicos pueden rastrear una palabra escrita mientras avanza desde la retina a través de una cadena de etapas  de procesamiento, cada una de ellas marcada por una pregunta elemental: ¿estas son letras? ¿Cómo son? ¿Conforman una palabra? ¿Cómo suena? ¿Cómo se pronuncia? ¿Qué significa?

Sobre esta base empírica, está materializándose una teoría de la lectura. Esta teoría postula que los circuitos cerebrales que heredamos de nuestra evolución primate pueden destinarse a la tarea de reconocer palabras impresas. De acuerdo con este enfoque, nuestras redes neuronales se “reciclan”, literalmente, para la lectura. La percepción de cómo la alfabetización cambia el cerebro está transformando profundamente nuestra perspectiva de la educación y de las dificultades del aprendizaje. Se están creando nuevos programas de recuperación que a la larga permitirían encarar la extenuante incapacidad para descifrar palabras conocida como dislexia.

Mi propósito en este libro es compartir mi conocimiento acerca de los avances más recientes y poco divulgados de la ciencia de la lectura. En el siglo XXI, una persona promedio todavía sabe más acerca de cómo funciona un auto que sobre el funcionamiento interno de su propio cerebro –una situación extraña e impactante–. Quienes toman decisiones en nuestros sistemas educativos oscilan con los vientos cambiantes de las reformas pedagógicas, y a menudo ignoran descaradamente cómo aprende a leer el cerebro en realidad. Los padres, los educadores y los políticos suelen reconocer que hay una brecha entre los programas educativos y los descubrimientos más actuales de las neurociencias. Pero, en general, su idea de cómo puede contribuir este campo a los avances en la educación está basada únicamente sobre un par de imágenes en color del cerebro en funcionamiento. Por desgracia, las técnicas de imágenes que nos permiten visualizar la actividad cerebral son sutiles y, en ocasiones, engañosas. La nueva ciencia de la lectura es tan joven y se mueve tan rápido que todavía es relativamente desconocida fuera de la comunidad científica. Mi meta es proporcionar una simple introducción a este emocionante campo, y aumentar la conciencia sobre las sorprendentes capacidades de nuestros cerebros lectores.

De las neuronas a la educación

La adquisición de la lectura es un paso muy importante en el desarrollo de un niño. Y muchos niños tienen que hacer grandes esfuerzos al comienzo para aprender a leer, y hay encuestas que indican que alrededor de un adulto de cada diez no logra dominar incluso los rudimentos de la comprensión de textos. Son necesarios años de mucho trabajo antes de que la maquinaria del cerebro que es la base de la lectura, parecida a la de un reloj, funcione de forma tan aceitada que nos olvidemos de que existe.

¿Por qué la lectura es tan difícil de dominar? ¿Qué modificaciones profundas en el circuito cerebral acompañan su adquisición? ¿Existen estrategias de enseñanza mejor adaptadas al cerebro del niño que otras? ¿Qué razones científicas, si es que hay alguna, explican por qué el método fonético –la enseñanza sistemática de la correspondencia de letras con sonidos– parece funcionar mejor que la enseñanza de palabras completas? Aunque todavía queda mucho por descubrir, la nueva ciencia de la lectura aporta respuestas cada vez más precisas para todas estas preguntas. En particular, subraya por qué las primeras investigaciones de la lectura avalaban erróneamente el enfoque de la palabra completa, y cómo las investigaciones recientes sobre las redes cerebrales de la lectura prueban que esas teorías estaban equivocadas.

Comprender lo que ocurre durante la lectura también echa luz sobre sus patologías. A partir de nuestras exploraciones de la mente y del cerebro del lector, presentaremos pacientes que repentinamente perdieron la habilidad de leer luego de una apoplejía. También voy a analizar las causas de la dislexia, cuyas bases cerebrales están saliendo a la luz progresivamente. Está claro, ahora, que el cerebro disléxico es sutilmente diferente del cerebro de un lector normal. Se han identificado muchos genes de susceptibilidad a la dislexia. Pero de ninguna manera esto es motivo para desesperanzarse o renunciar. Se están definiendo nuevas terapias de intervención. El reentrenamiento intensivo del lenguaje y de los circuitos de lectura ha traído consigo grandes mejoras en los cerebros de los niños, fácilmente detectables con neuroimágenes.

Las neuronas de la cultura

Nuestra habilidad para leer nos pone cara a cara con la singularidad del cerebro humano. ¿Por qué el Homo sapiens es la única especie que se enseña a sí misma activamente? ¿Por qué es único en su capacidad de transmitir una cultura sofisticada? ¿Cómo se relaciona el mundo biológico de las sinapsis y las neuronas con el universo de las invenciones culturales humanas? La lectura, y también la escritura, la matemática, el arte, la religión, la agricultura y la vida de ciudad han incrementado radicalmente las capacidades innatas de nuestros cerebros de primates. Sólo nuestra especie supera su condición biológica, crea un ambiente cultural artificial para sí misma y se enseña nuevas habilidades como la lectura. Esta competencia únicamente humana es desconcertante y amerita una explicación teórica.

Una de las técnicas básicas de la caja de herramientas del neurobiólogo consiste en “ponerle neuronas a la cultura”, es decir, dejar que las neuronas crezcan en una placa de Petri. En este libro promuevo una “cultura de las neuronas” diferente, una nueva forma de mirar las actividades culturales humanas, basada en nuestra comprensión de cómo estas se proyectan en las redes neuronales donde se asientan. La meta reconocida de las neurociencias es describir cómo los componentes elementales del sistema nervioso conducen a las regularidades que pueden observarse en la conducta de niños y adultos (incluidas las habilidades cognitivas avanzadas). La lectura ofrece uno de los bancos de pruebas más apropiados para este enfoque “neurocultural”. Cada vez entendemos mejor cómo sistemas de escritura tan diferentes como el chino, el hebreo o el inglés se inscriben en nuestros circuitos cerebrales. En el caso de la lectura, esto nos permite trazar con claridad vínculos directos entre nuestra arquitectura neuronal innata y nuestras habilidades culturales, pero esperamos que este enfoque neurocientífico se extienda en el futuro a otros ámbitos importantes de la expresión cultural humana.

El misterio del simio lector

Si vamos a reconsiderar la relación entre el cerebro y la cultura, debemos abordar un enigma que llamo la paradoja de la lectura: ¿por qué nuestro cerebro de primates puede leer? ¿Por qué tiene una inclinación a la lectura, aun cuando esta actividad cultural fue inventada sólo hace unos pocos miles de años?

Hay buenas razones por las que esta pregunta engañosamente simple merece ser llamada una paradoja. Hemos descubierto que el cerebro alfabetizado contiene mecanismos corticales especializados que están exquisitamente dispuestos para el reconocimiento de las palabras escritas. Es aún más sorprendente que los mismos mecanismos, en todos los humanos, estén sistemáticamente alojados en regiones cerebrales idénticas, como si hubiera un órgano cerebral para la lectura.

Pero la escritura nació solamente hace cinco mil cuatrocientos años en la zona de la Media Luna Fértil, y el alfabeto en sí mismo tiene sólo tres mil ochocientos años. Estas cantidades de tiempo son una nimiedad en términos evolutivos. De este modo, la evolución no tuvo tiempo de desarrollar circuitos especializados de lectura para el Homo sapiens. Nuestro cerebro está construido sobre el mapa genético que les permitió sobrevivir a nuestros ancestros cazadores y recolectores. Disfrutamos de leer a Nabokov y a Shakespeare utilizando un cerebro de primates originariamente diseñado para la vida en la sabana africana. Nada de nuestra evolución podría habernos preparado para absorber el lenguaje a través de la visión. Sin embargo, las neuroimágenes demuestran que el cerebro adulto contiene circuitos fijos finamente preparados para la lectura.

La paradoja de la lectura nos recuerda la parábola con la que el reverendo William Paley quiso probar la existencia de Dios. En su Teología natural (1802), imaginó que en un páramo desierto alguien encontraba un reloj completo, con sus intrincados mecanismos internos claramente diseñados para medir el tiempo. ¿No sería esto una prueba transparente, argumentaba Paley, de que hay un relojero inteligente, un diseñador que creó el reloj deliberadamente? De forma similar, Paley sostenía que los intrincados dispositivos que encontramos en los organismos vivos, como los sorprendentes mecanismos del ojo, prueban que la naturaleza es la obra de un relojero divino.

Charles Darwin nos aportó una famosa refutación para Paley, porque le demostró que la selección natural ciega puede producir estructuras sumamente organizadas. Incluso si los organismos biológicos, a primera vista, parecen diseñados para un propósito específico, al examinarlos más de cerca se revela que su organización está lejos de la perfección que uno esperaría de un arquitecto omnipotente. Imperfecciones de todo tipo demuestran que la evolución no es guiada por un creador inteligente, sino que sigue caminos aleatorios en la lucha por sobrevivir. En la retina, por ejemplo, los vasos sanguíneos y los cables nerviosos están situados por delante de los fotorreceptores, de modo que bloquean parcialmente la luz que llega y crean un punto ciego: un diseño ciertamente muy pobre.

Siguiendo las huellas de Darwin, Stephen Jay Gould dio muchos ejemplos del resultado imperfecto de la selección natural, incluido el pulgar del panda (Gould, 1992). El evolucionista británico Richard Dawkins también explicó que los delicados mecanismos del ojo o del ala únicamente podrían haber emergido a través de la selección natural, o con el trabajo de un “relojero ciego” (Dawkins, 1996). El evolucionismo darwiniano parece ser la única fuente evidente de “diseño” de la naturaleza.

Cuando se trata de explicar la lectura, sin embargo, la parábola de Paley es problemática de una manera sutilmente diferente. Los mecanismos cerebrales que son la base de la lectura son ciertamente comparables en la complejidad y en su fino diseño con los del reloj abandonado en el páramo. Toda su organización está orientada hacia la única meta aparente de decodificar las palabras escritas de forma tan rápida y precisa como sea posible. No obstante, ni la hipótesis de un creador inteligente ni la de un lento surgimiento gracias a la selección natural parecen brindar una explicación plausible de los orígenes de la lectura. Simplemente, el tiempo fue muy poco para que la evolución haya diseñado circuitos de lectura específicos. ¿Cómo es, entonces, que nuestro cerebro primate aprendió a leer? Nuestra corteza es resultado de millones de años de evolución en un mundo sin escritura: ¿por qué puede adaptarse a los desafíos específicos planteados por el reconocimiento de la palabra escrita?

La unidad biológica y la diversidad cultural

En las ciencias sociales, la adquisición de habilidades culturales como la lectura, la matemática o las bellas artes raramente, si es que alguna vez, se plantea en términos biológicos. Hasta hace escaso tiempo, muy pocos científicos sociales consideraban que la biología cerebral y la teoría de la evolución eran siquiera relevantes para sus campos. Incluso hoy, la mayoría de ellos apoya implícitamente un modelo simplista del cerebro, ya que lo concibe de manera tácita como un órgano infinitamente plástico, cuya capacidad de aprendizaje es tan amplia que no planteará ningún límite en el alcance de la actividad humana. Esta no es una idea nueva. Data de las teorías de los empiristas británicos John Locke, David Hume y George Berkeley, quienes planteaban que el cerebro humano debía ser comparado con una página en blanco que progresivamente recibe a través de los cinco sentidos las marcas del ambiente natural y cultural del hombre.

Esta visión de la humanidad, que niega la existencia misma de una naturaleza humana, ha sido a menudo adoptada sin cuestionamientos. Pertenece al “modelo estándar de las ciencias sociales” (Barkow, Cosmides y Tooby, comps., 1992; Pinker, 2002), compartido por muchos antropólogos, sociólogos, algunos psicólogos e incluso unos pocos neurocientíficos que ven la superficie cortical como “en general equipotencial y libre de estructura de dominio específico” (Quartz y Sejnowski, 1997). Este modelo sostiene que la naturaleza humana se construye, de manera gradual y flexible, a través de la impregnación cultural. Como resultado, de acuerdo con esta perspectiva los niños nacidos dentro de la cultura inuit, entre los cazadores recolectores del Amazonas o en una familia de clase media de Nueva York, tienen poco en común. Incluso la percepción del color, la apreciación musical o la noción de lo que está bien y lo que está mal deberían variar de una cultura a otra, simplemente porque el cerebro humano tiene pocas estructuras estables más allá de la capacidad de aprender.

Los empiristas sostienen además que el cerebro humano, sin importar las limitaciones biológicas y a diferencia del de muchas otras especies animales, puede absorber cualquier forma de cultura. Desde esta perspectiva teórica, hablar sobre las bases cerebrales de los inventos culturales como la lectura es, pues, absolutamente irrelevante, algo muy similar a analizar la composición atómica de una obra de Shakespeare.

En este libro, refuto dicha visión simplista de una adaptabilidad infinita del cerebro a la cultura. La nueva evidencia acerca de los circuitos cerebrales de la lectura demuestra que la hipótesis de un cerebro equipotencial es errónea. Si el cerebro no fuera capaz de aprender, no podría adaptarse a las reglas específicas de la escritura del inglés, el japonés o el árabe. Este aprendizaje, sin embargo, está restringido de manera muy firme, y sus mecanismos en sí mismos están rígidamente especificados por nuestros genes. La arquitectura cerebral es similar en todos los miembros de la familia de los Homo sapiens, y se diferencia muy poco de la de otros primates. A lo largo y a lo ancho del mundo, las mismas regiones cerebrales se activan para decodificar una palabra escrita. Ya se trate de francés o de chino, el aprendizaje de la lectura recorre un circuito genéticamente condicionado.

Sobre la base de estos datos, propongo una teoría novedosa de las interacciones neuroculturales, radicalmente opuesta al relativismo cultural, y capaz de resolver la paradoja de la lectura. La llamo la hipótesis del “reciclaje neuronal”. Desde este punto de vista, la arquitectura del cerebro humano obedece a restricciones genéticas muy fuertes, pero algunos circuitos han evolucionado para tolerar un margen de variabilidad. Parte de nuestro sistema visual, por ejemplo, no está programado de antemano, sino que permanece abierto a cambios en el ambiente. En el marco de un cerebro bien estructurado en otros aspectos, la plasticidad visual les dio a los antiguos escribas la oportunidad de inventar la lectura.

En general, un conjunto de circuitos cerebrales, definido por nuestros genes, brinda “pre-representaciones” (Changeux, 1983) o hipótesis que nuestro cerebro puede tener sobre los futuros desarrollos en su ambiente. Durante el desarrollo del cerebro, los mecanismos de aprendizaje seleccionan qué pre-representaciones pueden adaptarse mejor a determinada situación. La adquisición cultural se da gracias a este margen de plasticidad cerebral. Lejos de ser una pizarra en blanco que asimila todo lo que se encuentra a su alrededor, nuestro cerebro se adapta a una cultura dada cambiando mínimamente el uso de sus predisposiciones para darles un uso diferente. No es una tabula rasa en la cual se acumulan construcciones culturales, sino un dispositivo cuidadosamente estructurado que se las arregla para adaptar algunas de sus partes para un nuevo uso. Cuando aprendemos una nueva habilidad, reciclamos algunos de nuestros antiguos circuitos cerebrales de primates, en la medida, por supuesto, en que esos circuitos puedan tolerar el cambio.

Una guía para el lector

En los capítulos que siguen voy a mostrar cómo el reciclaje neuronal puede explicar la alfabetización, sus mecanismos en el cerebro, e incluso su historia. En los tres primeros capítulos, analizo los mecanismos de la lectura en los adultos expertos. El capítulo 1 prepara la escena al analizar la lectura desde un punto de vista psicológico: ¿cuán rápido leemos y cuáles son los determinantes más importantes del comportamiento lector? En el capítulo 2, paso a hablar de las áreas del cerebro que se ponen en funcionamiento cuando leemos, y de cómo pueden visualizarse utilizando modernas técnicas de imágenes cerebrales. Finalmente, en el capítulo 3, bajo al nivel de las neuronas individuales y de su organización en los circuitos que reconocen letras y palabras.

Abordo mi análisis de una forma absolutamente mecánica. Propongo exponer los engranajes del cerebro del lector de una forma muy similar a aquella en la que el reverendo Paley sugería que desmanteláramos el reloj que se encontraba abandonado en el páramo. El cerebro del lector no revelará, sin embargo, un mecanismo perfecto de reloj diseñado por un relojero divino. Nuestros circuitos de la lectura contienen no pocas imperfecciones que delatan el acuerdo de nuestro cerebro entre lo que se necesita para la lectura y los mecanismos biológicos disponibles. Las peculiares características del sistema visual de los primates explican por qué la lectura no opera como un escáner rápido y eficiente. A medida que movemos nuestros ojos por la página, colocamos cada palabra lentamente en la región central de nuestra retina, sólo para que estalle en una miríada de fragmentos que nuestro cerebro luego vuelve a unir. Sólo porque estos procesos se han vuelto automáticos e inconscientes, gracias a años de práctica, es que tenemos la ilusión de que la lectura es simple y se da sin esfuerzo.

La paradoja de la lectura expresa el hecho irrefutable de que nuestros genes no han evolucionado para hacernos capaces de leer. Mi razonamiento frente a este enigma es bastante simple. Si el cerebro no evolucionó para la lectura, lo opuesto debe ser verdad: los sistemas de escritura deben haber evolucionado en el marco de nuestras limitaciones cerebrales. El capítulo 4 repasa la historia de la escritura bajo esta luz, comenzando con los primeros símbolos prehistóricos para terminar con la invención del alfabeto. A cada paso, hay evidencia de leves y constantes ajustes culturales. Por muchos milenios, los escribas se esforzaron por diseñar palabras, signos y alfabetos que pudieran funcionar dentro de los límites de nuestro cerebro de primates. Hasta hoy, los sistemas de escritura mundiales todavía comparten un número de rasgos de diseño cuyos orígenes pueden rastrearse, básicamente, hasta las restricciones impuestas por nuestros circuitos cerebrales.

Continuando con la idea de que nuestro cerebro no fue diseñado para la lectura, sino que recicla algunos de sus circuitos para esta actividad cultural nueva, el capítulo 5 examina cómo aprenden a leer los niños. La investigación psicológica concluye que no hay muchas formas de convertir un cerebro primate en el de un lector experto. Este capítulo explora con cierto detalle la única trayectoria de desarrollo que parece existir. Sería un buen consejo para las escuelas aprovechar este conocimiento para optimizar la enseñanza de la lectura y mitigar los dramáticos efectos del analfabetismo y la dislexia.

También voy a mostrarles luego cómo un enfoque neurocientífico puede echar luz sobre los rasgos más misteriosos de la adquisición de la lectura. Por ejemplo, ¿por qué tantos niños a menudo escriben sus primeras palabras de derecha a izquierda? Al contrario de la idea aceptada, estos errores de inversión en espejo no son los primeros signos de la dislexia, sino una consecuencia natural de la organización de nuestro cerebro visual. En la mayoría de los niños, la dislexia se relaciona con otra anomalía muy distinta en el procesamiento de los sonidos del habla. El capítulo 6 se ocupa de describir los síntomas de la dislexia, sus bases cerebrales y los descubrimientos más recientes respecto de sus bases genéticas, mientras que el capítulo 7 ofrece una revisión de aquello que los errores de escritura en espejo pueden decirnos acerca del reconocimiento visual normal.

Finalmente, en el capítulo 8, vuelvo sobre el increíble hecho de que sólo nuestra especie sea capaz de lograr inventos culturales tan sofisticados como la lectura, una proeza única que no puede ser igualada por ningún otro primate. En completa oposición con el modelo de la ciencia social estándar, según el cual la cultura se pasea gratuitamente por un cerebro-pizarra en blanco, la lectura demuestra que la cultura y la organización cerebral están ligadas inextricablemente. A lo largo de su larga historia cultural, los seres humanos descubrieron poco a poco que podían reutilizar sus sistemas visuales como medio sustituto de entrada de la lengua, y llegaron así a la lectura y la escritura. También voy a discutir brevemente cómo otros rasgos culturales humanos importantes podrían someterse a un análisis similar. La matemática, el arte, la música y la religión también pueden considerarse dispositivos evolucionados, moldeados por siglos de evolución cultural, que han invadido nuestros cerebros de primates.

Todavía queda un último enigma: si el aprendizaje existe en todos los primates, ¿por qué el Homo sapiens es la única especie que tiene una cultura sofisticada? Aunque este término se aplica a veces a los chimpancés, su “cultura” apenas va más allá de unas pocas buenas técnicas para abrir nueces, lavar papas o pescar hormigas con un palo: nada comparable a la aparentemente ilimitada producción humana de convenciones y sistemas simbólicos conectados que incluyen las lenguas, las religiones, las formas de arte, los deportes, la matemática o la medicina. Los primates no humanos pueden aprender lentamente a reconocer símbolos nuevos como las letras o los dígitos, pero nunca piensan en inventarlos. En mi conclusión, propongo algunas ideas tentativas sobre la singularidad del cerebro humano. La originalidad de nuestra especie puede venir de una combinación de dos factores: una teoría de la mente (la habilidad para imaginar la mente de los otros) y un espacio de trabajo global consciente (un retén interno donde puede volver a combinarse una infinita variedad de ideas). Ambos mecanismos, inscriptos en nuestros genes, conspiran para hacernos la única especie cultural. La variedad aparentemente infinita de las culturas humanas es sólo una ilusión, provocada por el hecho de que estamos atrapados en un círculo vicioso cognitivo: ¿cómo podríamos llegar a imaginar otras formas diferentes de aquellas que nuestros cerebros pueden concebir? La lectura, aunque es una invención reciente, permaneció dormida por milenios dentro del conjunto de potencialidades inscripto en nuestros cerebros. Detrás de la aparente diversidad de los sistemas de escritura humana yace un conjunto central de mecanismos neuronales universales que, como una marca de agua, revelan los límites de la naturaleza humana.

Ficha:
Dehaene, Stanislas
El cerebro lector: Últimas noticias de las neurociencias sobre la lectura, la enseñanza, el aprendizaje y la dislexia.

1ª ed., Buenos Aires, Siglo Veintiuno Editores, 2014, 448 p.

Traducido por María Josefina D’Alessio



Fuente: Facultades mentales, Ricardo Sosa

domingo, 21 de septiembre de 2014

Bestiario lingüístico

La autora
Cervantes la cagaba. Lope también. Y Ballester, Delibes o Umbral, confundiendo, por ejemplo, espúreo, barbarismo del correcto espurio. Da miedo poner la siguiente palabra cuando se sabe que, inevitablemente, llegará el momento de cagarla. Como manual para salvarse de pisar estas deyecciones del lenguaje nace Las 101 cagadas del español (Espasa, 2014) del equipo de periodistas de Irazusta Comunicación, un compendio que pretende divertir y advertir de cómo tratar bellamente al castellano. Asumiendo, eso sí, que, como dice el verso, de cagar nadie se escapa, como recuerda María Irazusta, cabeza visible de este libro: “Todo el mundo tiene derecho a cagarla. Y todos lo hacemos. Solo que hay que intentar hacerlo lo menos posible”.

El recorrido por estos deslices o errores garrafales es atrevido en cómo titula sus capítulos. Femeninos travestidos, Anglicismos a full, No te comas la coma o La Pacheca por el corral y la Bernarda por… son solo algunos de los 101 con los que estos periodistas han buscado la complicidad de un público más general, que quizas sienta pereza de ponerse ante un manual. Claro que cuando el primer capítulo se llama Sin eufemismos: Obama es negro, a lo mejor la cosa cambia: “”Nuestro lenguaje es un reflejo de la sociedad. Y nos estamos volviendo, con perdón, un poquito tontos. A la gente no se la despide, se la ‘desvincula’. No hay pobres, solo ‘desfavorecidos’. Y claro, no hay negros, solo personas ‘de color’. ¿De qué color? Llegamos al ridículo”, subraya Irazusta.

Que se tomen un poco a guasa la caterva de desmanes en castellano no es óbice para que la RAE haya sido la Biblia que seguir para el rigor de estas lecciones. Aunque también carraspeen ante algunas decisiones de los académicos: “¿Cómo no pueden reconocer el superlativo negrísimo y admitir almóndiga o madalena? Voy a decir una cosa un poco irreverente, sobre la tilde del solo: Yo hago el amor los fines de semana solo [risas]. ¿A que puede significar dos cosas?”. Hasta hay una enmienda, con el actual panorama, al fallecido autor de 100 años de soledad en el capítuloPara evitar malentendidos, usa la tilde: “Queridísimo y admiradísimo Gabriel García Márquez, en qué pensaste cuando llegaste a abogar por la desaparición de las tildes, tú que tantos académicos has presidido? ¿Es lo mismo presidió que presidio?”.


Las redes sociales han sido puntal esencial en esta cruzada por el buen hablar. El origen del libro está en Facebook, en un hilo titulado Reaprende español en el que fueron colgando entradas como estas 101. De ahí a una fugaz publicación en digital y a los tres días, la llamada de Espasa: “Nos pasó lo que parece que no pasa nunca”, asevera Irazusta. Pero las redes sociales les han servido para algo más que ganarse a un público: “Es una estupenda herramienta de diagnosis. De hecho todo el proyecto se me ocurrió al ver los errores que se cometen todos los días por Facebook o Twitter”.


La cuestión relevante, si los lectores tienen ganas de mejorar su castellano con algo más llevadero que un tratado clásico, está fuera de duda para esta autora: “No había nicho, pero sin duda se está creando. Nosotros hemos visto en Facebook que la gente tiene ganas de aprender a usar el castellano mejor. Por ahora, hay más demanda de libros así que oferta. Y, de momento, nos dicen que las ventas van muy bien”. Pero Irazusta no quiere agobiar al lector pensando que pasar por su libro es un examen previo a convertirse en un sillón de la RAE: “Si uno se queda en este peldaño, hablará muy bien. Mucho mejor que la mayoría de empresarios y políticos”.

Las 101
¿Por qué la RAE acepta aberraciones como almóndiga y asín y, sin embargo, destierra negrísimo para defender nigérrimo? Esta es una de las cuestiones que se plantea la periodista María Irazusta en el libro Las 101 cagadas del español (Espasa). A lo largo de sus páginas, la madrileña repasa, a menudo con humor, asuntos de este tipo, pero sobre todo incide en los errores que conforman nuestros bestiario de desafueros lingüísticos.  Tomen nota.

1. La coma de nuestros saludos epistolares. "La modalidad de poner coma para terminar los encabezamientos de cartas, correos electrónicos y similares, es anglosajona (Dear Peter,). En nuestro idioma, las fórmulas de saludo van seguidas de dos puntos y no de coma, tanto si se trata de documentos formales como informales. Y si se pone un nombre al ser vocativo, debe añadirse una coma. Ejemplo: Hola, Lola:".

2. Este agua que nunca deberíamos beber. "Nunca digas De este agua no beberé, porque además de arriesgado es incorrecto. En cambio, sí puedes decir: El agua que no has de beber, déjala correr. Este extraño fenómeno de travestismo tiene una explicación: los sustantivos femeninos que van precedidos de un determinante masculino (el agua, el arma…) cumplen dos requisitos: comienzan por ‘a’ y el acento recae sobre la primera sílaba".

3. Adolece. "Su uso incorrecto como sinónimo de carecer está muy extendido. Pero su verdadera acepción es tener o padecer algún defecto o enfermedad. Si alguien asegura que la Unión Europea adolece de liderazgo o que José María adolece de simpatía, lo que en realidad está asegurando es que esta o aquel no son más que defectos o enfermedades".

4. En base a, un error sin base ni perdón. "En base a que, a pesar de figurar en los ficheros de las incorrecciones comunes más buscadas, sigue campando a lo largo y ancho de nuestras conversaciones y escritos. En español (hablamos de la lengua de 500 millones de personas, no solo del castellano de España) para expresar que aquello de lo que se habla tiene su fundamento en algo, hay muchas posibilidades: sobre la base de, en función de, basándose en, a partir de, de acuerdo con, con base en o según".

5. Preveer. "Es un verbo tan difundido como inexistente. Es un engendro producto de la mezcla de prever y proveer".

6. Esas redundancias. "Al escribir o hablar, sobre todo en los medios de comunicación, caemos en el empleo enfático de términos similares: nexo de unión, aterido de frío, accidente fortuito, ambos dos, deambular sin rumbo, puños cerrados… Cuidado".

7. Manda uebos. "Contra lo que pudiera parecer, los huevos no tienen nada que ver con el origen de esta expresión tan mal utilizada. Proviene del latín mandat opus y significa la necesidad obliga. Opus derivó en uebos".



Fuente: Ángel Luis Sucasas, ICON, El País

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Las víctimas del lenguaje

Ocho palabras que no deberíamos dejar morir: Pazguato, apencar, yacer, correveidile, vedija... 
Conceptos que definen o remedian modas actuales y que estamos perdiendo

Una época se puede describir, de forma mucho más certera que la ropa o la cultura, a través de las palabras. Nacen respondiendo a la necesidad de ponerle nombre a algo que hasta entonces no existía y cuando ese algo se ve abandonado o, más frecuentemente, superado por algo parecido con matices, se pierden. Ese es el ritmo habitual del lenguaje. Sano, imparable y certero.

Pero el proceso conlleva sus víctimas. Palabras en proceso de desuso terminal que definen conceptos que no deberían estarlo. La autora de 101 cagadas del español, María Irazusta, en ese papel de madrina lingüística que ejerce junto con sus colaboradores, Nacho Miquel y Acacia Nuñez, ha elegido ocho de ellas que nos ayudarían en este momento.

1. Pazguato, ta. Palabra al borde de la extinción para designar al memo, al simple, que se retrata por su capacidad casi infinita para el asombro. Se diferencia del resto de los bobos por su facilidad para escandalizarse casi por cualquier cosa. Diríase que es el tonto más monjil y pudibundo.

En El príncipe destronado (1973), Miguel Delibes juega con esta palabra: "Bueno, esto es así y no hay quien lo mueva, ¿verdad? Entonces tú estás en la verdad, pero llega un pazguato o una pazguata, que para el caso es lo mismo, y trata de desmontar tu verdad con cuatro vulgaridades que le han grabado a fuego cuando niño. Y ahí está lo grave; a ese pazguato o a esa pazguata difícilmente podrás convencerles de que no tienen ideas, de que lo único que tienen es aserrín dentro de la cabeza, ¿me has comprendido?".

2. Parné. El poderoso caballero de Quevedo, el vil metal; aquel que, según Vespasiano, no tenía olor, por sucia que fuera su procedencia. El dinero, los posibles, los cuartos, la guita, la mosca, la pasta que nos quita el sueño, era el parné en la España más castiza y el maldito parné de María de la O en nuestro presente más coplero: "Te quieres reír y hasta los ojitos los tienes morados de tanto sufrir. Maldito parné que por su culpita dejé yo al gitano que fue mi querer". (María de la O, de Salvador Valverde y Rafael de León para María Ojer Ferrer Coque).

3. Infame. Denomina aquello que carece de honra, crédito o estimación. En estos tiempos en los que se persigue la fama a toda costa sería bueno recuperar este vocablo, casi tan antiguo como el ansia de celebridad.

"La carta conturbó hondamente el hogar de don Lázaro. La esposa y doña Dulce Nombre lloraron mucho. El señor Valdivia, con airadas voces, maldijo a la infame que perseguía y devoraba su linaje". Gabriel Miró, Las cerezas del cementerio (1910).

4. Apencar. Contra el practicado vicio de escurrir el bulto, rescatemos la noble virtud de dar la cara, de arrimar el hombro, de apechugar… de apencar. Así lo señalaba Ramón Gaya en una entrevista: "Yo tenía vocación de ser verdadero, auténtico y ha sido por eso por lo que he tenido que apencar con esa soledad".

5. Yacer. Es un verbo polisémico desterrado del lenguaje hablado y prácticamente del escrito para referirse a los vivos Lo mismo sirve para el acto de tenderse a descansar, como para los que quedan haciéndolo para la eternidad o para ese dejarse llevar por la pequeña muerte de los que se ajuntan apasionadamente. Me atrae particularmente esta última acepción de tener trato carnal con alguien, en sustitución del manido acostarse con alguien, hacer el amor u otras vulgaridades que prefiero omitir.

6. Correveidile. Expresiva y sonora, se usaba para describir dos dedicaciones tan viejas como el mundo: el cuenta chismes y el alcahuete o celestino. Olvidada palabra para una dedicación denostada, de manera injusta porque todo correveidile tiene que tener su paravenycuenta. Como bien decía Fernando Diaz Plaja: "¡Cuántas veces se habrá repetido la acción en este país para que una frase se convierta en el nombre de una profesión!".

7. Vedija. Queremos rescatar del olvido esta palabra, que designa al mechón de lana o a la mata de pelo enredada, por sus muchas alusiones literarias, por pertenecer a la jerga de nuestras costumbres de antaño, por la oveja de los campos de nuestra infancia, y porque la lana está de plena actualidad, y además porque nos da la realísima gana.

"Y en la lejanía, cerrando el horizonte, sobre un casi imperceptible apiñamiento de casas se eleva una neblina como vedijas de suavísima lana carmenada y deshecha". Así describe Azorín el skyline de Madrid en Doña Inés (1925).

Adoramos Madrid y consideramos la vista de su horizonte uno de los perfiles urbanos más bonitos del mundo, por ello, vamos a pensar que Azorín se refería al paisaje de la capital como mechón de lana o pelo enredado como versa la acepción principal de la RAE y no a las partes viriles como apunta la segunda.

8. Cazcarria/Cascarria. Nuestras vidas urbanas casi han desterrado de nuestro vocabulario este término, como el barro que designa y que tercamente se agarraba ya seco al bajo de nuestros pantalones y faldas después de andar y correr por los parques enlodados de nuestra infancia. "Pasó el párroco riéndose y mirándose el hábito manchado de cazcarrias". Gabriel Miró, Las cerezas del cementerio (1910).

De nuestros mayores lo hemos oído pronunciar con ‘s’, como vulgarismo; es decir, cascarria. Mi suegra me lo dice en tono jocoso e irónico cuando el largo de mi falda contraviene su criterio de decoro y decencia: "Con esa falda seguro que no vas a coger cascarrias".

María Irazusta es autora del libro Las 101 cagadas del español.


Fuente: El País