domingo, 31 de mayo de 2015

Pastillitas de saber

Resultado de imagen para ti sin tildeTi, pronombre personal de segunda persona, se escribe sin acento ortográfico, a diferencia de lo que ocurre con mí y sí.

En los medios de comunicación es muy habitual encontrar frases como «¡Va por tí, Wagner!», «Óscar 2015, la cobertura completa solo para tí» o «Lo que tus ojos dicen de tí».
Los pronombres personales de primera y tercera persona mí y sí se escriben con una tilde diacrítica que permite diferenciarlos respectivamente del adjetivo posesivo mi (mi casa) y de la conjunción condicional si (si sales, abrígate), palabras átonas las dos. En el caso de ti, no hay confusión posible con ninguna otra palabra, por lo que se aplica la norma general de no tildar los monosílabos.

Así pues, en los ejemplos anteriores lo adecuado habría sido escribir «¡Va por ti, Wagner!», «Óscar 2015, la cobertura completa solo para ti» y «Lo que tus ojos dicen de ti».

miércoles, 27 de mayo de 2015

Desde el manicomio

Resultado de imagen para Oxford english dictionaryEl loco que ayudó a crear el Oxford Dictionary desde el manicomio

El Diagnostic and Statistical Manual (DSM), que recoge las enfermedades mentales debería añadir, urgentemente, un epígrafe del tipo «locura por letras». Y en él debería aparecer la foto de William Chester Minor, nacido en 1834 en Ceilán, hoy Sri Lanka. El mismo lugar donde Horace Walpole escribió los Tres Príncipes de Serendip, que forjó el neologismo “serendipia” (algo así como hacer un hallazgo por chiripa cuando estás trabajando en otra cosa).
Debido al esquinado estado mental de Minor, el ejército prefirió que renunciara a su rango como cirujano en la Guerra de Secesión para ingresar en un manicomio de Washington. Al parecer tanta sangre y crueldad fue demasiado para aquel cirujano neófito: asistió a las horribles heridas de miles de soldados que habían combatido cuerpo a cuerpo con mosquetón, bayoneta y sable, como en el peor episodio de The Walking Dead: no en vano, el regimiento que había asistido Minor participaba en la llamada Battle of Wilderness (La batalla del salvajismo). Todo ello propició que Minor perdiera la chaveta y ahogara sus penas en el alcohol y en los burdeles más sórdidos, donde también contrajo toda una panoplia de enfermedades venéreas.

Tras dieciocho meses de internamiento, el doctor Minor fue liberado y se traslIadó a Lambeth, uno de los peores barrios de Londres. Era 1871. Sin embargo, todavía no estaba curado del todo, y tras asesinar a un irlandés en una reyerta, fue encerrado de nuevo en otro manicomio, la prisión para enfermos mentales peligrosos de Broadmoor, en Crowhotne, cerca de Oxford, donde pasaría el resto de su vida.

Como si fuera un invitado de honor, Minor disponía de dos habitaciones para él solo, en las que almacenaba toda clase de libros. No en vano, dominaba diversos idiomas tras su experiencias como misionero evangelizador por el sudeste asiático de la mano de la secta Cristiana Congregacionalista: en su infancia aprendió singalés, y con catorce años de edad, ya cursando medicina en la Universidad de Yale, Minor dominaba el tamil, el birmano y varios dialectos hindi.

Al parecer, Minor leía obsesivamente, y debido a la correspondencia que mantenía con los libreros londinenses que le facilitaban nuevos volúmenes, se enteró de que el equipo del Oxford English Dictionary buscaba voluntarios para contribuir con citas y ejemplos para su nuevo diccionario. Aquella empresa parecía constituir una buena vía de escape de su propia mente, así como de los supuestos acosos sexuales a los que los guardias le sometían por las noches (probablemente producto de su imaginación).

El Oxford English Dictionary estaba llamado a convertirse en el más importante diccionario de la historia, el equivalente lexicográfico de la Enciclopedia de Diderot y D’Alembert. Como Minor no tenía medida, envió más de diez mil citas por correo durante varios años de trabajo y obsesiva erudición, ofreciendo evidencia histórica y etimológica de las acepciones de innumerables palabras, así como resolviendo toda clase de dudas lexicográficas.

Los tipos del Oxford English Dictionary llegaron a considerar a Minor como un sabio, el típico ratón de biblioteca. Minor recibió entonces una invitación para asistir a la Gran Cena que organizaban los redactores del diccionario, pero por motivos obvios Minor no se presentó. El coordinador general de la obra, James Murray, que se temía que quizá Minor estaba ocultando algo, se desplazó hasta Crowthorne, y tras hacer sus pesquisas, descubrió que Minor era un interno del manicomio. Era 1891.

James Murray, el jefe de todo esto

A pesar de todo, Murray continuó manteniendo correspondencia con Minor para evitar herir su sensibilidad. Es algo que siempre creyó que le debía, pues, a su juicio, en palabras del profesor Murray, «la contribución del doctor William Minor es tan enorme que sólo con sus citas podríamos detallar fácilmente la evolución de la lengua inglesa en los últimos cuatro siglos».

Con todo, el estado mental de Minor continuó naufragando como un buque derrelicto, perdió interés en sus contribuciones a aquel gran diccionario y, en 1905, se mutiló los genitales con una navaja y les prendió fuego, acaso como acto de expiación por su juventud licenciosa.

Minor murió el 26 de marzo de 1920, y siete años después se concluía el Oxford English Dictionary en doce tomos con más de cuatrocientas mil definiciones. En la segunda edición actualizada y ampliada de 1989, podemos leer aún hoy un agradecimiento al «Dr W C Minor». Porque también los locos, los locos de manicomio que se cercenan el miembro viril, pueden abrir los caminos que más tarde seguirán los sabios.



Con información de El profesor y el loco, de Simon Winchester, Editorial Debate, Madrid, 1999.

sábado, 23 de mayo de 2015

Émile Benveniste: figura señera de la lingüística del siglo XX


Por Edgardo Castro

Émile Benveniste no forma parte de esa lista de nombres que aparecen frecuentemente mencionados en los medios o de la de los autores de actualidad. Y, sin embargo, por su vida y sus escritos es uno de los grandes personajes del pensamiento contemporáneo.


Nacido en Siria en 1902, emigra a París a la edad de once años, para ingresar a la Escuela rabínica. La abandonará rápidamente y ya no volverá a reencontrarse con su madre. En su juventud estuvo cerca del movimiento surrealista de Louis Aragon y André Breton. Fue director de estudios en la Ecole Pratique des Hautes Etudes, en París, donde se convirtió en el sucesor del célebre latinista Antoine Meillet, cuyo lugar también ocupó luego, en la cátedra de gramática comparada, convirtiéndose a los treinta y cinco años en profesor del Collège de France.

Durante la guerra fue prisionero, al igual que su hermano finalmente deportado a Auschwitz. Emile logró evadirse y se exilió en Suiza, donde se desempeñó como bibliotecario en la Universidad de Friburgo. Después de la guerra, entre otras tareas, dirigió el Instituto de estudios iraníes de la Universidad de París y fue el primer presidente de la Asociación de semiótica internacional.

La salud le jugó varias malas pasadas. Sufrió un primer infarto en diciembre de 1956 y, en 1969, un ataque cerebral lo dejó paralizado y, particularmente trágico para un hombre que dedicó su vida entera al lenguaje, afásico hasta su muerte, acaecida 1976. Su obra monumental es, sin duda, El vocabulario de la instituciones indoeuropeas. Apareció publicado originalmente en francés en dos tomos, en 1969. Durante algunos años circuló una versión española de la editorial Taurus, en un tomo único (a decir verdad, con una traducción no del todo convincente).

Esta obra tomó forma a partir de las lecciones de Benveniste en el Collège de France recopiladas por Lucien Gerschel. Benveniste las reelaboró y, a veces, las reescribió. Jean Lalot contribuyó a la versión final, con los sumarios, tablas e índices. El indoeuropeo, sostiene Benveniste, se define como una familia de lenguas que surgieron de una lengua común, de la que, con las grandes migraciones, se fueron diferenciando a través de los siglos y milenios. El indoeuropeo, de acuerdo con él, es una realidad lingüística, de la que, sin embargo, no conservamos ningún texto, sino sólo el testimonio de su existencia en las huellas que hacen que esas lenguas —como el sánscrito, el griego, el latín y las lenguas modernas europeas— constituyan, precisamente, una familia. Su descubrimiento fue el eje que revolucionó el estudio de las lenguas en el siglo XIX.

Pero, ¿qué tiene de original el trabajo de Benveniste?, ¿qué hace de su Vocabulario una obra tan significativa para el pensamiento contemporáneo, y no sólo en el campo de la lingüística, sino, en particular, de la filosofía y de la teoría político-social? A diferencia de otros trabajos, como explica Benveniste en la introducción a su obra, su investigación no se ocupó de establecer aquellos elementos comunes a las lenguas antiguas que definían la herencia indoeuropea y permitían reconstruir su civilización. Al contrario, su atención no se focalizó en los elementos comunes, sino en el vocabulario institucional de las diferentes lenguas de esa familia, que no pertenecen en general a ese vocabulario común, pero que pueden ser analizados en su génesis y conexiones indoeuropeas. Expresándolo en otros términos, la tarea que se propuso Benveniste fue estudiar el modo en que determinadas designaciones fueron adquiriendo significaciones múltiples y diferentes, pero relacionadas entre sí. El término “institución”  debe ser tomado aquí en un sentido muy amplio. No sólo en un sentido formal y específico, jurídico podríamos decir; sino en relación con el modo en que la vida es vivida en las lenguas de la familia indoeuropea. Benveniste se ocupa, en efecto, de qué hablamos cuando nos servimos del vocabulario que utilizamos en el orden de la economía, el parentesco, la sociedad, el poder, el derecho y la religión. Basta conocer este trabajo de Benveniste para darse cuenta de las proyecciones que ha tenido en el pensamiento contemporáneo y su aporte fundamental a los debates que son finalmente los nuestros. Algunos ejemplos pueden ser útiles.

En la página 189 del tomo II de la edición original, nos encontramos con esa figura que ha dado lugar a numerosas discusiones actuales a partir de la obra de Giorgio Agamben: el homo sacer. Esta antigua figura del derecho romano, la del que ha sido excluido de la comunidad de los hombres y de cuya vida vida se puede disponer sin estar sometido ni a las leyes de los hombres ni de los dioses, es decir, al que se lo puede matar sin cometer homicidio y sin necesidad de celebrar un sacrificio. Agamben menciona esta figura por primera vez en su obra de 1989, en El lenguaje y la muerte. La referencia a Benveniste no aparece de manera explícita, pero la mención de Festo y el contexto en que ella aparece, la discusión acerca de lo que significa sagrado, remiten precisamente, para el lector advertido, a esa página de Benveniste.

En un contexto más amplio, en las actuales discusiones biopolíticas acerca de las diferentes formas del gobierno de la vida, la figura de Benveniste resulta nuevamente fundamental. Cruzando sus trabajos con los aportes de Georges Dumézil, Benveniste muestra cómo el vocabulario institucional de los indoeuropeos, el modo en que los indoeuropeos vivimos la vida, responde a ese esquema que Dumézil denominó trifuncional, esto es, a la múltiple y relacional perspectiva del derecho, la medicina, la guerra y la economía. En este sentido, podría decirse que en el Vocabulario de Benveniste es posible encontrar una matriz conceptual que ordena y clarifica las discusiones contemporáneas en torno al gobierno de la vida; a pesar de que Foucault, la referencia casi ineludible de todas estas discusiones, nunca lo mencione.

En pocas palabras, en una época donde el sentido de nuestras palabras, particularmente en el ámbito de la política, del poder y de la economía, es objeto de cuestionamientos y análisis, si queremos saber de qué estamos hablando, la lectura de Benveniste debería ser calificada de obligatoria. Además de su Vocabulario, Benveniste publicó una recopilación de sus intervenciones y artículos en los dos tomos que constituyen los Problemas de lingüística general . Recientemente, de manera póstuma, han sido publicadas en Francia sus Derniers leçons. Collège de France (casi inmediatamente traducido al español por Siglo XXI en 2014), sus últimas lecciones de 1968 y 1969. Estas, están precedidas por un extenso prefacio de Julia Kristeva que comienza con una pregunta: ¿qué es un gran lingüista? Si hay que dar un nombre propio, no es difícil adivinar la respuesta.



* Edgardo Castro es doctor en Filosofía por la Universidad de Friburgo, investigador del Conicet y profesor universitario (Unsam).


miércoles, 20 de mayo de 2015

Ortega y Gasset. Última biografía


El encargo era un miura y Jordi Gracia lo ha lidiado con nervio y valor. Arrimado siempre al hombre y al pensador, ha elaborado un retrato integral del personaje. En José Ortega y Gasset, último volumen de la colección Españoles Eminentes que promueven Taurus y la Fundación Juan March, dice Gracia que ha querido humanizar a un escritor inhumano, de tan excepcional, así en su inteligencia como en su arrogancia, en su vitalidad, en su valentía, en su afán por combatir “el mugido ciego de la multitud”. 



En esta biografía de Ortega pasan muchísimas cosas porque desfilan ochenta años de vida intelectual de España, y Gracia sitúa al lector en primera linea del desfile, o en su corazón mismo. Ya sabemos cómo vivía Ortega, lo que pensaba, lo que sentía, el whisky que le gustaba, las cartas que escribía a su novia, las que recibía, las diatribas intelectuales, sus arrogancias... No siendo el libro en absoluto una hagiografía, siendo posiblemente la biografía de Ortega que con más detalle pone el foco en los defectos, también sobresalientes, del pensador, deja al lector la certeza de estar ante una figura intelectual prodigiosa. Una “maquina de pensar” de una brillantez y una modernidad apabullantes. Después de cinco años buceando en su vida y sus papeles, a millares, ¿se ha llevado usted muchas sorpresas? “Todo han sido sorpresas porque nada de lo releído estos años ha resultado como lo recordaba. Lo crucial para mí ha sido humanizar a un escritor inhumano: excepcional por talento, valentía e inteligencia, también suspicaz y altivo como pocos”, dice Gracia. 

-¿Tuvo claro, desde el principio, el libro que quería hacer?
-Había de ser una biografía que interpretase su pensamiento y su acción a partir de conocer al sujeto, a la persona, con sus taras y sus manías y por tanto con sus motivaciones particulares para escribir lo que escribió e impulsar lo que impulsó. Imaginar la coherencia dentro de la complejidad. Y a ser posible narrar la vida del pensador en la forma más amena y veraz posible. 

-Hombre, ¿taras?
-Una hipersusceptibilidad a la crítica es una tara. Y una propensión a la intransigencia intelectual, también. Y la peor de todas: convertir en resentimiento la desatención ajena. 

Jordi Gracia ha escrito una biografía muy ordenada cronológicamente, que abarca toda la vida del escritor. Comienza señalando esa excepcionalidad de Ortega, tan temprana (un niño de ocho años que lee a los clásicos), tan percibida por todo su entorno desde el principio. Esa “anormalidad” es clave en la vida de Ortega, ¿no?
-Lo fue para sus coetáneos: nadie sabía fuera de círculos muy reducidos quién era Ortega porque no había escrito un libro ni había hecho nada resonante hasta 1914. Pero llevaba ya mucha guerra y mucha pelea hecha, al menos desde 1906 (aunque fuese haciendo de negro de su padre con 23 años en un discurso impresionante: vivo, rotundo, trabado y seminal). 


-Cuenta que a los 19 años Ortega tenía conciencia clara de lo que debía estudiar para “ser uno de los españoles con más puntos de vista” y desde entonces quiso cambiar la historia de España. Pero la eclosión intelectual de Ortega es tardía, pasados sus 30 años y cuando sabemos de él es ya “el pensador más moderno, europeo y perdurable del siglo XX en España”. ¿Cómo explica esto?
-Porque escapó a conciencia del modelo de escritor de su tiempo -improvisado, aproximativo, vagamente irresponsable- y programó desde muy temprano su actuación con el fin de hacerla eficiente, práctica: tanto en lo intelectual y filosófico como en lo socio-político. Los libros le salen casi por casualidad, reuniendo artículos siempre, pero su actividad como ensayista y político está hondamente trabada a un interés superior: sacar a su sociedad del pensamiento místico y meterla en el orden racional y científico, responsable de sí mismo. 

Ni mozo ni franquista

-Con cierta petulancia, muy orteguiana, dice usted que ha querido desactivar varias leyendas. ¿Cuáles cree haber desactivado?
-Fue filósofo a su manera, no a la manera profesional; repudió el fascismo sin ningún tapujo; no hay mocedad porque su juventud es la de un adulto precoz y exasperantemente lúcido y desde luego no tuvo nada de franquista aunque durante la guerra fuera su bando. 

-Está su libro pespunteado de entrecomillados del propio Ortega, como si fueran los andamios sobre los que ha montado su biografía. Es muy de agradecer que haya evitado intermediarios...
-Ortega desde dentro y Ortega desde fuera era el objetivo irrenunciable. Debía ser Ortega quien se contase y yo quien decidiese qué contaba él, a la luz de sus textos públicos y privados, los editados y los inéditos, y desde luego a la vista de un epistolario riquísimo y en su mayor parte inédito, además de las cartas y testimonios de los demás cuando se ocupan de Ortega, sobre todo si esos otros se llaman Juan Ramón, Antonio Machado, Baroja, María de Maeztu, Azorín, Azaña o Zambrano. 

-La mitografía de Ortega es, dice, una automitografía. ¿Qué porción de su imagen se la debemos a él mismo?

-Estoy incapacitado para saber qué imagen tenemos de él hoy. Apenas llego a saber la que tengo yo, y esa es la de una bendición para la cultura civil, ética e intelectual de la España moderna. O dicho de otro modo: el franquismo y su ruindad ética, el catolicismo y sus morbosas prohibiciones, no extinguieron el pensar honrado, valiente, guerrillero e imaginativo de Ortega. Es a día de hoy una garantía de vitalidad estimulante, sobre todo en su obra publicada hasta 1930, aunque no desde luego en España invertebrada, que es en varios tramos una fantasía demasiado dominada por el rencor y el atrevimiento. 

-¿Dónde está, a su juicio, el mejor Ortega?
-En la descarga en forma de ensayo que nace del estímulo ajeno. Primero, pensar lo que es cada cosa -el arte, la sociedad, el hombre, la pintura, la poesía- y después dotar de sentido estructural a esa misma realidad humana e histórica, es decir, la filosofía de la razón vital y la razón histórica. Mientras todo ello va segregándolo en series de artículos, Ortega es feliz y hace feliz al lector, siempre estimulante y directo y lúcido: mucho de todo ello fue a parar a los ocho tomos de El espectador desde 1916 o a ensayos como La deshumanción del arte, tras haber hecho una especie de balance filosófico de sí mismo en su espléndido primer libro, Meditaciones del Quijote, en 1914. 

Dinamitar la tradición filosófica

-En 1906 “Ortega se está haciendo socialista en Marburgo”, escribe. Y hasta 1921-22, con 40 años, Ortega es un “político”. Entonces se aparta de la política para forjar “una filosofía nueva y radical”. ¿En qué consiste su proyecto? 
-En dinamitar desde dentro la tradición filosófica de Occidente -el idealismo neokantiano o no- a través de la asunción tan resignada como feliz de las limitaciones de la razón humana. Por eso es una filosofía de la razón vital primero y de la razón histórica después: una filosofía de la contingencia, no como amputación de un mundo ideal sino como condición de lo vital, incluida la felicidad. 

Gracia escribe que dos acontecimientos truncan su aventura filosófica: la Segunda República y la aparición de otro jugador de altura en el escenario: Heidegger. Si lo primero reaviva su pasión política, ¿qué es el segundo, una retirada estratégica o una derrota?
-Es un problema aplazado hasta 1947, cuando en un texto inédito siente que ha explicado por fin sus discrepancias con él y describe cabalmente la intoxicación teológica del pensamiento de Heidegger. Pero ese texto desarrollaba un artículo fulminante, espléndido, de 1929, y allí está abocetada esa desestimación del fondo idealista de Heidegger. Lo cree en realidad cautivo de una pulsión todavía religiosa. 

Sí, incide usted mucho en señalar el catolicismo como una de las bestias negras de Ortega, al que culpa de muchas de nuestras desgracias...
-Es natural que sea así, y además es justo. En una cultura de fortísima hegemonía católica, Ortega actúa sin disimulo como pensador ateo, con propensión netamente vitalista y empírica, sin remedio abocado a un pensamiento en libertad y a la crítica de las supercherías, la obediencia por acatamiento y las verdades reveladas, que no existen. El único que decide sobre la verdad o mentira es la conciencia libre y no hipotecada por ley anterior a la misma existencia. Dios es creación del hombre y no el hombre creación de Dios: cualquier equívoco en ese punto desautoriza la capacidad de pensar seriamente, para decirlo como él, los problemas humanos radicales. 

-¿En qué se basa para escribir que la de Ortega es la historia de una frustración y también la de un éxito insuficiente? 
-Sin la frustración no se explica la naturaleza insuficiente del éxito tal como lo vivió él: no satisfizo la expectativas más altas que puso sobre sí mismo. Pero ofreció lo fundamental para hacer una sociedad menos cobarde, más imaginativa, menos supersticiosa, más internacional. El sentimiento de frustración es hermano del impulso mesiánico pero también la pulsión redentorista conduce a la fuerza a redenciones siempre sentidas como insuficientes. Y además, cambió de ruta filosófica en torno a los 50 años. 

-¿Cambió de ruta?
-Lo que decide cambiar Ortega es el método de trabajo: abandonar la publicación dispersa de su obra filosófica para armar el libro sistemático que le exige su pensamiento también sistemático. Y el acicate decisivo es la aparición de Ser y Tiempo: tanto sus afinidades como sus disparidades. Pero Ortega ya no aprende a ser otro Ortega y no tiene más remedio que dejar inacabados o inseguramente inéditos dos “mamotretos”, como los llama, que en parte han ido a la prensa antes de 1936. 

-Del “Delenda est Monarchia” al “No es esto, no es esto”. ¿Cuándo acertaba más Ortega, cuando clamaba por la República o cuando le desesperaba?
-Como supieron ver algunos, su reclamación de la República implicaba tácitamente la reclamación de su liderazgo intelectual en ella. Pero la llegada de la República -prematura e imprevista para él- y la gestión democrática desde un parlamento le mostró decepcionantemente que su papel iba a ser menor, decorativo. Ortega no estaba hecho para vestir traje de faena, tampoco como político. Por eso la guerra civil la vivió como la revelación dolorosa del final de un tiempo histórico. 

Testigo ejemplar

Un perfil nostálgico, profundamente humano del pensador trasciende las últimas páginas del libro. Años placenteros y melancólicos, plagados de éxito en Argentina, en París, en Estados Unidos...
-Las amarguras de Ortega desde 1933 rozan el desequilibro personal: su mundo se acaba y él no ve el sitio que pueda ocupar en el nuevo. Lo admirable es que tras la guerra y a pesar de la obturación franquista, en Europa y en Estados Unidos no se han olvidado de Ortega sino todo lo contrario: se traducen y reimprimen sus obras sin cesar, imparte conferencias, se le consulta en los altos niveles del poder. Ortega figura ya, internacionalmente (pero no en España), como testigo y superviviente ejemplar del tiempo antiguo con lecciones vivas para el nuevo. La frustración de no acabar sus libros vino compensada con la felicidad de residir más tiempo fuera de España que dentro y de ser abrumadoramente querido... por alemanes, suizos, norteamericanos. 

La debilidad del Estado

Le pido a Jordi Gracia venir al presente. Dentro de unos días, además, Herralde reedita La resistencia silenciosa, su ensayo que hace diez años cosechó premios y unanimidades. Y le pregunto si España no está hoy más invertebrada que en tiempos de Ortega y qué enseñanzas suyas nos ayudarían a escapar de la trampa identitaria. “A mí desde luego no me lo parece. La invertebración de la que habla Ortega tiene que ver menos con lo identitario y la tensión nacionalista y más con la insolidaridad de clase y la inconsistencia democrática de las instituciones, la jerarquía católica y las élites económicas acantonadas en sus privilegios. Se lee en clave nacional, pero a mí me parece mucho más fecunda en ese libro la denuncia de la debilidad de la noción de Estado y la reclamación fuerte de construirlo como empeño de justicia social y exigencia cultural e histórica: como oportunidad única tras tres siglos de impotencia e ignorancia. 

-¿Sigue pensando que deplorar los cambios socioculturales del último medio siglo es una irresponsabilidad intelectual?
-Me temo que sí, y espero que no sea empecinamiento. Ortega mismo es una buena referencia para entender que la acción productiva y fértil cuenta con lo real, no con lo utópico. Y un montón de esos cambios tuvieron el aroma de ser utópicos y hoy son tan reales que se nos antojan naturales como la sucesión del día y la noche. 

Empecinado o no, casi siempre a la contra. Gracia tampoco abomina de las redes sociales como tantos de sus colegas de universidad y mundo académico. Ni cree que disminuyen, o atemperan, el papel del intelectual como creador de opinión. “Quizá más bien aumenta la participación intelectual en la ingobernable esfera pública y por tanto la pluralidad de las voces ha dinamitado en buena medida la estructura jerárquica que tuvo antes la opinión del intelectual. La nostalgia del mandarinato da por hecho que fue bueno el mandarinato pero hay una tonelada y media de argumentos para ponerlo en duda”. 

Otros saberes para otro mundo

-También niega que los jóvenes lleguen hoy a la universidad peor preparados que nunca...
-¿No será que llegan preparados con otros saberes para otro mundo y desde otro mundo? La preparación específica, además, tiene poco que ver con el problema central, que no es exactamente que hoy la población educada no sepa traducir a Horacio: el descrédito de las humanidades empieza tanto por la indulgencia como por el numantinismo en los que los mismos profesionales de ella hemos incurrido. Su desprestigio me temo que empieza en los propios profesores de áreas humanísticas, siempre a la defensiva, siempre añorantes de un nivel más alto, además de ofendidos por la sordera miope de una sociedad ociosa, cada dos por tres horrorizados por la estulticia de los chavales. Y no es ese exactamente el principio de la seducción ni de la atracción intelectual. Y aunque Ortega parezca a menudo uno de ellos, es lo contrario, lo es hasta el final, cuando se arrebata casi físicamente mientras piensa y escribe. 

Orteguiana

Algunas citas para entender el legado del filósofo. 

"Estamos demasiado obligados a convencer y a concretar. Así que se hace literatura como Valle o Rubén Darío, se hace precisión como Ramón y Cajal, o se calla uno"

"Filosofar es exponerse. Es hacer llorar, y hacer reír y hacer estremecerse a los oyentes"

"La aspiración a la cátedra es un horizonte excesivamente burgués y con gafas"

"Pensar es terror, entusiasmo, desazón, curiosidad, profunda delicia, exaltación"

"La crítica es salirse fuera de uno mismo y sustraerse a la ley de gravedad sentimental"

"El arte, la filosofía, la política, el dinero mismo se basa, se nutre, camina sobre la ciencia"

"Este Madrid que mira de reojo y piensa más de reojo todavía"

"Antes que la económica, primero necesitamos la reforma intelectual y moral"

"La riqueza es un producto de la cultura. Hay que hacer del ideal de cultura una religión nacional"

"Más Europa que España y España solo me importa si integra espiritualmente Europa"

Fuente: El cultural