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Black out, una novela de María Moreno

María Moreno sabe que el alcohol ya fue. No lo sabe por sabia ni por sobria, dos maneras eufónicas de decir conversa, la única palabra tabú de este libro descaradamente sentimental, en guerra con la misericordia y la indulgencia (sobre todo las que suelen autodispensarse los borrachos), que sólo parece apostar a la continuidad del estilo -aún en su versión suicida- como forma de vida saludable. Moreno sabe que el alcohol ya fue porque cree en la historia y la cultura.

Por muy ligado que esté al cuerpo, dándole la vida que el miedo le quita o anestesiándolo, el alcohol del que tanto se habla en "Black out" -el tándem ginebra-whisky, básicamente- es menos una pulsión, una sed fatal o una joya maldita heredada (en el caso de Moreno, quizá, de una madre doctora en química que lo usaba como escudo, para preservarla de los gérmenes del mundo, mientras en las comidas mezclaba vino con gaseosa sin inmutarse) que un ritual, un ethos, una mitología decididamente histórico-cultural. Sus raíces abrevan al mismo tiempo en la letra de los clásicos de la patria (el Matadero, Sarmiento, el Martín Fierro, el trip legendario del coronel Mansilla, que brinda hasta reventar con los indios sólo para no ser menos que ellos) y en la bohemia porteña de los años 60 y 70, cuando la perspicacia psi, la pasión de la sospecha y la voluntad crítica copaban una calle -la calle Corrientes- y florecían en sus bares, el Ramos, La Paz, La Giralda, templos de trasnoche donde se impugnaba la cómoda interioridad del hogar burgués y la botella de Bols o las medidas en serie de Criadores eran condiciones de producción tan sine qua non como la Lettera 22, los sueldos pagados por Jacobo Timmerman en Primera Plana o la fe en la autorreferencialidad del lenguaje. Como escribe Moreno: "Ya comprendíamos que en nuestra literatura la ginebra es estructural: beberla nos hacía pertenecer".

Si el alcohol ya fue, lo que lo mató, según un diagnóstico que Moreno insinúa sin desplegar, fueron menos milagros individuales como la lucidez in extremis, la toma de conciencia, el anhelo de rehabilitación que sucede al toque de fondo, que una mutación de época (la expresión "la época" suele liderar las frases de Moreno casi tanto como "el alcohol"), una cierta privatización de la experiencia urbana que implicó, entre otras cosas, el eclipse de la vida de bar como gymnasium amistoso-retórico-intelectual y la devaluación brutal del modelo alcohólico, desterrado del glamour baudelairiano y arrojado al trash psicobolche más deprimente.

"El alcohol es una patria", declara Moreno: "por eso nunca se la pierde. Sólo se puede estar exiliado de ella". Moreno lo está dos veces: una, en el plano personal, porque ya no bebe; otra, en el histórico, porque, como todos sus históricos compañeros de copas, es una expatriada de una era extinguida. Pero una expatriada que pudo contar el cuento -y lo cuenta. De pocos de los que menciona en su libro se podría decir lo mismo: la negrura que nombra el título alude tanto al cepillado amnésico del coma etílico como al luto. Imposible no leer "Black out" como el libro de los muertos de Moreno y una época (y casi obligatorio leerlo en diálogo con el segundo tomo de los "Diarios de Emilio Renzi" de Piglia y el flamante "Miserere" de Germán García, los otros dos notables mapeos de los años 70 que aparecieron este año).

De hecho, la galería de colegas de copeteo que retrata Moreno (Miguel Briante, Norberto Soares, Claudio Uriarte, Charlie Feiling, cuatro heavy drinkers que supieron galopar entre el periodismo y la literatura) yace ya bajo tierra, como es el caso también de su padre (a quien, de niña, llevada por su madre, sorprende una noche desde la calle bebiendo solo en su estudio de fotógrafo) y de unos cuantos de sus grandes objetos de devoción amorosa o literaria (David Viñas, Osvaldo Lamborghini, por no citar sino dos polos extremos, antagónicos, en cuyos respectivos enchufes Moreno era una de las pocas capaces de meter los dedos en simultáneo). Moreno, en cambio, es una sobreviviente. La sobreviviente. Y su libro sembrado de cadáveres es menos una memoir elegíaca o un requiem personal que el manual de instrucciones encarnado de una ética de la supervivencia.

Se bebe para pertenecer, dice Moreno, pero para pertenecer a lo otro, a lo que no nos está destinado por naturaleza, clase, género o cultura, a lo que se nos niega o escapa. Via regia hacia lo heterogéneo, la botella es el atajo que una época obsesionada por los ritos de pasaje propone a la hora de acceder a formas de vida comunitarias que "no corresponden". En el caso de Moreno, el mundo de "los muchachos", esos falansterios de muymachos que marcaban el ritmo de la vida periodístico-cultural en la Buenos Aires de fines de los años 60 y 70. En ese sentido, menos que una autobiografía de beoda, "Black out" es el itinerario tenaz, obcecado y sorprendentemente exitoso de una varonera infatigable, a tal punto el yo que habla en el libro no reconoce ni persigue otro horizonte que ése -mesas de bares, barras, redacciones de diarios- donde racimos de varones cebados por el trago se torean con "lengua de bola" en mangas de camisa.

"Las mujeres, cuando se acercan a los que discuten, no tardan en alejarse con una mueca", escribe García en "Miserere". Las mujeres -menos una. Mezcla de discípula sedienta, groupie, intrusa, doble agente y etnógrafa sin escrúpulos, Moreno ajusta cuentas con su adorado winca Mansilla y narra en "Black out" su propia excursión a la tierra ranquel, ese más allá de hombres sin mujeres donde los ídolos reencarnan en cantantes de tango (remake hétero del famoso casting de Manuel Puig en el que cada prócer de la literatura del boom se replicaba en una diva de Hollywood) y ella misma, Moreno, aparece como la excepción. Es "la única dama": un privilegio conquistado gracias a las mismas audacias de estilo que dan brillo a este libro pero también, y sobre todo, a la entereza de la que hace gala a la hora de beber, ese aguante que ya fascinaba a los parroquianos del bar Alex de Once, donde Moreno, a la edad de Lolita, empezaba a tutearse con la ginebra Llave a instancias de un vecino con ojos de poeta, corruptor charmant, cocainómano, llamado Alcides Zubarán.

Pero los muchachos mueren -los machos de "Black out" son machos muertos, aunque ninguno, aclara la autora, muere por el alcohol- y es ella, Moreno -la excepción-, la que se carga al hombro la misión de contar lo que corre peligro de perderse. Es el karma, el honor, la vanidad incomparables de la testigo, la que -no importan los ríos de alcohol por los que se haya dejado inundar, ni los de tinta que virtió o vertirá- nunca terminará de pertenecer. Y es también su vergüenza, pathos muy común en quienes, como Moreno, osaron atravesar la época preservando cierta distancia, atentos pero "disintiendo con las acciones de esos cuerpos". "Adheríamos al sacrificio de un deseo que imaginábamos entrañable, pero no de nosotros enteros", subraya en el capítulo que dedica a los "compañeros militantes", algunos renglones después de dejar en claro que "ninguno de nosotros, mejor dicho los que yo llamaba «los míos», había militado".

Con ese resto retaceado -esa parte maldita- está escrito "Black out". Y sin embargo hay tanta sangre aquí, en estas páginas de "simpatizante", como en las vidas que ardieron en el fuego de la acción. Porque Moreno la testigo es también la mujer que sangra. Menarca tardía, dolor, ciclo irregular, menstruaciones inesperadas y profusas: el cuadro endometriósico (un veredicto que Moreno evita explicitar pero describe con todo cuidado) funciona complementando y alegorizando el otro, el etílico, cuyos valores también se tasan en sangre, y la convierte en una "ogresa" que, hinchada y deshinchada, rejuvenecida o arruinada según lo que tome, se arrastra por el libro en un grito, doblada por las contracciones y las hemorragias, tiñendo de rojo, de su rojo -el único con el que, liturgia cristiana mediante, el rojo del vino tolera compararse-, los androceos de mamados brillantes a los que insiste en pretender sumarse. Y de pronto, comparada con la épica sangrienta de "Black out", qué pálida, trivial, extorsiva, qué preñada de supersticiones y coartadas parece la literatura sobre los años 70, en particular la que se ensimisma en la experiencia política -es decir: en el valor de los muertos. Monstruo menstruante, Moreno es la sangre derramada. Sólo ella, comediante y mártir, puede modular con la misma fruición analítica las muchas variaciones a que esa identificación operística da lugar, desde el recóndito bricolage de paños y tampones, pasando por el papelón de una regla que baja en vivo, caudalosa, en plena tertulia de varones (manchando unos espectaculares pantalones blancos), hasta la figura griega, casi mitológica, de una loca de la sangre, una mujer poseída por la sangre derramada por otros.

María Moreno sabe que el alcohol ya fue y sangra por la herida. El nexo entre hemoglobina y botella la lleva incluso a fraguar una parodia del principio de Arquímedes: todo lo que le entra al cuerpo como alcohol le sale como sangre. En el fondo, se trata de beber para liquidarse. Pero no tanto en el sentido de "matarse" como en el de volverse líquida, única condición capaz de aliviar sus desvelos, en la medida en que es la que hace posible la comunión. En ese devenir confluyen los tres fluidos (cuatro, contando la tinta) que mueven este libro asombroso: sangre, alcohol, agua -sangre que se pierde, alcohol que se absorbe, agua (la tumba líquida del Río de la Plata) en la que se flota y que arrastra, todos igualmente "gestores de comunidad" y pertenencia, signos de una época que tropieza aquí con una interrogación inusitada, a la vez histórica, química, clínica y amorosa.

Fuente: Alan Pauls para Télam Cultura

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