En esta novela llama la atención la calidad de su lenguaje (hecho que ya se había advertido en los cuentos de La vuelta del deseo, 2013). La autora evidentemente ama las palabras y logra que ellas se enlacen con armonía y ritmo. Si bien se luce en las frases largas (“Entonces le dio curso a la angustia, hasta allí apretada, reducida a un punto minúsculo, escondida entre los pliegues que imponían las corridas…”), también las oraciones breves – que suelen adoptar el cortante estilo tipo agenda – le otorgan a la historia dramatismo, el que es acentuado, asimismo, por los contundentes diálogos. Con seguro oficio Allami mantiene el tono melancólico desde el principio al fin, y narra a la vez en tercera, segunda y primera personas, enriqueciendo así los matices psicológicos de los personajes. El verbo justo trata sobre los inagotables problemas de comunicación y de sentimientos contradictorios que anidan en una familia. El lector se verá reflejado de alguna manera en esta borrasca...