viernes, 30 de mayo de 2014

10 sitios donde descargar ebooks de manera gratuita y legal



Existen dos tipos de personas en el mundo: a quienes les gustan los libros, y quienes necesitan aprender a leer. Gracias a los avances indetenibles de la tecnología, hace ya […]



Existen dos tipos de personas en el mundo: a quienes les gustan los libros, y quienes necesitan aprender a leer.

Gracias a los avances indetenibles de la tecnología, hace ya unos cuantos años que podemos disfrutar de la lectura desde dispositivos electrónicos, y por más debate que ha levantado esto de si el libro de papel morirá o no, lo más relevante de la historia sigue siendo el acceso a la cultura, y lo sencillo que se hace tener una biblioteca muy grande en un solo sitio, al alcance en todo momento, y con una potabilidad que da ganas de llorar de felicidad, especialmente si nos movemos mucho de un sitio a otro y queremos llevar nuestros libros con nosotros.

El Kindle es uno de los mejores ejemplos del éxito de los ebooks, y lo bien recibido por el público que ha sido este formato. Por otra parte tenemos la aún ridícula diferencia entre los precios de un libro en físico y uno electrónico, casi nula, una razón que tienen algunos para elegir el libro de papel a veces, pero esa discusión no nos cabe en este momento.

Como siempre, todo lo que se mueve a formato digital, obtiene las bondades de Internet y las comunidades, de tal manera que acceder a toneladas de contenido es bastante sencillo. Hoy les contamos sobre 10 sitios donde podemos descargar ebooks demanera gratuita y además legal.

En español

Dominio Público: es un sitio dedicado a difundir todas las obras en Dominio Público, que dice tener el objetivo de combatir los intentos de hacernos creer que si no pagas, ni es legal ni es cultura, aunque lo escribiera Cervantes, pintara Miguel Angel o compusiera Mozart. Me encanta ese lema. Los libros están en varios formatos: fichero HTML, texto plano, eBook MS Reader (LIT), eBook MobiPocket (PRC), eBook eReader (PDB), PDF, XML como fichero OpenOffice Writer.
Wikisource: es un proyecto de Wikimedia, como lo es la Wikipedia. La intención del sitio es la de crear una biblioteca en linea de textos originales que se encuentran bajo dominio público o que hayan sido publicados bajo licencias GFDL o CC-BY-SA 3.0. Los libros se pueden leer directamente por página desde la web, o ser descargados como PDF. También enlazan al origen inicial del libro, desde donde pueden haber más formatos para descarga.
Google Books: la enorme biblioteca de libros de Google, cuenta con montones de libros de diferentes categorías, muchos de los cuales están en nuestro idioma y además son gratuitos. Si existe una edición de un texto en formato electrónico y además es libre, de seguro lo consigues en Google Books.
Kindle

En varios idiomas

Open Library: es un proyecto de la organización sin ánimo de lucro Internet Archive, cuyo ambicioso objetivo es tener una página web por cada libro que se haya publicado jamás. La Biblioteca Abierta (Open Library), es por supuesto un proyecto abierto, el software es libre, los datos son públicos, y la documentación es pública y abierta. Puedes descargar libros en diferentes formatos electrónicos, o prestarlos desde la biblioteca con tu carnet virtual.
Proyecto Gutenberg: es una de las colecciones de libros electrónicos más grandes que existen, fue fundado por Michael Hart en 1971, convirtiéndose en la primera fuente de ebooks que se conoce. Los libros que se encuentran en el sitio son de dominio público en Estados Unidos, y a la fecha hay más de 42 mil ebooks en diferentes formatos disponibles para descargar, o leer en linea.
Ebooksgo: es un sitio con libros gratis y libres, todos están bajo licencias GFDL, Creative Commons, licencias como las del proyecto Gutemberg, y cualquiera que sea libre para su distribución. Los libros están organizados por categorías y junto al enlace de descarga se especifica el tipo de licencia.
Manybooks: es un sitio que recoge una gran colección de libros electrónicos gratuitos, muchos de la colección del proyecto Gutenberg, y otros del proyecto del genoma humano. También contiene audiolibros, y todos están organizados por autor, categorías e idioma.
Amazon tiene una sección con todos los libros de dominio publico que puedes descargar directamente a tu Kindle, cuenta con más de 1700 títulos.
Freebook Sifter es un buscador que te permite buscar de manera sencilla todos los libros gratuitos que se encuentren disponibles en Amazon, filtrados por idioma, categorías, y hasta el rating de las reseñas de los usuarios. Mucho más cómodo para la búsqueda que la anterior opción.
http://bitelia.com/2014/01/descargar-ebooks-gratis-legalmente

Fuente: Jus Revista digital

miércoles, 28 de mayo de 2014

Las palabras maltratadas del español

Dudas frecuentes del español. DRAE.'Espécimen', 'polígloto', 'zombi'..., y otras palabras 'maltratadas' 

'Las 500 dudas más frecuentes del español', del Instituto Cervantes, aclara cómo decir y escribir palabras y expresiones complejas.
Desde cómo pronunciar Wenceslao hasta señalar la incorrección de 'violencia de género' el recorrido es exhaustivo.
Estas son, de la A la Z, algunas palabras que más duda suscitan.
Escuchar los incorrectos desapercibido o extrovertido en lugar de inadvertido o extravertido (¿desde cuándo el prefijo es extro-?) es tan habitual que han terminado admitiéndose o mejor dicho: registrándose en el Diccionario de la Real Academia Española dado su uso. *Detrás mío en lugar de detrás de mí y similares malos usos de los posesivos siguen sin estar admitidos pero persisten en la lengua, sobre todo en la oral. No obstante, el hecho de que el DRAE recoja determinadas palabras no significa siempre que se trate de la manera más correcta de decirlas o escribirlas. El Instituto Cervantes ha realizado un exhaustivo ejercicio de revisión y aclaración, a cargo de Florentino Paredes García, Salvador Álvaro García y Luna Paredes Zurdo, en el recientemente publicado manual Las 500 dudas más frecuentes del español (Espasa).

 DE LA A LA Z: DUDAS FRECUENTES

Antienvejecimiento.Habitualmente lo encontramos en productos de belleza como *antiedad, pero este uso incorrecto. Lo recomendado y admisible es antienvejecimiento.

Best seller. Pese a que como señala Sousa en su Diccionario de usos y dudas del español actual (Vox) es un anglicismo por libro más vendido, superventas, éxito editorial... etc., la RAE lo contempla y admite. Eso sí: la escritura ha de ser sin guion y en dos palabras. Si bien, el Diccionario Panhispánico de dudas recomienda sustituir el término inglés best seller por superventas.

Cuclillas Ni *cluclillas ni *cunclillas ni *cluquillas, la grafía y expresión correcta es cuclillas. Cuando se producen estos cambios de posición en algunos sonidos se denomina metátesis, y se considera un vulgarismo.

Dar de sí. Casi sin querer una importante mayoría dice No doy más *de sí, No das más *de sí... Lo correcto sin embargo es No doy más de mí, No das más de ti.

Espécimen. ¿Se dice especimen, como acostumbramos a oír, o espécimen? El manual del Cervantes es tajante, la forma espécimen es la correcta: "Se trata de una palabra esdrújula, pues el acento prosódico recae en la sílaba -pe-, y por tanto debe llevar tilde. El error se produce al contagiarse de su forma plural, especímenes, que desplaza el acento prosódico y la tilde a la sílaba -ci-.

Falsa alarma. Desde el momento en que la alarma existe es real, dice el ortógrafo y lexicógrafo José Martínez de Sousa, por lo que lo correcto es alarma infundada o alarma injustificada. En palabras de este experto, se trata pues decir falsa alarmade una "impropiedad".

Grosso modo. Significa aproximadamente, a bulto, y no es correcto en caso alguno la expresión con la preposición a delante: *a grosso modo. En todo caso lo válido es: "Lo dijo grosso modo porque no se acordaba".

Hala. Es la forma a la que remite el DRAE cuando se busca ¡Ale! Y ¡Hale! Idos. Por raro o inusual que suene Idos ya que se hace tarde es la manera correcta del verbo. No se puede así decir: *Iros ya que se hace tarde. Como señala el Instituto Cervantes: "Esta forma de construir la segunda persona de plural constituye una excepción, pues es el único caso en el que se conserva la terminación -d ante el pronombre os".

Jersey. Aunque ha habido algún intento por lograr el uso escrito de *jersei (que debería haber llevado tilde: *jerséi) el asunto no ha prosperado. Jersey es la manera adecuada y su plural es jerséis.

Kiwi. La pronunciación de esta palabra, cuya grafía correcta es kiwi, es /Kiui/.

Libido. No lleva tilde en la primera –i-, por lo que no debe ni escribirse ni pronunciarse *líbido.

Motu proprio. Es incorrecto decir o escribir motu *propio, ya que esta locución latina respeta su etimología: proprio.

Ni siquiera. Debe evitarse el uso el uso de *ni tan siquiera, tal y como recomienda Sousa. Lo correcto es ni siquiera o siquiera.

Oes. El plural de los monosílabos que acaban en –o debe hacerse preferentemente en –oes, de modo que el plural de no sería noes, salvo, según registra el último manual del Instituto Cervantes, la palabra yo en la que si bien lo correcto es yoes se admite también yos. Y una excepción: el plural de pro es pros.<

Polígloto. ¿A un hombre que domina varias lenguas se le puede llamar polígloto? En Las 500 dudas más frecuentes del español la respuesta es clara, por extraña que parezca: "Sí, se trata de un adjetivo de doble terminación, polígloto y políglota". No obstante en la lengua actual tiende a usarse políglota como adjetivo invariable tanto para masculino como para femenino. Igual ocurre con autodidacta (que tiene doble terminación: autodidacto).

Quizá. Es la palabra original y la manera más correcta de decirla y escribirla, pero quizásestá ya admitida como válida y así lo recoge el libro del Instituto Cervantes.

Récords. ¿Por qué lleva tilde si es llana y termina en s y las palabras llanas terminadas en tal consonante o en n no la llevan? Se trata de una excepción igual que bíceps, fórceps, ítems, cómics.

Sendos. Se usa erróneamente como sinónimo de ambos o los dos, cuando es un distributivo que significa uno cada uno. De modo que si se dice: Los cuatro cantantes cantaron sendas canciones lo que se está diciendo es: Se cantaron cuatro canciones, una por grupo.

Tuit o 'tweet'. Ambas son correctas, según el manual de Dudas del Instituto Cervantes. Tuit, no recogida en el DRAE, es la que otras instituciones dan como forma recomendable, y así lo señala el Cervantes. Aún más: si se opta por mantener la forma inglesa la palabra ha de ir en cursiva para señalar que es un extranjerismo.


Uy. Esta grafía, en vez de huy, ya está la forma uy en la vigésima tercera edición del DRAE, resultado de su extendido uso.

Veinteavo. Es válido para expresar fracción tanto veinteavo como vigésimo. Lo que no se permite es su uso cuando se trata de un ordinal, por ejemplo: El corredor llegó en *veinteava posición es incorrecto. Lo adecuado sería: El corredor llegó en vigésima posición.

Wenceslao.La pronunciación de la w- inicial ha de ser como un sonido consonántico [b] siempre que se trate de nombres germánicos o de origen visigodo. Además de Wenceslao, encontramos Wagner o wolframio. No es pues correcta la pronunciación *[uenceslao].

Xilófono. Es la grafía correcta, aunque el Diccionario Panhispánico de Dudas señale también como válida xilofón.

Yogur. La manera correcta de esta voz de origen turco es yogur. Su plural es yogures. Deben evitarse las grafías yoghourt, yogourt, yoghurt y yogurt.

Zombi. La única manera admitida y correcta en español es zombi y su plural, zombis. En ningún caso se da por válida *zombie y *zombies.

Fuente: Paula Arenas, Riki Blanco

sábado, 24 de mayo de 2014

Perros, gatos y lémures. Los escritores y sus animales,

¿Qué tienen en común Virginia Woolf, Lord Byron, Julio Cortázar y Truman Capote? La primera parte de la respuesta es fácil: todos escribían. La segunda quizás un poco menos: todos tenían una o más mascotas. 

El libro Perros, gatos y lémures. Los escritores y sus animales, de editorial Errata Naturae, pone a prueba el talento de once escritores españoles sobre la especial relación que existió y que existe entre los escritores y sus mascotas. Algunos de ellos como Soledad Puértolas, Marta Sanz, Ignacio Martínez de Pisón y Andrés Trapiello hablan de sí mismos y los demás de sus escritores favoritos. 

De esta forma aprendemos que el primer perro de Virginia Woolf, se llamaba Shag, pero que el más inspirador fue Pinka, un cocker spaniel de color negro regalo de su amiga Vita Sackville-West, que sirvió de inspiración para la biografía imaginaria de otro cocker spaniel, el de la poetisa Elizabeth Barret Browing en Flush: una biografía, una de sus obras más reconocidas. Es más: una imagen de Pinka acabó siendo la portada de la primera edición del libro. 

Boatswain, el perro del mismísimo Lord Byron, lo acompañó desde que era un cachorro en sus aventuras de héroe e icono romántico y cuando murió por haber contraído la rabia, su dueño le dedicó un epitafio maravilloso y mandó a construir una tumba especial en cuya lápida todo el mundo pudiera leer el poético adiós. 

Una mirada especial

El gato de Julio Cortázar se llamaba Teodoro W. Adorno. No era alemán, sino francés. A decir verdad ni siquiera era su gato, sino un gato callejero, “negro y canalla”, que un día aterrizó en su vida en Saignon en el sur de Francia y que se materializaba cada vez que él y su mujer volvían a la localidad provenzal con enorme sorpresa de ambos. 

Hasta que un día Teodoro W. Adorno no solo no volvió a la morada de los Cortázar sino que, al encontrárselo en el pueblo, ignoró por completo al escritor argentino que le había dado un nombre tan bonito. 

Algunos escritores no se limitaban a escribir de sus mascotas, sino que escribían a sus mascotas. Cuando se encontraba en Tejas en busca de más, más y todavía más material para su obra maestra A sangre fría, Truman Capote enviaba huesos y postales a su gordo, feo y adorable bulldog inglés Charlie J. Fatburger. 

Así que quizás no exista ninguna relación entre el oficio de la escritura y el hecho de poseer mascotas, pero Perros, gatos y lémures. Los escritores y sus animales descubre lados absolutamente inesperados y entrañables de algunos de los grandes de la literatura. Y si para esto hay que mirarlos desde abajo, como hacían sus mascotas, ¿qué más da?


Fuente: Alessia Cisternino


*La entrada en religión de Teodoro W. Adorno


/ Escrito casi nada sobre gatos, cosa más bien rara porque gato y yo somos como los gusanitos del Yin y el Yang interenroscándose (eso es el Tao) y no se me escapa que cada gato en español es amo de las tres letras del Tao, con la g a manera del agujerito que dejan en los ponchos las mujeres de los indios navajos para que no se les quede el alma prisionera en el tejido; pero ya Kipling mostró que el gato walks by himself y no hay Tao ni prosa mágica que lo retenga más allá de sus horas y sus ánimos / W. Adorno no anduvo muchas veces por las páginas de Saignon, hay que explicar que su Yin y mi Yang (o al revés, según las lunas y las hierbas) se fueron amistando y entrelazando sin el menor contrato, sin eso de que te regalan un gatito y vos le das la leche y entonces el animal desenvuelve reflejos condicionados, arma su territorio y duerme en tus rodillas y te caza los ratones, el triste pacto de las viejas con sus gatos, de las gatas con sus viejos.
Nada de eso, mi mujer y yo vimos llegar a Teodoro por el sendero que baja al ranchito y era un gato sucio y canalla, negro debajo de la ceniza polvorienta que mal le tapaba las mataduras, porque Teodoro con otros diez gatos de Saignon vivía del vaciadero de basuras como cirujas de la quema, y cada esqueleto de arenque era Austerlitz, los Campos Cataláunicos o Cancha Rayada, pedazos de orejas arrancadas, colas sangrantes, la vida de un gato libre. Ahora que este animal era más inteligente, se vio en seguida cuando nos maulló desde la entrada, sin dejar que nos acercáramos pero dando a entender que si le poníamos leche en una aceptable no cat’s land condescendería a bebérsela.

Nosotros cumplimos y él entendió que no éramos despreciables; salvamos por mutuo acuerdo tácito la zona neutralizada, sin tanta Cruz Roja y Naciones Unidas, una puerta quedó entornada con dignidad para no ofender orgullos, y un rato después la mancha negra empezó a dibujar su espiral cautelosa sobre las baldosas rojas del living, buscó una alfombrita cerca de la chimenea, y yo que leía a Paco Urondo escuché por ahí el primer mensaje de la alianza, un ronroneo confianzudo, entrega de cola estirada y sueño entre amigos. A los dos días me dejó que lo cepillara, a la semana le curé las mataduras con azufre y aceite; todo ese verano vino de mañana y de noche, jamás aceptó quedarse a dormir en casa, qué te creés, y nosotros no insistimos porque pronto nos volveríamos a París y no podíamos llevarlo con nosotros, los gitanos y los traductores internacionales no tienen gatos, un gato es territorio fijo, límite armonioso; un gato no viaja, su órbita es lenta y pequeña, va de una mata a una silla, de un zaguán a un cantero de pensamientos; su dibujo es pausado como el de Matisse, gato de la pintura, jamás Jackson Pollock o Appell / día que nos fuimos, sentimiento de culpabilidad inevitable: ¿y si se había ablandado, si tanta leche y fideos y arrumacos lo dejaban en desventaja frente a los duros de la quema, los machazos de orejas recortadas y costumbres de tropas de asalto? Nos miró irnos, sentado en la parecita de piedra, limpio y brillante, comprendiendo, aceptando. Ese invierno pensé tantas veces en él, lo di por muerto, hablábamos de Teodoro con la voz de la elegía. Vino el verano, vino Saignon, cuando fui a vaciar por primera vez la basura vi de nuevo el salto vertiginoso de ocho gatos al mismo tiempo, barcinos y blancos y negros pero no Teodoro, su corbatita blanca inconfundible en tanto azabache. Previsiones confirmadas, selección natural, ley del más fuerte, pobre animalito.
A los cinco o seis días, cenando en la cocina, lo vimos sentado detrás del vidrio de la ventana, fantasma lunar y Mizoguchi. Su boca dibujó un maullido que el vidrio volvía cine mudo; a mí se me mojaron los ojos como a un imbécil, abrí la ventana y le tendí prudentemente la mano, sabiendo lo que ocho meses de ausencia liman y destruyen en una relación. Se dejó tomar en brazos, sucio y enfermo, aunque ya en el suelo se vio que estaba huraño y distante, que reclamaba su comida como un mero derecho; se fue casi en seguida con esa manera suya de acercarse a la puerta y maullar como si le estuvieran aplastando el alma. A la mañana siguiente ya jugaba por ahí, manso y alegre, pronto al cepillo y al azufre. 

Al otro año fue lo mismo pero entonces tardó casi un mes en reaparecer, castigándonos, haciéndonos sentir su muerte, remordiéndonos; pero vino, más flaco y enfermo que nunca, y ése fue el tercero y último año de la vida pagana y alegre de Teodoro W. Adorno, la época en que lo fotografié y escribí sobre él y volví a curarlo de algo que parecía una indigestión de pelos, aparte de que Teodoro se enamoró y eso lo tenía completamente estúpido, se paseaba por la casa con la cabeza en alto y gimiendo, por la tarde cruzaba el jardín como en un trance, flotando entre los tréboles, y una vez que lo seguí discretamente lo vi descender el sendero que llevaba a una de las granjas del valle y perderse en un atajo, gimiendo y llorando, Teodoro Werther, arrasado de amor por alguna gata de escabroso acceso. ¿Qué destino tuvo ese idilio entre la lavanda de Vaucluse? El de Juan de Mañara, no el de Werther: lo comprendí este año, después de dos meses de Saignon con la ausencia irrefutable de Teodoro. ¿Muerto, esta vez sin duda decididamente muerto, la garganta abierta por alguno de los taitas del vaciadero, pobrecito Teodoro tan débil y enamorado y esas cosas? / once y media es la mejor hora para comprar el pan y de paso despachar las cartas y vaciar la basura; subí el sendero sin pensar en nada, como casi siempre en el momento de las revelaciones (a estudiar una vez más cómo toda distracción profunda entreabre ciertas puertas, y cómo hay que distraerse si no se es capaz de concentrarse) / por expreso y ésta por avión, allez, au revoir monsieur Serre, un pan redondo y caliente, charla con monsieur Blanc, cambio de nociones meteorológicas con madame Amourdedieu, de golpe la manchita de sombra bajo el derroche amarillo del mediodía, la puerta de mademoiselle Sophie, la mancha de sombra ovillada delante de la puerta, no puede ser, cómo va a ser, qué diablos va a ser, de día todos los gatos son negros y además cómo es posible que el gran pagano esté tomando el sol delante de la puerta de mademoiselle Sophie pequeñita y jibosa y señorita y sacristana de Saignon, con anteojos y sombrero y una boca perdida entre una nariz que baja y un mentón que sube, Teodoro, Teodoro! Le pasé al lado y no me miró, dije despacito: Teodoro, Teodoro chat, y no me miró, Juan de Mañara había entrado en religión, vi el platito de leche y el hueso de una costilla tan frágil como las de mademoiselle Sophie, las raciones de una vida minúscula de ratoncito de iglesia con olor a jabón barato y a cirios, Teodoro convertido, bautizado, ignorándome, preparándose para la vida eterna, convencido de tener un alma, quizá de nochedurmiendo en la casa, la última de las humillaciones, la penitencia final, yo pecador él que jamás aceptaba una puerta cerrada y ahora las rodillas puntuadas de mademoiselle Sophie, las carpetitas bordadas, las oraciones y los ronroneos al mismo tiempo, la vida cristiana en una aldea provenzal. ¿Y el Tao, y los amores, y esa manera de jugar con las pelotas de papel que hacíamos con los suplementos dominicales de La Nación? / vuelto a ver dos o tres veces y nunca me reconociste y está bien porque tampoco yo te reclamaré, con qué derecho podría, vos el más libre de los gatos paganos y el más prisionero de los gatos católicos, tendido delante de la puerta de tu sacristana como un perro que la defiende.
Ah Teodoro, qué bonito era verte bajar por el sendero, la cola al aire, gimiendo por tu gatita entre la lavanda, qué dulce era encontrarte otra vez cada año, el día en que se te antojaba, la noche de luna que elegías displicente para saltar a la ventana y quedarte unas horas con nosotros antes de volver a tu libertad que como tantos de nosotros has cambiado por una jubilación de gato, por el cielo que te tienen prometido.

*Último round, 1969.


miércoles, 21 de mayo de 2014

Una casa como un libro

Crónicas Visitar Monk’s House, la casa de campo de Virginia y Leonard Woolf, es una experiencia que participa tanto del más terrenal sentido de la excursión de fin de semana para turistas como de una íntima inmersión en un libro secreto. La casa como un refugio y como un santuario lleno de signos secretos, fetiches y fantasmas donde las mariposas y las piedras son mucho más de lo que parecen, y todos los pasillos y recovecos conducen inevitablemente a un cuarto propio.

 Por: Esther Cross

En el vagón de segunda clase, una pareja mayor lee el Sunday Times. El diario habla de la boda de lord Weymouth con una modelo que será la primera marquesa negra de Inglaterra –también es millonaria, pero eso no compensa del todo a la nobleza–. Afuera se ven ovejas lacias, caballos, lomas. Sube una matrona de Marks & Spencer. Entra al vagón un viejo adolescente transfundido al celular. Pasamos Plumptons y nos mecemos de pueblo en pueblo. Algunas cosas cambiaron, pero hace noventa años Virginia y Leonard Woolf también bajaban del tren en esta estación. El cartel dice “Lewes”, hay un guarda detrás del molinete y en el bar no pega dar propina. Se puede llegar a Monk’s House andando 6 kilómetros a campo traviesa. Los taxistas ubican la casa de Virginia Woolf. Viene gente a verla, aunque no tanta. La ruta cruza caseríos. Rodmell es un pueblo chico, descendente. Donde termina Rodmell está Monk’s House.

A fines de la Primera Guerra, Virginia y Leonard Woolf tuvieron que mudarse de Asheham, su primera casa de campo. Después de unos rodeos encontraron esta casa simple, de cientos de años, que bancó añadidos y refacciones. “A pesar del frío y el fuerte viento en contra, Virginia fue en bicicleta a inspeccionar Monk’s House. Los prudentes reparos acerca del tamaño de las habitaciones, la falta de agua caliente, que no tuviera baño y las malas condiciones y humedad de la cocina no minaron el encanto del huerto, los frutales, y el profundo placer por el tamaño, forma, fertilidad y lo agreste del jardín”, cuenta y cita Irene Chikiar Bauer en su excelente biografía Virginia Woolf, la vida por escrito.

Monk’s House se transformó en refugio, opuesto afable de la Londres eléctrica. “Monk’s House –escribió Virginia en 1919– será mi dirección para siempre. Marqué el lugar para nuestras tumbas, donde el jardín se une con la pradera.”

Las cenizas de los Woolf están enterradas a los pies de los olmos que bautizaron con sus nombres, aunque esos árboles ya no existen. Una tormenta derribó a uno, al otro se lo comió una plaga, pero quedaron escritos y ahí están, invisibles y homónimos, junto a los restos de sus dueños, que ahora son su referencia fantasmal.

Desde el jardín


Un señor del National Trust cobra la entrada. Apenas venden una taza con la cara de Virginia, tres postales y libros, sin ánimo de marketing. Lo mejor es inspeccionar el jardín y entrar a la casa por el invernadero, como hacían los Woolf. Las flores brotan del suelo y los muros; forman puentes en el aire. El jardín toca la torre de una iglesia de la Edad Media. Dos mujeres sacan fotos a las plantas y una adolescente saca fotos al azar. Leonard Woolf se dedicaba con placer obsesivo a este jardín. También se obsesionaba con Virginia, la política, la literatura y los perros, en escala variante de graduación, Virginia primera. Hay una cancha de bolos. Hay una huerta y senderos que agrandan la superficie del jardín al caminarlo. De pronto el jardín se abre al campo. “Parece que la tierra siguiera y siguiera para siempre”, escribió Virginia, y salía caminando a seguirla.

El campo cede al valle, con la “habitual vieja belleza de Inglaterra”. Al escribir, desde su silla, Virginia Woolf captaba el valle del río Ouse, el Monte Caburn, Lewes y su castillo. Todo eso ingresaba en su visión periférica. Algunos días el esplendor la angustiaba pero no generalmente. La mayoría de las veces salía de su jardín y entraba en ese espejismo realizado: después lo contaba. Recorrió estos lugares durante más de veinte años. Salía con su perra, poniendo en movimiento el paisaje que veía desde la ventana. Naturalista de Sussex, registró sus cambios de color y carácter. Veía las señales del tiempo en ese mundo rural amenazado, también las marcas de la historia: huellas inmemoriales, ruinas romanas, isabelinas, y los aviones cayendo en picada en la Segunda Guerra, y las sirenas, los vidrios rotos.

Ahora también se ve el valle, pero ella no lo escribe. La entrada viene con una guía impresa y un mapa que llega hasta el río Ouse. Ahí van las señoras que fotografiaban plantas. Patti Smith lo hizo y sacó una foto: el río es oscuro, ancho, temible.

Hay una reposera frente a la cabaña. Es el famoso cuarto propio. Por la ventana se ve la mesa, con papeles y sus anteojos de montura redonda encima, como si hubiera salido un minuto y ya fuera a volver. En el porche, hay sillas que invocan por vaciado la foto de Virginia, sentada con su sobrina, su hermana, su cuñado y Maynard Keynes, en ese mismo lugar.

Cuando los Woolf se mudaron, no había baños en la casa, sólo una casilla externa. Se bañaban en una tinaja en la cocina. Cuando le tocaba, Virginia repetía en voz alta frases del texto de turno para probarle el sonido. Al tiempo construyeron un baño en el piso superior, pero Virginia porfiaba la costumbre y desde abajo, en la cocina, Louie Everest, la mucama, la oía bañarse: “dale y dale, se hacía preguntas y respondía; parecía que había dos o tres personas con ella”. Escribía, caminaba pensando, repetía en voz alta antes de corregir, le daba el texto al marido y releía, considerando su devolución. Así se hacían los libros en esta casa hecha con libros. La señora Dalloway pagó dos baños. Las ganancias de Orlando financiaron la cabaña. Le decían Faro al auto, saludando a su sponsor. Los libros daban trabajo y placer, la casa también. “Me gusta ir en auto a Rodmell un viernes caluroso, comer jamón frío, sentarme en mi terraza a fumar mi cigarro con una o dos lechuzas.”

Las mariposas y las piedras

En el living, una voluntaria muestra un fajo de sobres de Leonard Woolf. Habla de los muebles salidos del Omega Workshop y los cuadros. Es una vecina del pueblo. Su marido tocaba el trombón y una vez fue con la orquesta a un beneficio en el jardín de Monk’s House y estaba Leonard Woolf. También se acuerda de Trekkie Parsons, la mujer que enamoró a Leonard después de la muerte de Virginia. “No –responde–, no la trajo a vivir porque estaba casada, pero ella se instalaba acá cuando el marido salía del pueblo. Era un arreglo que tenían los tres.” El dato, conocido, suena como nuevo por la actualidad renovada del chisme.

En la escalera hay otra guardiana. Le preguntan si las mariposas disecadas son las que le regaló Victoria Ocampo a Virginia y dice que “son un regalo de una escritora argentina” pero enseguida abre una carpeta y enfoca la imprecisión, asiente.

Estas mujeres cuidan algo invisible, aparte de los muebles y los cuadros. Corrigen, con diplomacia, al chanta yanqui o inglés, toleran al monstruo informado. La adolescente que sacaba fotos en el jardín está hipnotizada con un biombo de la cocina, pintado por Angélica Bell para su tía Virginia. La familia elegida y las amistades son otra presencia física en esta casa, como en los libros de la escritora. Las portadas de sus libros tenían dibujos de su hermana, Vanessa. Imprimían los ejemplares en la editorial de la familia. Hay muebles, cuadros y tapices salidos de las manos de sus seres queridos.

En el cuarto de Virginia hay otra voluntaria, joven, sentada a los pies de la cama. No dice nada pero ¡qué bien responde a cualquier pregunta! Muestra los libros de Shakespeare que Virginia Woolf forró con sus propias manos. Un visitante dejó abierto el catálogo de la biblioteca original en la ficha del Tobit Transplanted, de Stella Benson, con los datos de archivo y la dedicatoria: “Querida Virginia: como no puedo darte mi auto, te doy mi libro...”.

Los Woolf fueron adaptando la casa –o al revés– pese a los ratones, la lluvia que entraba por la puerta de la cocina, el frío –dicen que una noche Morgan Forster se quemó los pantalones por adosarse a la estufa–. Virginia festejaba en las cartas y el diario las modernizaciones pero se nota, por las quejas de Morgan Forster, que el concepto de confort siempre fue relativo. Para el fanático, la casa es un libro. Casi todas las cosas quieren decir algo, por algo es fanático.

De nuevo en la entrada, el señor del National Trust regala un folleto con las actividades del año. Hay talleres, charlas en Rodmell, un día para perros en el jardín. Entran dos chicos, seguidos por el padre. Están recorriendo Sussex en auto. El padre dice que vieron afuera un cartel que dice Monk’s House y quiere saber de qué se trata. El tono pone a todos en guardia. El voluntario le dice que ésta era la casa de Virginia Woolf pero la aclaración cae en el vacío. Una señora que hojeaba libros explica que Virginia Woolf era una gran escritora y agrega: “Un día se fue caminando por el jardín, se puso una piedra en el bolsillo, se metió al río y se suicidó”.

El efecto es impresionante, pese a la floja relación entre causa y efecto. “¿Y por qué? –dice el hombre–. ¿Por qué hizo eso?” Acto seguido se enrosca con la mujer en una discusión loca, como si quisiera que lo convenciera de que suicidarse está bien. El señor del National Trust no registra la discusión. Su indiferencia resalta la banalidad del otro. Atiende, como si nada, a dos señoras, cobra, da vuelto y les dice que pueden entrar por el jardín, a través del portón chico de madera que hay al lado.

Fuente: Suplemento Radar