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Gombrowicz en Argentina

Rita, la última mujer del autor de Ferdydurke, reunió en el 2011 cartas, fotografías, testimonios y documentos sobre el escritor. Un corpus disímil que recupera el tono de las conversaciones, las polémicas y hasta el malestar que podía provocar el indómito polaco.

El conde polaco –tan insoportable como genial– supo gestionar su gloria. Un muchacho de aire más bien melancólico que parecía tímido, nervioso, algo afectado, una personalidad inclasificable, llegó a Buenos Aires en agosto de 1939. El estallido de la Segunda Guerra Mundial lo sorprendió en esta ciudad, donde finalmente se quedaría durante veinticuatro años, hasta 1963. Witold Gombrowicz pronto estaría en boca de todos. Alabarlo o ningunearlo se convirtió en una práctica, en el deporte literario por excelencia de fanáticos y detractores. El excéntrico, el escritor de los márgenes que habitaba minúsculas pensiones y se negaba a compartir su habitación “¡por miedo a ser estrangulado mientras dormía!”, como recuerda Alejandro Russovich, construía los andamios que lo ayudarían a desplazarse de la periferia al umbral de la escena. El mito se amasó, sin dudas, en el café Rex, sobre la calle Corrientes. En ese ambiente por momentos absurdo, un comité de aventureros, encabezado entre otros por el escritor cubano Virgilio Piñera, tradujo la paradigmática Ferdydurke, en 1946. No fue fácil trasponer al español la novela de un escritor polaco que sabía un par de palabras en español con la ayuda de cinco o seis entusiastas latinoamericanos, que apenas balbuceaban un puñado de áridos vocablos en polaco.

Los jóvenes de entonces –Russovich y Juan Carlos Gómez– se rindieron al culto. Visto ahora desde la distancia con Rita Gombrowicz, la última mujer del escritor, quien gestiona esa gloria sin nostalgia, como si fuera tributaria del legado provocador, parte de esa juventud devota de Gombrowicz se veía en el espejo del “orgullo y la rabia” que eran consecuencia de su doloroso exotismo y rigidez entre extraños, como advertía el escritor en su Diario, cuando recordaba la cena en la que se reunió con Borges y parte del grupo Sur. “¿Cuáles eran las posibilidades de entendimiento entre aquella Argentina intelectual, estetizante y filosofante, y yo? A mí me encantaba la oscuridad de Retiro; a ellos, las luces de París.” Carlos Mastronardi –gran amigo del conde polaco, aunque pertenecía a Sur, grupo que rechazó de entrada Ferdydurke porque, como le confesaría años después Silvina Ocampo a Rita, “el libro no nos gustó, lo descubrimos más tarde”– da en el blanco al reseñar la figura y la obra del escritor polaco. “En la Argentina no buscó y tampoco fue rechazado por aquellos que ornaban el Olimpo literario; más bien habría que decir que estaba muy a gusto en otros medios. Nunca quiso, ni aquí ni en su patria, entrar en la cultura como se entra en un templo en el que los fieles rezan de rodillas.” Adolfo de Obieta, hijo de Macedonio Fernández, que publicó por primera vez un cuento del escritor polaco en la revista Papeles de Buenos Aires, decía que Gombrowicz “hubiera podido describir doscientas maneras de resultar desagradable”.

Gombrowicz en Argentina (El Cuenco de Plata), el libro donde la atípica viuda del escritor reunió cartas, fotografías, testimonios y documentos sobre el escritor, conforma un coro disímil de voces que –lejos de convertir en una burda estampita al escritor polaco– recuperan el tono de las conversaciones, las polémicas y hasta el malestar que podía provocar el indómito polaco. “Miro mis rasgos de aristócrata; parece que mis facciones, día a día, registran mejor mi linaje”, le respondió Gombrowicz a Antonio Berni, cuando el pintor lo descubrió gesticulando ante un espejo. “Lo que difícilmente aguanta mi naturaleza es el extracto farmacéutico y depurado de la poesía que se llama ‘poesía pura’ y, sobre todo, cuando aparece versificada –se lee en un fragmento de la conferencia ‘Contra los poetas’, que el polaco pronunció en español en el Centro Cultural Fray Mocho, frecuentado por la bohemia intelectual, en agosto de 1947–. Me cansa el canto monótono de esos versos siempre elevado, me adormecen el ritmo y la rima (...), y a veces sospecho que todo ese modo de expresión y todo el grupo social que a él se dedica padecen de algún defecto básico.”

Estornuda Rita. Estornuda, pero no se desarma. No pierde ni un gramo de su coquetería y belleza esta mujer madura. En el brillo de su mirada flamea la joven canadiense que en un viaje de estudios conoció a Gombrowicz en Royaumont (1964), un albergue para escritores cerca de París. “Estoy esperando al médico, me enfermé por el aire acondicionado”, se excusa la distinguida viuda del escritor ante Página/12. Cuando aún no sabía que se convertiría en la mujer del excéntrico polaco, la estudiante estaba embarcada en una empresa: terminar su tesis doctoral sobre Colette. “Cambie el tema de la tesis, hágala sobre mí, yo se la escribiré en dos semanas y luego nos vamos”, le propuso el escritor. No cambió el tema; pero se fueron juntos a Vence, bien al sur de Francia, donde el autor de Cosmos murió en 1969.

–¿Qué recuerdos tiene de la Argentina?

Rita
–Esta es la cuarta vez que vengo; la primera fue en el ’73, tres años y medio después de su muerte. El primer viaje fue el que más me impresionó; un primo alemán de Witold fue el que me guió por Buenos Aires y me presentó a los amigos. En ese Buenos Aires estaban todos los lugares que él había frecuentado. Pero ahora siento que me voy alejando, cada vez más, un poco de esa realidad, porque muchos de los espacios que visité ya no están y muchas de las personas que conocí tampoco están. Lo que pude sentir es que todos los amigos lo extrañaban y que hablaban de él como si estuviera vivo. Me contaron tantas anécdotas, doce o trece horas por día, que decidí escribir un libro con todos esos testimonios. Gombrowicz escribió: “Yo no sé quién soy, pero sufro cuando me deforman”. Por eso me parece que la obra de Gombrowicz no puede limitarse a lo que los biógrafos decidan o no contar sobre él. Todos eran más jóvenes en aquella época –más jóvenes que él– y podíamos expresar nuestra mirada. El libro es un juego de diferentes miradas sobre la misma persona; es como una suerte de retrato dividido, pero también sigue la cronología para poder presentar su vida.

–Hay algo que aparece en el libro, el costado medio insoportable de Gombrowicz. ¿Qué opina usted? ¿Le parecía, por momentos, insoportable?

–Tenía un lado muy sensible, muy sufrido también. Conmigo era una persona muy amable y con los jóvenes era adorable, era un especialista en la juventud. No se puede hablar de felicidad en su caso porque sufría mucho, además de que era un gran artista. Como tenía un costado muy equilibrado, muy disciplinado, no hacía pesar ese sufrimiento sobre mí. Pero es cierto que era insoportable, en el sentido de que era un excéntrico y le gustaba discutir, provocar, para hacer surgir una suerte de verdad. No soportaba a las personas que se mentían a sí mismas, y podía llegar a ser desagradable. El privilegiaba ese sentido de la verdad y de la realidad, era como un gran psicólogo.

–¿De dónde le venía esa pátina de aristócrata que podía desdeñar a los otros por ordinarios o vulgares?

–No tenía desdén; en el caso de Polonia no se puede hablar de aristocracia sino de nobleza terrateniente. Tenía la exigencia de ser el mejor, pero no era pretencioso. El odiaba a las personas pretenciosas.

–¿Discutían mucho ustedes?

–Sí, discutíamos, pero no era una cosa alocada. El primer año que vivimos juntos fue maravilloso porque a la noche, cuando cenábamos, él me iba contando su vida. Tenía una manera de contar magnífica, narraba su vida como si fuese una epopeya. Después descubrí que eso también lo había escrito en su Diario. Aunque era muy honesto, podía ser cruel porque ejercía la práctica de la verdad sobre él y sobre los demás. Yo era también como su alumna, pero Witold no tenía un estilo de profesor, aunque me hablaba de filosofía y de política. Después, un año antes de su muerte, nos dio clases de filosofía a Dominique De Roux y a mí, y escribimos un pequeño libro sobre esa experiencia. Era un apasionado de la filosofía, él decía que los escritores polacos no tenían formación filosófica. Tenía un gran espíritu de síntesis; tal vez no leyó todo, pero conocía mucho. Hablaba desde los presocráticos hasta nuestros días. Era apasionante hablar de política con él. De joven era muy de izquierda y tenía mucha ilusión con respecto al comunismo, pero Witold no estaba de acuerdo. El hábito de discutir de política lo adoptó en la Argentina. Los jóvenes argentinos tenían las misma ideas que las mías, entonces discutían con él. Los argentinos detestaban a los Estados Unidos; en mi caso, como soy canadiense, a Inglaterra. Esos jóvenes argentinos, como yo, estaban por la justicia, por el comunismo. Pero Witold nos explicaba que no necesariamente el comunismo estaba por la justicia. Gombrowicz era un socrático, le encantaba convencer a los demás.

Cuando los estornudos amagan con truncar definitivamente el diálogo, llega el médico. Después de la revisación y la medicación recetada, Rita vuelve al ruedo, más tranquila. “Cuando leí la obra de Gombrowicz, me dije: ‘Esto es lo que me gusta’”, revela con una sonrisa. “Tuve la suerte de conocer al hombre y la obra. Menos mal que gustó la obra, porque no sé cómo hubiera hecho para ocuparme durante cuarenta años de algo que no me gustaba –agrega con suma ironía–. Lo particular es que nunca tuve un acceso directo porque no hablo ni entiendo polaco, así que me muevo un poco a tientas. Pude leerlo a través de los traductores, pero investigué mucho y varios polacos me explicaron algunas cuestiones.” De la obra de su marido prefiere las partes “más autobiográficas”, como su Diario; pero también los cuentos de Bacacay (nombre de la calle donde vivió al comienzo de su estadía en Buenos Aires), que se publicaron en Polonia, por primera vez, en 1957.

–¿Está al tanto de que en uno de los tomos de Historia crítica de la literatura argentina, hay un capítulo donde se lo incluye a Gombrowicz como un escritor argentino?

–No sabía, me resulta curioso porque toda su vida escribió en polaco; Witold encarna la lengua polaca. Era un estilista que jugaba con el idioma, sin diccionario, con papel y lápiz. Nada más. Sin embargo, entiendo que se le coloque entre los escritores argentinos porque al hacer la traducción de Ferdydurke al español con todos sus amigos en el café Rex, lo que hicieron fue escribir un nuevo texto en español. En ese sentido, Gombrowicz es un escritor argentino. Pero su obra hasta el final fue escrita en polaco, aunque una parte la haya escrito en la Argentina, como Transatlántico o Cosmos.

–¿Cómo es recordado en Polonia?

–Nadie puede saber lo que pasa en Polonia (risas). Pero ahora que hay libertad es el escritor principal, se lo enseña en las escuelas, incluso los políticos lo citan para hablar de la libertad, de la concepción del ser polaco y la relación con el catolicismo. Gombrowicz siempre es actual. En Polonia se interpretan mucho sus piezas teatrales y todas sus novelas fueron adaptadas al teatro. Su obra está muy viva. Ahora está traducido en 36 idiomas y hay un sitio web en cinco idiomas (www.gombrowicz.net). Con Gombrowicz una se mantiene joven (risas).

–O sea que, en Polonia, Gombrowicz sería lo que es Borges para los argentinos.

–Sí, sí (risas). Yo me junté con Borges cuando vine en 1978 y me dijo que no había leído a Gombrowicz. Se hacía un poco el ingenuo... Después me invitó a su casa para que le leyera Ferdydurke. Pero como en esa época ya estaba un poco enfermo, le ahorré ese momento. Borges y Witold encarnaban dos mundos completamente diferentes. Pero Gombrowicz sentía mucho respeto por la obra de Borges.

–Sin embargo, acá se popularizó una frase que habría dicho Gombrowicz desde el barco, en 1963, cuando se despedía de sus amigos argentinos: “¡Maten a Borges!”.

–No sé si es cierto o no que haya dicho eso. Gombrowicz no tenía para nada ese estilo tan guerrero y directo. Tal vez haya querido decir que mataran la manera o el espíritu de Borges.

–Precisamente está dicha con ese sentido.


–No lo sé, yo no estaba ahí, pero es posible (risas).

Fuente: Silvina Friera

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