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El lado salvaje de la realidad

El lado salvaje de la realidad
Relatos. Los cultores del cine bizarro de Ed Wood, encontrarán en sus cuentos la misma dosis de historias absurdas y personajes desmesurados.



Ed Wood, el cineasta desprolijo y desmesurado que se convirtió en tótem de los amantes de lo bizarro, siempre caminó por el lado salvaje de la realidad. O por los senderos que conducían al grotesco, al cine clase B, pero desde una convicción tan férrea –acaso con una conciencia plena de sus propias limitaciones estilísticas– que devino más tarde, de manera inesperada, en autor de culto; puntualmente, en 1994, merced a la película en la que Tim Burton rescató su figura y su obra, por lo que su nombre transmutó a símbolo de la idea de que el arte es, más allá del resultado último, una cuestión de actitud, una modulación del vitalismo.


Con la devolución de fracaso de crítica y taquilla que supo cosechar, las finanzas de Wood –galardonado con la cucarda poco honorable de “el peor director de todos los tiempos”– siempre orillaron la catástrofe económica, y ello explica que también, para capear el temporal de pobreza y alcoholismo, en el tramo final de su vida (murió en 1978), se dedicara a la escritura de relatos para revistas pulp , en los que muchas de sus obsesiones íntimas –el travestismo como idea fija central, la homosexualidad, el asesinato, lo ultraterreno– devienen en narraciones que se despliegan dentro del marco del policial, la ficción bélica o el universo gótico, escritas al calor de la premura monetaria y la venia de un sector del mercado editorial que por entonces, para acompañar las imágenes porno soft que ilustraban las publicaciones eróticas, demandaba ese cruce entre una literatura de factura efectista y cierto enfoque sociológico sobre los tabúes sexuales de la época.

La sangre se esparce rápidamente –que reúne 26 cuentos escritos entre 1969 y 1974 para revistas de Pendulum Publishing– funciona como el reverso de las historias monolíticamente monogámicas y heterosexuales que el Hollywood que rechazó a Wood impuso en la “época dorada”, con la dama de hierática belleza y el galán conquistador.

En este volumen, Wood abre las compuertas del “infierno” por el que campean personajes que resultarían inasimilables 40 años atrás: dos braceros ebrios que encuentran en matar prostitutas el ideal de realización de una noche de sábado; un ama de casa que aprovecha los momentos en que su marido se va al trabajo para discontinuar la rutina matrimonial y convertirse en estrella porno; una adolescente que odia la abulia del pueblo que le ha tocado en suerte, hasta que descubre que bajo la fachada de un paisaje anodino bulle un aquelarre orgiástico; un sádico con tendencias caníbales que accede a un restaurante exclusivo en el que se ofrece degustar una parte del cuerpo de una mujer como si fuera cualquier otro plato de alta cocina; prostitutas y bailarinas de night club con el reloj biológico en contra; un sacerdote que atraviesa una crisis de fe en medio de la guerra o lésbicas vaqueras del Lejano Oeste que se disputan la posesión amorosa de un muerto.

La escritura de Wood no luce por su esmero preciosista, sino todo lo contrario, pero exhibe un buen dominio del arte de los diálogos, con destellos humorísticos, que vuelven su lectura una experiencia singular que ciertos espíritus aprensivos podrían encontrar chocante. En “El autógrafo”, escribe: “Harry se cruzó de piernas y se tiró un pedo… Le dio vergüenza, pero hay veces en las que una persona simplemente se tiene que tirar uno… es lo más natural”. Aquí se trata de una entrevista que un joven periodista le hace a una estrella de cine cuya osadía –al menos para 1974– consiste en salir del closet, y que terminará en sexo oral.

Como sucede con sus filmes, Wood no admite término medio: o se lo experimenta como una extrema inmersión ficcional en los márgenes que la moral de la época eclipsaba, o como la antología de un narrador limitado que busca escapar de la miseria imaginando tramas en las que la sordidez opera como un golpe bajo que, sin embargo, no puede sorprender a un lector que ya conozca su filmografía.


Fuente: CARLOS A. MASLATON, publicado en Revista Ñ

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