lunes, 13 de junio de 2016

Día del escritor en Argentina

Cada 13 de junio se conmemora el Día del Escritor. La fecha no es casual y encuentra su explicación en que un 13 de junio, pero de 1874, nació Leopoldo Lugones en Villa María del Río Seco, en el corazón de la provincia mediterránea de Córdoba. Entre muchas de las acciones y obras que emprendió, Lugones fundó la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) que, luego del suicidio del poeta, estableció el día de su natalicio como el Día del Escritor. Lugones no fue olvidado pero su tumultuoso y resonante paso terrenal es aún materia de controversia y polémica.


Fue el último intelectual total o, mejor dicho, el último en intentar ser ideólogo y protagonista, a la vez, de un proyecto político. Esa saga se inicia con Mariano Moreno y culmina con él. Se sintió el heredero de Domingo Faustino Sarmiento y buscó asemejarse hasta en sus propias y específicas frustraciones. En el ensayo Lugones, entre la aventura y la cruzada, la socióloga María Pía López comenta: “En su Historia de Sarmiento es clara la elección de un modelo y un precursor. Defiende la causa defendiendo al modelo del intelectual heroico. Construye un linaje, del cual es la continuación. Quiso ser Sarmiento: escritor y presidente. Y quedó atrapado en la tensión de ver sin ser visto.”


Esta suerte de “incomprensión”, atizada por el vate cordobés, de parte de los sectores populares hacia su tarea como pensador público, lo llevó a pensarse en clave jerárquica, ornamentado por el bronce de creerse un hombre superior. En ese núcleo trágicamente equívoco, puede pensarse su postrera conversión: la que lo llevó a decretar en 1924, en ocasión del aniversario de la Batalla de Ayacucho, “La hora de la espada”, y que cristalizó con su intención raudamente frustrada de erigirse como el intelectual de la dictadura iniciada el 6 de septiembre de 1930 y que inició la serie golpista con la que el Partido Militar mantuvo en vilo a la democracia en la décadas subsiguientes.

Pese a los intentos posteriores de algunos de sus discípulos y seguidores que buscaron escindir al intelectual político del hombre de letras, la fuerza vital que lo guió tuvo
siempre, para bien o para mal, un fondo ético y moral que él mismo se encargó de expresar. 


Lugones pasó sus primeros años en el campo. Sus vivencias y correrías infantiles allí dejarían una marca permanente en su vida adulta. A los 12 años es enviado al tradicional colegio Nacional de Monserrat de la capital cordobesa. Por ese entonces, traza sus primeros versos y crece su afición por la lectura. A los 16 años, inicia su carrera periodística en el periódico La Libertad. Por ese entonces, simpatizaba con las ideas anarquistas y, al poco tiempo, publica sus primeras composiciones con el pseudónimo de Gil Paz.

A los 20, se traslada a la Buenos Aires e ingresa en la redacción de El Tiempo. Allí traba amistad con Rubén Darío, el poeta nicaragüense y máximo representante del modernismo latinoamericano. Lugones pasaría a la historia como el gran poeta modernista del Río de la Plata. En 1909, le dedicaría a Darío su Lunario Sentimental. Afiliado al Partido Socialista, junto con José Ingenieros, fue la pluma irreverente en el periódico partidario, La Montaña. En 1897, cuando publicó su primer libro de versos. En ese mismo año, nace su único hijo, Leopoldo, futuro creador de la picana eléctrica y jefe de la policía durante la década infame. Su nieta, Pirí Lugones, fue integrante de Montoneros, y es una de los 30 mil desaparecidos por la última dictadura genocida. Pirí solía presentarse como “nieta del poeta, hija del torturador”. En la saga de los Lugones, se reflejan el drama, los desencuentros y la violencia que atravesaron a la propia clase dominante argentina desde 1930. Desencantado con la política argentina, insatisfecho por su tarea en una biografía de Roca en la que no podía avanzar y sacudido por una infidelidad, Leopoldo Lugones decide terminar con su vida en una isla del Delta, en 1938. 

domingo, 5 de junio de 2016

Los mejores epígrafes de la literatura

Resultado de imagen para grandes epigrafes de la literaturaEl epígrafe consiste en uno o más textos, generalmente breves, situados entre el título y el comienzo del texto. Los epígrafes pueden hacer referencia a la totalidad del texto (epígrafe de texto) o al capítulo o parte que encabezan. En tanto reproducen palabras de diversas fuentes, los epígrafes son un tipo especial de cita. En literatura los epígrafes funcionan muchas veces como parte de la intertextualidad de un texto.

Durante la historia ha habido grandes aficionados a los epígrafes, como Edgar Allan Poe, que los utilizaba a menudo para encabezar sus cuentos. A continuación encontrarás la lista de grandes epígrafes en la literatura pertenecientes a libros de prestigiosos autores.



10. En Un hombre que duerme. George Perec 

No es necesario que salgas de casa. Quédate a tu mesa y escucha. Ni siquiera escuches, espera solamente. Ni siquiera esperes, quédate completamente solo y en silencio. El mundo llegará a ti para hacerse desenmascarar, no puede dejar de hacerlo, se prosternará extático a tus pies".

Fragmento de Consideraciones acerca del pecado, el dolor, la esperanza y el camino verdadero, de Franz Kafka. 

9. En El Padrino. Mario Puzo.

Detrás de cada gran fortuna hay un crimen.

La comedia humana, Honore de Balzac.

8. En Pastoral americana. Philip Roth
Sueña cuando acaba el día,
Sueña y tus sueños podrían hacerse realidad,
Las cosas nunca son tan malas como parecen,
Así que sueña, sueña, sueña. 

Dream, Johnny Mercer.

7. En La conjura de los necios. John Kennedy Toole

Cuando en el mundo aparece un verdadero genio, puede identificársele por este signo: todos los necios se conjuran contra él.

An Essay on the Fates of Clergymen, Jonathan Swift.

6. En 2666. Roberto Bolaño 

Un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento.

El viaje, Charles Baudelaire.



5. En Fahrenheit 451. Ray Bradbury 
Si te dan un papel pautado, escribe por detrás.

Juan Ramón Jiménez.

4. En Memoria de mis putas tristes. Gabriel García Márquez 

No debía hacer nada de mal gusto, advirtió al anciano Eguchi la mujer de la posada. No debía poner el dedo en la boca de la mujer dormida ni intentar nada parecido.

La casa de las bellas dormidas, Yasunari Kawabata.

3. En Matar a un ruiseñor. Harper Lee
Los abogados, supongo, también tuvieron infancia.

Charles Lamb. 

2. En El reparador. Bernard Malamud 
Arroyos irracionales de sangre manchan la tierra...

The Gyres, William Butler Yeats.

1. En Por quién doblan las campanas. Ernest Hemingway 

Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la tierra; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia; la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; y por consiguiente, nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas; doblan por ti.

Las campanas doblan por ti, John Donne.

jueves, 2 de junio de 2016

El lado salvaje de la realidad

El lado salvaje de la realidad
Relatos. Los cultores del cine bizarro de Ed Wood, encontrarán en sus cuentos la misma dosis de historias absurdas y personajes desmesurados.



Ed Wood, el cineasta desprolijo y desmesurado que se convirtió en tótem de los amantes de lo bizarro, siempre caminó por el lado salvaje de la realidad. O por los senderos que conducían al grotesco, al cine clase B, pero desde una convicción tan férrea –acaso con una conciencia plena de sus propias limitaciones estilísticas– que devino más tarde, de manera inesperada, en autor de culto; puntualmente, en 1994, merced a la película en la que Tim Burton rescató su figura y su obra, por lo que su nombre transmutó a símbolo de la idea de que el arte es, más allá del resultado último, una cuestión de actitud, una modulación del vitalismo.


Con la devolución de fracaso de crítica y taquilla que supo cosechar, las finanzas de Wood –galardonado con la cucarda poco honorable de “el peor director de todos los tiempos”– siempre orillaron la catástrofe económica, y ello explica que también, para capear el temporal de pobreza y alcoholismo, en el tramo final de su vida (murió en 1978), se dedicara a la escritura de relatos para revistas pulp , en los que muchas de sus obsesiones íntimas –el travestismo como idea fija central, la homosexualidad, el asesinato, lo ultraterreno– devienen en narraciones que se despliegan dentro del marco del policial, la ficción bélica o el universo gótico, escritas al calor de la premura monetaria y la venia de un sector del mercado editorial que por entonces, para acompañar las imágenes porno soft que ilustraban las publicaciones eróticas, demandaba ese cruce entre una literatura de factura efectista y cierto enfoque sociológico sobre los tabúes sexuales de la época.

La sangre se esparce rápidamente –que reúne 26 cuentos escritos entre 1969 y 1974 para revistas de Pendulum Publishing– funciona como el reverso de las historias monolíticamente monogámicas y heterosexuales que el Hollywood que rechazó a Wood impuso en la “época dorada”, con la dama de hierática belleza y el galán conquistador.

En este volumen, Wood abre las compuertas del “infierno” por el que campean personajes que resultarían inasimilables 40 años atrás: dos braceros ebrios que encuentran en matar prostitutas el ideal de realización de una noche de sábado; un ama de casa que aprovecha los momentos en que su marido se va al trabajo para discontinuar la rutina matrimonial y convertirse en estrella porno; una adolescente que odia la abulia del pueblo que le ha tocado en suerte, hasta que descubre que bajo la fachada de un paisaje anodino bulle un aquelarre orgiástico; un sádico con tendencias caníbales que accede a un restaurante exclusivo en el que se ofrece degustar una parte del cuerpo de una mujer como si fuera cualquier otro plato de alta cocina; prostitutas y bailarinas de night club con el reloj biológico en contra; un sacerdote que atraviesa una crisis de fe en medio de la guerra o lésbicas vaqueras del Lejano Oeste que se disputan la posesión amorosa de un muerto.

La escritura de Wood no luce por su esmero preciosista, sino todo lo contrario, pero exhibe un buen dominio del arte de los diálogos, con destellos humorísticos, que vuelven su lectura una experiencia singular que ciertos espíritus aprensivos podrían encontrar chocante. En “El autógrafo”, escribe: “Harry se cruzó de piernas y se tiró un pedo… Le dio vergüenza, pero hay veces en las que una persona simplemente se tiene que tirar uno… es lo más natural”. Aquí se trata de una entrevista que un joven periodista le hace a una estrella de cine cuya osadía –al menos para 1974– consiste en salir del closet, y que terminará en sexo oral.

Como sucede con sus filmes, Wood no admite término medio: o se lo experimenta como una extrema inmersión ficcional en los márgenes que la moral de la época eclipsaba, o como la antología de un narrador limitado que busca escapar de la miseria imaginando tramas en las que la sordidez opera como un golpe bajo que, sin embargo, no puede sorprender a un lector que ya conozca su filmografía.


Fuente: CARLOS A. MASLATON, publicado en Revista Ñ