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El ciclón* o el triunfo del aprendizaje de Hesse

Homenaje a Hermann Hesse en el cincuentenario de su muerte (9 de agosto de 1962). 
Sobre este tránsito esencial en la vida de todas las personas, de iniciación y aprendizaje, escribió un cuento magnífico Hermann Hesse (Alemania, 1877-Suiza,1962) titulado El ciclón. 

*El ciclón. Hermann Hesse. Traducción de Manuel Olasagasti, incluido en el volumen Cuentos, 3 (Alianza Editorial)

"Mediaban los años noventa, y yo hacía servicio de meritorio en una fábrica de mi ciudad natal, que aquel mismo año había de abandonar para siempre. Tenía alrededor de dieciocho años y nada sabía de lo hermosa que era mi juventud, pese a disfrutarla diariamente y sentirla en torno mío como el pájaro siente el aire. A las personas mayores, que nunca pueden recordar los años en detalle, me basta indicarles que el año de mi relato nuestra región fue azotada por un ciclón o vendaval de una violencia que ni antes ni después se ha conocido en la región. Fue aquel año. Dos o tres días yo me había clavado un formón en la mano izquierda. La mano quedó perforada y se inflamó, tenía que llevarla vendada y no podía acudir al taller.

Recuerdo que durante todo aquel fin de verano nuestro angosto valle estuvo bajo el influjo de un increíble calor sofocante y que a veces una tormenta seguía a otra durante días. Había una inquietud febril en la naturaleza que a mí solo me afectó en forma sorda e inconsciente, pero de la que guardo recuerdo en algunos pormenores. (...)
Latormenta.Adalbertstifter
La tormenta, de Adalbert Stifter, ilustra el relato El ciclón, de Hermann Hesse, de quien mañana se cumplen 50 años de su muerte.
Una mañana abandoné nuestra casa y salí a corretear, con un libro y un pedazo de pan en el bolsillo. Siguiendo los hábitos de mi niñez, fui primero, por detrás de la casa, a ver el jardín, que aún estaba envuelto en sombras".
La adolescencia se ha ido y el muchacho aún no se ha enterado. Pero está a punto de hacerlo. De descubrir y comprender que lo que él llama la patria de su infancia ya es recuerdo, porque ahora mismo está dando los primeros pasos en la edad adulta, y luego se irá de aquel valle para "hacerse un hombre".

Un recuerdo al poeta, narrador y ensayista alemán y una evocación del periódo que describe y sobre el cual reflexiona en unas pocas páginas escritas en 1913 que guardan algunas de las claves literarias de su obra, y de enseñanza para nosotros. En este cuento se muestra el triunfo del adiós a la adolescencia y la búsqueda del Yo a través de la libertad y la comprensión. Ese es uno de los motivos, además de la belleza de la creación literaria, por el que he elegido El ciclón: Hesse antes de ser el prestigioso Hermann Hesse, pero poco después de trabajar como librero (con inclinación a los libros de filosofía y teología, por ejemplo), en los albores de su carrera como escritor y tras su decisivo viaje a Oriente. Hesse, mucho antes de obras tan importantes como Demian (1919), El último verano en Klingsor (1920), Siddhartha (1922), El lobo estepario (1927) y El juego de los abalorios (1943).
Allí, en la historia de aquel muchacho de 18 años transcurrida en un solo día, el Nobel alemán (1946) despliega su sensibilidad estética y preocupaciones por la existencia, la calidad humana y la manera de enfrentarse a la vida, a través de un cuadro impresionista. Hesse logra que los lectores acompañemos a ese muchacho en su excursión, entremos en su jardín, paseemos con él por el campo, veamos lo que el joven ve, sintamos lo que él siente, reflexionemos sobre lo que él piensa. Y, sobre todo, consigue que recordemos nuestros propios episodios de iniciación mientras somos testigos de cómo el muchacho crea, vive y afronta sus futuros recuerdos y nostalgias:

"La hierba colgaba, abrasada por el sol, en mechones pálidos y blanquecinos por la ladera empinada; la retama encendida despedía una fragancia fuerte y áspera en la quietud del aire cálido. (...) Pero no pude descubrir nada nuevo. Solo vi el extaño empobrecimiento que me amenazaba de todas partes, el desconcertante palidecer y marchitarse de las alegrías pasadas y de las ideas que me habían sido caras. (...) Para mí no había otro camino que salir al mundo, donde sin duda encontraría en alguna parte nuevas satisfacciones".

El mundo que se abre, el deseo de conquistar, las ansias de descubrir nuevas felicidades y proyectarse en compañía de la libertad y la autonomía, del trabajo, de los amigos, del dinero; pero el joven creado por el autor alemán tiene 18 años, por eso para él...
"El sentido auténtico se hallaba en otra parte, era algo más profundo, más bello, más misterioso, y estaba relacionado, así lo presentía, con las chicas y con el amor. Ahí tenía que ocultarse un profundo placer y satisfacción, de otro modo el sacrificio de los goces infantiles carecería de sentido".


El premio Nobel alemán introduce, entonces, un elemento común a todos, una ilusión compartida y de ensueño que en su relato llega en medio de una tormenta veraniega. Metáfora. Simbolismo. Espejos reflectantes entre el hombre, sus vivencias y la naturaleza. Las reflexiones éticas y morales, uno de los pilares en la obra de Hesse, entra en esta historia a partir del sentimiento amoroso, o, mejor, del deseo de experimentar eso de lo que hablan tanto los adultos. (En la imagen Tormenta de George Michel)

El cuento adquiere múltiples lecturas y logra otra dimensión si se tiene en cuenta que fue escrito en 1913. Transición de época, vísperas de la Primera Guerra Mundial y penúltimos ecos fuertes del Romanticismo...

"Yo hice como que no la había visto y me incliné sobre mi anzuelo. El agua discurría oscura en el canal murado; vi mi figura espejada en las siluetas temblorosas de las ondas, sedente, con la cabeza entre las plantas de los pies. La chica, que aún seguía en la ventana, me llamó por el nombre, pero yo miraba inmóvil el agua y no volví la cabeza".

Lo presente y lo anhelado. Lo real y lo soñado. Hermann Hesse lo expone en la vida de ese joven, que somos todos. En un mundo que también es el de hoy. El autor recuerda que los pronósticos sobre ciertos proyectos muy deseados están recubiertos de miedos y suelen ser pesimistas, y, sin embargo, cuando sucede lo que tenga que suceder, la verdad es que: "No, el mundo no se ha hundido".

Ese es su mensaje. El relato sigue... la historia sigue... y Hermann Hesse muestra la evolución de su joven protagonista en un breve lapso: pensamiento, anhelo, ética, moral, dilema existencial, psicología, conciencia del Yo, búsqueda de identidad y apreciación del mundo que ampliaría en sus grandes obras. Pero que aquí en El ciclón condensa de manera sencilla, emotiva, tierna, nostálgica y filosófica dejando casi para el final una palabra-idea clave del libro y de la vida misma: orgullo.

Tras la tormenta el chico cuenta: "Anduve el día errabundo y no encontré ningún sendero, ninguna sombra familiar de nogal...".

Para completar este post me gustaría que entre todos rindiéramos un homenaje a Hermann Hesse, en el cincuentenario de su fallecimiento mañana, recordando sus libros y algunas de las ideas y enseñanzas que más nos han gustado o hecho pensar.

Mario Vargas Llosa, por ejemplo, escribió de Hesse, a propósito de El lobo estepario, que, una vez fallecido, al autor alemán le sucedió "lo más grande que puede sucederle a un escritor: ser adoptado por los jóvenes rebeldes de medio mundo y convertido en su mentor". Eran los años sesenta, los de la revolución psicodélica "de la sociedad tolerante y la evaporación de los tabúes sexuales, del espiritualismo y la religión pacifista". (...) "El culto de los jóvenes novísimos por el autor suizo-alemán me intrigó y volví a leerlo. Era verdad, tenían todo el derecho del mundo a entronizar a Hesse como su precursor y su gurú. (...) Fraguó una fábula contra el pesimismo y la angustia en un mundo que salía de una tragedia y vivía en la inminencia de otra, Hermann Hesse anticipó un retrato con el que iban a identificarse los jóvenes inconformes de la sociedad afluente medio siglo después".

Manuel Vicent resume la obra de Hesse así: "He aquí sus lecciones de iniciación: librarse de cualquier vínculo con los afectos dolorosos, disolverse en la ilusión del nihilismo, ser el creador de la propia alma, sintetizar en ella todas las fuerzas opuestas, absorber la magia de la naturaleza más allá de todas las patrias, agarrarse a un asa de viento para alcanzar todo aquello que deseábamos ser cuando, al salir de la adolescencia, le leíamos en verano tumbados en una hamaca a la sombra de los álamos. ¿Quién no ha soñado alguna vez con ser como él un lobo estepario?".



Fuente: Winston Manrique Saboga en Papeles perdidos


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