viernes, 31 de agosto de 2012

Escribir para todos


Internet ha derribado las fronteras geográficas que podían existir en la comunicación pública. Ahora, desde el momento en que se escribe algo en la red, las palabras cobran una dimensión global. Existen más de 150 millones de lectores potenciales que leen contenidos en español.
El éxito de la escritura en Internet radica en la forma y la calidad del contenido que se quiere trasladar a la audiencia. Periodistas, blogueros o tuiteros hispanohablantes utilizan el español como lengua de referencia en sus respectivos medios, pero cada uno de ellos lo usa con un estilo diferente.
Al canal elegido y al receptor final de los escritos hay que añadir el lugar desde el que se escribe. No es lo mismo leer un texto escrito en el español de Argentina que en el de España, una palabra puede tener distintos significados o connotaciones en Buenos Aires y en Madrid.

Una realidad no se denomina con la misma palabra en todas partes o, al menos, no siempre. El español es un idioma global y cada una de sus realizaciones y actualizaciones está repleta de localismos, que a veces dificultan la compresión del artículo que se está leyendo.

Ante esta situación, cobra una especial importancia en internet la figura del profesional de la información, debido, sin duda, a su influencia social. El periodista tiene la tarea ejemplar de usar un español que se pueda entender a un lado y a otro del Atlántico. Con este fin, en el seminario «El español en los medios de comunicación de los Estados Unidos» en San Millán de la Cogolla (La Rioja, España) se puso la primera piedra para crear un documento sobre el buen uso del español en los medios hispanos de Estados Unidos.

Además de hacer un buen uso de las palabras, los nuevos medios tienen la responsabilidad de ofrecer una imagen representativa de la sociedad. Escribir para todos requiere abarcar el espectro social y político de un país para que todos los lectores puedan identificarse con los temas finalmente seleccionados.

Sirva como ejemplo de este propósito el periódico gratuito editado en España 20 Minutos. Su director, Arsenio Escolar, declaró en una entrada de su blog titulada «Cómo y por qué hacemos la portada de 20 minutos» que «siempre hemos de preguntarnos si los campos de interés de todos los miembros de la familia están representados en nuestra portada».

Esta obligación con los lectores tiene una importancia mayor en la red. Estar en internet implica ser evaluado continuamente por los lectores a través de las redes sociales o de otros sistemas de participación como los comentarios en las noticias, los foros o el correo electrónico. Ellos tienen la opción de interactuar con los responsables de una información para decirles si les ha parecido adecuado, o no, el tratamiento de una noticia determinada.

En este sentido cobra una relevancia especial el tratamiento de la información que tiene como protagonistas a grupos minoritarios. En internet puede encontrarse desde un buen blog sobre comida tailandesa a comunidades enteras dedicadas al embarazo de la mujer. Como señala el profesor Ramón Salaverría, «existe un cambio de los medios de masas a las masas de medios» y la escritura en internet tiene la responsabilidad de reflejar este cambio de paradigma.

Escribir para todos también es crear contenidos accesibles independientemente de las capacidades físicas, intelectuales o técnicas de la audiencia. La evolución de la tecnología permite ahora que los lectores accedan a internet desde soportes móviles como tabletas y móviles inteligentes. Cada uno de estos dispositivos requiere una presentación accesible de los contenidos para que la experiencia de usuario se produzca en igualdad de condiciones. Por ejemplo, una web que no tenga una versión para móviles estará dejando de lado a un sector de audiencia cada vez más relevante. Esa audiencia global, no es uniforme: la conexión a internet no es igual de rápida en todo el mundo, muchos usuarios disponen de dispositivos antiguos sin capacidad de actualizarse con el último software del mercado, o simplemente sin el poder adquisitivo suficiente para hacerlo.

En el concepto de accesibilidad también hay que contemplar cuestiones como el tamaño del texto o la opción de añadir subtítulos en los contenidos multimedia. Si la página no ofrece la posibilidad de aumentar el tamaño del texto de un artículo se estará discriminando a los lectores con problemas de vista. Otros elementos que mejoran la accesibilidad de una web son, por ejemplo, el atributo alt de las imágenes con el que se añade información sobre las mismas o la utilización de una ortografía adecuada para ayudar a las pantallas braille a codificar el texto en sus caracteres.


Fuente: MARKUS STEEN

viernes, 24 de agosto de 2012

La puntuación en el discurso referido


Existen en las propuestas de los escritores latinoamericanos diferentes formas de manifestar desde la escritura la multiplicidad de enunciadores del discurso que, además de "decir", pueden "pensar". Se pueden ver desde las opciones normativas hasta las que echan por tierra la puntuación con el fin de lograr en el lector una internalización diferente de los contenidos narrativos. Se puede decir que son dos polos que responden a una elección del autor literario para lograr la creación estética. En la misma obra, a veces, se encuentran varias opciones que se adecuan a los contenidos narrados.
Comencemos por observar el polo normativo. Al respecto, en el Manual de Ortografía de la Real Academia Española se recomienda el uso de algunos signos de puntuación para el discurso referido.

Las rayas pueden servir para manifestación, en la inserción de diálogos en el relato, de cambio de interlocutor. En este caso se escribe una raya delante de las palabras que constituyen la intervención. Cuando el narrador retoma su discurso para aclarar o precisar lo dicho por el personaje, también se usa una raya, que, si el personaje no continúa hablando, no debe cerrarse:

En el resto del valle tampoco supieron dar razón:

-Nuay, se jueron hace tiempazo -decían. (Ciro Alegría. La serpiente de oro)

Cuando el personaje prosigue su intervención luego de las aclaraciones del narrador, se deben marcar éstas entre dos rayas. Los signos de puntuación que marcan el fin del enunciado van posteriormente a la raya de cierre.

-Esto es un disparate, Aurelito –exclamó.

-Ningún disparate –dijo Aureliano-. Es la guerra. Y no me vuelva a decir Aurelito, que ya soy el coronel Aureliano Buendía. (Gabriel García Márquez. Cien años de soledad)

En contraste con la raya, que transcribe intervenciones habladas, las comillas marcan un pensamiento del personaje.

Era más alto que cuando se fue, más pálido y óseo, y manifestaba los primeros síntomas de resistencia a la nostalgia. "Dios mío", se dijo Úrsula, alarmada. "Ahora parece un hombre capaz de todo." (G. García Márquez. Cien años de soledad).

Así es como la Lucinda se halla en Calemar. Esta es la historia. "¿Y la Florinda?", se preguntarán. (Ciro Alegría. La serpiente de oro)

Las comillas también se observan en la reproducción de citas textuales de cualquier extensión. En el siguiente ejemplo, la cita aparece marcada, además, con otro tipo de letra. 

Agrega el mismo escritor norteño, Alfonso Arinos de Melo Franco: "El enlace de los oficiales portugueses de las tropas de ocupación, con damas de la sociedad uruguaya, formaba parte de los planes políticos de Lecor" ¿Qué duda cabe? (Milton Schinca. Mujeres desconocidas del pasado montevideano)

Lo demás son preferencias personales. En toda la novela de Tomás de Mattos se aprecian las comillas para el diálogo en el texto narrativo, con las correspondientes aclaraciones hechas con rayas, cosa también prevista por la normativa.

Desde entonces, habrán transcurrido tres o cuatro minutos hasta que regresó el tape Ignacio. "Todo salió como usted quería, Coronel –le dijo-. Venado lo espera. Pero me dijo que le avisara que no confía en usted; que lo va a recibir porque lo necesita para soltar a las mujeres y a los hijos de la tribu. Me dijo que nunca se va a olvidar que don Frutos estaba mamado y usted no. Y terminó diciendo que usted sepa hacer y ordenar como un jefe sabio y prudente, porque al primer movimiento raro que hagamos, a usted lo matan". (Tomás de Mattos. Bernabé, Bernabé)

En cambio, en este segmento de la ya citada novela de García Márquez las palabras de Úrsula aparecen con comillas, pero las aclaraciones del narrador no están marcadas entre rayas. Por el contrario, los dos enunciados de Úrsula aparecen citados cada uno con sus comillas, y las palabras del narrador solamente participan del primero. Es trabajo del lector inferir que las comillas siguientes están al servicio de la misma cita.

La mujer contó que había nacido con los ojos abiertos mirando a la gente con criterio de persona mayor, y que le asustaba su manera de fijar la mirada en las cosas sin parpadear. "Es idéntico", dijo Úrsula. "Lo único que falta es que haga rodar las sillas con solo mirarlas." (G. García Márquez.Cien años de soledad.

En el otro polo, con opciones que se acercan, unas más, otras menos, a una visión interna del fluir de la conciencia de los personajes, están el discurso indirecto libre y el discurso directo libre. Son recursos con los que se logra penetrar en el interior mismo del alma del personaje, para hurgar en ella a tal punto que la distancia entre narrador y personaje se ve reducida hasta casi desaparecer.

Ya en el centro, sintiendo el estertor de los maderos al cubrirse de aguas agitadas que le llegaban a veces hasta la cintura, enmudecía en un silencio que recapitulaba su vida.

¿Moriría como el Roge? ¿Y Calemar, y la mama Melcha y el taita Matías? El cocalito estaba ya verde, verde..., y al ají lo dejó coloreando. ¿Por qué el agua silba esa tonada que a él le gusta? ¡Ah!, la china Lucinda ni se imaginaría! ¡Y la caisha Adán, sin taita! ¡El pobre viejo, ya tan viejo, suspiraría por los hijos al no poder pasar él solo este río descorazonado!... (Ciro Alegría.La serpiente de oro)

Son más imprecisos aún los límites en el próximo ejemplo de discurso indirecto libre, especialmente por la condición del narrador, puesto que él mismo es un personaje de la historia:

En todo esto nos pasábamos el tiempo. Yo no ponía mano en mi platanar y don Matías no llegaba a irse al Recodo del Lobo. ¿Y qué sería del Arturo y del Rogelio? (Ciro Alegría.La serpiente de oro)

En las siguientes secuencias de dos cuentos de Benedetti se aprecia sin embargo otra de las opciones preferidas por la narrativa contemporánea, el discurso directo libre:

Sánchez recogió rápidamente el bolso, la boina, el llavero, que al entrar habían quedado sobre una mesa ratona. Antes de salir le dio un semiabrazo. Que no sea nada lo del botija, dijo Agustín. No te preocupes, se pondrá bien, ya conozco esos vaivenes, es más el susto de mi mujer que la fiebre del chico. Pero tengo que ir. (Mario Benedetti.Jules y Jim. En Geografías)

Cuando llegamos a la calle, Montse me miró azorada, estuve horrible, enseguida me di cuenta, estuve horrible pero por qué. No sé, le dije, y verdaderamente no sabía, así que la abracé y estaba temblando, y así, medio abrazados, nos fuimos a casa. (Mario Benedetti. Balada. En Geografías)

Los recursos para detectar un personaje u otro y diferenciarlos del narrador ya no están en manos de la puntuación, sino en manos de otros elementos del relato que conciernen a la gramática del texto y al sistema mismo de la lengua: los tiempos verbales, los pronombres personales. Estas formas lingüísticas se convierten en la verdadera manifestación de lo que en gramática textual se llama cohesión referencial, mecanismo que permite remitir a los personajes y a la situación vivida sin que medie puntuación, y muchas veces, sin que medien aclaraciones del narrador acerca de quién dijo qué cosa. 

Cuando pasó, no demasiado tranquilo, entre Jules y Jim (es mi modesto homenaje a Truffaut, te acordás de la película, a mí me encantó), Agustín se asombró de su tamaño. ¿Y los tenés siempre sueltos? Claro, encadenados no me servirían. Además si estamos nosotros aquí, los de la familia, obedecen y no atacan, pero cuando vengo con los botijas y salen a jugar al jardín, entonces sí los ato, por las dudas. (Mario Benedetti. Jules y Jim. En Geografías)

Estos recursos provocan al lector, quien necesita elaborar estrategias diferentes al aproximarse a los contenidos de estos textos, en donde no todo está explicitado. Debe detenerse y pensar quién lo dice y a quién. Esta intención explícita de involucrar al lector está además asociada a una mayor influencia de algunos aspectos de la oralidad volcados al texto literario. En este caso, como en todos los casos de discurso referido, se trata de oralidad imitada, no real. De cualquier manera, si un lector se encuentra con un diálogo contado de esta forma, sin aclaraciones del narrador y con una puntuación que tampoco "narra", puede surgir en él la imagen mental de una posible curva tonal de los enunciados de los personajes. De cualquier forma, el narrador pierde protagonismo, se deslíe entre las palabras de los personajes, que son los verdaderos protagonistas. Y en el otro extremo, el lector se transforma en otro protagonista, por su papel como decodificador de este juego lingüístico.

En último término está la ruptura total de las estructuras normativas que se aprecia en esta novela de García Márquez. La historia del universal dictador latinoamericano contada de manera irreverente genera un caos en la mente del lector por la ausencia de una puntuación canónica. Esta misma puntuación pseudo-caótica muestra el fluir permanente de la mente de su protagonista y el caos de su propio mundo.

...ya verán que con el tiempo será verdad, decía, consciente de que su infancia real no era ese légamo de evocaciones inciertas que sólo recordaba cuando empezaba el humo de las bostas y lo olvidaba para siempre sino que en realidad la había vivido en el remanso de mi única y legítima esposa Leticia Nazareno que lo sentaba todas las tardes de dos a cuatro en un taburete escolar bajo la pérgola de trinitarias para enseñarle a leer y escribir, ella había puesto su tenacidad de novicia en esa empresa heroica y él correspondió con su terrible paciencia de viejo, con la terrible voluntad de su poder sin límites, con todo mi corazón, de modo que cantaba con toda el alma el tilo en la tuna el lilo en la tina el bonete nítido, cantaba sin oírse ni que nadie lo oyera ... (Gabriel García Márquez. El otoño del patriarca)

Son, sin duda, situaciones narradas buscadas por el autor, quien crea personajes y narrador para contar historias que deben llegar de una manera u otra al lector. Cuanto más logre el lector internalizar pensamientos, ideas, sentimientos y palabras del personaje que está conociendo a través del relato que lee, más podrá predecir, entusiasmarse, lamentarse, evaluar situaciones, sonreír, alegrarse, odiar o sufrir con él. Presencia o ausencia de puntuación son, por lo tanto, igualmente significantes.

No obstante lo dicho hasta acá, se debe tener en cuenta de que estas "libertades" de estilo son válidas en el discurso literario. El docente podrá mostrar a sus alumnos las dos vetas. Por un lado, la normativa, que es la que sus alumnos deben conocer. Por otro lado, y en los casos en que los textos trabajados en clase lo posean, podrá llevar a sus alumnos a la reflexión acerca de cuáles son los contenidos significativos que estas puntuaciones no canónicas entrañan. No son, estas últimas, un modelo a seguir por los alumnos, sino un ejemplo de la riqueza de la lengua escrita y del discurso literario en especial, que los alumnos deben aprender a valorar. 


Fuente: La página del idioma castellano, Carmen Lepre.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Correctores de estilo


Ante la evidente confusión que suele causar entre algunas personas el ejercicio de esta noble y poco reconocida profesión, quizá convendría hacer algunas aclaraciones.
Un corrector de estilo, a diferencia del corrector de pruebas que se encarga de los aspectos tipográficos de un texto —y aunque, en numerosas ocasiones, las dos figuras se reúnan en una sola y única persona—, es un profesional dedicado esencialmente a pulir y limar aquellos aspectos sintácticos y gramaticales que, sin ser errores desde un punto de vista ortográfico, afectan al estilo y que desvirtúan y actúan en detrimento del aspecto formal de la obra: pleonasmos, aliteraciones, fallos de concordancia, ambigüedades, etc.

Normalmente un profano suele preguntarse por qué un escritor —o alguien que se precie de serlo— debería precisar la ayuda de un corrector de estilo. Por qué alguien al que se le supone versado en lo que hace y dotado de unos dones y cualidades inherentes a su desarrollo profesional requiere de la ayuda de otra persona que pula y revise su trabajo. La respuesta es obvia y sencilla y podría resumirse en un viejo dicho popular: porque «cuatro ojos ven más que dos».

La ayuda de un corrector de estilo resulta imprescindible para llevar a buen término la redacción de un texto puesto que una de las grandes verdades del oficio de escribir podría resumirse en una única sentencia: no hay peor corrector para un texto que su propio autor. Máxime teniendo en cuenta que de una falta ortográfica es más o menos sencillo darse cuenta, pero es mucho más complicado hacerse consciente de una incongruencia estilística. Al margen de la mejor o peor calidad literaria del autor, todos solemos recurrir a muletillas y apoyos de los que no siempre somos conscientes, más aún si, durante ese proceso, estamos pendientes de otras cincuenta cuestiones (personajes, tramas, desarrollo, ritmo narrativo…). Expresiones como «subir para arriba», «bajar para abajo» o «gran cochazo» no son incorrectas desde una perspectiva gramatical, pero sí deplorables desde un punto de vista estilístico. Y su inadvertido uso, sin ser un pecado mortal, debería ser corregido y enmendado sin ninguna duda.
Corrección de estilo
Por otro lado, el llevar a buen puerto la creación de una obra literaria es, al fin y al cabo, una tarea ardua y extensa, pero sobre todo viva. Un trabajo de larga duración que muda y cambia a lo largo del prolongado lapso de tiempo en el que se desarrolla (meses e incluso años). Durante ese proceso, el autor, más preocupado de insuflar vida a sus textos y personajes, suele descuidar algunos parámetros relativos al propio aspecto formal. Y no siempre por desconocimiento o desidia profesional. Un texto literario se altera, se modifica durante su creación. Sobre la marcha se introducen retoques, nuevas tramas y argumentos y las escenas cambian de lugar. Eso provoca que, en ocasiones, queden frases deslavazadas, situaciones aisladas de su contexto original, planteamientos viudos. Uno de los personajes puede ser inicialmente un jardinero y meses después decidimos que sea chofer porque conviene mejor para nuestros fines argumentales. Para ello, revisamos todo y hacemos los cambios pertinentes, pero resulta que en una de las páginas hemos pasado por alto que sigue poniendo que es jardinero. Cambiamos de lugar actos y situaciones, líneas temporales. Algo que ocurre antes pasa a suceder después. Y en el proceso nos dejamos algún rastro de lo anteriormente escrito creando situaciones paradójicas o erróneas. Es lo que en el cine se conoce como errores de racord. Y aunque leamos y releamos decenas de veces, pasaremos por encima de muchos de esos errores sin advertirlos por una razón muy sencilla y evidente: nosotros, como autores, no necesitamos leer nuestros textos en su totalidad para entenderlos puesto que nosotros hemos sido sus creadores. Lo conocemos. Sabemos lo que ha pasado, lo que está pasando y lo que pasará. Y esa circunstancia nos conduce, aún sin quererlo, a leer muchas veces entre líneas nuestros propios textos pasando por alto infinidad de matices erróneos.

De evitar todo eso se encarga el corrector de estilo.

A raíz de esta tesitura suelen surgir dos dilemas de compleja resolución. Uno, desde la perspectiva del autor, ¿cómo interpretar las indicaciones de un corrector de estilo? Bien es cierto que al tratarse de una labor que, en stricto senso, no es correctora puesto que lo apuntado en la mayor parte de las ocasiones no son errores sino posibles mejoras, las indicaciones de un corrector de estilo —acertadas en su mayor parte— deben ser tomadas como lo que son: sugerencia de cara a mejorar el estilo de un texto. Si nosotros, como autores de un texto, determinamos que por razones de musicalidad, coherencia o expresividad, la frase, el párrafo o la oración debe mantenerse tal y como la redactamos originalmente, en nosotros debe estar siempre la última palabra. ¡Ojo!, que esa circunstancia no ciegue nuestra vanidad tratando de hacer pasar por «peculiaridades estilísticas» flagrantes errores que no queremos admitir. Para descartar la sugerencia de un corrector de estilo debemos albergar motivos fundados y claros. Como ya he comentado, las sugerencias aportadas por los correctores de estilo son acertadas en su mayor parte.
El otro dilema es más difuso en su planteamiento, pero no por ello menos presente en el ámbito real. Muchos autores defienden el erróneo postulado de que el corrector siempre actuará en detrimento de la esencia genuina de su obra y renegarán de su labor, pero el impulso que los mueve a rechazar dicha ayuda es de otro cariz. El autor, en su fuero interno, no puede evitar ponerse en el lugar del lector y pensar: ¿Qué confianza pueden merecer los textos de alguien al que se le supone ampliamente dotado y versado en su cometido, pero que necesita del apoyo de un profesional en teoría más cualificado que él para esa labor? Es el miedo a esa supuesta «mala prensa», unido a ciertas dosis de soberbia, la causa por la que muchos escritores nieguen y renieguen de las aportaciones de un corrector de estilo. Apreciación completamente errónea en mi modesta opinión. A veces es muy necesaria aplicar una cierta dosis de humildad y reconocer que, al margen de nuestra valía literaria, no somos infalibles y cometemos errores. Y como profesionales forma parte de nuestra obligación entregar al lector, destinatario último de nuestro trabajo, el mejor producto posible.


Fuente: Miserias literarias

lunes, 20 de agosto de 2012

Los 47 finales de Adiós a las armas


Se reedita la novela de Ernest Hemingway con todas los colofones alternativos que el premio Nobel escribió


El trágico final de Adiós a las armas es, quizás, lo primero que asalte la memoria de los lectores si se les pide que evoquen la novela que escribió Ernest Hemingway sobre la I Guerra Mundial. Es imposible soslayar de la obra el poso de amargura que deja la imagen del teniente Fredic Henry abandonando el hospital camino del hotel bajo la lluvia en la última página. Al menos hasta ahora. Este martes se publica en Estados Unidos una edición de Adiós a las armas que contiene los 47 finales alternativos que ideó el premio Nobel.
En una entrevista a Paris Review en 1958, Hemingway contó a George Plimpton que reescribió el final de la novela 39 veces hasta dar con las palabras correctas”, explican en conversación telefónica desde Simon & Schuster, la editorial encargada de la publicación de la nueva edición, “Resulta que eran unas cuantas más”. Las 47 versiones se encuentran archivadas en la Colección Ernest Hemingway de la Biblioteca y Museo John Fitzgerald Kennedy de Boston. Sean Hemingway, el nieto del autor y uno de los mejores conocedores de la obra de su abuelo, y Scribner, la firma que lanzó la mayoría de los libros del escritor, llegaron a un acuerdo para reeditar la novela con los distintos colofones, así como otras anotaciones manuscritas del Nobel, la introducción que escribió para la edición de 1948, la cubierta original de la primera publicación de 1929 y varios de los títulos para el libro que Hemingway descartó. “Hasta ahora, todo este material solo podían consultarlo los estudiosos y expertos", puntualizan desde Simon & Schuster.
Quien pretenda hallar algún poso esperanzador en las 47 versiones de las últimas líneas de la novela que Hemingway sopesó, no debería hacerse muchas ilusiones. Todas comparten la desazón y zozobra que acompañan al protagonista a lo largo de la obra. Algunas son casi más desalentadoras que la original. Es el caso del final número uno, titulado The Nada ending: "Esto es todo lo que hay en esta historia. Catherine murió y tu morirás y yo moriré. Es lo único que puedo prometerte”; otras ocultan cierta espiritualidad: “El hecho es que no hay nada más que puedas hacer. Si crees en Dios y amas a Dios, todo está bien”.


No todos los finales que se recopilan los pergeñó Hemingway. El número 34, titulado El final Fitzgerald, fue sugerido por el autor de Suave es la noche -de quien, por cierto, sus herederos también han hecho pública esta semana que el escritor escribió 48 versiones alternativas del último capítulo de El Gran Gastby-. A juzgar por las acotaciones del Nobel, la propuesta de su colega debía ser más descorazonadora incluso que las suyas. “Destroza a cualquiera. No lo destroza, lo mata”, escribió.

Además de los finales desechados, la nueva edición contiene los títulos que barajó el autor para la novela que escribió con 30 años, entre los que se encuentran algunos tan elocuentes como La experiencia italiana, La educación sentimental de Frederic Henry o Amor en la Guerra, y otros bastante más crípticos, Como son los otros, La muerte después de muerto o El hechizo, este último marcado con una cruz por el autor.

El único hijo vivo del escritor, Patrick Hemingway, quien es el autor del prólogo de esta reedición, indicó a The New York Times que la publicación de los 47 finales de Adiós a las armas “da una pista sobre lo que estaba pensando Hemingway al escribir la novela”. Ahora los lectores podrán decidir si acertó con el que escogió.