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Manuel Seco: tolerancia y sentido común

Por Ramón Alemán para Lavadora de textos


Hace unos años, metido en faenas de corrección en un periódico, me pasé una buena temporada yendo cada dos por tres de mi mesa a la de una compañera –María Jesús Lillo– para pedirle prestado un diccionario de consultas gramaticales y ortográficas que siempre tenía respuestas para mis preguntas. Aquel ir y venir llegó a resultar tan pesado para ambos que un buen día la Lillo me cedió indefinidamente el libro, pero me dejó una cosa bien clara: “El día que me vaya de este periódico, me lo llevo”. Y así fue. Mal habría hecho si se hubiera olvidado de él, porque el libro en cuestión era el Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española, de Manuel Seco. Una joya.

Manuel Seco (Madrid, 1928) es la personificación del amor por nuestra lengua. Un amor apasionado, inteligente, científico y, sobre todo, tolerante: Seco es miembro de la Real Academia Española desde hace décadas, pero eso no le impide discrepar amistosamente de sus criterios si al hacerlo escucha y acepta inventos populares o giros desconcertantes del idioma que la RAE no termina de ver con buenos ojos.

La tolerancia es precisamente una de las musas del Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española, publicado por primera vez hace nada menos que cincuenta años y que en la actualidad –tras varias ediciones y revisiones– sigue siendo una herramienta eficaz para todo aquel que, en su afán por escribir correctamente, se atasca de vez en cuando (cuantas más veces, mejor) con una construcción extraña, una conjugación estrafalaria o una coma inquietante.

En la “Nota para la décima edición” del diccionario, el autor describe la libertad que él mismo se concede para poder marcar distancias con la RAE: “En la Academia no hay disciplina de voto, y, sin perder un átomo del profundo respeto hacia la Casa a la cual se honran en pertenecer, cada uno de sus miembros puede exponer bajo su propia responsabilidad lo que su personal conocimiento, documentación y sentido común le dicten respecto a cualquier acuerdo publicado por la Academia…”.

Frente a quienes esperan “una respuesta tajante” para sus dudas, Seco propone consejo, matización y consenso, siempre bajo la atenta mirada de la norma académica. Esta, en todo caso, “no puede ser inmutable” ni “absolutamente precisa”, afirma el maestro. Tolerancia, flexibilidad y sentido común: ¿se imaginan a este caballero metido a político? Otro gallo nos cantaría.

El mismo espíritu que inspiró su Diccionario de dudas lo llevó años más tarde, con la colaboración de Olimpia Andrés y Gabino Ramos, a publicar otra joya: el Diccionario fraseológico documentado del español actual, en el que se recogen miles de locuciones y modismos que nunca encontraremos en los trabajos de la Real Academia.

Expresiones vulgares (‘perder el culo’), coloquiales (‘montar el numerito’) y curiosas (‘estar en siete sueños’) son diseccionadas con mimo en esta obra, en la que Seco vuelve a recurrir al sentido común para dar la bienvenida a locuciones como ‘de motu propio’, que la Academia rechaza porque se niega a aceptar que la forma correcta (‘motu proprio’) es un latinajo pedante que jamás escucharemos en la calle.

¿Por qué hablo hoy de Manuel Seco? Porque quiero anunciarles que la asociación profesional La Unión de Correctores (UniCo) lo nombrará socio de honor en un acto que tendrá lugar el próximo 9 de junio en Madrid. Y también, por supuesto, porque antes o después tenía que agradecerle su sabiduría, sin la cual este blog no habría podido responder a muchas de las preguntas que ustedes me han hecho.

No estaré ese día con mis compañeros de UniCo porque viajar de Canarias a Madrid es un lujo asiático que un corrector de textos no se puede permitir así como así. No importa. Ya he coincidido anteriormente con Seco en esa ciudad, aunque él ni se ha enterado. La cita siempre ha sido en la Gran Vía, en la sección menos comercial de una gigantesca librería de la que me he llevado secretos fantásticos, como el significado exacto de las más variopintas expresiones: ‘lujo asiático’, ‘así como así’, ‘antes o después’, ‘otro gallo nos cantaría’, ‘marcar distancias’…

En ese mismo sótano de Madrid también atajó don Manuel –y también sin enterarse– el desesperante síndrome de abstinencia que tiempo atrás me había provocado María Jesús Lillo al cumplir su promesa de arrebatarme el Diccionario de dudas. Desde que me hice allí con otro ejemplar (este sí que es mío y no lo presto), no he dejado de administrarme cada día una pequeña dosis de tolerancia y sentido común.

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