domingo, 29 de septiembre de 2013

Las matemáticas de la corrección de textos

¿Por qué hay tantos debates sobre corrección lingüística? Porque en ese terreno no siempre todo es blanco o negro: hay excepciones, distintas soluciones para un enunciado cualquiera… De ahí nacen las eternas discusiones: “pues a mí me suena bien”, “lo dice todo el mundo”, “se entiende”… Sería muy difícil erradicar toda duda, hay muchos asuntos gramaticales que aceptan todas esas alegaciones y ponen las cosas difíciles.

Sin embargo, hay una cuestión que incide directamente en la comprensibilidad de los textos y que, si nos paramos a pensar en ella, es bastante objetiva. Se trata del orden de las palabras en la frase.

Para ordenar las palabras correctamente en una frase no tenemos que pensar en nuestro antiguo profesor de lengua, sino en el de matemáticas. En concreto, debemos acordarnos de las operaciones aritméticas. Cuando queremos que algo (por ejemplo, un multiplicador) aplique a varios elementos, colocamos estos dentro de un paréntesis.

3 (5 + 2)

maths
La propiedad distributiva del producto hace que el resultado de esta operación elemental, como bien sabéis, sea 21.

Por el contrario, si no ponemos el paréntesis, el tres solo multiplicará al primer número, al que tiene más cerca:

3 · 5 + 2

Y esto nos da como resultado 17.

Un veintiuno es muy diferente de un diecisiete. Y lo mismo ocurre con el orden de las palabras en la frase. Cada adjetivo, cada determinante o cada complemento circunstancial debe aplicar justo a la parte de la frase que debería verse afectada por él. Ni más ni menos.

Es cierto que a veces las frases aceptan modificaciones en el orden de sus elementos que no varían el significado global de las mismas. Pero, otras muchas veces, variar el orden sí altera el producto, dando como resultado errores semánticos bastante cómicos.

Veamos este ejemplo real encontrado en un noticiero:


"Culpan a Ángel de herir a un policía infiltrado en el ojo".

Pensemos un poco: ¿estaba el policía infiltrado en el ojo? Por el orden elegido para los elementos de la frase, así lo parece. El complemento circunstancial de lugar “en el ojo” ha sido colocado al lado de la palabra “infiltrado”. De ahí que la semántica de la frase sea un tanto inquietante.

¿Cómo se soluciona eso? Con matemáticas. ¿A qué locución tendría que aplicar realmente el complemento “en el ojo”? Al verbo herir. Es eso lo que ha ocurrido “en el ojo”. Entonces, tenemos que mover los elementos de la operación hasta que salga el resultado correcto: “Culpan a Ángel de herir en el ojo a un policía infiltrado”.

Veamos unos cuantos ejemplos reales más de operaciones mal ordenadas que dan resultados erróneos:

Voy a pasarles a detallar los acontecimientos.*

“Les” es un complemento indirecto. Señala sobre quién recae la acción del verbo. El verbo con el que debe ir es “detallar”: eso es lo que el sujeto les hace “a ellos”. Sin embargo, si por error lo juntamos al verbo “pasar”, “les” se convierte en un complemento directo: parece que el sujeto les pasa a una sala, por ejemplo, cuando en realidad ahí el verbo “pasar” debería tener el significado de “proceder”.

Corrección: Voy a pasar (yo solo) a detallarles los acontecimientos (a ustedes).

Unos 235 vehículos tienen cada año un accidente debido al mal estado de sus neumáticos.*

Es un ejemplo claro de propiedad distributiva del producto. Tenemos que preguntarnos qué es lo que ocurre cada año. Y la respuesta es: la frase completa. Por lo tanto, tenemos que hacer que ese “cada año” aplique a toda la frase. En el original, dejaron el sujeto (“unos 235 vehículos”) fuera de la ecuación, y el resultado fue nefasto: ¡parecía que eran los mismos 235 vehículos los que tenían cada año un accidente! ¡Qué mala suerte para quien se compre uno de esos!

Corrección: Cada año, unos 235 vehículos tienen un accidente debido al mal estado de sus neumáticos.

Hay muchos ejemplos más de “ecuaciones lingüísticas” mal ordenadas que dan como resultado significados divertidos. De hecho, os animo a compartir por aquí algunas de las que encontréis.

Por supuesto, todos sabemos que los policías no pueden estar infiltrados en los ojos. De ahí que, cuando vemos una frase mal ordenada, la mayoría de las veces comprendamos de todas maneras lo que quería expresar el autor. Aquí entra el interés de cada uno por estos temas, si le basta con que su texto “se entienda” o si prefiere que sea impecable, de lectura fácil y fluida; que no se le pueda sacar ni una tara.



Fuente: Isabel Garzo para Yorokobu

viernes, 27 de septiembre de 2013

Diccionario integral del español de la Argentina

Producido editorialmente en la Argentina desde el comienzo; redactado por lingüistas hablantes nativos de la variedad del español de la Argentina, con criterios lexicográficos propios elaborados según las actuales pautas del oficio y las reglas del arte.
Más de 40.000 palabras y de 80.000 acepciones actuales, basadas en documentos reales del español hablado en la Argentina. Definiciones claras y consistentes. Más de 90.000 ejemplos de uso. Más de 2.000 notas que resuelven dudas de uso. Frases y locuciones. Equivalencias con otras variedades del español. Sinónimos y antónimos. Más de 80 tablas con modelos de conjugación verbal.


Verbos
Pronombres
Prefijos y sufijos
Ortografía y puntuación
Dudas gramaticales frecuentes
Usos discursivos de conectores



Prólogo de José Luis Moure*

Se han cumplido holgadamente los quinientos años de la conquista española de América. Más allá de toda razonable consideración histórica, económica, antropológica o social, ese hecho determinó otro que tiene la contundencia de lo evidente: con las carabelas llegó a la tierra nueva un idioma, que se expandió por ella en boca de los recién llegados y de quienes los sucederían en las siguientes oleadas inmigrantes. Provenían de variadas regiones españolas; los había marineros, soldados, clérigos, profesionales, comerciantes y aventureros de toda condición, y aunque poseían las pronunciaciones, los acentos y los vocablos propios de sus lugares de origen, no tenían otro referente lingüístico compartido sino el que alguna vez había sido la lengua de la primitiva Castilla, forzosamente adaptada a las realidades de la geografía ganada en la empresa de la Reconquista a lo largo de siglos, al contacto con dialectos diferentes y a las inevitables interferencias y nivelaciones lingüísticas que conlleva todo proceso de esa índole. Por encima de esa diversidad y poniéndole límites, al menos formales, estaba la norma prestigiosa que emanaba de Toledo (más tarde sería Madrid), y a la que se sometían la gramática, la ortografía y el deseable decir de todos, conformando lo que hoy suele denominarse lengua estándar, es decir la variedad general, prestigiosa y aceptada, la que Nebrija fijó en una gramática, la que se enseñaba e imponía en las escuelas, aquella en la que se escribía y se expresaba la administración, la ciencia y la literatura. Dos largos siglos después, ya bien asentados la ocupación y el dominio político sobre los extensos territorios americanos, la fundación de la Real Academia de la Lengua (1713) vendría a consolidar la codificación lingüística y el imperio de esa norma única.
Pero la historia de toda lengua no es sino el conflicto, latente o desembozado, entre lo que las instituciones establecen y lo que los hablantes terminan haciendo de ella. En verdad, la lengua puede concebirse como un mecanismo en equilibrio inestable, que se va configurando distintamente a lo largo del tiempo y de la geografía. La evidencia histórica enseña también que de manera inexorable cada lengua varía en el tiempo y en el espacio, y que la variación se manifiesta también en un mismo tiempo y lugar diferenciándose al menos según la edad y el estrato social de los hablantes, pero también según el sexo, la profesión u oficio, la situación comunicativa, etc. 
El español, extendido por el inmenso continente nuevo, no pudo impedir el cumplimiento de esos condicionamientos incesantes, y circunstancias de muy diverso carácter (distintas geografías, mayor o menor distancia y comunicación con los centros virreinales, donde los usos lingüísticos querían y podían ser más celosamente controlados, diferente grado de contacto y convivencia con las numerosas lenguas indígenas, diversidad de conformación del entramado social, etc.) incrementaron en el idioma aquella heterogeneidad ya propiamente americana, a la que el siglo XIX vino a sumar las irreversibles consecuencias de las luchas independentistas y el nacimiento de una pluralidad de nuevas naciones. 
Sin embargo, y salvo en las concepciones teóricas más radicales de algunos miembros de la generación argentina de 1837, el espíritu revolucionario que impregnó los movimientos americanistas no abogó por la autonomía lingüística, acaso porque la sensatez permitió advertir lo que el filólogo Andrés Bello caracterizó como “las inapreciables ventajas de un lenguaje común”. Pese a ello, la independencia política de las naciones dejó abiertas las puertas para una lenta pero creciente toma de conciencia y aceptación de las propias identidades lingüísticas. 
La apretada síntesis que hemos intentado exponer en los párrafos precedentes nos pareció necesaria para iluminar otra evidencia. Los dos siglos de vida independiente de los países americanos de lengua española y su desarrollo cultural hicieron inevitable no sólo admitir en plenitud la existencia de sus variedades lingüísticas sino integrarlas a normas diferentes de la que había regido durante el período colonial, es decir la que tenía su centro en la Península. No implicó esto la renuncia a la lengua común, sino la necesaria admisión de que en esa lengua pueden y deben convivir otros modelos normativos establecidos por el uso y la franca aceptación de los hablantes de otros lugares de América. Se trataba simplemente de reconocer la legitimidad de rasgos lingüísticos bien asentados en diferentes comunidades, que no podían seguir ateniéndose a principios de corrección, algunos de ellos devenidos claramente minoritarios, que ya no eran los suyos: habían nacido otros estándares fijados por el largo uso de las mayorías. Ningún americano distinguirá normalmente en su pronunciación entre caza y casa, aunque acepte respetar la diferenciada ortografía; y si no es en alocuciones de forzada retórica, tampoco empleará el pronombre vosotros, que ha sustituido unánimemente por ustedes. Hace mucho tiempo que los argentinos hemos abandonado el tú, aunque lo sigamos memorizando, como se debe, en el aprendizaje de la conjugación; en escasos lugares del país se diferenciará la pronunciación de la primera consonante de llave y yegua, y un muchacho porteño que lea falda pensará seguramente en un trozo de carne para puchero antes que en una pollera, mientras que un contemporáneo madrileño invertirá el orden en que imagina esos referentes. Ninguna de esas opciones lingüísticas, como tantas otras que en la pronunciación, la gramática o el léxico podrían aducirse, es incorrecta, porque cada una responde a una norma propia, detrás de la cual hay una larga historia de vacilaciones, preferencias y determinaciones colectivas.
El diccionario es el instrumento por excelencia de que dispone una lengua estandarizada para codificar las palabras que emplea. De él se espera que las defina adecuadamente, es decir que fije su significado con claridad, exactitud y precisión, condiciones que distan de ser de cumplimiento sencillo. Volvamos por un momento a la palabra que nos sirvió de ejemplo en el párrafo anterior. El Diccionario de la Lengua Española elaborado por la Real Academia Española (nos referiremos a él con el tradicional acrónimo DRAE), que a través de sus veintidós ediciones y sus doscientos ochenta años de existencia (su primera publicación data de 1726) ha sobrellevado la admirable e ímproba tarea de definir el vocabulario de nuestro idioma, no podría sin violencia ser infiel a su origen y dejar de responder privilegiadamente a la curiosidad lexicográfica de los peninsulares y al particular conocimiento del mundo que fundamenta la estructuración de su vocabulario, atendible razón por la cual, en el caso de falda, dispone la acepción de prenda femenina en el primer lugar y la alusiva al corte vacuno en el séptimo. Y si buscamos nuestro vocablo pollera, encontraremos primero su significado de vendedora de pollos, muy ajeno a nuestro uso, y sólo en el noveno puesto la referencia a la prenda. Supongamos ahora que un escolar argentino quiere precisar la diferencia que el diccionario establece entre el durazno, el prisco y el damasco, tres productos que las fruterías le exhiben con abundancia en las estaciones cálidas. El DRAE le dirá que durazno es otro nombre que se da al duraznero y que éste es una variedad del melocotonero; de prisco le indicará que es el fruto del alberchiguero, y bajo damasco encontrará que se trata del fruto de una variedad del albaricoquero… En tanto un alumno español probablemente habría visto satisfecha su búsqueda, a su par argentino, que ignora qué sean el melocotón, el albérchigo y el albaricoque, la ignorancia acaba de triplicársele. Y si acaso tropezase en un texto español con la curiosa expresión ojo de breque, el DRAE poco lo ayudará señalándole que se trata de una forma coloquial que alude a un ojo “pitarroso y remellado”. Como argentinos no podemos sino suscribir lo que con sencilla elocuencia expresó el lingüista mexicano Luis Fernando Lara cuando se refirió a “la sensación que tienen muchos mexicanos cuando consultan diccionarios elaborados con los puntos de vista y la experiencia de la lengua de la Península, de que hay distinciones nuestras que no se toman en cuenta, y de que hay sentidos y palabras que no corresponden a nuestro propio uso de la lengua” (Diccionario del español usual en México, 1996). 
Las consideraciones previas en absoluto pretenden impugnar el Diccionario de la Lengua Española, repertorio noble en el más entrañable sentido del adjetivo, y que seguramente todos los usuarios del español seguiremos consultando, sino ilustrar las insuficiencias que su propia historia y naturaleza le han impuesto, abrumándolo con la responsabilidad no sólo de evaluar y seleccionar las formas léxicas empleadas por cuatrocientos millones de hablantes, e indicar su distribución espacial, temporal, social, etc. (dependiendo de una información imperfecta, no siempre suministrada por las instituciones americanas de manera regular), sino de responder a esas desmesuradas exigencias desde una perspectiva peninsular que, habiendo sido alguna vez central, hoy es por fuerza regional.

Alguna vez deslizó Borges, comentando la caótica clasificación propuesta por una imaginaria enciclopedia china, que “hacer un catálogo del universo no es tarea baladí”. Todo diccionario general de un idioma abriga de alguna manera un proyecto ambicioso, cual es el de registrar los elementos léxicos de que una comunidad realmente se sirve para mentar los seres y objetos de su mundo, para denotar sus acciones y pasiones, para cuantificarlos, determinarlos y calificarlos, y aun para definir los mecanismos gramaticales de que se vale. 
El Diccionario integral del español de la Argentina, que estas páginas quieren prologar, abre en nuestro país un camino novedoso. No se trata de un repertorio de argentinismos (nuestra tradición lexicográfica cuenta con varios y la Academia Argentina de Letras continúa ampliando uno que ya ha alcanzado dos ediciones), aunque incluya los más difundidos. Fue concebido con la pretensión de dar cuenta del vocabulario de la lengua común, la que compartimos con el resto de la América hispana y con España (por eso “integral”), la misma de que se ocupa el DRAE, pero tal como lo ha conformado la variedad argentina culta o estándar, seleccionando los elementos que son funcionales a ella y redefiniéndolos con las formas propias de esa variedad. Para decirlo de una manera más sencilla: el equipo de lexicografía de Tinta Fresca no revisó, recortó y adaptó el DRAE ni otro diccionario previo de acuerdo con nuestras necesidades (lo que habría sido una determinación frecuente y legítima), sino que optó por hacer un diccionario ab initio, enteramente nuevo en todos sus componentes. 
Naturalmente, esa decisión inicial implicó cuestiones lexicográficas y lexicológicas inmediatas a las que hubo que atender. No es este el lugar para detallarlas, porque la descripción técnica y la guía de uso que siguen lo harán con mayor precisión. Pero queremos apuntar al menos dos, que no son sino respuestas a desafíos lexicográficos de envergadura: a) la selección y conformación del corpus textual (es decir la materia prima verbal de la cual se extraen las voces que deben incluirse), que atendió a lograr una muestra equilibrada del español usado en nuestro país, y que se integró con textos de circulación social, literarios y no literarios de distinta naturaleza y soporte –libros, periódicos, páginas de Internet, etc.– producidos por argentinos, mayormente a partir de 1981, provenientes de los canales escrito y oral en las proporciones adecuadas y procurando cubrir una variada gama de situaciones comunicativas; b) la elaboración, con la asistencia de herramientas informáticas especialmente adaptadas y respetando las exigencias de la lexicografía moderna, de una planta (el conjunto y disposición de los campos de información que el lector encuentra detrás de cada entrada), en la cual, aparte de las acepciones, el Diccionario indica marcas de registro o de frecuencia (“coloquial”, “formal”, “infantil”, “grosero”, “infrecuente”, “obsoleto”) y brinda información gramatical que, más allá de las usuales de clase de palabra, género y transitividad, en el caso de los verbos, por ejemplo, proporciona la indicación y ejemplificación de los regímenes preposicionales y la remisión a una conjugación paradigmática tipo incluida en un apartado especial.
A pesar de sus más de 40.000 entradas y 85.000 acepciones, en el Diccionario integral se advierte la voluntad de que el conjunto posea coherencia y trabazón interna (lo muestran las remisiones temáticas) y que responda a la intención primaria de que el léxico ilustre y refleje, con ejemplos de uso efectivo extraídos del corpus, distintas dimensiones de la compleja realidad argentina de hoy, que puede abarcar desde expresiones del derecho (abandono de hogar) hasta términos de la llamada medicina alternativa (aromaterapia). 
Las posibilidades gráficas y variedad de tipos y símbolos que ofrecen los modernos sistemas de impresión han sido aprovechados en beneficio de la claridad, que hace la consulta amable y de fácil acceso. No es virtud menor en una obra que apunta a ser usada por un lector no necesariamente erudito, al que, por esa razón, también se le proporcionan indicaciones normativas –gramaticales y de uso– y, en el caso de referentes comunes cuyas formas “argentinas” son minoritarias en el mundo hispanohablante, las necesarias equivalencias con otras variedades.

 Detrás del Diccionario integral hay tres años de labor altamente especializada realizada por un equipo de expertos argentinos. El afán de exhaustividad que toda empresa lexicográfica abriga es siempre quimérico y está constreñido por condicionamientos materiales previsibles. En cuanto a los defectos y omisiones, son consustanciales a toda tarea humana, si bien la que nos ocupa cuenta con la ventaja de que los que hoy se adviertan podrán ser corregidos en ediciones sucesivas. 
Este prólogo no pretende ser publicitario. Sí cree justo saludar la primicia de un trabajo minucioso y de un largo esfuerzo, que contribuirán, acaso sin saberlo, al afianzamiento de una conciencia lingüística nacional aportando un instrumento indispensable. Nos atrevemos a anticipar que se trata de un hito en la historia del español en la Argentina.

*José Luis Moure, Universidad de Buenos Aires, CONICET, Academia Argentina de Letras.

Fuente: Editorial Voz activa

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Manuel Seco: tolerancia y sentido común

Por Ramón Alemán para Lavadora de textos


Hace unos años, metido en faenas de corrección en un periódico, me pasé una buena temporada yendo cada dos por tres de mi mesa a la de una compañera –María Jesús Lillo– para pedirle prestado un diccionario de consultas gramaticales y ortográficas que siempre tenía respuestas para mis preguntas. Aquel ir y venir llegó a resultar tan pesado para ambos que un buen día la Lillo me cedió indefinidamente el libro, pero me dejó una cosa bien clara: “El día que me vaya de este periódico, me lo llevo”. Y así fue. Mal habría hecho si se hubiera olvidado de él, porque el libro en cuestión era el Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española, de Manuel Seco. Una joya.

Manuel Seco (Madrid, 1928) es la personificación del amor por nuestra lengua. Un amor apasionado, inteligente, científico y, sobre todo, tolerante: Seco es miembro de la Real Academia Española desde hace décadas, pero eso no le impide discrepar amistosamente de sus criterios si al hacerlo escucha y acepta inventos populares o giros desconcertantes del idioma que la RAE no termina de ver con buenos ojos.

La tolerancia es precisamente una de las musas del Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española, publicado por primera vez hace nada menos que cincuenta años y que en la actualidad –tras varias ediciones y revisiones– sigue siendo una herramienta eficaz para todo aquel que, en su afán por escribir correctamente, se atasca de vez en cuando (cuantas más veces, mejor) con una construcción extraña, una conjugación estrafalaria o una coma inquietante.

En la “Nota para la décima edición” del diccionario, el autor describe la libertad que él mismo se concede para poder marcar distancias con la RAE: “En la Academia no hay disciplina de voto, y, sin perder un átomo del profundo respeto hacia la Casa a la cual se honran en pertenecer, cada uno de sus miembros puede exponer bajo su propia responsabilidad lo que su personal conocimiento, documentación y sentido común le dicten respecto a cualquier acuerdo publicado por la Academia…”.

Frente a quienes esperan “una respuesta tajante” para sus dudas, Seco propone consejo, matización y consenso, siempre bajo la atenta mirada de la norma académica. Esta, en todo caso, “no puede ser inmutable” ni “absolutamente precisa”, afirma el maestro. Tolerancia, flexibilidad y sentido común: ¿se imaginan a este caballero metido a político? Otro gallo nos cantaría.

El mismo espíritu que inspiró su Diccionario de dudas lo llevó años más tarde, con la colaboración de Olimpia Andrés y Gabino Ramos, a publicar otra joya: el Diccionario fraseológico documentado del español actual, en el que se recogen miles de locuciones y modismos que nunca encontraremos en los trabajos de la Real Academia.

Expresiones vulgares (‘perder el culo’), coloquiales (‘montar el numerito’) y curiosas (‘estar en siete sueños’) son diseccionadas con mimo en esta obra, en la que Seco vuelve a recurrir al sentido común para dar la bienvenida a locuciones como ‘de motu propio’, que la Academia rechaza porque se niega a aceptar que la forma correcta (‘motu proprio’) es un latinajo pedante que jamás escucharemos en la calle.

¿Por qué hablo hoy de Manuel Seco? Porque quiero anunciarles que la asociación profesional La Unión de Correctores (UniCo) lo nombrará socio de honor en un acto que tendrá lugar el próximo 9 de junio en Madrid. Y también, por supuesto, porque antes o después tenía que agradecerle su sabiduría, sin la cual este blog no habría podido responder a muchas de las preguntas que ustedes me han hecho.

No estaré ese día con mis compañeros de UniCo porque viajar de Canarias a Madrid es un lujo asiático que un corrector de textos no se puede permitir así como así. No importa. Ya he coincidido anteriormente con Seco en esa ciudad, aunque él ni se ha enterado. La cita siempre ha sido en la Gran Vía, en la sección menos comercial de una gigantesca librería de la que me he llevado secretos fantásticos, como el significado exacto de las más variopintas expresiones: ‘lujo asiático’, ‘así como así’, ‘antes o después’, ‘otro gallo nos cantaría’, ‘marcar distancias’…

En ese mismo sótano de Madrid también atajó don Manuel –y también sin enterarse– el desesperante síndrome de abstinencia que tiempo atrás me había provocado María Jesús Lillo al cumplir su promesa de arrebatarme el Diccionario de dudas. Desde que me hice allí con otro ejemplar (este sí que es mío y no lo presto), no he dejado de administrarme cada día una pequeña dosis de tolerancia y sentido común.

lunes, 23 de septiembre de 2013

"Las lenguas tienden inexorablemente a la diversificación, a la dialectalización"

"Las lenguas tienden inexorablemente a la diversificación, a la dialectalización. Eso siempre ha sido así. Los terrores con que a veces hoy se persigue a la opinión pública con respecto al peligro que hoy corre el idioma español, el peligro de la dialectalización o de las variedades es un miedo que no tiene fundamento". J. L. Moure (AAL)

El nuevo presidente de la Academia Argentina de Letras, José Luis Moure, es un filólogo argentino que desarrolló su carrera docente superior en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA), donde obtuvo su doctorado. Las áreas a las que ha consagrado sus mayores esfuerzos han sido la Dialectología Latinoamericana y la Historia de la Lengua, de la cual es profesor titular. En el portal de la UBA pudimos saber que es autor de numerosos artículos de su especialidad. Editó la Verdadera relación de la conquista del Perú y provincia del Cuzco de Francisco de Jerez. Es coautor del estudio introductorio de la edición de la Crónica del Rey Don Pedro de Castilla realizada por Germán Orduna, de cuya versión abreviada prepara la edición crítica, así como la Crónica de Enrique III (en colaboración con Jorge Ferro). Es autor del estudio introductorio, edición crítica y anotación de El detall de la acción de Maipú, sainete en lengua gauchesca de autor anónimo de 1818, publicado por la Biblioteca Nacional de la Argentina. 

Preside una academia que fue fundada en 1931 como «asociada», pero que desde el final del siglo pasado perdió esa nota de independencia para convertirse en «correspondiente» de la Real Academia Española, una decisión con la que parece no estar totalmente de acuerdo: Nunca tuve claro cuál era la diferencia específica que implicaba ser asociada pero, si en 1931 la Academia se crea y se dispone que sea asociada y no correspondiente, habrá tenido una significación simbólica de cierta independencia, siguiendo la actitud asumida tradicionalmente por la intelectualidad argentina de la generación de 1837 de distancia, de independencia frente a lo que la academia de Madrid pudiese disponer, expresó. 
Nosotros diremos que, por muchas razones, esa intelectualidad revolucionaria de 1837 y algunos de sus pensadores más importantes –pienso en Sarmiento, en Alberdi, en Juan María Gutiérrez– asumen una actitud de independencia, que quieren que no sea solamente política, como los hechos habían determinado, sino también cultural y lingüística. Esa creación en 1931, después de dos intentos previos de crear academias correspondientes de la española tiene que haber tenido un significado, simbólico al menos. Las razones por las cuales esto se interrumpe entre 1999 y 2000 –en el terreno simbólico– nunca las pude averiguar, a pesar de haber investigado en las actas. Solo sé que hubo una propuesta por parte de la RAE de que la Argentina pasase a ser correspondiente. Eso fue admitido por nuestra Academia; tengo que respetar esa decisión y suponer que respondió a algún tipo de explicaciones que se le hayan podido dar en ese momento, y que convencieron a los miembros. 

La pregunta de este reportero, tanto como la respuesta del filólogo, sugieren una asimetría en las relaciones de poder entre la tricentenaria casa madrileña y sus asociadas americanas. Le pregunté su opinión sobre el hecho de que el presidente de la Asociación de Academias de la Lengua Española (Asale) tenga que ser siempre, por sus estatutos, el director de la Real Academia Española, y que su tesorero tenga que ser designado, también por disposición estatutaria, entre los miembros de número de la entidad fundada en 1713 por Fernando IV. 

Aun admitiendo la notoria asimetría, Moure identifica algunas razones que explican esta situación: En esto yo siempre me veo en dificultades, porque por un lado, no dejo de reconocer que la Real Academia Española tiene una tradición fortísima, se ha convertido de hecho en la anfitriona de la Asociación de Academias, y tiene, como digo, una tradición lexicográfica importantísima para el conjunto de los países de habla hispana. 

Alguna vez se ha dicho que el peor obstáculo para la expansión del español como lengua internacional es la pobreza que aflige a muchos de los hablantes donde es hablado. Moure reconoce que la RAE financia «buena parte» del funcionamiento de Asale, así como ofrece una sede para las reuniones y para la administración. Algunas academias no están en condiciones económicas ni cuentan con una tradición académica previa que permita convertirlas en centro de estas actividades. Por eso, es un hecho que tenemos que aceptar en cuanto no haya una propuesta mejor por parte de ese conjunto de academias que parecen haber admitido esto como natural. 

Insistiendo en el mismo tema, le comento que la sede oficial de Asale es en la calle Felipe IV, número 4 de Madrid, la misma de la Real Academia Española, que su página de internet está hospedada en el servidor de rae.net y el dominio (designación) en la red mundial –asale.org– no fue registrado en Bogotá, ni en Buenos Aires ni en México, sino en Madrid, a nombre de la gerente de la Real Academia. ¿Qué comentario le merece esta situación? 

Es que funciona allí. De hecho, el trabajo conjunto se hace en el mismo lugar, los fondos bibliográficos son compartidos, es decir esto ha surgido allí, no podemos negarlo ni podemos negar que el conjunto de las academias ha tenido siempre con la Real Academia Española una relación estrecha, yo diría quizás excesivamente estrecha, porque no parecen haber actuado con simetría, respondió. 

El académico argentino explicó que todas las asimetrías institucionales encuentran su explicación en la historia y en las representaciones que se construyen sobre los hechos: España sigue ocupando un rol preponderante en el pensamiento lingüístico de estas naciones que hablan un idioma y que, más allá de los discursos, parecerían no encontrar todavía una manera de manifestar su absoluta independencia. Como tantas otras cosas, esto es la consecuencia dilatada de un desacompasado desarrollo de la historia con respecto a la aceptación de nuestras particularidades lingüísticas. Hoy día la ciencia lingüística no puede admitir la preponderancia de una variedad sobre ninguna de las otras, el concepto de pureza afortunadamente ha sido hace largo tiempo eliminado, pero queda lo que llamo este imaginario colectivo, alimentado por los años de la colonia, alimentado por la observación hecha de la península con respecto a la calidad cultural de las colonias y a las variedades lingüísticas consideradas siempre como un poco bárbaras, un poco marginales. De modo que habiendo cambiado la mentalidad hispánica, hoy habiéndose dado cuenta todos, porque no cabía otra posibilidad, de que nos encontramos simplemente compartiendo variedades de distinta naturaleza, perdura esa idea que da pábulo a que esta visión asimétrica perdure también. 

Moure enfoca las tareas de la Asociación Argentina desde la perspectiva de un lingüista y, sobre todo, de un dialectólogo y de un estudioso de la historia de la lengua. 
Yo creo que la principal tarea de la Academia Argentina de Letras, que no debe delegar, es un estudio, un conocimiento tan completo como sea posible de la variedad argentina o bien de la variedad estandarizada de Buenos Aires. En ese sentido, la obra que yo creo que cumple más adecuadamente esto es el Diccionario del habla de los argentinos, un diccionario contrastivo, que se planteó desde el comienzo incluso desde algunos de los otros intentos de creación de academias previos, pero que se fue concretando y que cobró un renovadísimo ritmo en los últimos años. Seguimos trabajando en eso; existe para ello un material muy rico que se va incrementando a través de reuniones quincenales que hacemos los que integramos en este momento la comisión de argentinismos y que creo que es un muy buen diccionario contrastivo. 

No está conforme con el hecho de que la RAE sea la que decide qué argentinismos deben incorporarse al diccionario que se supone que es de todos, y se pregunta por qué no todas las palabras identificadas como pertenecientes a la variedad rioplatense son «admitidas» por la real casa madrileña: No tengo la respuesta para eso; es decir, nos obligan a elegir los mejores hijos para ir allá. De todo ese corpus de palabras claramente argentinas, claramente estudiadas como propias de este territorio, solamente algunas son admitidas, posiblemente en función de su vitalidad o de su mayor extensión diatópica, como para integrar ese repertorio léxico que hoy llamamos Diccionario de la Lengua Española, que teóricamente representa al conjunto de los países que hablan español. Hay ciertamente en ese diccionario una desproporción, que yo creo que no obedece a mala voluntad sino a la propia historia de la obra, que fue inicialmente un diccionario de autoridades, de la lengua de España, que era la que mejor se conocía, y al que después se fueron incorporando las palabras, los elementos léxicos propios de las propias naciones de América. 

Moure advierte que los hablantes de las variantes peninsulares no son más del diez por ciento del total de hispanohablantes, por lo que desde el punto de vista numérico, proporcional, ese léxico americano tendría que tener una presencia mucho mayor en ese diccionario, lo cual lo haría inmanejable, o prácticamente inmanejable. 
El académico argentino señaló que el DRAE contiene regionalismos peninsulares que en muchos casos representan a comunidades muy pequeñas, mientras que faltan palabras de México o de Colombia que son utilizadas por millones de hablantes. No se ha encontrado todavía la manera de que exista una justicia mayor, una proporción más adecuada que represente a las variedades americanas. Pero eso tiene que ver con la historia del diccionario, que es muy difícil de modificar. Es un poco, hoy, un diccionario histórico, es un poco un diccionario de uso, un poco un diccionario del español general, es un poco un diccionario de regionalismos, y estos están representados de una manera muy poco proporcional. 

Cuando le planteo que los diccionarios contrastivos, como el uruguayo o el argentino suponen de alguna manera una sujeción a la norma peninsular, me explica que se trata de una cuestión metodológica, puesto que el otro camino posible –la confección de un diccionario integral, con palabras patrimoniales como mesa, zapato– es por ahora económicamente inviable para las academias asociadas (o correspondientes). Comentó que esa tarea ya la cumplió en la Argentina una editorial privada, que publicó el Diccionario integral del español de los argentinos y, en México, el lingüista Luis Fernando Lara, con su Diccionario del español usual en México.
Esto ya lo proclamaba el propio Borges en una de sus duras diatribas contra la Academia Argentina de Letras, que él naturalmente integraba. Y hoy se conoce porque aparece en la correspondencia que mantenía con Bioy. Y él reclamaba: ¿por qué tanto elevar palabras a la Real Academia para que allá se elijan cuáles quedan y no hacemos nosotros lo que nos corresponde, es decir, un buen diccionario del español culto que se habla en la Argentina, incluyendo después las particularidades? 

Aristóteles definía la política como «el arte de lo posible»; tal vez esto pudiera aplicarse también a la ciencia lexicográfica en los países americanos, donde el objeto y el método de estudio se enredan en un entramado de tradiciones históricas y de intereses políticos y económicos que poco tienen que ver con la ciencia. Moure intenta deslindar ambos campos:
Nosotros somos países jóvenes y España es una nación secular, de modo que esa presencia y esa tradición lexicográfica y de estudio es muy antigua. Estos son realidades y hechos, digamos científicos y efectivos para hacer frente a los cuales no siempre los caminos son sencillos; otra cosa diferente son las políticas lingüísticas, que a veces pueden tener intereses de otro tipo, que no sean estrictamente los lingüísticos. 

¿Cree que su llegada a la presidencia pueda imprimir un nuevo giro a la AAL?
En este punto soy un poco escéptico, prefiero serlo antes de mostrarme como revolucionario, eso ha sido una constante en toda mi vida y también es fruto de mi experiencia en los años que tengo. Una academia es siempre un cuerpo de pares, formado en el caso de la AAL por gente dedicada a la literatura, por gente dedicada a la lingüística, alguno dedicado a la ciencia exacta, por helenistas y no se puede pretender que todos piensen igual. Lo que me propongo hacer es llevar al terreno de la discusión dentro de la Academia algunos de los aspectos que hemos estado hablando acá, y tratar de dar mis razones, por las que yo creo que la AAL debería volver a poner el énfasis en su carácter de argentina. De otra manera, ¿qué sentido tendría que cada una de las academias tuviera en su nombre un adjetivo que hace referencia a un recorte geográfico o político si no puede mostrar lo que las caracteriza como nación? Todas estas academias fueron creadas como nacionales; se llaman nacionales, y eso significa que tienen que mirar hacia dentro en una proporción importante, sin perder de vista el hecho de que al menos todas decimos pertenecer a un universo cultural cuyo idioma es el castellano. Si es así, hay algo que nos une, y es el respeto por un estándar que consideramos común. Para que eso siga siendo así, y para que esas academias tengan sentido y no sean meras "repetidoras", como se dice en radiotelefonía, de una central, es imprescindible que tomen conciencia de su nación, que tomen conciencia de que tienen que dar respuesta a su propio país acerca de su función. Nosotros no tenemos otras [funciones] que no sean un estudio, una consideración particular de nuestra lengua y de la producción literaria escrita en esa lengua. Pero nos debemos entonces el respeto por esa lengua de cultura, esa lengua que nos aúna, que compartimos, que nos permite leernos los unos a los otros, y seguir diciendo que lo estamos haciendo en una lengua común. Pero para que siga siendo común no puede haber preeminencias de ningún tipo. Es importante, entonces, que si existen imaginarios que dicen lo contrario se vayan desmontando, sin guerras, sin hostilidades, con comprensión y con argumentos. De momento, la relación es asimétrica, el dinero, y mucho dinero, lo han puesto los españoles a través de estas empresas lingüísticas; lo siguen haciendo a través de la Real Academia, lo siguen haciendo a través de esta empresa de la Asociación de Academias con sede en Madrid, lo siguen haciendo a través del diccionario, con el cual nosotros trabajamos. Mientras esto no sea puesto al servicio de intereses menos cristalinos, bienvenido sea. Lo iremos modificando en la medida en que las naciones americanas tomen fuerza y piensen que pueden actuar exactamente en ese plano de igualdad. Hacia eso debemos caminar. 

Le comento el hecho de que en torno de la orientación de la RAE se mueven poderosos intereses económicos.
Ese es uno de los grandes temas que están planteados aquí y que sería bueno empezar a ventilar, empezar a debatir, para no convertirnos en clientes de ese proyecto sino en colaboradores reales de otras academias. Esos son los elementos que están por debajo de las políticas lingüísticas; cuando las políticas lingüísticas van más allá de los intereses lingüísticos que las lenguas mismas exigen, y tienen finalidades meramente económicas, estamos ante un hecho espurio, que no debe admitirse. Se debe explicar claramente, a la luz pública, para que se entienda que hay un proyecto económico y preguntarse a quién beneficia ese proyecto económico. 
España tiene pleno derecho de llevar adelante un proyecto económico y nosotros también tenemos derecho de tener los propios y, en algún caso, de tomar otros caminos si nos parece que ese proyecto económico entra en colisión con el nuestro. 

Con frecuencia leemos o escuchamos llamados a la defensa de la lengua común contra la disgregación, contra el ingreso de vocablos de otras lenguas, en fin, contra fenómenos que han sido propios de todas las lenguas en todos los tiempos. 
Siempre les digo a mis alumnos de Dialectología o de Historia de la Lengua que sabemos que las lenguas tienden inexorablemente a la diversificación, a la dialectalización. Eso siempre ha sido así. Los terrores con que a veces hoy se persigue a la opinión pública con respecto al peligro que hoy corre el idioma español, el peligro de la dialectalización o de las variedades es un miedo que no tiene fundamento. En la realidad, en el hoy, simplemente porque me parece un error conceptual o una medida estratégica el suponer que una lengua que tiene más de cuatrocientos millones de hablantes corre algún peligro. Para que ese peligro se advierta y para que sea necesario tomar medidas de defensa tiene que haber un ataque. Y esa situación no se da, por el contrario, lo que se está manifestando es un crecimiento casi exponencial de la presencia del español; no hay peligro alguno, ¿de qué nos estamos defendiendo? 

En el siglo XXI el lenguaje está enfrentando fenómenos que no tienen precedente en la historia humana: la alfabetización y la escolarización prácticamente universales, la revolución de las comunicaciones, que tenderían a frenar el cambio lingüístico, tal vez a hacerlo más lento, a hacer prevalecer la convergencia sobre la dialectalización. 

No hay ninguna duda de que va a haber dialectalización. En el pasado ella fue mucho más rápida por el aislamiento geográfica, por razones políticas. Hoy, en cambio, esa dialectalización se retrasa en la medida en que los medios de comunicación ponen en contacto toda estas variedades como nunca había sucedido antes, lo que nos permite acceder al conocimiento del vocabulario de naciones hermanas, lo que antes hubiera sido impensable. De modo que hoy tenemos razones para suponer que muchos de estos procesos de dialectalización van a retardarse. Lo que nos queda sí es defender el valor de esa variedad estándar, que es no ya geográfica sino que es de estilo, de registro, que implica una lengua de cultura, una lengua elaborada,que es la lengua que nuestro idioma ha venido desarrollando y que es lo que tenemos de absolutamente en común. Si hay algo en lo que nos hermanamos por completo es en ese español estándar, culto, que es el que se ve reflejado en las gramáticas, en la enseñanza, aquel en el que leemos, aquel a cuyo registro le prestamos una ortografía compartida. Ese es el único reaseguro que tenemos, por muchos años, probablemente por siglos, de la existencia de un idioma común. A las otras variedades, las variedades de la gente, las variedades de la calle, las variedades de los pueblos, las variedades regionales hay que dejarlas tranquilas. El pueblo sabe lo que hace con esas formas y también sabe que cuando necesita leer, cuando necesita escribir, cuando necesita dar clase o recibirla o transmitir información, lo va a hacer en esa variedad culta cuya supervivencia hará que la comunicación del mundo hispánico siga durando por mucho tiempo, concluyó.

Fuente: Entrevista de Ricardo Soca para La página del idioma español

domingo, 22 de septiembre de 2013

Wakolda, la película

La última película de Lucía Puenzo, basada en el libro homónimo de su autoría, trabaja además de ese tema recurrente en su filmografía que es la adolescencia, con la idea del cuerpo individual como microcosmos de un cuerpo social.

wakoldaAmbientado en los años ’60, el film retrata la relación entre la familia de Enzo (Diego Peretti) y Eva (Natalia Oreiro) con un doctor alemán (Alex Brendemühl) que insiste en ser el primer huésped de la hostería en Bariloche que están reabriendo. El doctor Menguele se siente atraído científicamente por la hija del medio de la pareja, Lilith (Florencia Bado), quien sufre de un retardo en su crecimiento. Por todos los medios (económicos y emocionales) busca ganar la confianza de sus padres para que le permitan realizar un tratamiento con hormonas de crecimiento. Paralelamente se va desarrollando la trama de espionaje, donde Klaus (Guillermo Pfening) es un aliado al régimen nazi y su novia Nora (Elena Roger) es un agente encubierto del Mossad.
Algunas simbologías en el film son más sutiles que otras, aunque todas efectivas. Por un lado, está la profesión de Enzo como artesano de muñecas. Uno de los medios con que Menguele lo seduce es la oferta de producir estas muñecas (únicas en tanto artesanales) en una producción seriada y perfecta. La transformación de la morocha muñeca Wakolda en muñecas perfectas, rubias y de ojos claros, es una analogía no muy sutil de la obsesión por la raza aria.Por otro lado, está la cuestión de los nombres. Eva ha pasado a la historia como la primera mujer. Pero en la mitología esto no es así…de hecho existió una primera esposa de Adán, llamada Lilith, que fue expulsada del paraíso (y posteriormente convertida en demonio) por su falta de sumisión. Es llamativo que madre e hija en el film compartan estos nombres y que uno de los primeros diálogos de Lilith haga referencia a su desobediencia. Eva, por su parte, es una mujer bella que está obsesionada con la perfección, y esto es lo que le permitirá a Menguele entrar en su hogar y experimentar con su familia.
Uno de los mejores logros de Puenzo es la ambigüedad que logra en sus personajes: el de Brendemühl genera casi en igual medida una fuerte atracción como una repulsión, al igual que el personaje de Oreiro. Aún más interesante es el rol de Bado, quien pese a su desobediencia, genera una empatía casi inmediata con el resto de los personajes (excepto aquellos más maniqueos – los “niños pronazis” de la escuela-) y, fundamentalmente, con el espectador.

En este juego de seducciones ambiguas permanentes (propio, por otro lado, de los films de espionaje) se juega el fuerte de la película. El punto central es que Menguele en ningún momento obliga a sus pacientes a que se sometan al tratamiento. Esa experimentación en el cuerpo individual, rayano en la tortura, tiene su correlato en las relaciones sociales que muestra el film. Una comunidad que esconde su “pasado” pronazi bajo un manto de silencio pese a que todos lo conocen, una escuela obsesionada con el orden, donde los alumnos son sumamente crueles; una relación amorosa entre Roger y Pfening donde la amenaza está siempre subyacente; una madre que ama a sus hijos, pero desea que sean perfectos… Es el cuerpo social enfermo el que determina qué cosas son una anomalía, remarcando de este modo una hipocresía intrínseca.

Wakolda es un film para ver y rever, porque lo que en la superficie parece muy sencillo en cuanto a su trama argumental, esconde, también, una gran profundidad de debates y reflexiones que la sociedad se debe a sí misma.

Fuente: Rocío González para Leedor.com



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sábado, 21 de septiembre de 2013

El oficio de escritor

Consideraciones acerca de la corrección y la autocorrección
Por Noé Jitrik

Hace algunos años me inquietó esa actitud, en principio autoritaria y antipática, que se conoce como “corrección”, tan difundida en la escuela, en la familia, en las editoriales, en los divanes de los psicoanalistas, en los quirófanos: corrección de los modales, corrección de las posturas, de los comportamientos y, por cierto, de los textos. No me pareció suficiente que, en nombre de una tenaz y acaso justificada libertad de opciones, ese término pudiera quedar confinado en lo que tiene de despótico y superior, como si fuera natural o no tuviera más relieves o posibilidades.
¿Qué pasaría si, en lugar de inmovilizarlo se pudiera, en una operación epistemológica por otro lado bastante consistente, convertirlo en concepto, qué pasaría si se empezara a hurgar en sus implicaciones en vez de mantenerse en la digna posición de quien es como es y nada puede ni debe modificarlo? “A mí no me corrige nadie”, proclaman con orgullo algunos escritores y aun estudiantes que se inician en el arduo camino de la literatura, ofendidos porque no se respeta qué dijeron, sino que se trata de corregir cómo lo dijeron.

Puesto en ese camino, o desafío, lo primero que hice fue distinguir, en relación con los textos, que es lo que interesa –pero también en todos los otros planos–, entre la corrección desde el exterior de un hecho corregible de la que puede hacerse desde dentro mismo de lo corregible. Y si para la primera una mirada experta descubre una falla, para la segunda la falla es descubierta por uno mismo, siempre que sepa qué puede ser una falla y entienda que las cosas no están terminadas sino que son susceptibles, precisamente, de corrección.

Son, pues, dos categorías que resultan de un mismo sentido, el del verbo “corregir” que, leído históricamente, quiere decir “regir con” o, sea, dicho de otro modo, “ordenar” pero “con”. ¿A quién convoca la preposición “con”? La versión externa y autoritaria reclama ese orden pero deja de lado el “con” que supone simultaneidad y aún más, solidaridad. Creo que en el “desde arriba” de los correctores de toda laya y el desde dentro de un texto siempre perfectible reside la diferencia. Y si, porque somos civilizados y respetuosos, ponemos en duda el primer aspecto, “regidor” de la vida social, tampoco se ha terminado de entender el segundo que estaría reducido a lo íntimo, a la sabiduría del escritor que tiene conciencia de que lo primero que ha puesto en el papel no es todavía escritura y que escritura es en realidad reescritura siendo el “re”, precisamente, la corrección, y no la repetición.

En su primer sentido, el de lo autoritario, la corrección cubre innumerables campos de la vida social: enumerarlos sería vano pues no sólo son de todos conocidos, no sólo están naturalizados como necesarios sino también cuestionados en cada caso: dejemos de lado la corrección inquisitorial y la educativa, también cae en este campo la gramatical y la del comer y el vestir. Cualquiera se puede dar cuenta de que llevado ese principio de autoridad a sus extremos explica las peores figuras del control social. ¿Para qué abundar en lo que sin duda razonó admirablemente Michel Foucault?

El otro modo de la corrección importa más porque es más misterioso: supone un “darse cuenta” de que en la escritura no puede sino venir después, cuando algo ha sido escrito y la mirada experta es la de quien lo produjo. Es aquí donde la idea de la corrección como solidaridad del escritor con su texto se explica perfectamente bien: el amor por lo escrito conlleva una a veces implacable serie de operaciones cuya finalidad es lograr el mejor texto posible. Es probable que eso no se logre nunca: Alfonso Reyes decía que publicaba para no seguir corrigiendo. Pero hay quien no corrige: ¿podemos imaginar a los novelistas románticos en actitud de corregirse? Balzac, Dostoievski, Dickens, es casi impensable que hayan rehecho sus novelones de impresionante tamaño y que, al parecer, salían perfectos de sus plumas de un tirón. Flaubert nos abrió a otra dimensión: su obsesividad levantó la tapa de las insuficiencias y legitimó la corrección aunque se puede sospechar que, por ese medio, intentaba aniquilar a quienes se sentían autorizados a corregir desde fuera pero se puede sospechar también que su doloroso proceso implicaba una sujeción a una regla de lo correcto, de lo que está o debe estar bien, pero que para Flaubert no sería jamás lo que estaba bien para los demás, la academia o el consenso o la opinión o el universo de la lectura.

Podría decirse que, desde Flaubert en adelante, el oficio del escritor consiste en un escribir bien, que no debe parecerse a nada que parezca estar bien en un establecido universo de objetos bien o mal escritos.

Es claro que esto no es fácil de verificar: aun si un escritor lo hace, nadie podría afirmar de sí mismo por eso que posee el oficio de escritor. Tenemos, por lo tanto, una pequeña cadena: escribir, autocorregir, reescribir, escribir bien pero no como sujeción a reglas sino como innovación justificada, capaz de enfrentar la fuerza de las reglas sometedoras y vencerlas en su propio terreno.

En este punto la corrección desde el exterior y la que tiene lugar en el interior de un texto de alguna manera se reúnen puesto que el escribir bien es un logro, no es una trivialidad así sea porque escribir mal no es ningún objetivo, nadie persigue que lo que escribe sea malo, lo cual no quiere decir que deba atenerse a lo que intentan imponer ciertas instancias sociales, academias, crítica, etcétera.

Y puesto que no se podría hablar de un oficio de escritor sino de una experiencia de escritura, lo cual es siempre producto de un sujeto individual y en cierto sentido intransferible, el considerar que algo está bien escrito resulta de una posición, de lo que quien escribe y quien juzga consideran que es la literatura que vale la pena ser escrita. Sobre ello no hay sino acuerdos precarios aunque muy amplios, a veces cubren épocas enteras, como por ejemplo el escribir respetando toda clase de normas establecidas, a veces son afortunadamente caprichosos, como la escritura de las vanguardias.

Pero un escritor no sólo está reducido a lo que escribe: conoce lo que escriben los demás y, de una manera u otra, sea porque lo admite, sea porque lo rechaza u objeta, corrige. Más aún si carga en sus espaldas con una responsabilidad editorial, que equivaldría a un acto de confianza que la corrección exterior deposita en quien supone que ha sido capaz del otro tipo de corrección. Dispongo, en ese sentido, de experiencias concretas y realmente desconcertantes: me he visto obligado a corregir, y a veces a reescribir, decenas de artículos destinados a una obra, una Historia de la literatura, cuyos objetivos, pautas y exigencias parecían haber sido comprendidos por los especialistas convocados. No ha sido sin sufrimiento y ha de haber generado cierto encono por parte de los corregidos, no hay nada peor, por culpabilizante, que haber sido hallado en falta de leso escribir bien. Por lo mismo me costó la amistad de un escritor muy buen amigo que, en irritada disputa, me acusó de “corregir”. Estaba implícito en su acusación que me había arrogado méritos como para hacerlo y que ya me tocaría el turno a mí de ser corregido. Muy reputados escritores, como por ejemplo el célebre Roberto Arlt, por no mencionar al propio Juan Rulfo, padecieron, con gratitud, que les corrigieran, en el caso del primero incluso faltas de ortografía, sin que eso les hiciera perder, a uno ni a otro, su singular empuje. De todos modos, y no sólo es el caso de ellos, se debía estar produciendo un conflicto entre el “escribir bien” como ley externa y el “estilo” como rasgo de personalidad y, por eso, inmodificable, como lo quería el mismo Roland Barthes en su muy conocido El grado cero de la escritura.

Para no quedarnos en el conflicto y de alguna indirecta manera asumir una posición, me parece que, fuera de los abusos y extralimitaciones, fuera del encono o el agradecimiento, las dos posibilidades, “escribir bien” y “estilo”, descansan sobre ciertos ideales o ideologías. Diría que el primero expresa un ideal clásico, el otro un ideal romántico. ¿He optado, en mi experiencia de escritor, por uno u otro? Creo que no, creo que hay que alcanzar un escribir bien sin renunciar a lo propio e irrenunciable del estilo. Tal vez, personalmente, yo lo haya logrado en la medida en que cuando escribo y reescribo, o sea cuando mi solidaridad con mi propio texto se pone en ejecución sin tapujos, me acompaña, como un fantasma, un prurito de concentración verbal, que no me parece que sea en verdad un prurito sino una realidad lingüística, o sea la idea de que la palabra que usamos –o que escribimos– encierra en su perímetro una historia cuyas emanaciones le dan sentido al texto. Creo que sin esa concentración no hay texto aunque haya comunicación, no hay escritura sino información, sea cual fuere su alcance y su consistencia.

Pero como no basta con autodefinirse para calificar la propia experiencia del escribir y hay que obtener un resultado de una reflexión, me atrevería a decir que de la síntesis entre ambos términos, en suma entre lo clásico y lo romántico, toma forma el concepto de “ritmo”, que sitúo en un nivel superior, de resolución de los antagonismos; el ritmo, que debería ser “ritmo propio”, no sólo guía la escritura sino que es reconocible. En el momento en que se reconoce un ritmo se reconoce un escritor y se comprende en qué consiste su oficio o, complementariamente, lo que intenta o pretende como escritor.
  
Fuente: Página 12