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Bestias afuera

Portada de Bestias afueraUn joven agrónomo viaja a una estancia en la Patagonia para realizar un relevamiento de plagas. Lo acompaña su perro Atila, con el que tiene un vínculo más estrecho que con cualquier humano. En la soledad del valle lo esperan el dueño de casa, un hombre mayor afectado por una enfermedad degenerativa, y una mujer huraña y misteriosa que lo cuida, con su pequeño hijo. La inquietud va creciendo a poco de llegar: el aislamiento es extremo; la naturaleza, hostil; los animales que acechan en la región han hecho desaparecer el ganado; una presencia oscura y siniestra hace sentir su influencia en el lugar.

Novela iniciática, relato de fantasmas, thriller psicológico, la narración arrastra al lector al borde de un precipicio escarpado en un clima constante de amenaza indefinida. Con un manejo de la tensión y el suspenso poco frecuente en la literatura argentina, Bestias afuera indaga en las fuerzas primitivas y las pasiones incontrolables que a todos nos habitan.

Bestias afuera de Fabián Martínez Siccardi fue consagrada por un jurado integrado por Juan Cruz Ruiz, Claudia Piñeiro y Eduardo Sacheri. La soledad del campo y una aparición desatan las pulsiones humanas más reprimidas.
 
 Ellos dijeron:

 “Bestias afuera narra los dramas que se producen en ‘la magnitud del aislamiento’. Y es también la metáfora de la lucha entre el mal y el bien, entre los humanos y las bestias, una guerra de la que no siempre resulta derrotada la nobleza.”

Juan Cruz Ruiz



“El autor crea un mundo complejo, atrayente y singular, a partir de su inusual combinación de fluidez en la narración, belleza en el modo y sensibilidad en la construcción de los personajes.”

Eduardo Sacheri



“Una obra que sostiene al lector, todo el tiempo, en estado de gracia pero también en tensión. Y lo logra con el lenguaje, con la prosa, creando una atmósfera inquietante mientras el autor nos lleva con él hasta el final, uno de los mejores momentos de esta novela.”

Claudia Piñeiro

 "Escribo todo a mano. Escribir para mí es una cuestión física, por la mano sé cuando tiene que llegar un punto", dice Siccardi.

Hay bestias afuera y bestias adentro. A veces las de afuera dejan las huellas terribles de su paso pero son menos brutales que las que llevamos dentro. La novela con la que Fabián Martínez Siccardi acaba de obtener el Premio Clarín 2013 no teme encontrarse cara a cara con esas ferocidades. Por el contrario, les da pelea con una prosa filosa como cuchillo de campo. Con esa sola herramienta transita seguro un precipicio escarpado donde las pasiones desbarrancan en instinto, la inteligencia se rinde ante la crueldad y la eficacia se transforma en sadismo.

La anécdota de Bestias afuera es pequeña pero contundente. Florián, un agrónomo joven, viaja a un campo del extremo Sur para recoger las muestras necesarias para una investigación sobre pulgones del ajo. El dueño es un hombre mayor, sin familia, afectado por una enfermedad degenerativa que lo convierte poco menos que en un inválido. Lo cuida una mujer huraña que vive con su pequeño hijo. Hay en el campo un galpón cerrado que guarda las herramientas de otro hombre que años atrás pasó una temporada combatiendo las bestias (pumas, zorros) que de manera implacable se comían el ganado. Tras su paso, el lugar conserva una suerte de aura siniestra y mucho misterio. El agrónomo lleva consigo a su perro Atila –que de fiero tiene sólo el nombre– al que lo une un vínculo más estrecho que con cualquier humano. Hay una razón por la que Florián rehúye los contactos sociales: un pasado marcado por la personalidad terrible del abuelo despótico. En la soledad de ese confín donde reinan las pulsiones más primarias, se desatan las suyas reprimidas y su vida da un vuelco.

–¿Cómo surgió la novela?

–Sentí el deseo de reproducir de alguna manera la literatura que más me había impresionado: en este caso, Otra vuelta de tuerca de Henry James. Una obra perfecta por la increíble potencia de la subjetividad del personaje que está narrando. Cuando la leí por primera vez entendí que los fantasmas existen, pero en lecturas sucesivas a lo largo del tiempo fui entendiendo otras cosas, ligadas a la subjetividad. ¿Cómo se hace eso?, me pregunté. ¿Cómo funcionaría una historia de ese tipo en un contexto rural argentino? Estudié a fondo la novela gótica, sus elementos, el cuarto cerrado donde hay algo que no se sabe exactamente qué es, y el absoluto aislamiento del exterior. Me puse a escribir y cuando llegué al segundo capítulo, apareció un fantasma, pero uno muy personal. Lo que siguió fue un ejercicio para exorcizarlo. De esa manera, lo que había arrancado como una novela de género se transformó en una otra con una carga mucho más personal.

–¿Qué papel juegan las bestias y el hombre que las aniquila?

–Con Bestias afuera me vino la imagen de un lugar aislado, rodeado de predadores cebados por las ovejas que son presas fáciles. Concretamente, en esa estancia, el peligro se había extendido: no podía haber animales domésticos porque se los comían los predadores. Ante la amenaza constante, se llama a esta figura perversa. No fue una intención buscada, pero veo una connotación política en el llamado: cuando uno se siente desprotegido, a ese salvador se le permite cualquier cosa con tal de que nos libre del peligro que acecha afuera.

–Pareciera que el protagonista, antes que interpretar los signos que se le aparecen, se vuelca de inmediato hacia la acción.

–Florián es un muchacho que ha sido muy maltratado, ha sido sujeto de un abuso psicológico lo suficientemente continuado y sostenido por parte de su abuelo, como para dejarlo en una situación particular. Al morir el abuelo y hacerse cargo él del perro que era suyo, encuentra una oportunidad de darle un sentido a los símbolos y los sucesos de su vida hasta ese momento. El sexo, por ejemplo, era una cuestión pendiente. Bastiana, la casera que es mayor que él y por la que siente una fuerte atracción, le genera un conflicto muy importante porque ve en ella elementos de su primer amor. Por ella empieza a recordar la competencia que vivió con el abuelo y entonces transfiere ese miedo a lo que está pasando con la figura que se le aparece. Es justamente la necesidad de acción de Florián la que lo lleva a resolver el conflicto de manera imperiosa.

El copista

Fabián Martínez Siccardi se graduó como ingeniero agrónomo (como el protagonista de la novela) pero su formación en los Estados Unidos, donde conoció a su mujer y tuvo a sus hijos mellizos, lo familiarizó tanto con el inglés que pronto cambió esa profesión por la de traductor, de la que vive. Pisaba los 30 años y hasta entonces nunca se había asomado a la literatura, a la que llegó por circunstancias familiares muy dolorosas –a los 2 años, murió un hermano que tenía 8 y luego el padre–. Su madre cayó en una depresión que concluyó con su muerte. Poco tiempo después perdió a otra persona, que era casi una hermana.

“Yo vivía en Estados Unidos, con quien ahora es mi mujer. Un día le estaba contando cosas de mi familia y de pronto le dije: ‘¿Sabés?, la única forma en que puedo imaginar mi vida es como si fuera una novela’. Necesitaba distancia para poder contarme mi propia historia y seguir adelante de alguna manera. Al poco tiempo nos mudamos a Cádiz, donde asistí a un taller literario y escribí un primer cuento que se llamó ‘Memoria fotográfica’. Lo mandé al premio Hucha de Oro y salió segundo. Fue mi primera experiencia con la literatura.”

–¿Cómo continuó su formación?

–En ese momento entendí cuánto me faltaba por aprender. Así empecé a leer obsesivamente libros en los que los escritores hablaban sobre los mecanismos de la escritura, y me dediqué a escribir al mismo tiempo. Seguí de cerca las instrucciones de John Gardner en Para ser novelista . También las observaciones de Flaubert y las de Stephen King en Mientras escribo . Armé un sector de mi biblioteca con libros de ese tipo, algo así como la autoayuda del escritor. Además tengo un recurso de carácter, digamos, manual.

–¿De qué se trata?

–Yo escribo todo a mano.

–¿Siempre?

–Sí, no uso la computadora más que para pasar en limpio. Yo he copiado a mano cuentos enteros de Cortázar, un escritor icónico para mí en otra época, para entender cómo construía sus cuentos.

–¿Hacía una especie de ejercicio de caligrafía para comprender los mecanismos de escritura?

–Claro. Por ejemplo, en “Axolotl”, ¿cómo hace Cortázar para que empiece hablando un narrador, termine otro y uno no se dé cuenta del pasaje? Para descubrir eso tuve que escribirlo palabra por palabra, diseccionarlo. Así me di cuenta: acá hay un pequeño giro, después lo une a este otro. Escribir, para mí, es una cuestión física, por la mano sé cuándo tiene que llegar una coma, un punto. El aprendizaje es enorme y la tranquilidad que me proporciona, también. Hay algo de liberación en esa tarea, algo que me pone en una determinada dirección. Hago lo mismo con autores que escriben en otra lengua, Coetzee por ejemplo. Los traduzco a mano, pero sólo un párrafo. Pasa mucho tiempo hasta que siento que la traducción suena como me parece que tiene que sonar. Ahí termino, cierro el cuaderno de copiado, abro el mío y me pongo a escribir.

–Es curioso que su formación se dirigiera a la técnica antes que a su experiencia de lectura, a los libros inspiradores.

–En esa época me pasé más tiempo tratando de entender cuáles eran los métodos de los grandes escritores que leyendo literatura. Además yo no tengo un verbo fácil, me cuesta la frase larga, soy incapaz de meter diez sintagmas en un párrafo. Eso me decidió a trabajar la técnica para lograr una escritura muy concisa, de frases relativamente cortas, casi sin adjetivos y con muy pocos adverbios. Trabajo el lenguaje para que sea lo más correcto y contenido posible. Para mí el desafío es dejar que el lector tenga aire y espacio para imaginar. Eso genera un abanico mucho más grande de posibles lecturas. Busco que la novela sea como una caja con agujeritos donde el lector se mete y trata de ir llenando los espacios oscuros sin que el autor le indique por dónde ir.

–En su trayectoria primero aparecen los cuentos con bastante éxito. ¿Cómo fue el salto a la novela?

–Hace unos tres o cuatro años, empecé a transformar la escritura en una cuestión más sistemática. Yo venía ganando premios con cuentos, además del que ganó “Memoria fotográfica”, “El santo invisible” ganó el premio Zaragoza y “Laika” que es el cuento que adapté a teatro y actualmente se está representando aquí, ganó el premio Alberto Lista de Sevilla. Con “Laika” me animé a una literatura mucho más personal, que hasta ese momento había esquivado porque me daba pudor. Luego me planteé escribir una novela y se publicó en una serie para adolescentes, aunque yo no creo en segmentar la literatura por edades. La historia de Patagonia iluminada tiene un trasfondo emocional muy grande: es una nena que está buscando a su padre. Mi padre murió cuando yo tenía 7 años, por eso crear un personaje en busca de un padre perdido era un desafío emocional altísimo. Así comenzó mi relación con la novela como género, con una aventura clásica.

–¿Qué le importa más: una buena historia o el trabajo sobre la lengua?

–El virtuosismo en el lenguaje va, para mí, en contra de la calidad de la literatura. No quiero ser categórico, pero es como ir al concierto de un guitarrista fantástico que se pasa todo el concierto moviendo los dedos de manera frenética.Puede ser increíble, pero en un punto se vuelve aburrido. A mí me gusta contar y que me cuenten historias. La historia es lo más importante, no el virtuosismo del lenguaje, que debe estar en función de la historia y no al revés.

–¿Cuáles serán las historias futuras?

–Estoy trabajando en una novela que sucede en Buenos Aires ahora. En los últimos 10 o 15 años, la ciudad se ha convertido en un centro de atracción para europeos, estadounidenses, canadienses, que se han radicado. Por cuestiones personales, tengo mucho contacto con ellos y lo que quiero explorar es la confrontación de culturas. Yo vivo en una situación bicultural, además soy intérprete simultáneo, entonces puedo ver las cuestiones que, por ejemplo, un estadounidense no va a entender del argentino y al revés. Estando en el medio, los entiendo a los dos, pero a veces es imposible ensamblar el rompecabezas. En esos huecos de sentido se juegan situaciones decisivas.

Fuente: Revista Ñ, Alfaguara.

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