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De Mujercitas a Borges

La colección Robin Hood, adaptaciones de Shakespeare y Poe, poemas de Bécquer, los clásicos de Stevenson y Julio Verne: las lecturas de un adolescente que ya escribía.

Por: Juan Martini

Cuando entré en la adolescencia, pongamos a los 12 años, mis autores favoritos eran Emilio Salgari, Mark Twain, Louisa May Alcott y Charles Dickens. En la biblioteca de mi madrina, en Rosario, había un ejemplar de Mujercitas en la colección Robin Hood y uno de David Copperfield editado por Peuser. Los leí por primera vez, creo, a los 11 años. Y junto con ellos descubrí esas editoriales. Antes había pasado por versiones adaptadas de Shakespeare y de Poe. Después, tipo 13, me atreví con La piel, una novela polémica del comunista italiano Curzio Malaparte. Era una mezcla rara esa biblioteca, con libros para grandes y chicos; con novelas y ensayos políticos circunstaciales como el libraco ¿Pertenece el futuro a Hitler?; con autores compactos como Conrad y escritoras pedagógicas cristianas como Harriet Beecher Stowe (La cabaña del tío Tom).

* La amada inmóvil, un libro de poemas del modernista mexicano Amado Nervo, me llevó casi por un tubo a escribir poemas de amor tan tristes como aquellos, o macabros como los versos de Espronceda (Me gusta un cementerio de muertos bien rellenos, manando sangre y cieno que impida el respirar…). Las primeras letras, entonces, fueron para el guión de un comic en la infancia, y las segundas para derivar de la manera más adolescente posible, con una influencia central que, como no podía ser de otra manera, era toda de Bécquer y sus Rimas y Leyendas.

* Con Shakespeare para chicos aprendí que no hacía falta ser italiano para que una historia de amor transcurriera en Verona y con Emilo Salgari que no hacía falta ser malayo para que las aventuras de un príncipe que se convierte en pirata para luchar contra Gran Bretaña navegaran por el Mar de la China. Y algo más, en Salgari: la información geográfica e histórica que aparece en sus libros es rigurosamente cierta sin que el escritor hubiera salido jamás de Italia, y estamos hablando de los últimos años del siglo XIX y primeros del XX. De las aventuras de Sandokán al mito del Misisipi y a las trapisondas y enamoramientos de Tom Sawyer y Huckleberry Finn de Mark Twain con parada en la saga de Mujercitas primero y los Ocho primos después en Massachusetts, bien al norte de la costa este de Estados Unidos.

* Muchos de estos libros eran editados en la Colección Robin Hood, otra leyenda de los años ’40 y ’50 del siglo XX. El Príncipe Valiente con los hipnóticos dibujos de Harold Foster, las aventuras de Bomba, y los clásicos de Stevenson y Julio Verne rellenaron la ya sobrecargada biblioteca de aquella casa de la calle Rioja en la ciudad de Rosario. Yo llegué a leer dos libros por día de la Colección Robin Hood. Después, de sorpresa en sorpresa, desembarqué en los policiales.



* Había leído cuentos de Edgar Allan Poe y alrededor de los 15 años entré en Arthur Conan Doyle (Sherlock Holmes), Agatha Christie (Poirot y Miss Marple), Rex Stout (Nero Wolfe y su asistente Archie Goodwin), S.S. Van Dine (Philo Vance) y Simenon (Maigret). El género policial, en todas sus variantes (pasaría después también con el descubrimiento un poco tardío de la novela negra, Dashiell Hammett y Raymond Chandler) le agrega a la tensión de la investigación y la aventura una estructura novelística ejemplar.

* Así como hice los 7 años de la escuela primaria en 9 colegios de Buenos Aires, hice los 5 años del colegio secundario en un solo colegio de Rosario. Con una familia cuasi disfuncional que me llevaba y me traía todo el tiempo entre las dos ciudades (en el borde de un título de Dickens) un día escribí mi primer cuento. Se llamaba Drama en las islas, transcurría en el Tigre y estaba marcado por la violenta influencia de Horacio Quiroga. Lo escribí con lápiz en hojas cuadriculadas cortadas de un cuaderno oficio con espiral (no pude olvidarlo). Y a ese le siguió otro de guerra quizás por el persistente influjo de Ernie Pike (Oesterheld & Pratt). Y a ese otro más. Fueron cuentos secretos que no leyó nadie. Una especie de iniciación que sólo yo conocía y que, en el mejor de los casos, sólo yo entendía. Mientras tanto, trasladado a Rosario a los 13 años, hice el secundario en la Dante Alighieri y comencé a estudiar abogacía a los 18… Pero un par de años después colgué la toga prematura y me pasé a Letras. Para los eslabones definitivamente sueltos de mi familia ya me había convertido en una rareza.

* Y ya escribía. No había pensado nunca hasta ese momento en la mitad de la adolescencia que lo que quería era escribir. Sobre todo y sobre todas las cosas yo quería escribir. Leer y escribir. Y eso se había ido configurando en mí sin que yo lo supiera. Nada en mi familia habría podido anunciar algo tan inesperado. Pero la cuestión era que yo ya escribía. Tenía una idea inicial y concreta de qué era contar una historia. No sabía nada, en cambio, acerca del estilo. Pero un día tan casual y tan exacto como cualquier otro llegué a Ficciones de Borges, primero, y después a El Aleph, que descansaban en el tercer estante de la biblioteca, casi invisibles entre dos suntuosos diccionarios. En aquel momento (y creo que hoy también) si hubiera tenido que elegir entre esos dos libros me habría quedado con El Aleph. En el cuento que abre el libro, “El inmortal”, hay un hombre en una grieta de la montaña y está tan quiero (es inmortal) que un pájaro anida en su pecho… Esa imagen me taladró el cerebro. Y así, dejándome llevar, me detuve una y mil veces en frases como Adoctrinada por un ejercio de siglos, la república de hombres inmortales había logrado la perfección de la tolerancia y casi el desdén. Ahí estaba. Eso era un estilo, el contagioso pero irrepetible estilo de un enorme escritor. Todo consistía, entonces, en encontrar ahora una forma módica, si se quiere, pero propia.

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