domingo, 29 de junio de 2014

Largo viaje hacia la transparencia

Gabriel García Márquez sabe ahora cómo es el alma invisible del hielo. Fortuna será, para cada uno de nosotros, alcanzar a ver con luminosa claridad cuál ha sido nuestro ya ineludible cielo prometido


Por Félix de Azúa

Nunca llegué a leerlo, aunque era el libro que más me atraía en la biblioteca de mis padres. Seguramente me cautivaba el título, tan seductor como repelente. Se llamaba Primavera mortal y lo había escrito un húngaro entonces extensamente leído, pero hoy desaparecido, Lajos Zilahy. Creo que en posteriores ediciones se le cambió el título por otro más comercial, Primavera mortífera. Se me asociaba con un verso famoso: “Abril es el más cruel de los meses”. Un verso a veces profético.

La última primavera está siendo especialmente mortífera con mis amigos, Ana María Moix, Leopoldo Panero, José María Castellet... Ojalá que García Márquez sea tan solo su invitado final. Ahora le veo, en algún momento del siglo pasado, abriendo la puerta de su modesto apartamento en la calle de la República Argentina de Barcelona, donde tenía que entregarle unas galeradas de parte de Carlos Barral. Vestía un chándal azul prusia, muy notable en una época en la que aún no se había aprobado el chándal ni siquiera como prenda casera. Sonaba una música y con el desparpajo de la juventud le dije que era una de mis piezas favoritas. Le llamó la atención y me hizo pasar para terminar de oírla. “Es usted la primera persona que conozco que la conoce”, dijo con aquella facilidad para el juego de palabras tan típico de su generación. A partir de entonces siempre que nos veíamos me hablaba de aquel cuarteto de Bartók y yo le comentaba que era el único escritor que conocía que lo conocía.

Menos la última vez, hará cosa de cinco años. Fue en casa de Carmen y con los encantadores Feduchis. En algún momento de la comida salió a relucir el bello soneto anónimo que comienza con el verso, “No me mueve mi Dios para quererte”. Comenzó a recitarlo Luis Feduchi, pero se le añadió García Márquez y lo dijeron a capella. Siguió luego una conversación sobre asuntos generales hasta que la interrumpió la voz de Gabo que comenzó de nuevo con “No me mueve mi Dios para quererte”. Luis se unió también en esta ocasión al recitado. La escena se repitió 10 o 12 veces. Luis le siguió en todos los recitados. Gabo decía los versos lentamente, como si los paladeara, y a veces con los ojos cerrados.

Podría haber sido una broma muy de los años setenta. Recuerdo escenas similares con amigos recitando una y otra vez un verso, un poema, un fragmento de novela. En mi grupo de colegas, casi todos escritores, podíamos repetir docenas de veces: “Es cierto, el viajero que saliendo de Región pretende llegar a su sierra siguiendo el antiguo camino real…”. Cualquier ocasión era buena para ello, nadie podía pronunciar la frase “es cierto…” sin que se le echara encima la jauría presente para continuar la cita a coro y luego repetirla a lo largo de la noche tantas veces como aguantáramos hasta aburrirnos.

Para amar algo, sea un dios o una compañía, no es necesario que sea una garantía de felicidad

Pero esta vez no era ninguna broma. Aunque yo diría (no lo sé, por supuesto) que García Márquez no tenía creencias religiosas, aquel soneto, como cualquier obra maestra del lenguaje, le permitía participar de toda la esperanza, de todo el consuelo que suele aportar una religión. La perfección de la palabra escrita con arte, el resplandor de la verdad que lleva consigo, bastan para entender que el sentido de nuestras vidas es exactamente aquel que nosotros le damos, el que alcanzamos a cristalizar en algunos momentos excepcionales. Así podríamos nosotros ahora, si esto fuera una comida de amigos y lectores, comenzar a repetir una y otra vez, “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre le llevó a conocer el hielo”. Porque quizás en esta frase se encuentre el sentido mismo de la vida de García Márquez, así como la de Región resume de modo extraordinario la vida de Benet, aquel viajero que para llegar a donde quería, “siguiendo el antiguo camino real”, no podía dejar de “atravesar un pequeño y elevado desierto que parece interminable”. Comienzos de obras inmortales que son también reflejos de vidas completas.

El segundo verso del soneto anónimo añade una causa determinante al primer verso: “No me mueve mi Dios para quererte / el cielo que me tienes prometido”. Para amar algo, sea un dios, una compañía, un soneto, un paraje o la literatura misma, no es necesario que veamos en ello una garantía de felicidad, como pretendía Keats, para quien la belleza encerraba siempre una promesa de gozo perpetuo, ya que nunca se marchitaba: “Lo hermoso es alegría para siempre / su encanto se acrecienta y nunca vuelve a la nada”, dice el poeta en la traducción de Irene.

El verso es muy bonito, A thing of beauty is a joy for ever, pero es falso. El gozo de la belleza es pasajero y siempre vuelve a la nada. Ese es precisamente su encanto, que es efímero y debe ser tomado al vuelo, dura un instante y desaparece. Es la pequeña estrella shakespeariana que uno desearía ver danzar en la palma de la mano y observar su centelleo durante años y años placenteros, pero el lugar de la estrella es el firmamento en donde parpadea durante unas horas y ni siquiera podemos saber si su luz viene de un astro vivo o de una estrella muerta.

Por esta razón cuando queremos a alguien o algo no suelen movernos sus promesas de felicidad, sino más bien su naturaleza transitoria, fugaz, la belleza de su paso ígneo antes de fundirse en la helada luna de la noche sin fin. Participar de esa fugacidad es la auténtica alegría, acabe como acabe. Así lo decía Ishmael, tras la catástrofe del capitán Ahab y su velero, el Pequod: él estaba allí y por eso pudo contarlo, porque todo lo vio y participó del instante en que el gigantesco Leviatán engulle en las simas del océano al infame, al obsesivo, al destructivo perseguidor de Moby-Dick. También en las destrucciones hay una chispa de belleza cuando la destrucción arrastra al maligno.

También en las destrucciones hay belleza cuando la destrucción arrastra al maligno

Y allí, frente al pelotón de fusilamiento, está también el testigo de una destrucción, esta vez definitiva, con su último recuerdo. En el chispazo que va a llevarle a las simas de la nada, el coronel vislumbra la posible razón de toda su existencia, “aquella tarde remota en que su padre le llevó a conocer el hielo”. Suelen decir algunos escritores que en el momento preciso de la muerte, un instante antes de que se abra la puerta del sueño eterno, toda nuestra vida circula velozmente por una memoria que se despide de sí misma. Prefiero pensar que más bien la memoria elige un instante privilegiado, un momento en el que se concentra todo el sentido posible de nuestra existencia, y con él nos ensimisma. El caso más exacto y precioso que conozco es el que relata Ambrose Bierce en El puente sobre el río del búho.

Como el hombre del cuento de Bierce, que va a morir de un momento a otro sobre el funesto río de Alabama, no sin que antes la memoria le arranque del presente con una prodigiosa mano mágica, así también el coronel, erguido ante la muerte, recibe la visita de un recuerdo específico e imborrable, aquel día en que su padre le llevó a conocer el hielo. Y no es que su padre “le enseñara” o “le mostrara” el hielo, es que le llevó a “conocerlo”. Tantos niños han esperado impacientemente a conocer el mar, a conocer la caza del oso, a conocer el amor, a conocer el mundo, a conocer la victoria, que el conocimiento del hielo es una hipérbole magnífica de todas las desesperadas ilusiones de la infancia.

El cielo que nos tiene prometido, la inmarchitable belleza eterna, el siempre te amaré, la estrella cautiva, la perduración de lo maravilloso, se truecan, en el instante supremo, en un radiante pedazo de hielo, en el remolino espumoso de la ballena blanca hundiéndose para siempre, en la estrella que se posa en tu mano durante unos segundos. A cada cual, según sus merecimientos.

Gabriel García Márquez sabe ahora cómo es el alma invisible del hielo. Fortuna será, para cada uno de nosotros, alcanzar a ver con luminosa claridad, en el relámpago previo a la oscuridad eterna, cuál ha sido nuestro ya ineludible cielo prometido.

sábado, 28 de junio de 2014

En defensa del Diccionario: de almóndigas y otras «aberraciones»

En 2014 se presentará la vigésima tercera edición del Diccionario de la Real Academia Española, aunque desde hace tiempo podemos conocer algunas de las novedades que presentará gracias a la versión en línea. Como suele ocurrir con las obras de la Academia, el Diccionario es fuente de encarnizadas polémicas. Desde el momento mismo de su fundación hasta hoy, a la RAE nunca le han faltado detractores ilustres; a ellos se han ido sumando espontáneos de todos los campos del saber y del desconocer, que, gracias a Internet, nos ofrecen su opinión en blogs, foros, revistas digitales y redes sociales, dando lugar a artículos, debates, pifias y grupos de señoras que se sublevan contra la RAE.
Real Academia Española (23)
Fotografía: Guadalupe de la Vallina
Examinando sus reacciones en la red, la actitud que se percibe en los hablantes es, en general, de un autoproclamado conservadurismo, en ocasiones un tanto inopinado, llegando a considerar la Academia como una institución nociva para la salvaguardia de la lengua por su carácter indulgente, por no decir macarra, a la hora de consentir vulgarismos, barbarismos, neologismos y otros presuntos enemigos del buen uso. Esta postura nace del desconocimiento de la naturaleza del diccionario, unido a la asignación de un poder materializante y legitimador: lo que está en el diccionario existe, es legal y pienso usarlo. Es habitual encontrar expresiones como «ahora podemos decir» haciendo referencia a la inclusión de voces o, por el contrario, reclamaciones sobre términos no reflejados, con la finalidad de reconocer su existencia y demostrarla con papeles. Resulta paradójico que muchos hablantes declarados en rebeldía reconozcan con sus demandas la autoridad del diccionario más allá de sus propias pretensiones.

El DRAE es un diccionario general y no puede contener todo el léxico de la lengua. No abarca todas las palabras formadas por composición o derivación y muchas otras que, aun ateniéndose a las reglas y por tanto siendo correctas desde el punto de vista lingüístico, sencillamente, no caben. Incluye, y así lo ha hecho desde su primera edición, los vulgarismos, usos coloquiales, dialectales, arcaísmos, etc., más extendidos y frecuentes, indicando su naturaleza.

Hay que tener en cuenta que, además de la normativa, el DRAE tiene una función descriptiva de la lengua; es una herramienta para interpretarla y no puede contener únicamente las palabras cultas. Su misión no es seleccionar las voces que se pueden decir, sino registrar el uso que los hablantes hacen de ellas.

Es un diccionario más amplio y complejo que el Diccionario esencial y otros de carácter divulgativo que no contienen este tipo de entradas que, a partir de su descubrimiento por parte del gran público, causan conmoción:

ALMÓNDIGA

Probablemente la más popular: ni un día en las redes sociales sin que alguien dé la voz de alarma sobre su aceptación, sembrando el desconcierto y la consiguiente reacción en cadena de desmayos, indignación y ojos sangrando.

En realidad aparece desde la primera edición del Diccionario en 1726 y remite a la entrada albóndiga, en la que se relatan las posibles etimologías y se señala el uso. Hasta la vigésima tercera edición no aparecerán las marcas «desusado» (desus.) y «usado como vulgar» (U. c. vulg.), si bien en el DPD sí aparece la advertencia «no debe usarse la forma almóndiga, propia del habla popular de algunas zonas».

TOBALLA

Variante arcaica de toalla, habitual en español antiguo. En el Diccionario desde 1739. Se indica su uso vulgar en el DPD.

COCRETA

Aunque se suele añadir a la lista de ultrajes académicos, tal vez por afinidad con almóndiga, no está registrada en el diccionario. Lamentablemente, en mi opinión. Es una forma documentada y mantuvo con croqueta un pulso que perdió contra todo pronóstico, pues la metátesis es un fenómeno propio de nuestra lengua que ha triunfado en casos como el que veremos a continuación.

CROCODILO

Variante antigua y etimológica del latín crocodilus y este del griego κροκόδειλος. Se mantiene la raíz cro- en gallego, euskera, portugués, francés, inglés y alemán. En castellano e italiano sufrió metátesis, siendo la forma «no culta» la que triunfó en estas dos lenguas. Crocodilo aparece en la primera edición del diccionario como forma aconsejada frente a cocodrilo usada esta última «contra los más selectos Autores y Vocabularios», siendo a partir del siglo XVIII cuando se impone.

MURCIÉGALO

Aparece en 1734 en el Diccionario con una inquietante descripción que merece la pena rescatar, así como esta estrofa escrita mientras coexistió junto a murciélago.

Tras vos, un alquimista va corriendo,
Dafne, que llaman Sol, ¿y vos tan cruda?
Vos os volvéis murciégalo sin duda,
pues vais del Sol y de la luz huyendo.

Francisco de Quevedo (A Dafne, huyendo de Apolo)



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ASÍN

En el Diccionario desde 1770, al mismo tiempo que así. Actualmente marcado como «vulgar». En los bancos de datos CREA y CORDE está documentado su uso, en algunos casos como imitación del habla popular.

 Consulta: asín, en todos los medios, en CORDE 
 Resultado: 246 casos en 45 documentos.
REAL ACADEMIA ESPAÑOLA: Banco de datos (CORDE) [en línea]. Corpus diacrónico del español. [08/07/13]

 Consulta: asín, en todos los medios, en CREA 
 Resultado: 22 casos en 13 documentos.
REAL ACADEMIA ESPAÑOLA: Banco de datos (CREA) [en línea]. Corpus de referencia del español actual. [08/07/13]

Estas y otras palabras recogidas como vagamundo, miraglo o agora, tienen en común el haber formado siempre parte del diccionario —y así seguirá siendo mientras no esté terminado el Diccionario histórico— a pesar de ser percibidas por algunos usuarios como incorporaciones recientes que respondieran a una relajación de la norma.

El diccionario se limita a registrar su existencia señalando con marcas su calificación o remitiendo a la forma culta. Considerarlas aconsejadas es una interpretación errónea, del mismo modo que la existencia de expresiones malsonantes no implica de ninguna manera que se recomiende su uso en la redacción de correos profesionales o en la descripción en medios de comunicación de lanzamientos a puerta de Sergio Ramos.


Otras entradas que provocan indignación son las grafías adaptadas de anglicismos. Generalmente de anglicismos y no de todos los extranjerismos. Según manifiestan algunos usuarios se perciben como un atraso, al considerar más moderno y avanzado escribirlos en inglés. Por el contrario, muchos hablantes aborrecen palabras de variantes de la lengua española que le son ajenas en una actitud que raya la xenofobia. El etnocentrismo es tan acusado en algunos casos como para reducir el perímetro de aceptación al alcance de las orejas y un «no lo había oído en mi vida» se usa frecuentemente como argumento de rechazo. Estas actitudes competen más al estudio sociológico que al lingüístico.

Las adaptaciones gráficas no suponen un empobrecimiento de la lengua, sino todo lo contrario, y hay miles de ejemplos que ni siquiera se perciben como préstamos al estar plenamente integrados. La incorporación de léxico adquirido es un proceso natural de la lengua para ampliar su vocabulario.

El número de voces que producen alarma es abundante, pero, dado que la mayoría son sugerencias que la Academia propone como solución a dudas planteadas, con el objetivo de integrar vocablos de forma acorde al sistema fonético y ortográfico español y que los hablantes pueden hacer uso de ellas u optar por el extranjerismo crudo —destacado con relieve tipográfico—, no merece la pena detenerse en este punto más que para comentar algunas de las más controvertidas.

GÜISQUI

Está en el diccionario desde 1984, al mismo tiempo que whisky, y tiene escaso seguimiento en comparación al anglicismo crudo.

Consulta: güisqui, en todos los medios, en CREA 
 Resultado: 118 casos en 55 documentos.
REAL ACADEMIA ESPAÑOLA: Banco de datos (CREA) [en línea]. Corpus de referencia del español actual. [08/07/13]

El rechazo que provoca güisqui no tiene parangón en coñac, sake, vodka, ginebra, ron o vermut, todos ellos extranjerismos integrados sin salir del campo semántico de las bebidas alcohólicas, incorporados a nuestra lengua en distintos momentos de la historia. La Ortografía de la lengua española de 2010 propone wiski.

BLUYÍN

La marca Am. indica que se trata de un uso restringido en América. Como explica el DPD, en gran parte de Hispanoamérica se usa exclusivamente la denominación inglesa para el pantalón vaquero y la grafía adaptada tiene uso documentado. En España se utilizan únicamente las denominaciones vaquero y tejano, de modo que no incumbe su uso.

JONRÓN

Al igual que bluyín está marcado su uso en América. La grafía adaptada está muy extendida en el continente desde hace años y existen derivados como jonronear o jonronero. El béisbol es un deporte mucho más popular en América que en España, hecho que sin duda contribuye a la natural incorporación y adaptación de préstamos relacionados.

Consulta: jonrón, en todos los medios, en CREA 
 Resultado: 592 casos en 254 documentos.
REAL ACADEMIA ESPAÑOLA: Banco de datos (CREA) [en línea]. Corpus de referencia del español actual. [08/07/13]

Otro de los aspectos controvertidos son las palabras o acepciones de palabras que hieren la sensibilidad de algunos colectivos. Son clásicos los reproches por acepciones de gitano, gallego o judiada. La próxima edición revisa algunas atendiendo al desuso; para compensar, incluye dos novedades que ya han despertado protestas por su carga machista.

MUSLAMEN

1. m. coloq. Esp. Muslos de una persona, especialmente los de mujer.

CANALILLO

(Del dim. de canal).

1. m. coloq. Comienzo de la concavidad que separa los pechos de la mujer tal como se muestra desde el escote.

La Academia siempre ha manifestado que el Diccionario no puede regirse por criterios de corrección política. En su cometido de «notario» no puede intervenir en los usos que los hablantes hacen de las palabras ni desterrar voces inconvenientes.

La lista de palabras motivo de queja es copiosa y sin duda algunas de ellas con fundamento y razón; de hecho, la Unidad Interactiva del Diccionario resuelve en este sentido muchas de ellas.

GañánLa vigésima tercera edición del DRAE será la primera que estará a disposición de los usuarios en la red de forma idéntica a su versión en papel, lo que supone una valiosa fuente de información que precisa una interpretación más compleja que otros diccionarios simplificados. Desde que los hablantes han ido conociendo masivamente el Diccionario a través de la red, al tiempo que tenían oportunidad de comentar su contenido, este ha sido motivo de mayores polémicas, lo cual indica un interés por nuestra lengua que merece la pena orientar hacia la investigación mediante las múltiples herramientas y datos de los que disponemos, y, por qué no, dirigir nuestras propuestas argumentadas para mejorar el Diccionario.

Como pretensión personal, la definición de gañán me parece insuficiente para el uso actual. Habrá que recabar pruebas para legitimar su uso y el de su derivado gañanía.



Fuentes:  Yolanda Gándara, Jot Down, Vigésima segunda edición del Diccionario de la lengua (en línea), Diccionario panhispánico de dudas (DPD), Nuevo tesoro lexicográfico de la lengua española, Corpus de referencia el español actual (CREA), Corpus diacrónico del español (CORDE).



martes, 24 de junio de 2014

Los macondos, crónicas y laberintos que dejó García Márquez en el lenguaje

Los titulares periodísticos más utilizados gracias a los nombres de las novelas del desaparecido escritor Gabriel García Márquez

¿Quién no ha leído una noticia titulada 'Crónica de una (inserte un sustantivo aquí) anunciada'?. Además de su obra, Gabriel García Márquez ha dejado numerosas frases que, de tanto repetirse, son parte del lenguaje y alimentan el lugar común periodístico.

Crónica de una guerra anunciada, crónica de una indigestión anunciada, crónica de una inflación anunciada... son todas frases hechas, utilizadas con frecuencia en el periodismo, que provienen de 'Crónica de una muerte anunciada', una novela publicada por el fallecido escritor colombiano en 1981.

La obra maestra de García Márquez, 'Cien años de soledad' (1967), dejó numerosas expresiones. Su título es reutilizado a menudo, variando el número de años o bien la medida temporal.

Sin ir muy lejos, el propio presidente colombiano, Juan Manuel Santos, tuiteó tras el fallecimiento del escritor el jueves: "Mil años de soledad y tristeza por la muerte del más grande colombiano de todos los tiempos".

También de 'Cien años de soledad' provienen el término 'Macondo' (nombre del pueblo imaginario basado en su natal Aracataca), para referirse a cualquier lugar remoto, y el adjetivo calificativo "macondiano", para definir algo absurdo, surreal o real maravilloso.

Las 'mariposas amarillas' que siguen a Mauricio Babilonia en 'Cien años de soledad' son citadas con frecuencia como metáfora del amor y simbolizan el realismo mágico del que García Márquez dotó su literatura.

"La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada", una novela corta de 1972, da lugar a numerosas variaciones en los titulares de prensa que arrancan con "La increíble y triste historia..." y prosiguen con una frase a elección. Por ejemplo, "... de los elefantes marinos".

Cuando un individuo espera alguna cosa por largo tiempo, por lo general correspondencia -aunque no necesariamente-, la expresión a utilizar evoca la novela corta de 1961 'El coronel no tiene quien le escriba'. El sustantivo y el verbo varían, mientras la fórmula "no tiene quien" permanece: por ejemplo, la revista colombiana Semana tituló 'Gabo no tiene quien lo venda' en una nota reciente sobre la batalla editorial en torno a la obra del escritor.

El título de su novela 'El amor en los tiempos del cólera' (1985) se ha convertido en un lugar común en el periodismo en español, así como en el lenguaje coloquial. Cada vez que un hispanohablante se refiera a las costumbres amatorias, sexuales o matrimoniales dentro de un determinado nicho, la posibilidad de que se traiga a colación la obra de García Márquez es muy alta. Abundan en la prensa títulos como 'El amor en los tiempos de la internet', 'El amor en los tiempos de las redes sociales', 'El amor en los tiempos del sida', etc.

'El general en su laberinto', una novela histórica de 1989 sobre el prócer venezolano Simón Bolívar, es aludido cada vez que un líder se encuentra en una situación de duda y conflicto. Como ejemplo, La Jornada de México publicó en febrero una nota titulada 'El presidente en su laberinto' para referirse al mandatario mexicano Enrique Peña Nieto.

De maneras similares, los títulos de sus obras 'Cuando era feliz e indocumentado', 'El otoño del patriarca' y 'Memoria de mis putas tristes' suelen ser versionados, adaptados y reimaginados por los hispanoparlantes, que han alimentado la fraseología del idioma con la obra de uno de sus mayores exponentes.


Fuente: El País.com.co

sábado, 21 de junio de 2014

Pastillitas de saber

Usos de los puntos suspensivos

Tienen dos funciones principales:

a) Indicar suspensión del discurso.

b) Indicar omisión de algún elemento en un texto.

Por lo que respecta a su ortografía hay que saber lo siguiente:

a) Después de los puntos suspensivos unas veces se escribe mayúscula y otras, minúscula, dependiendo de si se da por concluido el enunciado o si se retoma este a continuación.

b) Los puntos suspensivos son incompatibles con el punto (con alguna pequeña excepción).

c) En cambio, son compatibles con la coma, el punto y coma y los dos puntos.

d) Son también compatibles con signos dobles como los paréntesis, las rayas y las comillas.

Pero para utilizar correctamente este signo de puntuación no basta con conocer sus funciones y las consideraciones ortográficas anteriores. Además hay que tener algunas nociones ortotipográficas:

a) Los puntos suspensivos son tres y solo tres.

b) Se escriben pegados a la palabra anterior (Bueno…).

c) Si lo que viene a continuación es una palabra, hay que dejar un espacio en blanco entre los puntos suspensivos y esta (Pero… si tú no ibas a venir).

d) En cambio, si van seguidos de otro signo de puntuación, no se deja espacio alguno (No…, yo no fui).

c) Siempre van delante de la llamada de nota a pie de página o de nota final.


miércoles, 18 de junio de 2014

Todas las encarnaciones del editor


Al adentrarse en el mundo editorial, una de las dificultades para aclimatarse con las que suele toparse el neófito es el dominio de la variadísima terminología sectorial. Fenómenos habituales como la polisemia, la ambigüedad, los falsos amigos y la paronimia le ponen las cosas aún más difíciles si cabe. El propio término que distingue profesionalmente este campo, editor, significa en castellano demasiadas cosas. Veamos cuántas:

→ El editor puede ser el propietario de la editorial, el emprendedor que funda y establece las líneas generales de una editorial; es decir, la persona que crea su estructura, provee sus medios de financiación y marca su política de ediciones.

→ El editor puede ser también el director editorial (o director literario en las editoriales literarias, o de línea en las grandes editoriales con múltiples ramificaciones por especialidad, o simplemente editor sénior), es decir, el principal y último responsable intelectual de una obra obra, colección, publicación o línea editorial. Puede ser asimismo el dueño de la editorial, pero no necesariamente. A menudo, el director literario consagra la mayor parte de su tiempo a tareas de preedición (selección y contratación de obras y establecimiento y supervisión de un plan editorial y comercial) y suele delegar en un editor de mesa la responsabilidad de prestar apoyo al autor en la elaboración de su obra y de coordinar y supervisar el proceso de edición.

→ El editor de mesa o editor de textos tiene perfiles distintos en función del medio editorial donde desempeñe su labor:
En edición de libros, es un miembro de la plantilla editorial —aunque no siempre sea este el caso, hoy en día—, con amplia cultura o conocimiento específico del tipo de obras que publica la editorial, con formación lingüística, literaria, bibliológica, tipográfica y documental, y con capacidad para gestionar equipos, que se encarga, durante todo el proceso de preimpresión, de:

1. Recibir (del autor/traductor o del editor/director editorial) el original, leerlo y evaluarlo.

2. En función de las características y necesidades del texto y de la fecha de publicación:
Realizar la síntesis de aquellos parámetros comunicativos (mensaje, tema, estructura y función del texto, destinatarios...) que exigirán reinterpretación tipográfica, con el fin de comunicárselos al diseñador gráfico (si no lo ha hecho ya el editor sénior/director editorial responsable de la publicación). En obras sencillas (p. ej., novelas), puede valerse de sus conocimientos tipográficos y bibliológicos para establecer por sí mismo las pautas de composición y compaginación de una obra.
En coordinación con los responsables de edición gráfica (ilustración) y de producción (impresión y encuadernación), planificar el proceso de edición del original de texto, especificando los pasos encadenados de elaboración que requerirá, los plazos necesarios para cada uno de ellos, y seleccionando y comprometiendo en ellos a un equipo de profesionales.


3. Coordinar los pasos que se van a seguir en la edición de un texto; pautar y supervisar todas las tareas, incluidas las de corrección, en caso de que estas se realicen externamente.

4. Realizar diversas tareas de edición y redacción de textos de la obra o relacionados con ella:
Redactar diversos textos de la obra que el autor no provee: el índice general, la página de derechos y las páginas preliminares de la obra (portadilla y portada). Si no hay redactor publicitario, también redactará los textos de cubierta, sobrecubierta, solapas y guardas.
Contando a menudo con la asistencia de un corrector de estilo externo, adecuarla a aspectos de redacción y composición normalizados (p. ej., normas de división y subdivisión de partes de un escrito; orientación del texto en los lomos de los libros; directrices sobre el contenido, organización y presentación de los índices y de los textos preliminares de un libro, normas de citación bibliográfica...).
Cuando sea necesario, y siempre con el consentimiento del autor y el editor sénior/director editorial, llevar a cabo  los cambios más sustanciales que la obra pueda requerir, por ejemplo, para adaptarla a una línea o proyecto editoriales y a un perfil de lector determinados o para prepararla para las características estructurales de un determinado diseño editorial. En este sentido, realizará todo tipo de mejoras y modificaciones profundas en el texto que puedan afectar a su contenido (desde la misma selección de ideas), a su estructura organizativa y a su forma expresiva:  supresiones, adiciones, cambios de registro, de nivel de lenguaje...


5. Resolver las dudas y los problemas (documentales, lingüísticos...) que sus colaboradores no hayan podido solventar.

6. Realizar el marcaje tipográfico del original para composición y supervisar el trabajo del compositor-compaginador.



7. Si la editorial donde trabaja no recurre a un especialista externo para elaborar sus normas de estilo, es el editor de mesa (o un equipo de editores de mesa de la empresa) quien suele encargarse de redactarlas, pues nadie como él conoce las dudas y necesidades de los profesionales que intervienen en la edición de un texto, ni reúne los conocimientos necesarios para elaborar una obra de referencia de estas características.




En edición de prensa y revistas, el editor de mesa o de textos es el profesional responsable de:
la supervisión y corrección de la calidad textual del trabajo de los redactores,
de la elaboración de la sección dedicada al lenguaje de las normas internas de estilo,
y de la preparación tipográfica de los textos.

En muchas editoriales hemerográficas no existe ya esta figura, y estas funciones las realiza el jefe de redacción, cada redactor o bien un corrector de estilo externo.

Fuente: Silvia Senz para Addenda et corrigenda

sábado, 14 de junio de 2014

El interior o los mitos de la Argentina

En el 2005, a lo largo de más de cinco meses y a bordo de un Renault 21 blanco  que Caparrós compró sin saber que había pertenecido a Osvaldo Soriano (autor con el que estuvo, chismorreos al margen, enemistado durante bastante tiempo), Martín Caparrós recorrió catorce provincias de la República Argentina. Una travesía de casi 30.000 kilómetros que se suma a los no proporcionales “kilómetros de prosa” (tal el patrón de medición que Roberto Arlt concebía) que este viajero empedernido y acreditado grafómano, licenciado en Historia en la Sorbonne y uno de los más destacados cronistas de las dos últimas décadas, lleva escritos al presente. Cifras que con solo contar las 3200 páginas de la segunda edición en cinco tomos de La voluntad (ese fresco de la militancia revolucionaria en la Argentina que escribió a cuatro manos con Eduardo Anguita), o las casi mil de su novela La historia (1999), invitan a imaginar los beneficios que con El Interior obtendría Caparrós si, a imagen y semejanza de las personas que vuelan, los escritores pudieran acumular “millas literarias” al cabo de la publicación de cada uno de sus libros.
“Recién ahora me doy cuenta de que hay una constante y de que mis tres libros gordos tienen títulos con la forma de artículo determinante y sustantivo: La voluntad, La historia, El Interior –desliza Caparrós mientras enciende un cigarrillo–. Libros en los que se trasluce cierta idea de la antonomasia y en los que, por alguna razón, siento que hice mis mayores apuestas. Pero yo no diría que su extensión se debe a una prolijidad en el sentido español, es decir, a una facundia desmesurada de la prosa, sino más bien a que hay muchas cosas que quiero contar y no sé cómo privarme de hacerlo. Rara vez me detengo a pensar sobre qué no contar cuando escribo. En La noche anterior, una novela que publiqué en 1990 y que me gusta mucho, elaboré una tentativa para dejar de contar, guiado por un epígrafe de San Clemente de Alejandría, un filósofo gnóstico del siglo III, que dice: ‘Contar en un libro todas las cosas es como dejar una espada en manos de un niño’. Allí procuré no dejar espadas en manos de los niños, y quizá en esos tres libros se me dio por hacerlo.”

Asumiendo el riesgo, Caparrós demuestra que su afán elefantiásico excede en El Interior lo anecdótico de la cantidad de páginas, para volverse la raíz de un ambicioso proyecto cuyo objetivo es plasmar un fresco de la Argentina. Un proyecto que piensa la crónica como cartografía sociocultural, como ejercicio muralista, como arqueología del presente (¿acaso la década del 90 no ha dejado tras de sí un tendal de ruinas?), y que en este primer tomo da cuenta de la mitad norte del país según un criterio de división geográfica que lejos está de ser simplemente arbitrario. “Este país se ha especializado en dividirse. Pero he dado con una división que me interesa: están por un lado, al norte de Buenos Aires, las regiones que crearon la Argentina; y, por el otro, al sur, las regiones que la Argentina creó”, escribe Caparrós al comienzo del libro. De ahí que él consigne que se podía ser misionero, salteño o cordobés antes que la idea de ser argentino existiese siquiera (lo que tal vez explica que el subtítulo del libro sea “La primera Argentina”), al tiempo que fundamenta su recorrido a partir de una premisa de rigor histórico, que se completará cuando explore la otra mitad del país en un nuevo volumen. “Las tierras que los argentinos –cuando ya lo eran– ocuparon para armar la Argentina”: la Patagonia y la Pampa.

Ese “país” que se supone es el interior, y que más de una vez ha sido figurado como un cuerpo con su cabeza decapitada –mientras la Pampa (Buenos Aires) se daba a leer como la palma de la mano de la argentinidad a quirománticos extranjeros (la metáfora pertenece a Victoria Ocampo)–; ese “país”, que ha sido visto como reservorio de los valores “auténticos” de lo nacional y cuya oposición a la metrópolis supo alimentarse de la del campo y la ciudad, de la de unitarios y federales o porteños y provincianos, no es entonces para Caparrós uno sino dos. O, más precisamente, varios. “El interior es un país en la medida en que es una suma de diversidades, más allá de que parezca una contradicción que allí puedan coexistir diferentes países. Diversidades que son algo propio de cualquier nación, me parece; lo que en nuestro caso se refuerza por el hecho de que lo que llamamos país es un concepto relativamente nuevo, que no ha cumplido aún ni doscientos años”.


Pero ¿en qué ha cambiado a lo largo del tiempo esa idea bipolar de la Argentina que tuvo en el Facundo –y en la dicotomía civilización y barbarie– su primer correlato? En un artículo en el que analiza las implicancias históricas de esa contraposición, Adrián Gorelik plantea que luego de la bonanza del modelo agroexportador que justificó nuestras ínfulas de granero del mundo (y esparcidos ya los efectos de la Primera Guerra y del crac del ’29 en estas costas), la idea de la fractura entre Buenos Aires y el interior resurgió con nuevos bríos de la mano del ensayo de interpretación nacional y del revisionismo histórico. Así, en la década del ’30, en un clima de época en que la búsqueda de una identidad nacional obsesionaba a unos cuantos, se cristaliza la figura de “las dos Argentinas” a la luz de la ocurrencia de que había un país verdadero y uno falso. Algo que en Radiografía de la Pampa (1933) de Martínez Estrada se traduce en cómo ese cosmopolitismo europeizante e impostado que caracteriza –según él– a la metrópoli es el reverso de un interior que aloja “la verdad y la vida”, “las entrañas y los hijos del mañana”.

Será, pues, con la aparición de las primeras villas miseria en la Capital Federal, a fines de la década del ’50 –en parte, producida por la llegada de miles de migrantes de distintas partes de la república en aquellos años–, que el pensamiento de izquierda reelaborará en clave social la noción de las dos Argentinas (ya no se tratará de gauchos o inmigrantes, europeos o mestizos, sino de ricos y pobres), y verá en esos asentamientos incipientes las incrustaciones del interior profundo en la Reina del Plata. Algo que medio siglo después, cuando Caparrós comprueba en un lugar de San Miguel de Tucumán que “el country recupera el Interior, cuando el Interior deja de ser ese lugar donde se pueden dejar las puertas abiertas y el coche con las llaves puestas”, reaparece en una imagen en negativo, asomado como un fantasma.

Polainas y galera

 
Está a la vista: si de algo se han alimentado Buenos Aires y el interior es de sus innumerables mitos. Una materia que Martín Caparrós, lejos de contribuir a acrecentar en su libro, esclarece. “Lo que más me llamó la atención, en un principio, fue cómo para muchos porteños el interior sigue siendo esa especie de comarca bucólica donde el gaucho llega a caballo a su ranchito, en que la china lo espera con un par de mates; o en donde el kolla camina con bultos sobre la cabeza a la vera del camino y el hachero se interna en la procelosa selva misionera. Todo eso existe, por supuesto, pero en un grado mucho menor al imaginado. Un 80 por ciento de la población del interior es urbana, y muchos viven en grandes ciudades o en pueblos, algunos más grandes, otros más pequeños.”

Pero también están los mitos que la gente del interior tiene sobre sí misma, como el de la tranquilidad, por ejemplo. Una palabra que Caparrós escuchó incontables veces a la hora de indagar qué significa para esas personas vivir en el lugar que viven. “En el interior, por otro lado –prosigue Caparrós–, todavía existe la idea de que el verdadero país son ellos. Una idea que se conecta con la suposición de que una mezcla de razas y culturas anterior en el tiempo (los aborígenes antes que los inmigrantes) se convierte en pureza. En este sentido, en el libro cuestiono la visión pretendidamente historicista que supone que porque los aborígenes estaban antes en un lugar determinado tienen más derechos. Cuando en realidad son pueblos que, como todos, en algún momento desplazaron por la fuerza a otros pueblos que estaban allí antes de que ellos llegaran. No obstante, me parece bien que a los wichis les den tierras, por supuesto. Pero ¿por qué no se les dan también a los pobres de La Matanza? ¿Qué tienen los wichis que no tengan los pobres de La Matanza? Algo que me llama mucho la atención es cómo los progres les piden a los indios que no progresen, que mantengan los usos y costumbres de sus bisabuelos y se perpetúen como estampas de buenos salvajes. En una circunstancia, a raíz de esto, le pregunté a una persona que no es aborigen y que vive en un pueblito del Chaco: ¿acaso vos te ponés polainas y galera y vas en sulky a la iglesia con tu mujer vestida con corsé y miriñaque? ¿Por qué ellos tienen que hacer, entonces, lo mismo que sus bisabuelos? Y estas son cosas sobre las que no se puede hablar porque es incorrecto. Mientras, los mapuches consiguen del Estado y de las ONG lo que los pobres de La Matanza no consiguen ni soñando.”
Si en El Interior el interior es pensado como un país aparte, se debe al peso que en el imaginario de la patria tiene ese motivo, y no a la presunción –rancia, a esta altura– de que la Capital y las provincias aún siguen enfrentadas. Una idea que, según Adrián Gorelik, deja de activar las imaginaciones sobre la nación en los años ’80, debido a que otras fracturas mayores irrumpen en escena: “Las oposiciones entre los militares y la sociedad, o entre el autoritarismo y la democracia”.

“Quizás el propósito de mi viaje por el interior haya sido ver cómo eran los desconocidos de la familia. Esos primos lejanos con los que tenés algún parentesco, porque compartís el apellido o algún bisabuelo, pero que no sabés quiénes son ni les conocés las caras.”



No hace falta decir que Caparrós comprende que ya no tiene sentido sostener esa prédica (nacionalista) en cuya fragua se forjó la oposición entre Buenos Aires y el interior como causa de todos los males que sufriera la Argentina. Algo que en las páginas de El Interior es actualizado en la forma en que el sentido común de lo que nos pasa a los argentinos se hace presente. Eso de que “tenemos todo para ser un gran país, pero los políticos son corruptos”; de que “alta cultura del trabajo, pero también más empleos”; de que “no es posible que en un país tan rico no haya comida para todos”, y de que “si se mama de algún lado en la Argentina es de la teta del Estado” son lugares comunes que, junto con otros tantos, Caparrós le endilga a una voz anónima (suerte de encarnación patriotera de la doxa) que reaparecerá fragmentariamente a lo largo del libro. En El Interior –un libro que dista bastante de querer ser un tratado sobre la patria–, Caparrós siempre está en busca de “razones para pensar que somos algo todos juntos”. Pero el hallazgo de eso se demora invariablemente, porque es claro que la pesquisa no consiste en revolver el arcón de esencias de la patria ni en tratar de definir lo que se sabe en una entelequia. “Yo quise ver si hay cosas que nos hacen argentinos, y creo que la conclusión más defendible a la que he llegado es que lo que más argentinos nos hace es esto (hace el gesto típico de quien pide un café en un bar). Un gesto con el que uno se puede hacer entender en cualquier rincón de la Argentina, pero no en Bogotá, París o Kishinau. Supongo que ese tipo de cosas, eventualmente, constituyen lo que somos los argentinos. Cosas en las que no dejo de ver una cierta pobreza.”

A lo que agrega: “En un pueblito de Tucumán, en un momento de mi viaje, tuve la sensación de que si alguna vez cayera en ese lugar de sopetón, si los marcianos me dejaran allí, sabría a primera vista que estoy en la Argentina, pero no podría decir exactamente por qué motivo. En eso que se me escapa se cifra lo nacional en un modo extraño. En algo que en la letra del Himno no he encontrado ni encontraré, supongo”.

Zapatillas viejas

Caparrós siempre dice que todos los viajes exóticos que hizo en su vida –y cuyas crónicas se reúnen en Larga distancia (1992), Dios mío (1994), La guerra moderna (1999) y en el documental de 2003, Crónicas mexicas, en el que reproduce la travesía mexicana que el conquistador Hernán Cortés llevó adelante en 1519– son una preparación para el viaje más difícil de todos: el de la manzana de su casa. Un viaje para el que su periplo a través de la Argentina sería una aproximación –según él– considerable, en razón de que “es fácil ver lo que uno quiere contar en lo exótico, pero no lo que forma el paisaje cotidiano”.

Sobre esto César Aira da una cabriola en un notable ensayo cuando escribe: “El americano no necesita viajar tanto como el europeo, porque en sus países inconexos, a medio hacer, encuentra mitades exóticas mirando por la ventana” (una lección que asimilamos, hasta decir basta, en el realismo mágico). Fue esa mezcla posible de familiaridad y exotismo –que Caparrós ya había experimentado en algunos lugares del interior a los que previamente había ido– la que le generó la mayor intriga a la hora de emprender este largo viaje. “Ir a esos pueblitos donde casi todo me es ajeno; donde casi no hay luz y la gente anda a caballo, y la vida consiste en subir las cabras al monte o cuidar a las vacas, pero que a su vez están poblados por personas que gritan los mismos goles, padecen los mismos gobiernos, pasan los mismos avatares económicos y hasta piden el mismo café con el mismo gesto más allá de que no haya un bar en donde viven... Quizá el propósito de mi viaje haya sido ése: ver cómo eran los desconocidos de la familia. Esos primos lejanos con los que tenés algún parentesco, porque compartís el apellido o algún bisabuelo, pero que no sabés quiénes son ni les conocés las caras.”

Una voluntad que denota un interés por contar historias mínimas en el marco de un proyecto que se muestra titánico, pero en el que, no obstante, se opta por pintar la mitad norte del país de manera impresionista, lejos de grandilocuencias y de ese falso esencialismo que Caparrós percibe, aggiornado, en el centro de ciertas relecturas recientes de la historia. “Pienso que en estos últimos tiempos una frase del eximio pensador Diego Armando Maradona ha marcado el rumbo: Estamos como estamos porque somos como somos. Una frase que si algo nos dice es que la tentativa de saber cómo éramos solo serviría para demostrar que siempre fuimos y seremos de la misma manera. Una forma que para mí es la más estúpida y paralizante que puede adoptar el pensamiento.”

Tanto sus incursiones a los santuarios de esos beatos paganos que son el Gauchito Gil (Corrientes), la Difunta Correa (San Juan) o San La Muerte (Chaco) como su paso por ese “pueblo boutique” en que se ha convertido Purmamarca, son tan solo unos pocos ejemplos de los numerosos sitios que Caparrós ha visitado, y que como si fueran viñetas articula en un texto que mezcla la entrevista, la crónica, el cuadro de costumbres y el ensayo, y hasta haikus y pasajes en verso. Un recorrido que no le esquiva el bulto, bien por el contrario, a las zonas sembradas de turistas, en tanto allí se dan situaciones que permiten reflexionar sobre el viaje en el presente. “El turismo pone en escena la finitud del tiempo, que uno en general trata de dejar de lado en la vida cotidiana porque si no se volvería loco. De ahí, esa especie de compulsión a disfrutar del paisaje, la ansiosa acumulación de instantáneas.”



Al comienzo de Infancia en Berlín, Walter Benjamin escribe que “importa poco no saber orientarse en una ciudad”, y que “perderse, en cambio, como quien se pierde en el bosque, requiere aprendizaje”. Una frase que el viajero Caparrós –quien acusa un “espantoso sentido del tiempo y de la orientación” que siempre le permite saber qué hora es y dónde está parado– dice tener presente cada vez viaja. “Hago grandes esfuerzos para perderme en las ciudades. De hecho, tenía una táctica que ahora uso menos, que consistía en tomar ómnibus sin tener la menor idea de hacia dónde iban. En la Argentina, por supuesto, perderse es más difícil. Aunque en un momento de mi viaje, en que estaba en la Puna e iba hacia un lugar por un camino que no tenía carteles y que cada tanto se abría en bifurcaciones, tuve la sensación de estar yendo a cualquier parte. Era un día soleado y hacía bastante frío, y el camino se hacía cada vez más complicado, y no había nadie a quien hacerle una pregunta y yo estaba perdido... Ese fue uno de los momentos más felices del viaje".

Fuente: Patricio Lennard, Página 12