jueves, 31 de julio de 2014

Pastillitas de saber

Breve diccionario de frases que decimos sin saber de dónde vienen


Son tan clásicas que uno suele repetirlas, con tanta naturalidad, que muchas veces se aplican como si fueran el programa automático de un moderno lavarropas. Es verdad: uno sabe qué significan y qué se quiere representar al decirlas. Pero, por lo general, se desconoce su origen. Son esas frases populares que andan de boca en boca desde hace mucho y que también son parte del habla de la Ciudad. Lo que sigue es una breve lista de algunas de esas frases y la historia de sus orígenes.
“Le metieron la mula”. 
Se traduce como le hicieron trampa. O hacer trampa “metiendo la mula”. Viene de los tiempos en que los carreros llegaban con su carga al mercado. Para saber cuánto pesaba la mercadería, subían con su carro a una gran balanza, después se descontaba el peso del carro vacío y así se sabía la diferencia. Pero algunos, en el pesaje, solían hacer que la mula que tiraba el carro pisara un poquito la balanza para agregar algunos kilos. Es decir: metían la mula.

“Sin decirle agua va”

Algo que ocurre por sorpresa, sin ningún aviso previo. La cuestión tiene que ver con una vieja costumbre de la época colonial, que llegó a Buenos Aires con los españoles. Por las noches, en las casas solía juntarse la orina en vasijas que estaban en los dormitorios. Y a la mañana, para deshacerse de esos líquidos, se los arrojaba a las calles de tierra por una ventana. Por lo general, la operación se advertía previamente con un grito: “agua va”.

“A cada chancho le llega su sanmartín”

Significa que a todos los alcanza algún momento de sufrimiento. Para algunos el origen tiene relación con el día de San Martín de Tours (11 de noviembre), un santo de origen francés, patrono de Buenos Aires. Cuentan que en esa fecha del otoño europeo era habitual carnear un chancho o comer carne de ese animal. Otros sostienen que “sanmartín”, era el nombre de un filoso cuchillo que se usaba para trozarlos.

“Por interés baila el mono”

Se aplica para definir a quienes hacen todo para lograr un beneficio, ya sea económico o de otro orden. Viene de los tiempos en que los antiguos organilleros que andaban por la calle llevaban a un monito, atado con una larga cadena. El animal solía bailar al compás de la música. Al final de cada interpretación, el mismo mono solía pasar un jarrito metálico para que los espectadores dejaran alguna moneda.

“Estás papando moscas” 

La expresión se suele utilizar para aquella persona que está distraída, mirando sin mirar y con la boca abierta. Papar es un viejo verbo que casi no se usa y que significa masticar algo blando. Y cuentan que en la catedral de Burgos, en España, hay una figura humana con una cara algo grotesca. Colocada sobre un gran reloj, hace sonar la campana que marca las horas, mientras abre y cierra su boca. Lo conocen como “el papamoscas”.

“Este no quiere más lola”

 Alude a aquella persona que se rindió a cumplir con determinado proyecto o que ya no tiene fuerzas para seguir con un objetivo. Cuentan que el origen viene de que en los hospitales a los enfermos se les solía dar una galletitas marca Lola, que fabricaba Bagley. Dicen que su elaboración era tan cuidada y sin agregados artificiales que por eso la recomendaban los médicos. Sin embargo, cuando uno de esos pacientes moría, algunos aplicaban la frase para definir el trágico final. Es un clásico porteño.

Por supuesto que hay muchas más y que el ingenio popular siempre aumenta la lista. Y hasta se han recopilado en libros como el titulado “Del dicho al hecho”, que editó el profesor Esteban Giménez. Entre las más curiosas hay una que se usa mucho entre los artistas para el día del estreno. Se les desea “mucha merde”. Viene de los tiempos en que la gente iba a los teatros con carruajes tirados por caballos. Pero esa es otra historia.

Fuente: Clarín

sábado, 26 de julio de 2014

Esta noche, cine: La ladrona de libros

De que las atrocidades del nazismo podían ser empleadas como material para nutrir una fábula destinada al público infanto-juvenil ya se tenían noticias y no habían sido de las mejores. Aquí la historia es suministrada por una novela australiana que fue best seller internacional y que mezcla las andanzas de una heroína, huerfanita e ingenua, que en el modesto pero acogedor hogar de sus padres de adopción, y junto al dueño de casa y a un joven judío que allí se esconde de la persecución nazi, descubre en los libros el oxígeno que le da fuerzas para resistir la opresión del régimen. En los libros, que abren para ella las puertas hacia la libertad y la belleza, los dueños del poder sólo ven un enemigo al que hay que quemar. Y para que a la nena no le queden dudas, bien temprano debe asistir a una de esas aberrantes ceremonias de quema de libros que ayudarán a garantizar "el fin del comunismo y de los judíos".

En ese ominoso reino del miedo, Liesel tiene la suerte de una heroína de cuento de hadas. Bien distinto de su gruñona Rose, su esposa, el papá adoptivo la mima y la comprende; descubre su pasión por los libros, le enseña a leer y hace de su sótano una especie de aula-cuaderno-biblioteca donde la chica puede estudiar. En la calle tiene a Rudy, un rubiecito que se torna su compinche y la defiende de otros chicos menos amigables. Y además, una de las clientas para las que Rosa lava y plancha ropa es la mujer del alcalde y tiene una biblioteca inmensa que pone a su disposición cuando descubre la adicción de la chica.
La visión superficial de un horror histórico y las situaciones artificiosas dominan el relato como si se tratara de un cuento de hadas, Rudy, por ejemplo, se embarra la cara para parecer negro, porque es de pies ligeros y quiere remedar a Jesse Owens, el hombre más rápido del mundo. Y cuando ya se han declarado enemigos del nazismo, van hasta un rincón alejado para poder gritar contra Hitler sin que nadie los oiga (¿?). En fin, todo es de un simplismo intolerable que ni siquiera -y a esto contribuye una dirección que no escatima clichés- consigue, aunque se lo proponga, generar escenas lacrimógenas, a pesar de los esfuerzos de la música dulzona de John Williams y del compromiso de los actores, desde la muy expresiva Sophie Nélisse, a los excelentes Geoffrey Rush y Emily Watson. La ambientación es cuidada -tal vez excesivamente prolija- y el relato en off -que como en el libro está a cargo de una Muerte que se confiesa abrumada por el exceso de trabajo en esos años- es una elección desdichada que el adaptador no se atrevió a remediar. Peor que eso: prefirió prolongar el cierre de la historia con el larguísimo epílogo donde la Parca anticipa el futuro de la protagonista.

Que en plena Alemania todo el mundo hable inglés -en algunos casos, uno muy británico- podría aceptarse. Lo que no es tan explicable es por qué si todos los personajes son germanos, algunos hablan inglés con acento alemán y por qué en ciertas circunstancias Liesel reacciona ante las malas noticias con sonoros "Nein!", "Nein!".




Fuente: Fernando López

miércoles, 23 de julio de 2014

Y vos, ¿de qué tenés miedo?

Ana María Shua nos ofrece todo tipo de tentaciones literarias para que la vida tenga otros gustitos, incluida la variedad de amargos. Desde risas y emociones de la cocina judía, poesía de amor, bellas coplas y hasta una antología de la misoginia en el cuento popular. Es autora de libros que alborotan la biblioteca, con historias que duelen y conmueven, que provocan estupor o una risa indeleble. Novelas de sensualidad prematura, como Los amores de Laurita; la ferocidad hospitalaria de Soy paciente o la dieta como destino en El peso de la tentación; también sus cuentos de Como una buena madre o la selección que realizó Samanta Schweblin en Contra el tiempo, un compendio de pesadillas vitales. Shua es referente del microrrelato, piezas de relojería ficcional: La sueñera, Casa de geishas o La botánica del caos. Pero tiene una obra que brilla en la oscuridad: sus decenas de libros para niños y jóvenes, donde poesía y terror se anudan en adorables preguntas e inesperadas recomendaciones. Los hay para todas las edades. Los títulos conforman una galaxia de miedos cercanos: Los monstruos del Riachuelo, La luz mala, Miedo de noche, Cuidado que hay trampa, Los seres extraños, Planeta Miedo, Los devoradores, Cuentos con fantasmas y demonios, entre muchísimos otros.



"Lisandro estaba jugando en la plaza cuando se acercó un señor que llevaba de la correa un perro muy grande. El perro ladró fuerte. En vez de asustarse como siempre, Lisandro le acarició la cabeza. Y el perro le lamió la mano", relata Shua en su texto.

"`El Miedo a los Perros` se escapó de su cuerpo y salió corriendo. Era de color azulado", describe Shua en el libro ilustrado por Sebastián Dofour y publicado por el sello Aerolito de Capital Intelectual.

El pequeño protagonista persigue a su miedo porque no quiere que se le vaya del todo. Así entra por el hueco de un árbol y se topa con el país lleno de miedos perdidos, compuesto por los `Miedos al Trueno`, `Miedos a Prender el Fuego`, `Miedo a que te Coma el mar`, a los `Fantasmas` y a que se `Caiga un Diente`.

Luego de su asombro por conocer un mundo distinto, Lisandro termina su paseo cuando recuerda que quizás su mamá tenga miedo a perderlo en la plaza, mientras uno de los miedos le explica la utilidad de su existencia y le ofrece llevarse algún de recuerdo desagradable.

                                                                  ***

En esta Feria del libro 2014 hubo un libro nuevo, terroríficamente tierno: El país de los miedos perdidos, de la colección infantil Aerolitos, de Capital Intelectual, ilustrado con las pinceladas mágicas de Sebastián Dufour. La historia es un hallazgo: ¿adónde van los miedos que se pierden? Esa indagación despierta inquietudes: ¿qué hace uno al respecto? ¿Luce su nueva valentía o añora estremecerse? ¿Se libera del miedo o, más bien, se siente libre para asustarse con algo nuevo?

"La gran pasión de mi vida ha sido el miedo", dijo el filósofo Thomas Hobbes. Y de eso también se alimenta Shua en este pequeño gran libro para niños. Comienza cuando Lisandro, en vez de asustarse cuando le ladra un perro, le acaricia la cabeza, y éste le lame la mano. En ese momento, Lisandro "se dio cuenta de que estaba empezando a perder el miedo a los perros". Pero en vez de alegrarse, lo sorprendió el desprendimiento. Su miedo a los perros, "de color azul", se le escapó del cuerpo metiéndose en el hueco de un árbol. Al mejor estilo Alicia en el país de las maravillas, el niño se zambulló en la verde cavidad y apareció así en El País de los miedos perdidos. Allí se encuentra con barrios de distintos temores. El barrio de los Miedos al trueno, la Ciudad de los Miedos Más Comunes y un miedo al que pocos saludan porque viene con la vergüenza adherida: el Miedo a Hacerse Pis Encima, etcétera.



Más que un inventario de miedos es una llamada a inventar los propios. Por eso Lisandro, al irse de allí, se apropia de uno chiquito. No voy a decir cuál. Y tampoco es importante. Lo que vale es mantenerse en guardia, no vaya a ser cuestión de que uno se quede sin miedos. No hay manera de defenderse.

Como complemento, un ensayo sobre el género, recién publicado por Fondo de Cultura Económica, El irresistible cuento de hadas, de Jack Zipes, ensayista y catedrático, también autor de Los Hermanos Grimm, del bosque encantado al mundo moderno.


Fuente: Silvia Hopenhayn.

sábado, 19 de julio de 2014

El derrumbe de los decorados

"Lo que falta hoy son hombres terriblemente éticos, que no hagan ninguna concesión", dice Castillo al hablar del legado de Albert Camus, de cuya muerte se cumplen 50 años. El gran escritor nacido en Argelia, narrador, dramaturgo y ensayista, fue una figura central para la generación del escritor argentino, que publicó en su revista la polémica Camus-Sartre.
La lluvia contiene el aliento con paciencia de francotirador. Es una de esas noches previas a la Navidad en Buenos Aires –sobre mugrosa, mojada– y en calles no lejanas se duerme y se muere entre cartones que envolvieron baratijas venidas de Taiwán. El absurdo del mundo acecha, como dice Camus, "a la vuelta de cualquier esquina", y el calor evoca vaticinios de fin del mundo, parece imponer a los seres humanos de su destino colectivo, de su inescapable historicidad: la certeza de que finalmente todos –los de la sartén por el mango y los que han vivido y sufrido para echar en ella los frutos de la tierra, y los que han recibido las sobras del banquete, y los que han mirado hacia otra parte– nos coceremos en el mismo caldo recalentado. Y sin embargo, ventanas adentro, hay todavía la posibilidad de un ámbito sereno, un estudio pulcro y ordenado, con sus cuatro paredes barrocamente recubiertas por el tesoro de los libros venerables y queridos, donde un escritor cita de memoria y casi sin error un párrafo de El mito de Sísifo, el famoso ensayo de 1942 en el que Albert Camus fundamentaba su filosofía del absurdo: "Suele suceder que los decorados se derrumben. Levantarse, tomar el tranvía, cuatro horas de oficina o de fábrica, la comida, el tranvía, cuatro horas de trabajo, la cena, el sueño y lunes, martes, miércoles, jueves, viernes y sábado con el mismo ritmo, es una ruta que se sigue fácilmente durante la mayor parte del tiempo. Pero un día..." 

Seguramente es ya un "derrumbe de los decorados" lo que a su manera oscura prefiguraba el genio de Kafka en 1915 (cuando Camus era apenas un pichón de pied noir) y que podría colocarse, con toda naturalidad, a continuación de aquella cláusula del "pero un día": "[Pero] una mañana, Gregor Samsa despertó de un sueño intranquilo y se encontró convertido en un enorme insecto".

Y el hombre que día tras día se levanta y toma el tranvía podría ser el mismo que, antes y después de El mito de Sísifo, despojaba Beckett de todo menos la remota nostalgia de un sentido: "[Pero] el sol brillaba, no teniendo otra alternativa, sobre lo nada nuevo" (Murphy, 1938); "[Pero] pronto, a pesar de todo, estaré por fin completamente muerto" (Malone muere, 1952). Ese reconocimiento atraviesa toda la cultura de nuestra época.

Pero, pero, pero... pocos, entre nosotros, han hecho tan explícitamente suyo ese "pero" como Abelardo Castillo, quien en 1961 –apenas un año después de la muerte "absurda" de Albert Camus en un accidente automovilístico el 4 de enero de 1960– incluía en su primer volumen de cuentos, Las otras puertas, el memorable relato "Also sprach el señor Núñez" (clara alusión al Nietzsche que hay detrás de todo Camus bien leído), el cual arranca precisamente así:
"Pero un lunes, sin aviso previo, Núñez llegó a la Pirotecnia con una valija, o tal vez era un baúl grandioso, descomunal, pasó por la portería a las diez y media, no marcó tarjeta, no subió al guardarropa. Abrió la puerta vaivén de un puntapié y dijo:
–Buen día, miserables."
"Lo que está antes del 'pero' es la frase de Camus –declara Castillo en la calma de su estudio, en la vieja casa donde él y su pareja, Sylvia Iparraguirre, han construido un doble refugio de vida en común y escrituras solitarias–; frase que yo todavía no había leído, eso es lo curioso, pero que sentía con mucha fuerza. Es la irrupción del absurdo, dice Camus: 'Pero un día surge el por qué y todo comienza con esa lasitud teñida de asombro'. Es como si en ese momento, con ese movimiento de la conciencia, cambiara todo. También es el momento en que se empieza a ser consciente del tiempo y de la propia precariedad."

Los argelinos

Venir a hablar de Camus con Abelardo Castillo no es una arbitrariedad impuesta por la efeméride o por el ingenio contorsionista de un editor a la caza de un "tratamiento periodístico". Camus murió hace cincuenta años y, aquí y ahora, cuando su nombre parece haber dejado de acudir a los labios de quienes enumeran influencias, hay pocas memorias tan lúcidas como la del autor de El que tiene sed y Crónica de un iniciado a las que apelar en busca de una visión especular de aquello que, desde mediados del siglo XX, marcó debates políticos y culturales decisivos a ambos lados del Atlántico. Si de efemérides se trata, poco antes y poco después de la muerte de Camus se concentran, para Castillo, algunas fechas decisivas. En 1959 era premiado con la publicación y representación de su primera obra teatral, El otro Judas (donde el tema de la traición y la culpa pone en acto la cuestión de la responsabilidad individual, tema tan afín a los del existencialismo y el propio Camus); ese mismo año fundó junto con Arnoldo Liberman, Humberto Constantini y otros la revista de literatura El Grillo de Papel, de la que llegaron a aparecer seis números antes de que, en 1960, el gobierno de Arturo Frondizi la prohibiera por su clara filiación marxista. En 1961, Castillo reincidió al fundar –junto con Liliana Heker– la revista El Escarabajo de Oro, que aparecería hasta 1974 y que llegó a ser una de las publicaciones más influyentes y representativas de aquella época, como en la década anterior lo había sido Contornos. El escarabajo de oro puso en circulación textos de Miguel Angel Asturias, Cortázar, Carlos Fuentes, Juan Goytisolo, Beatriz Guido, Augusto Roa Bastos, Ernesto Sabato, Dalmiro Sáenz; y dio por primera vez espacio a Liliana Heker, Ricardo Piglia, Miguel Briante, Alejandra Pizarnik, Haroldo Conti. En el marco de la "Biblioteca El Escarabajo de Oro", en 1964, Castillo y Heker editaron en un volumen hoy casi inhallable la famosa Polémica Sartre/Camus que había tenido lugar en 1951 en Les Temps Modernes, dirigida por Sartre, a raíz de una crítica a El hombre rebelde de Camus escrita por Francis Jeanson, y que por el 53 o el 54 Castillo había leído en las páginas de Capricornio, otra revista mítica que supo dirigir Bernardo Kordon.

"Mi primera lectura de Camus fue casi simultánea con el descubrimiento de Sartre –dice Castillo–. Yo tenía 18 o 19 años, y con un amigo de San Pedro leíamos la polémica Sartre/Camus a la sombra de un árbol. Lo que da la medida de la irradiación que tenían esos nombres en esa época. Porque no es Buenos Aires, no es el Petit Café o El Aguila donde estaban los existencialistas, o la Facultad de Filosofía; es un pueblo de la provincia de Buenos Aires que no se caracteriza por sus relaciones con la filosofía contemporánea. Eso llegaba casi a todos lados de una manera muy inmediata, se publicaban ciertas cosas en Francia y acá salían en las revistas literarias. Sartre me llevaba treinta años, y Camus veintitantos, pero uno los sentía como a sus contemporáneos. Esa cercanía empieza con la generación de Contorno, tal vez los primeros lectores de Sartre aquí, aunque ellos tomaron más el Sartre de la noción del compromiso en literatura, cosa que a mí nunca me interesó demasiado. Yo me interesé en la filosofía existencialista, en el Sartre posterior, que relee la noción de compromiso. Con él aprendí a pensar, y saqueé sus libros porque quería esa influencia. La influencia de Camus, por lo menos en mí, fue menor que la de Sartre; pero por una razón paradojal. Es como si yo ya hubiera venido influido por Camus. No necesitaba su influencia, porque su visión del mundo era algo que me era constitutivo. Pertenecía a mi propia experiencia. Hoy citaba Sylvia (Iparraguirre) ese pasaje de El primer hombre en que el narrador habla de su padre: 'Lo que odiaban de él era el argelino'. Es algo que yo he sentido muy fuertemente dentro de la intelectualidad de Buenos Aires. Siempre me sentí como una especie de argelino, uno venido de afuera, que se las arregla como puede.

La edición de la polémica por El Escarabajo de Oro, además de las cartas de Camus a Sartre y de Sartre a Camus, reponía la reseña crítica de Jeanson y un epílogo de éste a la controversia, cuyo detonante fue la reacción de Camus a las críticas recibidas por su libro y que marcó el distanciamiento de esas dos personalidades de la cultura francesa. Además, incluía el texto que años más tarde dedicaría Sartre a la memoria del antiguo amigo y camarada y que se reproduce en estas páginas (véase "El cartesiano del absurdo"). "Siempre se le ha criticado a Camus, sobre todo en su último año, la ruptura con la llamada 'izquierda'. Camus se atrevió a decir cosas que en ese momento yo también criticaba –confiesa Castillo– porque entonces quería estar más cerca de Sartre, aunque espiritualmente me sentía más cerca de Camus. Llegó a decir: 'Si la verdad estuviera a la derecha, yo iría a buscarla ahí'. Era una especie de blasfemia, en el mundo de la posguerra, en el mundo de Sartre, decir eso. Pero es de la mayor lucidez, porque las verdades están en cualquier parte y hay que ir a buscarlas donde estén, no de acuerdo con un presupuesto ideológico previo. Lo que separa a Camus de Sartre no es en absoluto la filosofía o su relación con el mundo o su actitud ante la vida; es una cuestión meramente política. La discusión de ellos pasa por esto: ¿era prudente o no hablar entonces de los campos de concentración soviéticos? Ese era el nudo de la cuestión."

Para el 64, el editor de El Escarabajo de Oro ya no era el adolescente que quería dejarse influir por la irradiación del pensamiento sartreano, y a la hora de rescatar la discusión entre Camus y Sartre en su propia revista podía ver un anuncio de sus propias controversias: "En el 59 o 60 se desata la polémica mía con Héctor Agosti. Lo que se discutía era si era razonable y conveniente discutir con el Partido Comunista en ese momento, cuando era perseguido; si era hacerle el juego a la derecha o no. Esa polémica la publiqué tiempo después, en un libro que se llama Discusión crítica a 'La crisis del marxismo', porque en ese momento, aunque Liberman decía que había que publicarla y que las verdades deben ser dichas en el momento, yo sostenía que no era oportuno, digamos, porque era como darle a la derecha una herramienta servida en bandeja. Discusión permanente de los intelectuales argentinos, que no necesitan ser sólo argentinos ni sólo intelectuales. Todos estábamos como cargados de responsabilidad; no estaría mal que volviera un poco eso porque dan escalofríos, hoy, la falsa responsabilidad y la banalización de las ideas".

Es posible que Camus necesitara librarse de la enorme sombra proyectada por Sartre a su alrededor. Castillo señala ese párrafo de El mito de Sísifo donde Camus habla del absurdo como "lo inhumano" que "también los hombres segregan": "Este malestar ante la inhumanidad del hombre mismo, esta caída incalculable ante la imagen de lo que somos, esta 'náusea', como la llama un autor de nuestros días, es también lo absurdo". "Es notable –dice Castillo– que en este libro se cite con nombre y apellido a Malraux, a Jaspers, a Husserl, a Heidegger, a Kierkegaard, y que a su amigo Sartre no lo haya nombrado. Decir 'náusea' es decir Sartre; pero todo lo que nosotros buscábamos acá, ser sartreanos, ser existencialistas ateos, ser camuseanos..., a Camus parece que le molestaba mucho. Sin duda el peso de Sartre debe haber sido en Francia más o menos como el peso de Borges en la Argentina o el de Neruda en Chile. Y Camus era un hombre demasiado singular, que no tenía ningún interés en que lo confundieran con los otros, que no quería parecerse a nadie."

"No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio", escribió Camus. La radicalidad de la declaración que inicia El mito de Sísifo tenía que tener necesariamente un eco en el espíritu afín de Castillo. "La irrupción de Camus en mi generación –dice el escritor argentino–, es a partir de ese libro. Pero uno de los errores de interpretación más frecuentes al leerlo es decir que se trata de una especie de exaltación del suicido, o una defensa del suicidio, cuando es todo lo contrario. Lo que Camus se proponía era mostrar que, pese a que tal vez la vida no merece ser vivida, la elección de la vida es un acto de soberana libertad. Como él señala, casi nunca los grandes pensadores pesimistas, los que han abominado de la vida, se han matado. El caso típico es Schopenhauer; también podríamos mencionar a Cioran. Y sí suelen matarse los grandes amadores de la vida. Esa canción que dice: 'Gracias a la vida / que me ha dado tanto' fue escrita por una suicida. Maiacovsky, el gran exaltador de la vida, termina matándose. Es el que idealiza el mundo el que va a sufrir la desilusión más terrible. Lo que Camus hace es demostrar las razones por las que un hombre debe vivir. Y a su manera lo consigue."

Si Sartre definió a Camus como un cartesiano de la moral, no deja de haber en ello –aun en el marco del panegírico– un señalamiento crítico. Aunque Sartre estaba en desacuerdo con los maoístas, en cierto momento juzgó oportuno poner su prestigio de ese lado. "Camus nunca hubiera hecho eso porque Camus necesitaba que la verdad fuera un absoluto –dice Castillo–. Tal vez era más ingenuo en ese sentido, y mucho menos práctico. Pero creo que ése es el gran legado de Camus. Porque lo que nos falta hoy son hombres terriblemente éticos que no hagan ninguna concesión, que vayan a buscar la verdad adonde esté, no en el eslogan o en la ideología previa".

Un poco de literatura

Si se trata del contacto primordial entre el escritor Camus y el lector Castillo, en términos más estrictamente literarios, las opiniones de Castillo tienen la misma contundencia que los debates ideológicos. "Lo primero de Camus que me dio vuelta del revés fue Calígula. Sigo creyendo que es una de las tres o cuatro grandes obras de teatro del siglo XX junto con Galileo Galilei de Brecht, El diablo y Dios de Sartre y alguna más, y de las más grandes entre las piezas de corte histórico. Contiene todos los grandes temas de Camus. En la última escena de mi obra Israfel, cuando Israfel frente al espejo tira la botella, no hace falta ser un lince para darse cuenta de que hay una influencia poderosa del Calígula de Camus, que dice frente al espejo: 'estoy vivo todavía'. Esa última frase es como la corporización del mito de La peste, por entonces aún no escrita. Es la peste que siempre está latente, dispuesta a surgir en cualquier momento. Cuando Camus le hace decir a Calígula 'estoy vivo todavía', en realidad está haciendo hablar a lo que Calígula significa en la pieza; es decir: 'yo soy la peste'. Después cayó en mis manos El extranjero, que no es el libro de Camus que más me gusta. Siempre me ha gustado mucho más La caída. El extranjero revolucionó las letras de su tiempo, pero entonces yo ya había leído La náusea y no podía dejar de cotejarlo: sentía que La náusea era mucho más poderoso. Sin embargo, hoy no sabría decir cuál de los dos escritores era mejor creador literario, porque para juzgar a Camus tenés que leer no sólo El extranjero sino también La caída, La peste, los relatos de El exilio y el reino, y sobre todo la obra que se encuentra después de la muerte de Camus, El primer hombre, que para mí es su mejor obra, de alguna manera mejorada por el hecho de que Camus no la pudo terminar. Camus tenía tendencia a ornamentar demasiado, y eso se nota en su prosa ensayística. Pienso que obras como El primer hombre, como Calígula o La caída se escriben muy rara vez en la historia".

Castillo prepara hoy, bajo el título de Desconsideraciones, una edición de sus propios ensayos que no casualmente incluirá un texto suyo sobre Camus, "El argelino silencioso". El texto busca en la muerte de Camus las claves para leer su vida y su obra: "Cuando Camus, absurdamente, se mató en un accidente automovilístico tenía 46 años. Absurdamente: escribir que esta muerte prematura fue absurda no es intercalar un adverbio emotivo, sino aceptar las leyes del mundo espiritual de Camus. En un universo absurdo, la muerte, si no se la ha elegido, es una contingencia tan irrazonable como la vida. [ ...] Justamente por absurda, la muerte de Camus se constituyó como destino. Cuando tenía treinta años, escribió: 'Existe un hecho evidente que parece enteramente moral: un hombre es siempre presa de sus verdades. Una vez que las reconoce no puede apartarse de ellas. No hay más remedio que pagarlas'. Tuberculoso desde la adolescencia, sobreviviente de la miseria africana, de la guerra, del suicidio –escribió un libro entero para justificar el no matarse y exaltar la esperanza en un mundo que afirma la desesperación y niega la vida–, parecía inmunizado contra la muerte. Sólo podía matarlo el azar. Pero, si es cierto que siempre pagamos por nuestras verdades, el azar es una forma secreta del destino. 'Mi obra no ha comenzado', solía decir. En Estocolmo, en su discurso ante la academia sueca, se describió a sí mismo como un hombre 'cuya obra está todavía en el telar'. Se tiene la tentación de creerle. El extranjero, La peste, La caída, unas pocas piezas de teatro, de las cuales sólo una (Calígula) puede ser considerada definitiva, algunos relatos y ensayos impecablemente escritos, conforman la obra total de Camus", escribe Castillo, en consonancia con la invitación de Sartre, que afirmaba: "Habrá que aprender a ver esta obra mutilada como una obra total".

Camus Básico

Mondovi (Argelia), 1913 - Villeblerin (Francia), 1960. 
Escritor

Vivió su infancia y juventud en Argelia, experiencia que dominó su pensamiento y su literatura. En 1940 se instaló en París donde encontró trabajo como periodista. Con la publicación de El extranjero y del ensayo El mito de Sísifo, obras que reflejan la influencia que sobre él tuvo el existencialismo, su nombre comenzó a cobrar peso en los círculos intelectuales franceses. Su obra refleja la sensación de desencanto de la sociedad, junto a la afirmación de las cualidades positivas de la dignidad humana. En 1957 recibió el Premio Nobel. 




Fuente: Ariel Dilon

miércoles, 16 de julio de 2014

La conciencia del imperio

La invasión a Afganistán es "uno de los actos más inmorales de la historia moderna", afirma el lingüista Noam Chomsky, devenido tras la guerra de Vietnam, en crítico feroz de la política exterior estadounidense. Aquí, su mirada sobre la actualidad.


Noam Chomsky es en el mundo angloparlante lo más parecido a una superestrella intelectual. Filósofo del lenguaje y activista político de gran reputación académica, dado que prácticamente inventó la lingüística moderna, se reúne con presidentes, interpela a la Asamblea General de la ONU y cuenta con un gran público internacional. Cuando habló en Londres recientemente, donde esta entrevista fue realizada, miles de jóvenes se disputaron las entradas para asistir a sus conferencias, que se transmitieron en vivo por Internet a todo el globo y en las que el lingüista estadounidense de ochenta años contestó preguntas desde lugares tan lejanos como Gaza. 

Sin embargo, el grueso de los medios masivos occidentales no parece haberlo advertido. Se venden centenares de miles de sus libros, los estudiantes lo rodean como a un personaje célebre, pero rara vez se informa sobre él o se lo entrevista en los Estados Unidos, excepto en los sitios web y los diarios radicalizados. La explicación, por supuesto, no es difícil de encontrar. Chomsky es el crítico estadounidense más destacado del papel imperial de los Estados Unidos en el mundo, y utilizó su erudición y su posición para revelar y condenar ese papel desde la época de Vietnam.

Al igual que el filósofo inglés Bertrand Russell –que criticó las guerras con respaldo occidental hasta su muerte a los noventa y siete años de edad–, Chomsky aportó su prestigio académico a una infatigable campaña contra las barbaridades de su propio país en el exterior, si bien, a diferencia del aristocrático Russell, Chomsky es hijo de refugiados judíos de clase trabajadora que huyeron de la persecución zarista. No es extraño que se le haya devuelto el golpe con denuncias o, lo cual es mucho más habitual, con silencio. Mientras una figura de mucho menor peso como el filósofo atlantista francés Bernard Henri-Levy goza de un enorme respeto tanto en su país como en el exterior, se ignora a Chomsky y también su genuina popularidad.

De hecho, sus libros están prohibidos en la biblioteca de la cárcel estadounidense de Guantánamo. El mismo es el más claro ejemplo de su modelo de cómo el disenso se elimina de los medios occidentales, modelo que planteó en su libro Fabricando el consenso, de 1990. Sin embargo, como Chomsky es el primero en señalarlo, la marginación de quienes se oponen a la política estatal occidental no es nada en comparación con la brutalidad de que son objeto los que desafían a los Estados que cuentan con el apoyo de los Estados Unidos y sus aliados en Oriente Medio.

Nos encontramos en una pausa en medio de una agenda de clases y conferencias que resultaría agotadora para un hombre de la mitad de su edad. En el podio, el estilo de Chomsky es seco e inexpresivo a medida que recorre regiones y conflictos históricos casi sin respirar, siempre con el respaldo de multitud de fuentes y citas, a menudo de archivos del gobierno y funcionarios estadounidenses.

En el diálogo, sin embargo, es cálido y vehemente, características que sólo modera una leve sordera. Hace poco volvió a viajar, explica, luego de un período de tres años en los que se dedicó a cuidar a su esposa y colega lingüista Carol, que murió de cáncer hace un año. A pesar de su situación privilegiada, su exposición a las persistentes injusticias y los gastos exorbitantes del sistema de salud estadounidense le produjo una evidente indignación. Las salas de emergencia públicas son "salvajes; no hay atención alguna", dice, y el mismo tipo de intereses empresariales que guían la política exterior de los Estados Unidos es también el que fija los límites de la reforma social interna.

Las tres variantes que se analizan en la actualidad para la reforma del sector de la salud, de Barack Obama, están "a la derecha de la opinión pública, que está en una proporción de dos a uno a favor de una opción pública. Pero el NewYork Times dice que eso no tiene apoyo político, con lo que se refiere a las empresas farmacéuticas y de medicina prepaga". Ahora el American Petroleum Institute está decidido a "emular el éxito del sector de la medicina prepaga en lo relativo a impedir la reforma del sistema de salud", dice Chomsky, y a hacer lo mismo con las esperanzas de una acción internacional genuina en la reciente cumbre sobre el cambio climático de Copenhague. Sólo las formas del poder cambiaron desde la fundación de la república, señala, cuando James Madison insistía en que el nuevo Estado debía "proteger a la minoría opulenta de la mayoría".

Chomsky apoyó la campaña electoral de Obama en los Estados indecisos, pero considera que su presidencia representa poco más que un "viraje de vuelta al centro" y una asombrosa continuidad de la política exterior de la segunda gestión de George Bush. "El primer gobierno de Bush fue un caso extremo. El prestigio de los Estados Unidos cayó a un punto sin precedentes, y eso no le gustó a la gente que dirigía el país." Pero le sorprende que en el exterior tanta gente, sobre todo en el tercer mundo, se sienta desilusionada ante lo poco que cambió Obama. "Su retórica de campaña, de esperanza y cambio, era de una completa vacuidad. No había una crítica de principio en relación con la guerra de Irak: la calificaba de error estratégico. Condoleezza Rice era negra. ¿Eso significa que tenía una actitud solidaria ante los problemas del tercer mundo?"

El veterano activista describe la invasión estadounidense a Afganistán como "uno de los actos más inmorales de la historia moderna", que unió al movimiento jihadista en torno a al-Qaeda, aumentó mucho el nivel de terrorismo y fue "del todo irracional, a menos que la seguridad de la población no sea la prioridad principal". Por supuesto, Chomsky considera que no lo es. "Los Estados no son agentes morales", dice. Piensa que ahora que Obama intensifica la guerra queda aun claro que la ocupación tiene que ver con la credibilidad de la OTAN y del poder global de los Estados Unidos.

Se trata de un tema recurrente en el pensamiento de Chomsky sobre el imperio estadounidense. Sostiene que desde que los funcionarios gubernamentales formularon por primera vez el plan de una estrategia de "grand area" para la dominación global de los Estados Unidos a principios de la década de 1940, los sucesivos gobiernos se guiaron por un "principio de padrino que abreva directamente en la mafia: el desafío no puede tolerarse. Es una característica central de la política estatal". Es necesario castigar el "desafío exitoso" incluso si se perjudican intereses comerciales, como en el caso del bloqueo económico a Cuba, para evitar que "haya contagios".

La brecha entre los intereses de los que controlan la política exterior estadounidense y el público también se hace evidente, según Chomsky, en el persistente apoyo de los Estados Unidos a Israel y del rechazo a la solución de dos Estados que se propone desde hace treinta años. Ello no se debe al poder del lobby israelí en los Estados Unidos, sino a que Israel es un valor estratégico y comercial que no socava sino que refuerza la hegemonía estadounidense en Oriente Medio. "Hasta en los años 50 el presidente Eisenhower se mostraba preocupado respecto de lo que llamaba una campaña de odio a los Estados Unidos en el mundo árabe debido a la percepción de la opinión pública árabe de que Washington apoyaba a regímenes opresivos para aprovechar su petróleo."

Medio siglo después, a empresas como Lockheed Martin y Exxon Mobil les va bien, dice: la posición unilateral de los Estados Unidos en Oriente Medio no perjudica sus intereses por más riesgos que pueda implicar para todos los demás.

En ocasiones, la izquierda critica a Chomsky por alentar el pesimismo o la inacción al hacer hincapié en el peso abrumador de los Estados Unidos o por no relacionar su propio activismo con los movimientos laborales o sociales existentes. Sin duda considera que se basta a sí mismo, sostiene algunas posiciones peculiares (me sorprendió, por ejemplo, escucharle decir que Vietnam fue una victoria estratégica para los Estados Unidos en el sudeste asiático a pesar de su humillante retirada en 1975) y fue blanco de críticas por defender la libertad de expresión de quienes niegan el Holocausto. Se define como un anarquista o un socialista libertario, pero con frecuencia suena más como un liberal radicalizado, lo cual tal vez sea el motivo de que indigne a los liberales estadounidenses más convencionales, a los que no les gusta que sus puntos de vista se lleven a una conclusión lógica.

De todos modos, tratándose de un octogenario que se muestra activo en la izquierda desde la década de 1930, Chomsky parece de un optimismo sorprendente. Es un vehemente partidario de la ola de cambio progresista que recorre América del Sur en los diez últimos años ("una de las críticas que los liberales le hacen a Bush es que no le prestó suficiente atención a América Latina. Fue lo mejor que pudo pasarle a América Latina"). 

También considera que en la actualidad el poder imperial tiene limitaciones que no existían en el pasado: "No pudieron salirse con la suya con el tipo de guerra química y bombardeos con B52 que utilizó Kennedy" en los años 60. Abriga incluso ciertas esperanzas en relación con Internet como forma de sortear el monopolio de los medios que dominan las empresas.

¿Pero qué pasa con la frecuente acusación de que es una figura "antiestadounidense" que sólo ve los crímenes de su propio gobierno al tiempo que ignora los crímenes que cometen otros en el mundo? "La hostilidad hacia los Estados Unidos es un concepto completamente totalitario", replica. "La misma idea es idiota. Por supuesto que uno no niega otros crímenes, pero nuestra principal responsabilidad moral es por nuestros propios actos, respecto de los cuales podemos hacer algo. Es la misma acusación que hizo en la Biblia el rey Ajab, el epítome del mal, cuando le dijo al profeta Elías: ¿Por qué odias a Israel? Se identificaba a sí mismo con la sociedad y a la crítica del Estado con la crítica de la sociedad."

Es una analogía elocuente. Chomsky es un hombre de estudiada modestia que rechazaría cualquier comparación de ese tipo. Sin embargo, en la tradición bíblica del conflicto entre profetas y reyes, no cabe la más mínima duda de a qué bando representa.

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Chomsky Básico

Es uno de los intelectuales más importantes del siglo XX y, desde la guerra de Vietnam, un ferviente activista político que denuncia los peligros de la hegemonía estadounidense. Desde 1955, enseña filosofía y lingüística en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). Académicamente es más conocido por su "gramática generativa", que sostiene que muchas propiedades del lenguaje son innatas, resultado de una programación genética. Ha escrito, entre otros, "Aspectos de la teoría de la sintaxis", "Sobre el poder y la ideología" y "Piratas y emperadores".
Inventario

Chomsky en castellano

Cómo mantener la plebe a raya (SIglo XXI). 
El bien común (Siglo XXI).
El terror como política exterior de Estados Unidos (Libros del Zorzal).
Escritos libertarios (Capital intelectual).
Estados fallidos (Edic. B).
El gobierno en el futuro (Anagrama).
Poder y terror (Del nuevo extremo).
Estados peligrosos (Paidós).
Los nuevos intelectuales (Península).
El nuevo humanismo militar (Siglo XXI). 
Lo que realmente quiere el tío Sam (Siglo XXI). 
El nuevo orden mundial (Crítica).
Actos de agresión (Crítica).


Fuente: The Guardian y Clarin. Traduccion de Joaquin Ibarburu.

sábado, 12 de julio de 2014

La brutalidad de los textos sagrados

Icono del cómic underground, Robert Crumb acaba de publicar una obra que se inspira en el Génesis. Opinan los artistas León Ferrari y Lucas Varela, quien la considera una obra maestra.

Que un historietista se decidiera a hacer una versión del Génesis no es tan raro. Muchos de los grupos cristianos que van de casa en casa en busca de nuevos fieles llevan consigo materiales de propaganda en los que aparecen relatos dibujados de pasajes de la Biblia. En Estados Unidos, incluso, hay toda una industria de cómics cristianos, que no venden lo que las revistas de superhéroes, pero de todas formas son bastante populares. Y en la Argentina de los primeros años 80 se vendía en los kioscos de diarios un coleccionable llamado "La Biblia para niños" que contaba el Nuevo Testamento a través del lenguaje de la historieta, con personajes de caras redondas y ojos grandes, al estilo del manga japonés. Salía los martes. 

Lo que llama la atención es quien se lanzó a hacer su propia versión de los textos sagrados. Pocos de los muchos fanáticos que tiene por el mundo Robert Crumb se imaginaban que el gran maestro del cómic underground iba a salir de su largo letargo creativo con una obra inspirada en el Génesis. Y el asombro está dado, sobre todo, porque Crumb se hizo famoso gracias a historietas libertinas que narraban sus obsesiones con las mujeres y daban testimonio del desenfreno lisérgico de los hippies de San Francisco, durante la década de 1960. Que Robert Crumb publique un cómic sobre el Génesis era tan impensado como que Mick Jagger escribiera un libro sobre el valor de la castidad. Pero ocurrió.

No sólo ocurrió, sino que, además, es una versión extremadamente respetuosa, casi literal, que deja en nada las sospechas de que iba a tratarse de una relectura salvaje del Antiguo Testamento, marcada por el erotismo y la ironía que conforman el ADN de la obra de Crumb. Eso no es, sin dudas, lo que esperaban los amantes del cómic cuando se anunció la aparición del libro, cuya edición en castellano acaba de ser presentada en España por la editorial La Cúpula y previsiblemente será distribuida muy pronto en la Argentina.

La historia del Robert Crumb que revolucionó el lenguaje de las historietas comienza en 1967, cuando se mudó a San Francisco, donde estaba estallando el "verano del amor". Hasta entonces se había ganado la vida dibujando tarjetas de felicitación y haciendo ilustraciones para pequeños medios de prensa, así que la llegada a San Francisco le voló la cabeza –literalmente–, ya que allí comenzó a experimentar con drogas alucinógenas, a frecuentar salas de música donde actuaban grupos psicodélicos como Jefferson Airplane y a disfrutar de las bondades del amor libre. Allí, al poco de desembarcar, fundó Zap Comix, una revista legendaria en la que publicaba tiras que describían el alocado entorno que lo rodeada y que hoy es considerada como la primera piedra del cómic underground (hasta entonces los cómics eran fundamentalmente un fenómeno manejado por grandes editoriales y no tocaban temas considerados conflictivos). 

Antes de largarse a vivir en una granja, siguiendo la premisa hippie, y luego a un pequeño pueblito francés, Crumb tuvo tiempo para crear personajes profundamente representativos de los 60, como Fritz El Gato y Mr. Natural, e ilustrar la tapa de discos emblemáticos de esa década como Cheap Thrills, de Big Brother and the Holding Company, el grupo de Janis Joplin. Además, fue quien impulsó la carrera de Harvey Pekar –otro gran ícono del cómic independiente–, encargándose de los dibujos de sus primeros álbumes, y realizó varios libros maravillosos dedicados a músicos de jazz y blues. Un recorrido creativo que está retratado de una manera realmente estupenda en el documental Crumb (1994), dirigido por Terry Zwigoff y producido por David Lynch.

Y Dios dijo: "¡Haya luz!"

Robert Crumb creció en el seno de una familia profundamente católica y es muy probable que con este cómic esté cerrando el círculo que abrió al renegar de las buenas costumbres cristianas, allá por los 60. No se trata de volver a abrazar la fe perdida, sino de regresar a los relatos que marcaron su infancia con la intención de redescubrirlos, de encontrar en ellos símbolos que le permitan comprender el mundo. "Yo no creo que la Biblia sea la palabra de Dios, sino las palabras de los hombres. No obstante es un texto poderoso, con muchas capas de significado que profundizan en nuestro inconsciente colectivo, en nuestro inconciente histórico", reflexiona Crumb sobre este abordaje en el Génesis, el primero de los cinco libros del Antiguo Testamento, donde se compilan episodios fundacionales de la tradición judeo-cristiana como la Creación, Adán y Eva en el Jardín del Edén, la historia de Caín y Abel, la Torre de Babel y el Diluvio, además del nacimiento de las tribus de Israel. "En ciertos pasajes, si creía que mis palabras podían aclarar el sentido del texto, he realizado una interpretación propia", devela Crumb. "Pero me controlé y no me permití demasiado a menudo ese ejercicio de creatividad". 

Dado que los textos son transcripciones prácticamente literales, la impronta autoral hay que buscarla en la expresividad de los dibujos y en los fragmentos que Crumb decidió recortar y dotar de una importancia mayor. Así, es posible reconocer las típicas obsesiones de Crumb en la relevancia que tienen dentro de su libro los conflictos cotidianos de las tribus de Israel. Las familias de los patriarcas aparecen retratadas como colectivos humanos brutales en los que hay hijos que traicionan a los padres, hermanos que intentan asesinar a otros hermanos, mujeres celosas y terribles que compiten por el amor de los profetas, intentos de violación, esclavas sometidas sexualmente y otros etcéteras por el estilo que no son inventos de la mente afiebrada de Crumb sino que están tomados fielmente de los textos sagrados. 

Una vez que pasan los episodios de la Creación y el Diluvio, el resto de la obra podría leerse casi como una bestial novela rosa cuyos escenarios son los antiguos territorios de Asia Menor. Un mundo primitivo en el que, sin embargo, se establecieron muchas de las normas morales que rigen la vida de numerosos ciudadanos de las sociedades actuales. Con su trazo detallista y expresivo, Crumb pone en marcha la delicadísima tarea de dar humanidad a personajes intocables por su condición de figuras veneradas y decide mostrar sus acciones tal cuál fueron contadas, para que sea el lector el que saque sus propias conclusiones. Sin burlas ni reinterpretaciones. Llegados a este punto, hay que decir que se trata de un comic ambicioso y magnífico, una obra destinada a pasar a la historia del género. El desafío que se impuso Crumb justifica todos los honores: dotar de vida a un texto sagrado e intocable, volverlo mundano, imperfecto, brutal. Tal como el mundo que se creó a partir de sus enseñanzas. 

Fuente: Diego Marinelli

miércoles, 9 de julio de 2014

Galería fantástica

María Negroni acaba de publicar Galería Fantástica, donde analiza relatos de Carlos Fuentes, Rosario Ferré, Felisberto Hernández y Cortázar, entre otros, como derivados de la literatura gótica. 

No solo de libros está llena la biblioteca de María Negroni. Aquí y allá, perdidas entre los estantes, hay muñecas antiguas, de esas de caras blanquísimas, ojos fijos y vestidos de organza ("Me encanta todo lo que tiene que ver con la infancia. Si no fuera escritora, sería coleccionista de juguetes). Las muñecas —dobles, miniaturas frías— también llenan muchos de los relatos que componen Galería Fantástica, ganador del VI premio de ensayo de Siglo XXI. En él, Negroni postula a la literatura fantástica latinoamericana como una deriva de la literatura gótica y toma como ejemplo de este vínculo relatos de Carlos Fuentes (Aura y La muñeca reina), Silvina Ocampo (El impostor), Felisberto Hernández (Las hortensias), Julio Cortazar (Las babas del diablo) y Alejandra Pizarnik (La condesa sangrienta), entre otros. A ambas literaturas —la fantástica y la gótica— les atribuye la particularidad de encarnar una formar de resistencia "a las cárceles de la razón y del sentido común" y de construir su "propio arsenal de oposición a la moral soleada (y petrificante) del statu quo". 

-¿Cómo surge el proyecto de Galería Fantástica? 

-Empieza con la escritura de Museo Negro (1999), mi libro sobre el gótico norteamericano y europeo, en donde analizo textos como Otra vuelta de tuerca, de Henry James, Frankenstein y El retrato de Dorian Grey. Por esa época tenía una especie de radar para detectar los textos que en América Latina tenían características similares. Leí Cagliostro, de Huidobro, Bomarzo, de Manuel Mujica Laínez y me di cuenta de que los cuentos o relatos latinoamericanos tienen muchos elementos del gótico, que es algo que no había pensado antes. Aparecen muchos motivos repetidos. Están los científicos desmesurados, los artistas, el tema del doble, la relación entre el artista y la creación... 

-Decís que a Silvina Ocampo le cabe el mérito de haber creado el gótico campero 

-¡Claro! En el relato El impostor no hay un castillo en Escocia como aparecería en el gótico, pero sí un chacra en el medio del campo que tiene muchas semejanzas. La casa está en ruinas, llena de filtraciones de agua, hay altillos que guardan los recuerdos de los ancestros, la cajita de música. Podría ser un revival de la casa de Una vuelta de tuerca, de Henry James. Pero además de los motivos repetidos, que aparecen y mucho, lo que verdaderamente me interesa es cierto carácter de resistencia que tienen estas literaturas frente a lo convencional. Ponen todo el tiempo en entredicho, desestabilizan las nociones con las que en general nos acercamos a la realidad, las categorías de tiempo, de espacio, de sujeto. Hay una especie de celebración de un mundo impreciso. 

-Es como si el gótico y el fantástico ensancharan el mundo 

-No, no lo ensanchan, el mundo es ancho, lo recuerdan. Recuerdan que hay una parte oscura, que no sólo tiene que ver con los vampiros y el terror, sino con el mundo del deseo, el mundo de lo no controlable, de lo no articulable. Un mundo que está todo el tiempo tensando desde abajo, como en el relato de Poe, La caída de la Casa Usher, donde la hermana del protagonista, Lady Madeline, golpea desde abajo, recordando que allí hay algo que está vivo. Generalmente lo que está tensando ahí abajo, lo que está pulsando y latiendo, tiene que ver con lo femenino. No necesariamente con el cuerpo de una mujer, sino con una zona que se le escapa a la palabra, la zona del deseo. 

-También decís que es la literatura que más se acerca a la poesía, ¿de qué manera lo hace? 

-Se para en el mismo lugar, en el lugar de lo que no se sabe. No hay poesía desde la certeza, es el género que por antonomasia cuestiona los fundamentos de lo real, desde el momento que cuestiona el instrumento mismo del acercamiento a lo real que es la lengua. No es casualidad que Baudelaire, el primer poeta de la modernidad, fuera traductor de Poe, todos los poetas del surrealismo francés admiraban la literatura gótica, Breton se hizo construir un castillo, que llamaba su castillo estrellado. La literatura gótica y fantástica, como la poesía, son conjeturales, tentativas, no intentan imponer certezas, al contrario, miran el mundo con cautela, asombro, perplejidad. 
-Los relatos que elegiste también están llenos de jardines 

- Pero no son jardines edénicos. Son jardines manchados, los jardines después de que Eva mordió la manzana. Están teñidos de la ambición de conocimiento, siempre hay un castigo latente cuando aparece el deseo de conocer. Los jardines del fantástico están cargados de deseo, muerte, sexualidad, temporalidad. 

-En Una cripta para la infancia, el análisis del cuento La muñeca reina, de Carlos Fuentes, decís que en los relatos fantásticos la escritura funciona como un imán, ¿hacia dónde nos arrastra? 

-Sí, en muchos relatos aparecen diarios, notas, recortes de diario. Creo que la escritura magnetiza, tiene un conocimiento que nosotros no tenemos. Va más rápido. Cuando uno escribe, escribe cosas que no sabe que sabe. En estos casos, es una escritura que se ha independizado de su productor, que cumple un papel hipnótico. Funciona como una metáfora del deseo, uno camina hacia lo que desea dormido, se va dejando llevar por algo que lo va hipnotizando. La escritura en los relatos fantásticos es como un hilo de Ariadna al revés: no para salir del laberinto, sino para ir hacia el centro de él. El hilo lleva al fondo, a encontrar al Minotauro, no a escaparse de él. Y eso no sólo funciona con el protagonista, sino también con el lector, que en el gótico o en el fantástico también avanza hipnotizado. Hay un manejo de la trama y del suspenso que te lleva como dormido, aparte no nos olvidemos de que en general son mundos nocturnos. 
-En el fondo hay un crimen, y casi siempre de origen sexual 

-Pero a veces no es un crimen literal. La salida de la infancia es un crimen, la entrada al lenguaje es un crimen. Hay muertos y se mueren partes de nosotros, se censuran partes de nosotros, se suturan, se vuelven tabúes, todos estos son como pequeños crímenes, que quedan abajo en la cripta. 

-¿Cuál es el papel que juega lo femenino? 

-Yo pienso que cuando algo está ausente, en realidad está hiperpresente. Cuando vos vas al castillo de Drácula no hay una sola mujer, es él con él, pero luego viaja en barcos que se llaman Demeter y Ceres, las diosas de la fertilidad, viaja por el agua. El principio femenino está híperpresente en estos relatos. Cuando digo principio femenino digo lo que no se entiende, el cuerpo, el paso del tiempo, los cambios, el fluir de la vida, los ciclos, la muerte. Creo que en el gótico y el fantástico es casi lo único que importa, lo más interesante. 

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Negroni básico
Rosario, Argentina.Poeta, novelista y ensayista.Tiene un doctorado en Literatura Latinoamericana en la Universidad de Columbia, Nueva York. Publicó varios títulos de poesía, entre ellos De tanto desolar (1985), Islandia (1994), La ineptitud (2002) y Andanza (2009). También publicó tres libros de ensayo: Ciudad Gótica (1994), Museo Negro (1999) y El testigo lúcido (2003) y dos novelas, El sueño de Úrsula (1998) y La Anunciación (2007). Tradujo, entre otros a Louise Labé, Valentine Penrose, Georges Bataille, Bernard Noel y la antología de mujeres poetas norteamericanas La pasión del exilio (2007). Obtuvo las becas Guggeheim, Fundación Rockefeller, Fundación Octavio Paz, New York Foundation for the Arts, entre otras. Su libro Islandia recibió el premio del PEN American Center al mejor libro de poesía en traducción del año 2002. Actualmente, enseña literatura latinoamericana en Sarah Lawrence College, Nueva York. 

Fuente: Revista Ñ