viernes, 31 de octubre de 2014

Intraducibles

24 palabras que no tienen equivalente fuera de su idioma


Si el lenguaje es un ser vivo, lo correcto sería hablar en plural y pensar cada uno de los idiomas existentes en el mundo como una especie única, emparentada quizá con otros pero con características únicas en cada caso: colores, formas, rasgos singulares como los que distinguen a un animal de otro, a una planta, a una bacteria.


En este sentido cada lengua posee expresiones propias que, orgullosamente, se presentan como intraducibles a otros idiomas, recipientes de prácticas culturales, hábitos, costumbres seguidas en años y años de historia que vienen a cifrarse en un puñado de letras, en unas cuantas palabras que, como el mítico aleph borgesiano, contienen en su minúsculo microcosmos una vasta realidad social, subjetiva, colectiva y al mismo tiempo personalísima.

Alex Wain, en el sitio So Bad So Good, ha elaborado una curiosa lista de expresiones en distintos idiomas que comparten esta característica común, un breve atisbo a las especies endógenas de esos ecosistemas lingüísticos que llamamos idiomas locales.

 Aquí van:

Age-otori: término en japonés para decir que alguien perjudicó su aspecto cortándose el cabello.

Arigata-meiwaku: término en japonés para nombrar una situación en que una persona hizo por ti algo que no querías que hiciera, que intentaste evitar pero que, al hacerlo, terminaste debiéndole un favor y además, por convención social, incluso debiste agradecerle por lo que hizo.

Backpfeifengesicht: término en alemán para decir que un rostro necesita urgentemente un puñetazo.

Bakku-shan: término en japonés para decir que una chica está linda, pero solo hasta que la ves de frente.

Desenrascanço: término en portugués para decir que te liberaste de una situación problemática (el “zafarse” del español coloquial).

Forelsket: término en noruego que expresa la euforia sentida en el primer enamoramiento.

Gigil: término en filipino que expresa el impulso de pellizcar algo que es insoportablemente tierno.

Guaxi: en la China tradicional, un “guanxi” es aquella persona que da regalos a la gente, los lleva a cenar o les hace favores, pero también es una cualidad que puede cultivarse al pedir la devolución de un favor.

Ilunga: término en Tshiluba, una lengua del Congo, que habla de una persona dispuesta a perdonar cualquier abuso que se cometa en su contra una primera vez, tolerarlo en una segunda ocasión, pero nunca si se repite una tercera.

L’esprit de l’escalier: esta expresión francesa se refiere al ingenio de una persona para responder con agudeza y mordacidad… cuando ya es demasiado tarde.

Litost: en checo, esta palabra nombra el estado espiritual tormentoso que sobreviene cuando uno se percata de su propia miseria. En alguna de sus novelas Milan Kundera habla de este sentimiento.

Mamihlapinatapai: término en Yaghan, una lengua de Tierra del Fuego, que se refiere a esa mirada intraducible, inefable, entre dos personas que comparten un mismo deseo.

Manja: el comportamiento aniñado que a veces tienen algunas mujeres con sus parejas, esos mimos edulcorados que algunos encuentran nauseabundos, tienen en esta palabra malaya su designación.

Meraki: en griego moderno, hacer algo con amor y creatividad, poniendo el alma en ello.

Nunchi: palabra coreana que designa la capacidad de saber leer el estado emocional de otras personas.

Pena ajena: en español mexicano, la vergüenza que alguien siente cuando ve que otra persona es humillada.

Pochemuchka: término ruso para nombrar a una persona que hace muchas preguntas.

Schadenfreude: el placer, en alemán, por el dolor de otra persona.

Sgriob: en gaélico, la comezón que da en el labio superior justo después de beber un sorbo de whisky.

Taarradhin: similar en árabe al tutti contenti italiano, cuando un problema se soluciona de tal modo que deja satisfechos a todos los implicados.

Tatemae y Honne: dos palabras japonesas que expresan, respectivamente, lo que finges creer y lo que realmente crees.

Tingo: en pascuense, el lenguaje de la Isla de Pascua, tomar “prestados” objetos de la casa del vecino uno a uno hasta no dejar nada.

Waldeinsamkeit: en alemán, el sentimiento de estar solo en el bosque.

Yoko meshi: expresión en japonés que literalmente significa “comida que se come por los dos lados” pero, en sentido figurado, se refiere a la inquietud sentida cuando se habla en un idioma extranjero.


Fuente: Pijamasurf

sábado, 25 de octubre de 2014

La voz de Tolkien

Hace más de 20 años se descubrió una grabación de J.R.R. Tolkien en un sótano de Rotterdam, pero el hombre que la encontró escondió la cinta. Hasta hace poco, solo él había escuchado la grabación. Pero ahora, yo soy uno de los afortunados amantes de la Tierra Media que ha escuchado esa grabación mágica, y afirmo satisfecho que es maravillosa. Así se comprueba de una vez por todas que el profesor Tolkien era, en realidad, mucho más hobbit de lo que se sospechaba. Además, se oye a Tolkien leer un antiguo poema en lenguaje élfico traducido al inglés por él mismo. Y lo que es más, explica sin rodeos el significado real de El Señor de los Anillos.

La grabación tuvo lugar el 28 de marzo de 1958 en Rotterdam en una Hobbit Dinner (cena Hobbit) organizada por la editorial holandesa de Tolkien y un librero. La propia editorial de Tolkien, Allen and Unwin, pagó su viaje hasta los Países Bajos para acudir a esta fiesta especial. Según se lee en sus cartas, el autor estaba encantado al ver que en Rotterdam había tanta gente "embriagada con los hobbits". Tolkien apareció en una sala donde 200 hobbit-fanáticos habían ido para oírle a él y otras charlas de expertos en la Tierra Media. El menú era extravagantemente tolkienesco: ensalada de huevo a la Cebadilla Mantecosa, verduras con Baya de Oro y sopa de Maggot (sopa de champiñones llamada así por el granjero Maggot). Además, una empresa tabacalera holandesa distribuyó en las mesas pipas de cerámica y tabaco con el nombre Old Toby [viejo Toby] y Longbottom Leaf [Hoja del Valle Largo], lo cual gustó mucho a Tolkien, apasionado del arte de fumar hierba en pipa.

Con esa voz que hechiza el tiempo Tolkien dice:


Veo hacia el este, oeste, norte, sur y no veo a Sauron. Pero veo que Saruman tiene muchos descendientes. Nosotros hobbits no tenemos armas mágicas para luchar contra ellos. Sin embargo, mis gentiles hobbits, hago un brindis. Que sobrevivan a los sarumans y vean la primavera de nuevo en los árboles.



Se han recogido todo tipo de comentarios sobre el acontecimiento a lo largo de los años, pero, por desgracia, nadie se molestó en transcribir exactamente lo que Tolkien dijo. Probablemente Christopher Tolkien tenga las notas del discurso de su padre, ya que en la biografía de Humphrey Carpenter aparece un pequeño fragmento ligeramente modificado. Por suerte, ahora sabemos que alguien se encargó de grabar íntegramente el evento. Esta cinta fue descubierta en 1993 por un holandés llamado René van Rossenberg, un experto en Tolkien que posee una tienda en su país dedicada a todo lo relacionado con la Tierra Media (Tolkienshop.com). ¿Y por qué no se la ha enseñado a nadie hasta ahora?

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"Como Smaug, estoy guardando mi tesoro, y así se lo silbo a cualquier coleccionista que se acerque", afirmó hace poco como respuesta a mi email. Afortunadamente, un experto de la Tierra Media llamado Jay Johnstone, uno de los fundadores de la web de fantasía y ciencia ficción Legendarium.me, indagó y descubrió que van Rossenberg tenía en su posesión la cinta, y le convenció para que abriera el baúl. "Estoy deseando compartir con todos los aficionados de Tolkien la inmensa alegría que sentí cuando escuché por primera vez la grabación y oí el genial discurso de Tolkien", añadió van Rossenberg.

Legendarium y la web de Tolkien MiddleEarthNetwork.com se han unido con van Rossenberg a través del Rotterdam Project con el fin de obtener tanto reconocimiento como fondos para remasterizar la grabación original, narrar el acontecimiento y difundirla para que llegue a todo el mundo. "Cualquier novedad sobre Tolkien siempre es emocionante", dijo Tom Shippey, autor de J.R.R. Tolkien: autor del siglo, "y el Proyecto Rotterdam lo es especialmente. Se trata de un discurso de Tolkien, en sus primeros años de éxito por El Señor de los Anillos, entre amigos, disfrutando, y con la capacidad de hablar libremente".



tolkien
Esta fotografía, tomada la noche de la cena Hobbit en Rotterdam, muestra a Tolkien con su característico chaleco. Sin duda, Tolkien ya se había tomado una pinta o dos antes de acercarse al micrófono frente a su séquito de fans en los Países Bajos. He estudiado muchas fotos de Tolkien a lo largo de los años, pero esta es una de mis favoritas. Fíjate en el garbo con el que apoya la mano derecha en la cadera. Su sonrisa alegre y a la vez irónica es la de un orador con aptitudes que sabe cómo manejar a su público. Este el tipo de hombre con el que te gustaría recorrer los condados británicos (y hasta Rotterdam).

Al principio de su discurso, Tolkien está muy animado y suelta bromas de una forma en la que nunca le habíamos oído hacerlo. Más que a un catedrático ultraserio de Oxford, como la mayoría de la gente lo conoce por sus escasas grabaciones, aquí oímos a un Tolkien del estilo de Bilbo recién salido del capítulo Una Reunión Muy Esperada. Incluso hace referencia al famoso centesimodecimoprimero cumpleaños como parodia del discurso de despedida de Bilbo. La voz alegre del autor, con su brusco y rico acento, baila alrededor de tu cabeza como la canción de un hobbit. Tal y como una vez dijo un antiguo alumno suyo, este profesor "podía convertir un aula en un festín medieval".

Tolkien agradeció a los hobbits reunidos el haberle preparado la mayor fiesta de su vida. Habló con mucha modestia sobre su creación El Señor de los Anillos, de la que dijo que era poca cosa, pero suya propia. No podía creer que la gente quisiera oír su autobiografía tras la cena. Así que se puso a explicar la construcción de su gran obra narrativa, afirmando que el anillo es un mecanismo para que "el tictac del reloj vaya rápido". Luego, explica básicamente de qué van los libros, algo a lo que solo había hecho referencia una vez en una carta, pero que resulta incontrovertible en este discurso. ¡Si quieres saber exactamente lo que dice, tendrás que oírlo por ti mismo!

Llegados a cierto punto, lee un poema en élfico, y bromea con que los hobbits se aterrorizaban siempre que alguien amenazaba con recitar poesía en una fiesta. Introdujo el poema diciendo que hacía casi veinte años desde el día en que empezó a trabajar en El Señor de los Anillos. Su voz meliflua da vida al idioma imaginario como una escritura sinuosa en mithril plateado grabada en nuestra mente:

Han corrido veinte años por el largo río

Y jamás volverán a por mí desde el mar

Oh, los años en los que mirando a lo lejos vi el pasado lejano

Cuando los plácidos árboles florecían libres en un ancho campo

Y así ahora todo empieza a marchitarse

Con el aliento de los hechiceros desalmados

Que, para conocer algo, lo rompen

Y su autoridad severa la establecen

Con el miedo a la muerte


Tolkien se había pasado la tarde paseando por Rotterdam, una ciudad que había sufrido mucha destrucción durante la Segunda Guerra Mundial. La visión de todo aquello le entristeció, recordándole los comportamientos de orco que se habían apoderado del mundo. Los hechiceros desalmados, en su búsqueda de conocimiento y poder, solo sabían destruir cosas. En su saludo final a la asamblea de amantes de los hobbits, Tolkien dijo que Sauron había muerto, pero que los descendientes de su odio y de su magia contaminante estaban en todas partes. Los hobbits del mundo no tienen armas mágicas para combatirlos, pero, añade con una afirmación rotunda y esperanzada:

"Aquí concluyo, gentlehobbits, con este brindis: ¡Por los hobbits, para que sobrevivan a todos los hechiceros!"

La cena Hobbit en Rotterdam fue la primera de este tipo, y también la última. Tolkien no volvió a asistir a otra fiesta así en su honor. Pero ahora tenemos la prueba de lo que ocurrió en esa maravillosa noche y de lo que dijo el genial autor. El sonido de la voz de Tolkien, como sus palabras, sobrevivirán a la muerte.



Fuente: Huffingtonpost.
Traducción de Marina Velasco Serrano

miércoles, 22 de octubre de 2014

La difícil tarea de no hacer nada

Philip Roth: “Escribir te convierte en alguien que siempre se equivoca”


Philip Roth no solo está decididamente jubilado sino que, además, desconfía completamente de la literatura. En una reciente entrevista con la cadena de TV BBC de Londrés volvió a insistir que no escribirá más y que siente un enorme desahogo a partir de esa decisión. La obra de Roth, una de las más sólidas de cualquier autor del siglo XX, empieza a defenderse sola por encima de la poquita fe del autor. La nota en el diario mexicano Excelsior:


Dice la nota:

El destacado autor estadunidense Philip Roth, de 81 años, confirmó que no volverá a escribir ni a aparecer en público en su última entrevista en televisión, que se emitió anoche en la cadena pública británica BBC.

Se trata de la última aparición en pantalla del escritor, que atesora un premio Pulitzer por su novela American Pastoral (Pastoral americana), y que pondrá fin así a su carrera literaria.

En 2004, el autor estadunidense afirmó que no concebía “una vida sin escribir”, por lo que fue preguntado en un documental grabado por la BBC en su casa en Manhattan, que la cadena emitirá en dos partes, ayer la primera y hoy miércoles la segunda.

“Estaba equivocado. He llegado al final. No tengo nada más de lo que escribir. Me daba miedo no tener nada que hacer. Estaba aterrorizado de hecho, pero sabía que no tenía sentido continuar. No iba a conseguir nada mejor ¿y, para qué ir a peor?”, reveló Roth durante el documental.

“Me he marcado la gran tarea de no hacer nada. Lo he pasado muy bien en los últimos tres o cuatro años”, afirmó el escritor nacido en New Jersey acerca de un periodo en el que ha dedicado bastante tiempo a ayudar a Blake Bailey, encargado de su biografía.

“Haré todo lo posible para seguir vivo en 2020 (cuando se presente la biografía), pero no me presionen. Ahora que no escribo, solamente quiero charlar. Adiós, adiós”, bromea Roth al despedirse.

El escritor, nacido en 1933, explica que tiene miles de archivos distribuidos en dos casas que ha debido ordenar y comentar para que Bailey los incluya en su biografía.

Roth, considerado uno de los cuatro escritores vivos más importantes según el crítico literario Harold Bloom, ya anunció en 2012 que Némesis (2010) sería su última novela.




Fuente: Moleskine literario

sábado, 18 de octubre de 2014

El librero

La pregunta de mi madre de Luis Mey es una intensa pintura social de la adolescencia a partir de un viaje donde no todo es como se ve.

“Esto para mí es algo imposible, no está pasando”, así, y con lágrimas en los ojos recibió Luis Mey, librero de la librería Ateneo Grand Esplendid durante el día y escritor a la noche, el Premio Décimo Aniversario de Revista Ñ, dotado con 50 mil pesos y la publicación de su novela La pregunta de mi madre. Claudia Piñeiro se reía, mientras pensaba cómo iba a explicar el motivo de que este año, haya habido un premio más: “la verdad es que no nos sentíamos conformes con que una novela tan buena se quedara en finalista, y pensamos que había que darle un premio, o al menos, publicarla. Y ya que Revista Ñ está de aniversario, ¿por qué no hacerlo así?”, confesó, y explicó cómo los miembros del jurado redujeron la lista de novelas finalistas a seis, y después a cuatro y finalmente a dos, “y de ahí no podíamos pasar”, dijo. Contó entonces que en ese momento, decidieron llamar al editor general del diario Clarín, Ricardo Kirchsbaum, y proponerle que los premiados fuesen dos.

Siguió hablando Eduardo Sacheri, para quien el texto de Mey es “una novela estupendamente escrita que habla de lo que somos, ese algo que está a medio camino entre lo que ha sucedido y lo que nos decimos que ha sucedido”, explicó.

El autor dio también una pequeña pista sobre su obra: “La novela cuenta la historia de un chico que va juntando dinero en su bolsillo para hacer un viaje a Mar del Plata y poder explicarle a una chica todas las mentiras que le dijo”, explicó Mey, que a sus 34 años y lejos de ser un principiante tiene ya publicadas varias obras, entre ellas Los abandonados (Factotum Ediciones), Tiene que ver con la furia (Emecé), o Las garras del niño inútil (Factotum ediciones). Mey contó que hace años, tras publicar un cuento en Revista Ñ, su abuela no paraba de preguntarle si ya se había recibido de escritor”, y fue Sacheri, en este punto, quien tomó la palabra para decirle a Luis Mey: “flaco, definitivamente te recibiste de escritor”.

Escribir. Lo primero que hizo Luis Mey al volver a su casa casi de madrugada, cuando ya había respondido los llamados, los mails y los mensajes de felicitación por el Premio Ñ 10° Aniversario que ganó con su novela La pregunta de mi madre , fue sentarse a escribir un cuento. La excitación amontonada no lo dejaba dormir, y la mejor manera que encontró para intentar conciliar el sueño fue contar en clave de ficción el momento que acababa de vivir. “Si paso un día sin escribir la paso mal. Aunque sea diez líneas, una página, algo tiene que haber, porque disfruto muchísimo haciéndolo. En el peor de los casos, aunque sea algo pésimo, hay una lección ahí. Escribir es siempre positivo”, dice Mey, para quien el acto de escribir es tan natural como respirar. Lo hace desde siempre, y en su contabilidad registra 39 novelas escritas (tres de ellas ya publicadas) y tres en estado de gestación.

–¿Qué hacés con todas esas novelas?

–Ahí están… tal vez de diez, una por ahí es buena. Pero es que yo no sé escribir de otra manera. Tomo el consejo de Bolaño: creo en eso de que si estás escribiendo una novela tenés que empezar otra, porque se van a escribir más rápido, van a ser más honestas y van a competir entre sí como dos mujeres despechadas, y está bueno eso. Encontré que la vida real es mucho más dura en detalle y no hay manera de que tenga piedad con vos, así que lo mejor que puedo hacer es escribirla.

–Teniendo tantas novelas inéditas, ¿por qué decidiste presentar al concurso La pregunta de mi madre?

–Era la última que tenía escrita y la sentía como un bebé recién nacido, que uno ve hermoso, perfecto, aunque no lo sea. Mandé esa simplemente porque estaba ahí.

–En tu obra suele haber un componente autobiográfico. En Las garras del niño inútil contás la dura infancia de un chico de ocho años; en Tiene que ver con la furia (escrita en coautoría con Andrea Stefanoni) el protagonista es un librero, como vos. Ahora narrás el viaje a Mar del Plata de un adolescente que va detrás de una chica...

–Todos tuvimos un viaje a Mar del Plata, una chica con la que nos obsesionamos, un amigo que si no se llamaba Peine pegaba en el palo, y todos en algún momento vimos las cosas desde una óptica que no es. La novela técnicamente es eso: yo parto de algún dato fáctico real, que es terriblemente real –a veces hasta dudo mucho en contar cuál es la verdad y cuál es la ficción–, porque a partir del dato real hay variables para escribir la novela que se transforman en una mentira, y hay cosas que son ficción. Es un poco mentira, un poco ficción y es un poco de vivencias personales.

–Sos librero, tenés un trato cotidiano con lectores. ¿Cómo te imaginás a los tuyos?

–Eso se conecta con el tema de la infancia y la adolescencia. Crecí en un lugar en el que no existían los lectores; era rarísimo encontrar alguno. Entonces quienes me rodeaban estaban en un nivel de virginidad al respecto, de pureza total, y por eso me sigue sorprendiendo que allí se crearan un idioma y un lenguaje diferentes que no podías dejar de absorber. Por eso tal vez me cuesta imaginarme al que está leyendo, porque para mí las personas que existían eran no lectores, y esa es una marca indeleble, una cicatriz que no se borra jamás.


Fuente: Revista Ñ

miércoles, 15 de octubre de 2014

Pastillitas de saber

El verbo esperar, cuando se emplea para indicar que se espera algo que se desea, no va seguido de ninguna preposición.

Sin embargo, cada vez es más frecuente ver la construcción esperar por, calco del inglés, como en el siguiente ejemplo: «El jugador espera por un milagro para poder jugar la Copa Davis», cuando lo recomendable, tal como se explica en la Gramática de las Academias de la Lengua, sería «El jugador espera un milagro para poder jugar la Copa Davis».

Por la misma razón, tampoco es apropiado el uso de por cuando se habla de esperar a alguien o de esperar a que ocurra algo, pues en estos casos la preposición adecuada es a, de modo que en «Los taxistas piden que se pueda estacionar mientras se espera por los clientes» habría sido mejor decir «se espera a los clientes».

Sí es correcto, sin embargo, esperar por cuando la preposición tiene los valores propios de causa, duración, finalidad, etc., como en «esperó por su indecisión todo el día» (‘debido a’) o «esperó por veinte días» (‘durante’).

Esperar algo no es lo mismo que esperar a algo

La construcción esperar algo se emplea para indicar que se tiene la esperanza de que ese algo suceda, mientras que la expresión esperar a algo se utiliza para señalar que se da tiempo a que eso ocurra.

El Diccionario panhispánico de dudas señala que cuando significa ‘tener esperanza [en que algo suceda] o creer que sucederá’,  esperar es transitivo y va seguido de un infinitivo o de una oración introducida por que («El presidente espera que se imponga el sentido común para solucionar el conflicto» o «Los comerciantes esperan hacer su agosto en diciembre»).

Por el contrario, si significa ‘dar tiempo a que algo suceda antes de hacer otra cosa’, es intransitivo y en ese caso el infinitivo o la oración introducida por que van precedidos de la preposición a («Los mercados esperarán a conocer la decisión del BCE antes de actuar»).

Por tanto, si se dice «Cincuenta familias esperan a que sus calles vuelvan a la normalidad urbanística», queremos decir que esas familias están dando tiempo a que las calles vuelvan a la normalidad.

Pero, si se dice «Cincuenta familias esperan que sus calles vuelvan a la normalidad urbanística», estamos dando a entender que estas familias tienen esperanza de que las calles volverán a la normalidad.



sábado, 11 de octubre de 2014

La vida escrita


Rodolfo Rabanal traza la deriva venturosa de una generación que se preguntaba si sería posible escribir después de Borges


Las entradas a distintas libretas de apuntes y notas a lo largo de veinte años como si se tratara de un diario enhebran el desarrollo de una narración que cuenta cómo se hace un escritor.
A partir de su itinerario personal, Rodolfo Rabanal traza la deriva venturosa de una generación que se preguntaba si sería posible escribir después de Borges. Cuando Enrique Pezzoni, director editorial de Sudamericana, le confirma entusiasmado la publicación de su primera novela para el año siguiente, Rabanal se derrumba, nadie sabe si estará vivo en un año. La época es particular: los setenta en la Argentina, con un país convulsionado por la Triple A y la guerrilla; luego el terrorismo de Estado más feroz.
La construcción es doble: por un lado se registra el clima de una época y la formación de una personalidad que escribe y desea hacerlo a pesar de que tenga que vivir de manera provisoria; por el otro, se despliega una manera del discurso donde la palabra es tan protagónica como los hechos a los que alude. La pregunta siempre es sobre el lenguaje, la obsesión por la frase precisa y transparente. Pero los dilemas constantes no se limitan a la poética y la estética sino que se abren a la filosofía y la física, otros lenguajes tan fascinantes y próximos como la literatura. 

Nunca hubo un plan en la elaboración de este texto, o un proyecto, salvo el propósito de encontrar algún tipo de respuesta a los planteos que a Rabanal siempre le formuló la escritura. Y esos planteos siguen en pie, siguen abiertos, y las respuestas alguna vez ingenuamente esperadas siguen repicando como una promesa jamás cumplida.

El libro, publicado por Seix Barral, es un viaje no cronológico discontinuo, por diversas anotaciones en libretas de hule negro donde el escritor desmenuza, con una prosa directa y concisa, el mundo que lo rodea, a través de distintas etapas y temáticas: la intensidad política de los 70, la vida amorosa y sexual, las reuniones con amigos y la constante actividad literaria.

En ese viaje de anotaciones que conforman un relato íntimo de la vida de un escritor, aparecen las lecturas que marcaron para siempre a Rabanal -Beckett, Eliot, Stendhal y Wittgenstein- y también muchos autores que, como él, se estaban formando en Buenos Aires: Germán García, Luis Gusmán, Jorge Barón Biza, Miguel Briante, Osvaldo Lamborghini y Ricardo Piglia, entre otros.

"Siempre llevo libretas, ahí están los borradores de mis novelas, cuentos, ideas. Escribo mucho a mano y voy registrando realidades diversas. La realidad es subjetiva, es lo que ves y lo que pensás de lo que ves: las libretas reflejan esa realidad", explica Rabanal en diálogo con Télam.

Y ahonda: "Ahí están las lecturas, la introspección, la vida corporal. De todo lo escrito en ese periodo (de los 70 a los 90) había unas nueve libretas y de cada una de ella se podía salvar un diez por ciento, lo demás eran dibujos, teléfonos y cosas sueltas. Me di cuenta que tenía que transliterar de forma concisa. No era escritura espontánea, sino elaborada". 


"Me di cuenta, entonces, que con todas las anotaciones había un texto hecho, pero ese texto sólo iba a funcionar si se producía un ritmo de armonías, ese ritmo lo encontré a partir de la situación no sucesiva del tiempo sino alterada, por eso empiezo en los 80 y de golpe paso a los 70, esa ruptura le da, me parece, el ritmo narrativo", sostiene el autor de "El apartado".

Y reflexiona que "cuando uno se encuentra con el propio pasado se siente medio ajeno, aunque te reconozcas, es evidente que hubo grandes cambios en la vida, y esos cambios tienen que mostrarse en la escritura; no quiero decir en el estilo, pero sí en la observación del mundo". 

"Por ejemplo -cuenta-, el año 75, cuando ya se venía todo abajo, en medio de la confrontación entre los grupos armados y el ejercito -pero no el ejercito abierto sino cerrado, como una forma embozada de represión-, con la Triple A y demás, era todo peligroso. Ahora, cuando lo recuerdo, no parece tan peligroso, pero cuando lo releo, el peligro está ahí".

Rabanal recuerda que "Era una época tremenda: los amigos que desaparecían de golpe, la necesidad permanente de irme del país, la imposibilidad de hacerlo; todo ese momento, esa tensión vital, es novelesca, ese es el tema". 

"El tema -continúa- es: existo si escribo, soy si escribo. La escritura es constitutiva. Cuando yo era chico, dentro de las clases medias de donde provengo, escribir era una de esas cosas que un padre no deseaba para su hijo. No se consideraba algo productivo".

"Tenías que estudiar una carrera y ser alguien. Entonces la escritura se volvía clandestina, ahí adquiría otro valor, extraordinario. Las libretas cumplían esa función, eran portables, había una cierta fantasía de misterio. Todo eso va generando una máscara que es la escritura misma, sos otra persona", apunta Rabanal.

Y rememora: "Hacia fines de los 60 estaba bastante harto de la literatura argentina, de la universidad y de los problemas académicos; quería separarme de algo, y entonces descubro a Beckett y a Eliot, y se me abre un mundo fascinante. Ellos me llevan a Dante y ahí no dudo más".

"Por supuesto -aclara- también estaba Borges, que lo empecé a leer en mi juventud, cuando me sentía un marxista lírico. Estaba prohibido leerlo, pero, claro, lo leía clandestinamente y me fascinaba. Esas son las ridiculeces propias de una época y de la juventud".

Según Rabanal, "la escritura es trabajo y la inspiración no sirve si no estás preparado, tenés que estar listo como un cazador; quizás hoy no pasa nada, pero si tenés la puntería ejercitada, cuando aparece la presa vas a pegarle. La escritura, para mí, siempre fue la búsqueda de un sentido para la vida".

Sobre el autor

Rodolfo Rabanal. En 1979 recibió la beca Fulbright y residió en los Estados Unidos, alejándose así de la Argentina, entonces bajo el poder de los militares. Entre 1981 y 1983 trabajó en París como traductor en la Unesco y fue comisionado del gobierno francés para el Departamento de Cultura. En 1988 el proyecto de La vida brillante fue premiado con la beca Guggenheim, esa novela a su vez recibió el Premio Municipal de Literatura de la ciudad de Buenos Aires.
Ha publicado El apartado (novela, 1975), Un día perfecto (novela, 1978 y 2007), En otra parte (novela, 1981, 2009), El pasajero (novela, 1984, 2008), No vayas a Génova en invierno (cuentos, 1988), El factor sentimental (novela, 1990), La vida brillante (novela, 1993), Cita en Marruecos (novela, 1995), Los peligros de la dicha (cuentos, 1999), La Costa Bárbara (ensayos y crónicas, 2000), La mujer rusa (novela, 2004), El héroe sin nombre (novela, 2006), El roce de Dante (ensayos, 2008) y La vida privada (2010). En 1987 escribió el guión cinematográfico de Gombrowicz o la seducción, llevado al cine por Alberto Fischerman. Escribe en La Nación y en otros medios de la Argentina, y en diarios y revistas de Francia y España. Sus libros han sido traducidos a varios idiomas.



Fuente: Planeta, Télam