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La vida escrita


Rodolfo Rabanal traza la deriva venturosa de una generación que se preguntaba si sería posible escribir después de Borges


Las entradas a distintas libretas de apuntes y notas a lo largo de veinte años como si se tratara de un diario enhebran el desarrollo de una narración que cuenta cómo se hace un escritor.
A partir de su itinerario personal, Rodolfo Rabanal traza la deriva venturosa de una generación que se preguntaba si sería posible escribir después de Borges. Cuando Enrique Pezzoni, director editorial de Sudamericana, le confirma entusiasmado la publicación de su primera novela para el año siguiente, Rabanal se derrumba, nadie sabe si estará vivo en un año. La época es particular: los setenta en la Argentina, con un país convulsionado por la Triple A y la guerrilla; luego el terrorismo de Estado más feroz.
La construcción es doble: por un lado se registra el clima de una época y la formación de una personalidad que escribe y desea hacerlo a pesar de que tenga que vivir de manera provisoria; por el otro, se despliega una manera del discurso donde la palabra es tan protagónica como los hechos a los que alude. La pregunta siempre es sobre el lenguaje, la obsesión por la frase precisa y transparente. Pero los dilemas constantes no se limitan a la poética y la estética sino que se abren a la filosofía y la física, otros lenguajes tan fascinantes y próximos como la literatura. 

Nunca hubo un plan en la elaboración de este texto, o un proyecto, salvo el propósito de encontrar algún tipo de respuesta a los planteos que a Rabanal siempre le formuló la escritura. Y esos planteos siguen en pie, siguen abiertos, y las respuestas alguna vez ingenuamente esperadas siguen repicando como una promesa jamás cumplida.

El libro, publicado por Seix Barral, es un viaje no cronológico discontinuo, por diversas anotaciones en libretas de hule negro donde el escritor desmenuza, con una prosa directa y concisa, el mundo que lo rodea, a través de distintas etapas y temáticas: la intensidad política de los 70, la vida amorosa y sexual, las reuniones con amigos y la constante actividad literaria.

En ese viaje de anotaciones que conforman un relato íntimo de la vida de un escritor, aparecen las lecturas que marcaron para siempre a Rabanal -Beckett, Eliot, Stendhal y Wittgenstein- y también muchos autores que, como él, se estaban formando en Buenos Aires: Germán García, Luis Gusmán, Jorge Barón Biza, Miguel Briante, Osvaldo Lamborghini y Ricardo Piglia, entre otros.

"Siempre llevo libretas, ahí están los borradores de mis novelas, cuentos, ideas. Escribo mucho a mano y voy registrando realidades diversas. La realidad es subjetiva, es lo que ves y lo que pensás de lo que ves: las libretas reflejan esa realidad", explica Rabanal en diálogo con Télam.

Y ahonda: "Ahí están las lecturas, la introspección, la vida corporal. De todo lo escrito en ese periodo (de los 70 a los 90) había unas nueve libretas y de cada una de ella se podía salvar un diez por ciento, lo demás eran dibujos, teléfonos y cosas sueltas. Me di cuenta que tenía que transliterar de forma concisa. No era escritura espontánea, sino elaborada". 


"Me di cuenta, entonces, que con todas las anotaciones había un texto hecho, pero ese texto sólo iba a funcionar si se producía un ritmo de armonías, ese ritmo lo encontré a partir de la situación no sucesiva del tiempo sino alterada, por eso empiezo en los 80 y de golpe paso a los 70, esa ruptura le da, me parece, el ritmo narrativo", sostiene el autor de "El apartado".

Y reflexiona que "cuando uno se encuentra con el propio pasado se siente medio ajeno, aunque te reconozcas, es evidente que hubo grandes cambios en la vida, y esos cambios tienen que mostrarse en la escritura; no quiero decir en el estilo, pero sí en la observación del mundo". 

"Por ejemplo -cuenta-, el año 75, cuando ya se venía todo abajo, en medio de la confrontación entre los grupos armados y el ejercito -pero no el ejercito abierto sino cerrado, como una forma embozada de represión-, con la Triple A y demás, era todo peligroso. Ahora, cuando lo recuerdo, no parece tan peligroso, pero cuando lo releo, el peligro está ahí".

Rabanal recuerda que "Era una época tremenda: los amigos que desaparecían de golpe, la necesidad permanente de irme del país, la imposibilidad de hacerlo; todo ese momento, esa tensión vital, es novelesca, ese es el tema". 

"El tema -continúa- es: existo si escribo, soy si escribo. La escritura es constitutiva. Cuando yo era chico, dentro de las clases medias de donde provengo, escribir era una de esas cosas que un padre no deseaba para su hijo. No se consideraba algo productivo".

"Tenías que estudiar una carrera y ser alguien. Entonces la escritura se volvía clandestina, ahí adquiría otro valor, extraordinario. Las libretas cumplían esa función, eran portables, había una cierta fantasía de misterio. Todo eso va generando una máscara que es la escritura misma, sos otra persona", apunta Rabanal.

Y rememora: "Hacia fines de los 60 estaba bastante harto de la literatura argentina, de la universidad y de los problemas académicos; quería separarme de algo, y entonces descubro a Beckett y a Eliot, y se me abre un mundo fascinante. Ellos me llevan a Dante y ahí no dudo más".

"Por supuesto -aclara- también estaba Borges, que lo empecé a leer en mi juventud, cuando me sentía un marxista lírico. Estaba prohibido leerlo, pero, claro, lo leía clandestinamente y me fascinaba. Esas son las ridiculeces propias de una época y de la juventud".

Según Rabanal, "la escritura es trabajo y la inspiración no sirve si no estás preparado, tenés que estar listo como un cazador; quizás hoy no pasa nada, pero si tenés la puntería ejercitada, cuando aparece la presa vas a pegarle. La escritura, para mí, siempre fue la búsqueda de un sentido para la vida".

Sobre el autor

Rodolfo Rabanal. En 1979 recibió la beca Fulbright y residió en los Estados Unidos, alejándose así de la Argentina, entonces bajo el poder de los militares. Entre 1981 y 1983 trabajó en París como traductor en la Unesco y fue comisionado del gobierno francés para el Departamento de Cultura. En 1988 el proyecto de La vida brillante fue premiado con la beca Guggenheim, esa novela a su vez recibió el Premio Municipal de Literatura de la ciudad de Buenos Aires.
Ha publicado El apartado (novela, 1975), Un día perfecto (novela, 1978 y 2007), En otra parte (novela, 1981, 2009), El pasajero (novela, 1984, 2008), No vayas a Génova en invierno (cuentos, 1988), El factor sentimental (novela, 1990), La vida brillante (novela, 1993), Cita en Marruecos (novela, 1995), Los peligros de la dicha (cuentos, 1999), La Costa Bárbara (ensayos y crónicas, 2000), La mujer rusa (novela, 2004), El héroe sin nombre (novela, 2006), El roce de Dante (ensayos, 2008) y La vida privada (2010). En 1987 escribió el guión cinematográfico de Gombrowicz o la seducción, llevado al cine por Alberto Fischerman. Escribe en La Nación y en otros medios de la Argentina, y en diarios y revistas de Francia y España. Sus libros han sido traducidos a varios idiomas.



Fuente: Planeta, Télam

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