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Barbara Trapido: “Escribir es como tener amigos imaginarios"

Barbara Trapido, durante la entrevista en la sede de la agencia literaria A. M. Heath en Londres.
La sudafricana asiste a la inesperada segunda juventud de su novela 'El hermano del famoso Jack', publicada originalmente en 1982. El libro ve por primera vez la luz en España


Los Goldman irrumpieron en la imaginación de Barbara Trapido hace más de 40 años. Un excéntrico profesor de filosofía y una atractiva mujer bohemia, padres de un montón de hijos de poderosas personalidades. El clan cautivó a la joven Katherine Browne, una sofisticada alumna del patriarca de la familia, que entra en la edad adulta y descubre el primer amor de la mano de los Goldman. A lo largo de los años, con escenas que brotaban en la cabeza de Trapido, la historia de los Goldman se convirtió en un libro de culto que redefinió la tradición de las grandes novelas de aprendizaje. Su brillante construcción de los personajes y unos diálogos cargados de humor tejen una mordaz sátira sobre la intelectualidad de izquierdas de Hampstead que cautivó a una generación de escritores anglosajones. Publicada en 1982, El hermano del famoso Jack vive una inesperada segunda juventud, gracias a su exitosa reedición en Estados Unidos y Reino Unido, y se publica por primera vez en España. A sus 74 años, la autora nacida en Sudáfrica y afincada en Oxford recuerda aquella novela que la convirtió en escritora y a aquella familia que sigue habitando su imaginación.

PREGUNTA. ¿Le resulta raro saber que se publica ahora un libro que escribió hace más de 30 años?
RESPUESTA. ¡Es genial! Justo estaba leyendo el libro en el tren para acordarme. No sé qué pensarán en España sobre él.

P. En EE UU hay quien dijo que era una novela demasiado inglesa. Es curioso, porque usted creció en Sudáfrica con un padre holandés y una madre alemana.

R. Muchos escritores que me gustan tienen ese estatus de extranjeros. Mis padres hablaban alemán entre ellos porque mi padre, que se creía mejor en todo, llegó a la conclusión de que su alemán era mucho mejor que el holandés de mi madre. Creo que la identidad está ligada al lenguaje. Y yo tengo una identidad fluida que me ayuda a meterme en otras personas.
P. Tenía 40 años cuando se publicó la novela, pero los Goldman llevaban mucho tiempo en su cabeza.

R. Sí, unos 12 años. Un día una amiga me animó a escribir un relato para un concurso. Había soñado a la familia Goldman, y empecé a escribir sobre ellos. Entonces pensé que no quería escribir un relato corto, quería seguir a esa gente, descubrir cómo se desarrollaban. Y lo metí en un cajón. Siempre he sido muy evasiva, una hermana pequeña soñadora.
P. ¿Cuándo los retomó?
R. Mi marido encontró un trabajo en Oxford, y al mismo tiempo me quedé embarazada. En Oxford te encuentras a muchas intelectuales en las reuniones escolares. La madre de un amigo de mi hijo, una historiadora de la medicina, vino a tomar el té a casa. Le conté que había empezado a escribir, lo leyó y me animó a que siguiera. Lo hice para ella como un serial. Me divertí más de lo que lo había hecho en años. Era como cuando de niña me inventaba personajes y hablaba con ellos. Escribir es como tener amigos imaginarios. Lo leía en alto, escuchaba la melodía. Una novela es un juego de palabras y ritmo, como la música. No tenía intención de publicarlo. Pero lo terminé, lo metí en un sobre y se lo envié a un editor.

P. Sus personajes femeninos son muy inteligentes, pero siempre admiran a una figura masculina.
R. Sí. Una vez la escritora Anne Fine, que había estado casada con un académico de Oxford, me sugirió el porqué. “Te diré por qué las mujeres de tus libros son tan débiles”, me dijo. “Es porque vives en Oxford y todos los hombres ahí son unos prepotentes”. Pensé que era verdad, que las mujeres en mis libros esperan que los hombres tomen decisiones por ellas. Pero yo creo que son cosas que se asientan en tu cabeza mucho antes. Yo tenía una madre con mucho talento, pero era muy tímida. Se casó con mi padre, que era muy listo, y se fueron a Ciudad del Cabo. Él siempre tenía que ser el mejor en todo y anulaba a mi madre. Así que supongo que tenía ese prototipo de hombre en mi cabeza.

P. ¿Sería una novela distinta si la hubiera terminado más rápido?
R. Creo que sí. Tener hijos te transforma. Cuando empecé no sabía nada de chicos adolescentes. Fui a un colegio de chicas, tenía una hermana. Mis padres eran inmigrantes, no teníamos una red familiar. No sabía nada de los hombres hasta que fui a la universidad, y luego era demasiado tímida para mirarlos. La gente asume que no puedes inventarte nada, que todo está basado en alguien. Todo mi círculo se buscaba en esa primera novela.


P. ¿Cómo era el Reino Unido que encontró al llegar aquí a los 22 años?
R. Primero vivimos en Ciudad del Cabo y luego en Durban, que en los años cuarenta y cincuenta era una colonia racista inglesa. Íbamos a escuelas segregadas, todas chicas, todas blancas. Crecimos en la Sudáfrica más desagradable del apartheid. En 1963, en pleno proceso de Rivonia, vine a Reino Unido con mi marido y me encantó.
P. ¿Cómo ve el país ahora?
R. Odio a este Gobierno de derechas que tenemos, que se ha propuesto robar todo a los pobres y cerrar todos los servicios públicos. Fantaseo con mudarme a Escocia. Y he empezado los trámites para obtener un pasaporte holandés. Siento que Europa nos protege de lo peor de nosotros mismos. En el momento en que salgamos de la UE, toda la legislación sobre derechos humanos, sobre sindicatos, se irá a la basura. No es que Thatcher no hiciera un buen trabajo en eso, pero esta banda es peor. Por otro lado, mire la UE ahora. No creo que sea una gran cosa, pero supongo que sería aún peor sin ella.


 Fuente: Babelia, El País

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