martes, 31 de mayo de 2016

Dudas frecuentes: ¿Se escribe junto o separado?

Resultado de imagen para dudas frecuentesSon bastantes y de diferente tipo los problemas que plantean en el uso algunas locuciones adverbiales. Esta semana vamos a ocuparnos de un grupo en el que no es difícil que surjan dificultades ortográficas: ¿en seguida o enseguida?, ¿de prisa o deprisa?, ¿en frente o enfrente?, ¿entre tanto o entretanto?
Enseguida, con los significados de 'inmediatamente después de algo en el tiempo o en el espacio' y de 'en muy poco tiempo', puede escribirse junto o separado. Si se escribe junto es un adverbio y si se escribe separado es una locución adverbial. Hoy es mayoritaria -y preferible según registra la RAE en el Diccionario panhispánico de dudas- su escritura en una sola palabra, pero también es válida la grafía en seguida. Una consulta al CREA (Corpus de Referencia del Español Actual) de la RAE revela que, en términos absolutos, es más frecuente la grafía separada (3.825 apariciones de 'en seguida' y 3.629 de 'enseguida'). Esto se explica porque hasta la última edición del Diccionario académico (2001) la grafía preferida por la RAE era la separada.

Contra lo que pudiera parecer, de seguida es forma correcta equivalente a enseguida (No tenía yo teléfono en casa y bajé de seguida a llamar a una cabina), aunque bastante menos frecuente y -permítanme esta apreciación desde mi condición de hablante nativa- con un cierto tufillo a vulgar.

Deprisa significa 'con rapidez o con prisa, a una velocidad superior a la que se considera normal'. La RAE recomienda su escritura en una sola palabra, pero advierte que es admisible la grafía en dos palabras. Lo mismo ocurre con aprisa, forma mayoritaria -y también preferida por la RAE frente a la grafía en dos palabras.

Enfrente puede escribirse con grafía simple o separada (en frente), aunque es mayoritaria -y preferible- la grafía simple, según datos del corpus académico CREA: 2.752 apariciones de enfrente y 221 de en frente. Cuando lleva complemento, este está encabezado por la preposición 'de' (Nos encontramos enfrente de unos grandes almacenes), que tiene como misión introducir la persona o cosa cuyo lado o parte exterior principal se toma como referencia cuando se indica la posición. La locución de enfrente (y no de en frente), siempre como complemento de un nombre, designa algo que está situado delante del lado o la parte exterior que se considera principal, como la fachada de los edificios o la cara de las personas: el bar de enfrente, la casa de enfrente o los vecinos de enfrente.

Entretanto, con el significado de 'mientras tanto', también puede escribirse junto o separado (entre tanto). En el primer caso estamos ante un adverbio y en el segundo ante una locución adverbial. El número de apariciones en el corpus académico CREA (441 de entretanto y 439 de entre tanto) no es un dato significativo a la hora de recomendar una forma u otra. No obstante, como simple curiosidad, en el Diccionario académico se prefiere la grafía separada, mientras que el Diccionario Panhispánico de dudas se inclina por la grafía simple. Y no podemos olvidar que hay un uso de entretanto como sustantivo (En el entretanto repasé la prensa diaria).


Fuente: María Ángeles Sastre, publicado en El norte de Castilla

sábado, 28 de mayo de 2016

Borges conjetural


¿Qué pasaría si por un acontecimiento tan fabuloso como lamentable quedara de la obra de Borges un solo testimonio? ¿Y qué pasaría si ese resto de obra fuese el “Poema conjetural”? ¿Transmitiría en el futuro algo acerca de su autor, podría deducirse quién fue Borges a partir de ese poema sobre Laprida, hombre de letras y de guerra a la vez? Una indagación acerca del destino de un escritor que también se interna en los entretelones de la historia argentina.




Empecemos diciendo que no parece inverosímil proponer la creencia –como tanteo y problema– de que todo Borges estaría contenido en uno sólo de sus poemas, en uno solo de sus ensayos o en uno solo de sus cuentos. Pero sobre todo me interesa el planteo que situaría la totalidad de Borges en un poema único, el que permitiría a su vez descifrar en un rápido pero trágico compendio la naturaleza misma –nada menos– que de la propia Argentina, en términos históricos y políticos. Idénticamente, la propia naturaleza del autor se prestaría, en esa lectura, a ser develada o, por lo menos, aproximadamente descripta con algún grado de acierto.

Supongamos entonces, que debido a un acontecimiento fabulosamente irreparable desapareciera la obra de Borges de la faz de la Tierra y solo se salvara el “Poema conjetural”, ya que de él se trata. ¿Descubrirían las generaciones venideras la talentosa complejidad del autor de esos versos y, simultáneamente, sospecharían cuánto de cierto sobre la Argentina se dice en el poema?

Me permito este juego probabilístico –de hecho una especie de ficción futurista– teniendo en cuenta el respaldo estimulante que nos ofrece el pasado porque, en efecto, si nada de Grecia –por ejemplo– hubiera llegado hasta nosotros salvo la obra fragmentada de Heráclito o los principios igualmente fragmentarios de Anaximandro ¿habríamos alcanzado a sospechar la grandeza del pensamiento griego en esos escasos registros?

De forma parecida, descartemos todo lo que escribieron los antiguos y rescatemos –al azar– la Antígona de Sófocles; la pregunta se repite: ¿está en esa tragedia, no sólo todo Sófocles, sino también toda la tragedia griega?

Schopenhauer, cuya intransigencia era tan puntual como iluminadora, sostenía que la palabra del hombre es el material más duradero: “Cuando un poeta traduce su más fugitiva impresión en palabras que le son exactamente apropiadas, esa impresión vive durante largos siglos,y se reanima sin cesar en el lector que es accesible a ella”.

No sé si estamos hoy habilitados para alentar esa misma confianza (la confianza, precisamente, de un pesimista como Schopenhauer), ya que, después de todo, nos toca vivir un mundo más bien desganado y peligroso que busca apoyo (endeble, efímero apoyo) en cientos de distracciones fugaces e invertebradas, y sin embargo deseo creer que todavía existe el lector accesible y también que seguirá existiendo, aunque se trate de un “llanero solitario” perseguidor de quimeras.

El “Poema conjetural”, del que hablé no hace tanto en estas mismas páginas, tiene, entre otras cosas, el poderoso mérito de “inventarse” nuevos lectores “accesibles”. La ardiente brevedad con que Borges desarrolla la muerte de Laprida sobre el ocaso de una batalla perdida se instala “sin permiso” entre las mayores impresiones duraderas que un lector puede sentir.

Como sabemos, Borges no duda en imaginar que ese doctor de levita, un unitario y un letrado, se encuentra a sí mismo –o se ve por primera vez enteramente– en la verdad trágica de la barbarie, la que le descubre su “destino sudamericano” y esa misma revelación, enérgica paradoja absolutamente inesperada, le llena de júbilo el pecho.

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Es posiblemente en este punto donde afinca la dicha más alta del poema, y es a partir de esa culminación cuando se incorpora –al menos para mí– la pregunta más bien primaria, más bien perpleja y acaso improcedente pero de cualquier modo inevitable: ¿quién es Borges?

Sabemos que veneraba la épica hasta el extremo de volverse enfático, no ignoramos que sólo el pasado le parecía asible y explorable, conocemos sus repudiables despistes ideológicos, su natural incorrección política, su formal “antinacionalismo” (hablaba siempre de las dos “dictaduras”, la de Rosas y la de Perón), era –o habría sido en el siglo XIX– un conservador unitario, más bien apático, un liberal anglófilo al tiempo que admiraba –contradictorio y casi “federal”– la valentía sin vueltas de la gente de a caballo. Y es entonces que surge el contorno dilemático que le aplica a Laprida: Sudamérica –y Argentina, en este caso– no es ni puede ni debe ser Europa por más que desee serlo: Borges, digamos, entiende y siente más allá de su postura cívica la turbulenta identidad de un país que se va haciendo entre batallas y bonanzas transitoras.

Borges, en alguna instancia incontrolable de su genio, es el reparado amigo y contertulio de Bioy Casares y el doble de Laprida en sus dos fases contrapuestas: hombre de libros y guerrero vencido que muere en la tarde acuchillado sin remedio.

¿Quién es Borges verdaderamente? Y de inmediato me digo, pero eso ¿no ha sido ya dilucidado? O todavía más: ¿Qué necesidad tengo, o tendría cualquiera, de llevar adelante tamaña indagación? Nos basta con su obra, tan poblada todavía de puntos quizá inalcanzables, tan precisa y misteriosa e interminable como es, justamente, el mismo “Poema conjetural”.


Fuente: Rodolfo Rabanal publicado en Radar

miércoles, 25 de mayo de 2016

A la manera de Wallace

Hace unos años, se consideraba a David Foster Wallace uno de los hijos dilectos de Thomas Pynchon, el gran escritor “raro” norteamericano. Hoy, ya se le concede una justa autonomía: ha superado al maestro, es más Pynchon que Pynchon y, por lejos, el escritor que más incomoda en lengua inglesa.

“Citaría aquí alguna oración de algún relato de Extinción, pero no me quedaría espacio suficiente para el resto de la crítica”, escribió en su momento el encargado de la sección de libros de The Seattle Times a propósito de la salida de Extinción. Ja. Y es que desde la publicación de The Broom of the Sistem (1987, su primera novela, todavía inédita en español), Wallace siempre ha sido blanco de flechas chistosas sin que eso signifique negar el hecho de que más que probablemente sea el escritor más importante de su generación, de una generación crecida a la sombra y nutriéndose de los frutos de ese gigantesco árbol totémico que es Thomas Pynchon.

La diferencia entre Wallace (Ithaca, Nueva York, 1962) y sus contemporáneos –y en su apreciación del autor de El arcoiris de gravedad– es notable: Wallace no es discípulo, Wallace es Pynchon puro, sin diluir ni adulterar. Y –si se borraran las fechas y se mezclaran los títulos– costaría precisar quién es el maestro y quién el aprendiz. Wallace es más Pynchon que Pynchon. Wallace trabaja enfocando el telescopio/microscopio de Proust, conectando con los procedimientos más extremos de los escritores surrealistas para aparearlos con el paisaje social-realista de la literatura norteamericana más clásica, incorporando ciertos modales de los llamados “superficcionalistas” (Barthelme, Barth, Gaddis, Gass & Co.) y algún que otro tic de Nabokov (la nota al pie como huella digital) y a donde va a dar todo esto es a tramas que podrían leerse como la versión macro de las tramas minimal de los mejores episodios doméstico/laborales de la serie The Twilight Zone.

Pasen y vean: un hombre que recuerda un episodio traumático de su niñez cuando fue secuestrado por un enloquecido maestro suplente (“El alma no es una forja”); un canal reality que emite las 24 horas escenas de sufrimiento físico o psicológico y las tripas de un hombre producen esculturas fecales y animadas con la forma del dios Anubis o la estatuilla de Oscar y lo que ocurre en Style, una revista de fashionistas cuya redacción está en una oficina del World Trade Center, y es julio del 2001, y ya saben lo que va a pasar en un par de meses (“El canal del sufrimiento”); una batalla matrimonial a propósito de unos ronquidos (“Extinción”); el horror vacui expresado en la jerga cada vez más críptica pero reveladora de una reunión de marketing donde se prueba un nuevo producto alimenticio (“Señor Blandito”); la deconstrucción de una anécdota oída en un avión sobre un niño salvaje (“Otro pionero”); una mujer que descubre, luego de una cirugía plástica, que su rostro se ha convertido en una “máscara” que sólo expresa el terror (“La filosofía y el espejo de la naturaleza”); algo que puede ser leído como una confesión estética o credo ético en forma de memoir muy selectiva (“El neón de siempre”) protagonizada por un tal David Wallace pero en la boca suicida de un amigo de infancia; y –la muy breve “Encarnaciones de niños quemados”, un prodigio de contención en el que Wallace parece decirnos “Yo también puedo hacer esto”– la impotencia de unos padres que no saben qué hacer ante el dolor de su bebé.

Todos ellos –una traducción más apropiada del título original, Oblivion, sería Olvido y no Extinción– sueltos y perdidos en el espacio de jergas y tecnicismos, aunque unidos por el desesperado deseo de la amnesia y sin poder dejar de recordarlo todo hasta al más mínimo detalle. Porque cuál es el tema de Wallace. Fácil de decir y difícil de hacer: el Big Bang que da origen al infinito y el Great Crash del que resulta lo infinitesimal.

El problema para muchos –y la gratificación para algunos, entre los que me incluyo– es que Wallace, con todo esto, escribe cuentos. Y, para la crítica más formal made in USA, no está bien “hacerse el loco” en el relato porque para eso, en todo caso, está la novela. Y comparadas con sus colecciones de textos no tan breves, las novelas de Wallace (incluyendo a la colosal en todo sentido La broma infinita, de 1996) son casi normales. Lo que se incluye en La niña del pelo raro (1989), Entrevistas breves con hombres repulsivos (1999) y ahora en Extinción (2004) es, por lo contrario, el núcleo duro y atomizado de la obra de Wallace. Estos relatos-ensayados son el lugar donde más brilla y encandila este autor con su fuerza y su talento y –junto a sus ensayos-contados, recopilados en Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer (1997) y Consider The Lobster (2005)– el mejor sitio para comprender qué es lo que quiere hacer o deshacer, lo que le interesa provocar a Wallace.

Semanas atrás, hacia el final de una entrevista con John Banville, el escritor irlandés me aseguraba que “el estilo avanza dando triunfales zancadas, la trama camina detrás arrastrando los pies”. Wallace comparte esta idea y la lleva todavía más lejos convencido de que –y no es casual que haya firmado sendos non-fictions sobre el rap (junto al también pynchonista Mark Costello) y el discurso científico aplicado a una improbable, pero ahí está, “historia compacta” del infinito– más allá y por encima del estilo hay una nueva frontera en la que el lenguaje corre dando saltos digresivos cada vez más largos. Y es que para Wallace, el lenguaje no es un virus. Es mucho más que eso. Para Wallace, el lenguaje es una epidemia y arriesgarse a leerlo supone descubrir que uno es completamente inmune (y salir corriendo) o que se ha nacido para disfrutar del más intenso de los contagios sin retorno.

David Foster Wallace: guía para principiantes (y no tan principiantes)
Un revulsivo ensayista y crítico, Dale Peck, afirma que lo que en realidad busca Wallace con su prosa –lo que más o menos inconscientemente expresa– es las ganas de ser sodomizado. Otro, el de The Miami Herald, más cauto pero igualmente espantado, asegura que “pocas veces ha existido un escritor que desprecie más a los lectores”. Un tercero, en Harper’s, concluye con cierta preocupación que “Wallace está en su derecho de escribir un gran libro que sólo gente como él pueda entender. Me gusta pensar que yo soy uno de ellos; pero no tengo la menor idea de cómo convencerlos a ustedes que también son parte de ellos; y tampoco, me parece, sabe cómo hacerlo Wallace”.

¿Ja?

Wallace, por su parte, explicó sus intenciones con claridad sintética en una entrevista de hace varios años atrás: “Yo tuve un profesor que me caía muy bien y que aseguraba que la tarea de la buena ficción era la de darles calma a los perturbados y perturbar a los que están calmos”. Misión cumplida entonces. Ahora es el turno de ustedes y a ver qué pasa, qué les pasa a ustedes.

Una cosa es segura: David Foster Wallace viene haciendo lo suyo cada vez más seguro de aquello en cuanto al que ríe último ríe –y escribe– mejor.

Y como ningún otro.

A su manera.


Fuente: Rodrigo Fresán, publicado en Página 12 (2007)

sábado, 21 de mayo de 2016

Barbara Trapido: “Escribir es como tener amigos imaginarios"

Barbara Trapido, durante la entrevista en la sede de la agencia literaria A. M. Heath en Londres.
La sudafricana asiste a la inesperada segunda juventud de su novela 'El hermano del famoso Jack', publicada originalmente en 1982. El libro ve por primera vez la luz en España


Los Goldman irrumpieron en la imaginación de Barbara Trapido hace más de 40 años. Un excéntrico profesor de filosofía y una atractiva mujer bohemia, padres de un montón de hijos de poderosas personalidades. El clan cautivó a la joven Katherine Browne, una sofisticada alumna del patriarca de la familia, que entra en la edad adulta y descubre el primer amor de la mano de los Goldman. A lo largo de los años, con escenas que brotaban en la cabeza de Trapido, la historia de los Goldman se convirtió en un libro de culto que redefinió la tradición de las grandes novelas de aprendizaje. Su brillante construcción de los personajes y unos diálogos cargados de humor tejen una mordaz sátira sobre la intelectualidad de izquierdas de Hampstead que cautivó a una generación de escritores anglosajones. Publicada en 1982, El hermano del famoso Jack vive una inesperada segunda juventud, gracias a su exitosa reedición en Estados Unidos y Reino Unido, y se publica por primera vez en España. A sus 74 años, la autora nacida en Sudáfrica y afincada en Oxford recuerda aquella novela que la convirtió en escritora y a aquella familia que sigue habitando su imaginación.

PREGUNTA. ¿Le resulta raro saber que se publica ahora un libro que escribió hace más de 30 años?
RESPUESTA. ¡Es genial! Justo estaba leyendo el libro en el tren para acordarme. No sé qué pensarán en España sobre él.

P. En EE UU hay quien dijo que era una novela demasiado inglesa. Es curioso, porque usted creció en Sudáfrica con un padre holandés y una madre alemana.

R. Muchos escritores que me gustan tienen ese estatus de extranjeros. Mis padres hablaban alemán entre ellos porque mi padre, que se creía mejor en todo, llegó a la conclusión de que su alemán era mucho mejor que el holandés de mi madre. Creo que la identidad está ligada al lenguaje. Y yo tengo una identidad fluida que me ayuda a meterme en otras personas.
P. Tenía 40 años cuando se publicó la novela, pero los Goldman llevaban mucho tiempo en su cabeza.

R. Sí, unos 12 años. Un día una amiga me animó a escribir un relato para un concurso. Había soñado a la familia Goldman, y empecé a escribir sobre ellos. Entonces pensé que no quería escribir un relato corto, quería seguir a esa gente, descubrir cómo se desarrollaban. Y lo metí en un cajón. Siempre he sido muy evasiva, una hermana pequeña soñadora.
P. ¿Cuándo los retomó?
R. Mi marido encontró un trabajo en Oxford, y al mismo tiempo me quedé embarazada. En Oxford te encuentras a muchas intelectuales en las reuniones escolares. La madre de un amigo de mi hijo, una historiadora de la medicina, vino a tomar el té a casa. Le conté que había empezado a escribir, lo leyó y me animó a que siguiera. Lo hice para ella como un serial. Me divertí más de lo que lo había hecho en años. Era como cuando de niña me inventaba personajes y hablaba con ellos. Escribir es como tener amigos imaginarios. Lo leía en alto, escuchaba la melodía. Una novela es un juego de palabras y ritmo, como la música. No tenía intención de publicarlo. Pero lo terminé, lo metí en un sobre y se lo envié a un editor.

P. Sus personajes femeninos son muy inteligentes, pero siempre admiran a una figura masculina.
R. Sí. Una vez la escritora Anne Fine, que había estado casada con un académico de Oxford, me sugirió el porqué. “Te diré por qué las mujeres de tus libros son tan débiles”, me dijo. “Es porque vives en Oxford y todos los hombres ahí son unos prepotentes”. Pensé que era verdad, que las mujeres en mis libros esperan que los hombres tomen decisiones por ellas. Pero yo creo que son cosas que se asientan en tu cabeza mucho antes. Yo tenía una madre con mucho talento, pero era muy tímida. Se casó con mi padre, que era muy listo, y se fueron a Ciudad del Cabo. Él siempre tenía que ser el mejor en todo y anulaba a mi madre. Así que supongo que tenía ese prototipo de hombre en mi cabeza.

P. ¿Sería una novela distinta si la hubiera terminado más rápido?
R. Creo que sí. Tener hijos te transforma. Cuando empecé no sabía nada de chicos adolescentes. Fui a un colegio de chicas, tenía una hermana. Mis padres eran inmigrantes, no teníamos una red familiar. No sabía nada de los hombres hasta que fui a la universidad, y luego era demasiado tímida para mirarlos. La gente asume que no puedes inventarte nada, que todo está basado en alguien. Todo mi círculo se buscaba en esa primera novela.


P. ¿Cómo era el Reino Unido que encontró al llegar aquí a los 22 años?
R. Primero vivimos en Ciudad del Cabo y luego en Durban, que en los años cuarenta y cincuenta era una colonia racista inglesa. Íbamos a escuelas segregadas, todas chicas, todas blancas. Crecimos en la Sudáfrica más desagradable del apartheid. En 1963, en pleno proceso de Rivonia, vine a Reino Unido con mi marido y me encantó.
P. ¿Cómo ve el país ahora?
R. Odio a este Gobierno de derechas que tenemos, que se ha propuesto robar todo a los pobres y cerrar todos los servicios públicos. Fantaseo con mudarme a Escocia. Y he empezado los trámites para obtener un pasaporte holandés. Siento que Europa nos protege de lo peor de nosotros mismos. En el momento en que salgamos de la UE, toda la legislación sobre derechos humanos, sobre sindicatos, se irá a la basura. No es que Thatcher no hiciera un buen trabajo en eso, pero esta banda es peor. Por otro lado, mire la UE ahora. No creo que sea una gran cosa, pero supongo que sería aún peor sin ella.


 Fuente: Babelia, El País

miércoles, 18 de mayo de 2016

La era de la crónica

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Tras el protagonismo que la crónica obtuvo con el Nobel, 2016 augura una consolidación en América latina con Martín Caparrós a la cabeza


Poco a poco, la crónica se fue convirtiendo en un género cada vez más destacado y, ahora, 2016 podría ser su año de consolidación con colecciones publicadas por editoriales grandes y pequeñas y con un creciente lugar en revistas de toda América latina.

Al género ya se le han dedicado fundaciones, congresos, cursos y talleres. Cuenta con próceres locales y extranjeros: Tomás Eloy Martínez, Gabriel García Márquez, Gay Talese, Alma Guillermoprieto, Juan Villoro. E incluso mereció, el año pasado, un premio Nobel de Literatura, el de la autora de Voces de Chernóbil, Svletana Alexievich.

En la Argentina, la tradición se remonta casi a los inicios de la literatura nacional; las crónicas de viajeros, con Ulrico Schmidl a la cabeza, dieron el tono de un formato universal. Autores como Roberto J. Payró, Roberto Arlt, Sara Gallardo, o, más cerca en el tiempo, Hugo Beccacece, Leila Guerriero, Jorge Fernández Díaz, Flavio Lo Presti y María Moreno ensayaron y ensayan variantes del periodismo narrativo. Y por el apoyo de revistas como Gatopardo, Anfibia, Rolling Stone o Brando, el género se perfecciona y consolida en América latina.

En abril, Martín Caparrós publicará una suma de crónicas titulada lacrónica, nombre que combina lacónicamente un género en ascenso con el lenguaje del hashtag. Dice Caparrós: "Siempre me interesó, de lacrónica, su carácter marginal, cuestionador, político. Y es cierto que ahora veo de vez en cuando cierta tendencia a hacer del género un manierismo". Federico Bianchini, autor de Desafiar el cuerpo y editor de la revista digital Anfibia, coincide con Caparrós: "Muchas veces leo crónicas de gran encanto estilístico que carecen de información. O textos que tienen datos, pero les falta mirada de autor: lo que el escritor mexicano Juan Villoro llama la «centésima moneda». Aquello que distinguirá esa crónica de otras, que la hará única y diferente. Se suele pensar que lo fundamental es que el texto esté bien escrito. Como si el qué contar pasara a un segundo nivel y el cómo estuviera en un primerísimo primer plano".

Guerriero, autora de crónicas y maestra de cronistas, indica que para ella el florecimiento del género reside en el interés que la crónica despierta actualmente en las casas editoriales. Tusquets lleva adelante una colección de crónicas (que dirige la misma Guerriero), la Editorial Municipal de Rosario mantiene una hermosa colección; Penguin Random House, en varios de sus numerosos sellos, edita la obra de Joan Didion, Talese y Alexievich. Planeta hace lo suyo con Gabriela Saidon, Hugo Alconada Mon y Caparrós. "En la Argentina hay cronistas de primera línea", afirma Guerriero.

Para Javier Sinay, autor de Los crímenes de Moisés Ville y ganador en 2015 del premio García Márquez de periodismo por un texto publicado en la Rolling Stone local, opina que la calidad de la crónica se perfecciona gracias a la circulación que diarios, revistas y sellos editoriales le pueden brindar. "La crónica aporta todo lo que puede aportar una persona con ideas y ganas de contarle algo al mundo: contexto, sensibilidad, calidad, prosa, emoción, humanidad, presencia."

"El panorama de la crónica en la Argentina no es muy distinto del que existe en el resto de América latina -dice Josefina Licitra-. Muchos periodistas hacen apuestas personales, y ponen tiempo y energía en trabajos de largo aliento. Pero después sucede lo de siempre: los medios capaces de reconocer esa apuesta en términos económicos y de espacio físico dentro de sus grillas, son pocos. Observa, además, que la crónica se ha convertido en una curiosa máquina de jerarquizar periodistas: "No creo en ese escalafón. La crónica es, sobre todo, un ejercicio de espera en el que hay que estar alerta, rondando, al acecho, a veces por bastante tiempo. Mi recomendación es que aprendan a esperar. Y que lleguen a la crónica después de haber pasado por el abecé del periodismo. En definitiva, hay que tener un pasado. Y calle."

Juan Pablo Meneses fue uno de los pioneros en el rescate de la crónica como un modo original de pensar el mundo. El autor de La vida de una vaca ha publicado Una vuelta al tercer mundo, que reúne crónicas de viaje por diferentes regiones en busca de un imposible: el pensamiento global tercermundista. "El mayor lugar común de la crónica actual viene de fuera de ella -afirma-. La crítica de la crónica ha sido muy débil. No ha estado a la altura de esta irrupción. El crítico actual ha sido sorprendentemente conservador frente al género, y no ha podido diferenciar libros totalmente distintos. No vieron venir la crónica, y hoy sus críticas son a favor o en contra, pero pocas veces entran en la obra, su contenido, su estructura."

Mientras tanto, los cronistas investigan los pliegues de aquello que se llama "realidad" y, libretita o grabador en mano, narran el presente.

Cinco claves de un oficio

"La crónica es lo contrario de la noticia." (Guerriero)

"Los recursos retóricos no juntan polvo." (Bianchini)

Los clichés no son pecados prohibidos." (Sinay)

"No me gustan los narradores íntegros o en pose, no les creo." (Licitra)

"Soy enemigo «cronista miseria», que escribe con un ojo en la página y el otro en el premio desde el primer mundo por la caricatura de los pobres." (Meneses)


Fuente: Daniel Gigena

sábado, 14 de mayo de 2016

Parte del canon

El escritor será publicado en la colección, que reproduce el canon literario universal.

Por: Álex Vicente

Mario Vargas Llosa pasará a formar parte este año de la legendaria colección de La Pléiade, la colección que reúne el canon de la literatura universal a través de antologías que concentran los grandes textos de los mayores autores. Es altamente inhabitual que un autor sea seleccionado estando vivo. Hasta la fecha, solo 16 han tenido este honor antes que Vargas Llosa. Entre ellos, Eugène Ionesco, Julien Gracq, André Gide, Nathalie Sarraute, Marguerite Yourcenar, Paul Claudel, Claude Lévi-Strauss o Milan Kundera.

Oficialmente, el autor peruano será el primer hispanófono en obtener esa proeza. Jorge Luis Borges, publicado en La Pléaiade en 1993, falleció siete años antes, pero la edición de su volumen estaba en marcha antes de su muerte. Cuenta la leyenda que, al enterarse de la buena noticia, afirmó que tal vez fuera "más importante que el Nobel". Otros autores en castellano que forman parte de la colección son Federico García Lorca (1981), Miguel de Cervantes (2001) y Octavio Paz (2008), entre un conjunto que incluye a Shakespeare, Dante, Molière, Diderot, Flaubert, Sartre, Dickens, Joyce, Kafka, Hemingway y Jane Austen.

Este panteón literario, publicado desde 1931 por la editorial Gallimard, está compuesto por 800 volúmenes de encuadernación inconfundible, de tapas robustas de cuero flexible y delgadas páginas en papel semibiblia, que le dan cierto aspecto de misal. En algunas librerías se conservan en vitrinas de cristal bajo llave, como si fueran licores caros. El culto que rodea a la colección es legendario, igual que su autoridad y su renombre en el mundo de las letras. André Malraux, el gran escritor que terminó creando el ministerio francés de Cultura (e integrando la colección en 1989), la definió una vez como "una biblioteca de la admiración". Hasta los ochenta, se solían vender unos 450.000 volúmenes anuales de La Pléiade. Hoy serían unos 300.000 al año, por un total de 20 millones acumulados desde 1931.
La antología dedicada a Vargas Llosa llegará a las librerías francesas el 24 de marzo, en dos volúmenes distintos que contendrán ocho novelas del autor, publicadas entre 1963 y 2006, con una introducción de Stéphane Michaud, profesor emérito de Literatura Comparada, y traducciones al francés de Bernard Lesfargues, Albert Bensoussan y Anne-Marie Casès. El primer volumen incluirá La ciudad y los perros, La casa verde, Conversación en La Catedral y La tía Julia y el escribidor. El segundo comprenderá La guerra del fin del mundo, La fiesta del Chivo, El paraíso en la otra esquina y Travesuras de la niña mala.

"Es una buena noticia y una especie de reparación, porque el mundo hispanófono está infrarrepresentado en La Pléiade. Se trata de un síntoma del interés creciente por el mundo hispano e iberoamericano en Francia, que a veces recuerda al de los años del boom", sostiene la directora del departamento de Estudios Ibéricos y Latinoamericanos de la Sorbona, Nancy Berthier. La universidad parisina cuenta, desde 2013, con una cátedra Vargas Llosa, que organiza coloquios, seminarios y conferencias. En su discurso inaugural, el escritor rememoró entonces la relación especial que mantiene con París desde un primer viaje iniciático a finales de los cincuenta.

En la introducción a su doble volumen en La Pléiade recuerda, una vez más, esa vinculación. "Recién llegado a París, en agosto de 1959, compré Madame Bovary en la librería La Joie de Lire, de François Maspero, en la rue Saint-Séverin, y esa novela, que leí en estado de trance, revolucionó mi visión de la literatura", escribe Vargas Llosa en este ensayo inédito. "Descubrí que el realismo no era incompatible con el rigor estético más estricto ni con la ambición narrativa y los principios elementales de la novela […] El tiempo de una novela, aprendí, es una creación tan facticia que los personajes y la historia y, si el talento creador no es innato, un escritor puede adquirirlo a fuerza de perseverancia, autocrítica y trabajo", concluye.

El escritor visitará la capital francesa en abril, pocos días después de su entrada en La Pléiade y de la publicación de su nueva novela, Cinco esquinas, que recrea los últimos meses de la dictadura de Fujimori y Montesinos en Perú.

miércoles, 11 de mayo de 2016

Hallazgos: Kelly Link

Resultado de imagen para Kelly Link,El nuevo libro de Kelly Link, A mí no me engañas, uno de los jóvenes talentos de las letras americanas.
Mientras que algunas de sus obras de ficción cae más claramente dentro de las categorías de género, muchas de sus historias podrían describirse como realismo mágico o una combinación de la ciencia ficción, fantasía, terror, misterio, y el realismo. Entre otras distinciones, ha ganado un premio Hugo , tres premios Nebula, y un World Fantasy Award por su ficción.
Kelly Link (1969) ha sido definida por Michael Chabon como «la voz más oscuramente lúdica de la ficción estadounidense». Después de la publicación en Seix Barral de Magia para lectores, los ocho cuentos de este nuevo libro de Kelly Link sumergen al lector en un universo ficticio inolvidable y expanden los límites del género del relato. Huracanes, astronautas, gemelos malvados, contrabandistas, el mago de Oz, superhéroes, iguanas, pirámides… éstos son algunos de los talismanes de una imaginación capaz de maravillarnos como pocos autores contemporáneos. Los cuentos de A mí no me engañas rebosan fantasía, pero también humor y generosidad hacia la fragilidad y las fuerzas ocultas que residen en todos nosotros.