miércoles, 30 de noviembre de 2011

Ese pícaro inolvidable


¡Tom!

Silencio.

-¡Tom!                                                   

Silencio.

-¡Dónde andará metido ese chico!... ¡Tom!

La anciana se bajó los anteojos y miró, por encima, alrededor del cuarto; después se los subió a la frente y miró por debajo. Rara vez o nunca miraba a través de los cristales a cosa de tan poca importancia como un chiquillo: eran aquéllos los lentes de ceremonia, su mayor orgullo, construidos por ornato antes que para servicio, y no hubiera visto mejor mirando a través de un par de mantas. Se quedó un instante perpleja y dijo, no con cólera, pero lo bastante alto para que la oyeran los muebles:

-Bueno; pues te aseguro que si te echo mano te voy a...

No terminó la frase, porque antes se agachó dando estocadas con la escoba por debajo de la cama; así es que necesitaba todo su aliento para puntuar los escobazos con resoplidos. Lo único que consiguió desenterrar fue el gato.

-¡No se ha visto cosa igual que ese muchacho!

Nuestro homenaje a Mark Twain

Quien, de niño, no recibió de regalo Las aventuras de Tom Sawyer se perdió de algo. Es cierto, al principio uno siempre espera juguetes y ni hablar si la tía nos promete ropa que sabemos alegrará solo a nuestra madre. Es verdad, también, que desenvolver el papel  rojo (todavía lo recuerdo) y terminar rompiéndolo para encontrarnos con un libro de fondo amarillo con la ilustración de un maestro que le tira de las orejas a un chico con tiradores nos desilusiona un poco. Pero después, cuando empezamos a ojearlo y más adelante, hojearlo, y vemos las maravillosas ilustraciones que retratan sus travesuras, una curiosidad inigualable se apodera de nosotros.
 Así que leemos, leemos y leemos, y sentimos que nos parecemos un poco a él, que la tía Polly es pesada pero tiene buen corazón, que Sid es insoportáblemente correcto y por qué no, un tanto mezquino, y que quisiéramos ser tan bellas como Becky Thatcher para llamar la atención de Tom.

También nos da mucha lástima Jim, un chico como nosotros, pero que por su color de piel es quien realiza todo el trabajo pesado. "Un criado o esclavo", nos explicará la señorita en el colegio, cuando ya esta novela nos hace preguntarnos muchas más cosas de las que creíamos al principio. De manera que descubrimos las injusticias sociales y los prejuicios a través de su lectura, y no mediante las aburridas tareas escolares o una lección frente al pizarrón. Entonces allí entendemos lo de en todos lados se cuecen habas. 

No es entonces ninguna sorpresa que terminemos admirando la amistad de Tom con Huckleberry Finn y que nos fascine de este flamante atorrante su desapego por las reglas, su peligrosidad, su salvajismo, y lo sintamos un poco suertudo porque no lo obligan a ir al colegio ni a la iglesia.

En fin, entramos en un mundo nuevo donde los gatos muertos son mágicos y curan verrugas, donde una "caja de pistones" y un insecto pueden perturbar la tranquila parsimonia de los feligreses  desencadenando una hecatombe en la misa; donde una cueva llamada McDougal puede ser el lugar más maravilloso del mundo y donde la cuerda de un  cometa ( papá nos advierte que se trata de un barrilete)  resulta muy útil si por casualidad, nos perdemos en un laberinto oscuro.
De manera que al llegar a la última página sabemos que vamos a necesitar otro libro, para conocer más de su mundo, para acompañarlo en su decisión de ser pirata y secundarlo en todas sus encantadoras ocurrencias.
Por lo tanto, pedimos más. 

Y nos cumplen, por suerte. 


Nos traen Tom Sawyer en el extranjero y Tom Sawyer, detective; y claro, Las aventuras de Huckleberry Finn, todos de tapas durísimas y con olor a libro nuevo de la colección Robin Hood.
Finalmente, como todo tiene un principio y un final, los libros se cierran y la melancolía nos invade. 
Extrañamos a nuestro amigo Tom, necesitamos imperiosamente que ese señor llamado Mark Twain que nació un siglo antes que nosotros y del cual desconocíamos todo, nos diga más acerca de él. Pero el señor de bigotes y pelo canoso, el de las "fotos" en blanco y negro ya no está entre nosotros. 
Esta certeza nos conmueve sin comprender muy bien por qué. 

Entonces, vamos a la librería con los viejos o con alguna abuela piola, porque nuestros amigos no entienden muy bien nuestro estúpido y empecinado interés en alguien que no existe, en lo que muchos piensan, no es más que un amontonamiento de tinta negra y papeles viejos, postrera resonancia de una historia  y una época que no tiene nada que ver con nosotros. 

Sin embargo, insistimos. Y a partir de allí, se nos revelan otros seres de papel y tinta, con penas o alegrías muy parecidas a las nuestras, que nos hacen reír a carcajadas, que nos obligan a pensar, que inflaman nuestra fantasía, que tienen la textura de los sueños y un corazón que late a pesar suyo; tan reales, tan parecidos...tan ajenos. 
Entramos por fin,  sin saberlo, en la literatura. 

Después, crecemos conscientes ya que aquel es un camino sin retorno, si la lectura febril se convierte en incipiente escritura. Muchas veces, una vocación políticamente incorrecta, aunque socialmente tolerada, que la mayoría de las veces camina por la vereda opuesta a la tradición y a las buenas costumbres, con la consabida obligación de llevar a cabo para sobrevivir en nuestra burguesa sociedad, las más dispares labores y oficios. 
Nos damos cuenta de que la literatura para quien escribe, sobre todo, es un camino en ocasiones ríspido y arduo, lleno de parciales reconocimientos, un trabajo serio, claro. 
Pero para ese entonces, aunque es tarde, nos hemos encontrado a nosotros mismos. 
Nada puede evitar que a pesar de haber caído en el vicio, a menudo nos sintamos bendecidos o maldecidos según los avatares de nuestra vida. Sin embargo, una sola cosa es cierta, tenemos el permiso para soñar la mayor parte del día y si nos animamos a compartirlo con los otros, es más de lo que podemos esperar.
Así que gracias Mark Twain por influir, como tantos otros maravillosos escritores, con tus revoltosos Tom Sawyer y Huckleberry Finn, y hacer que el paso por esta vida sea menos sobria y tenga más de un sentido.


Fuente: Adriana Greco para Correctores en la Red


martes, 29 de noviembre de 2011

Pastillitas de saber

Abatir no es matar




El verbo abatir no es sinónimo de otros verbos como matar, asesinar, disparar o tirotear, aunque se pueda usar en sentido figurado con ese mismo significado.

En las noticias sobre operaciones militares y policiales y enfrentamientos entre bandas y grupos armados, se repite con demasiada frecuencia el verbo abatir y su participio abatido para evitar el uso de matar y de muertos, sin tener en cuenta que en español el verbo abatir no tiene el mismo significado que matar.
Abatir tiene entre sus significados los de 'hacer que algo caiga o descienda', 'inclinar, tumbar, poner tendido lo que estaba vertical', 'humillar', 'hacer perder el ánimo, las fuerzas', pero en ningún caso el de 'matar' o 'asesinar', es decir, se puede abatir (tirar al suelo) a una persona dándole una pedrada en una pierna o pegándole un tiro en la rodilla, pero sin necesidad de matarla.

Por ello no conviene abusar de su uso figurado en frases como las siguientes: «Funcionarios de la Policía abatieron hoy a un joven de 23 años»; «Al menos diez islamistas abatidos en un enfrentamiento con el Ejército»; «Rodríguez Barragán confirmó que la guerrillera está herida, mientras que dos guerrilleros que estaban con ella fueron abatidos en el enfrentamiento».
Hubiera sido mejor decir: «Funcionarios de la Policía mataron hoy a un joven de 23 años»; «Al menos diez islamistas muertos en un enfrentamiento con el Ejército»; «Rodríguez Barragán confirmó que la guerrillera está herida, mientras que dos guerrilleros que estaban con ella resultaron muertos en el enfrentamiento».


¿Ambos a dos?

ambos (a) dos. Esta locución, sinónima de ambos, era muy frecuente en el español medieval y clásico, más con preposición (ambos a dos) que sin ella (ambos dos), y en estas dos formas ha pervivido hasta nuestros días. Por su carácter redundante, está en retroceso en el habla culta y se desaconseja su empleo.

A mansalva


Muchas veces hemos oído o leído la expresión a mansalva entendida en el sentido de cantidad, sin embargo su significado según la Academia es 'Sin ningún peligro, sobre seguro', y el diccionario de María Moliner lo concreta más: 'Refiriéndose a la manera de atacar a alguien, de palabra o de obra, con seguridad, sin exponerse'. Pero su empleo con el sentido de 'en abundancia', 'sin tasa', se ha extendido tanto que se recoge en este diccionario de uso y en todos los demás que hemos consultado, (Vox, Clave, Petit Larousse, Diccionario del español actual, de Seco, Andrés y Ramos...), algunos de los cuales no recogen, en cambio, la acepción de 'sin ningún peligro, sobre seguro'. Cabe decir, pues, que en este momento la locución a mansalva tiene ambos significados, y que quizá esté más extendido el segundo.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Breve historia de la literatura portátil


La escena es así: un hombre descansa en la cima de una montaña que acaba de alcanzar. Está satisfecho: a sus pies se despliega un escenario sin límites, el cielo está despejado y las cumbres nevadas de los Alpes sólo recuerdan la magnitud de su hazaña. Sin embargo, se ve al hombre absorto y feliz con la mirada fija en el objeto delgado y rectangular que sostiene en sus manos. Por su expresión, uno intuye que la sensación de libertad del paisaje a su alrededor es un eco perfecto de esa otra sensación que lleva dentro. El hombre, por supuesto, está leyendo y nosotros podríamos estar ante una nueva publicidad de e-book, de Kindle o de iPad.

Pero no: el hombre es Petrarca, el año es 1353 y lo que se sostiene en la mano es un libro. Toda una novedad de aquel entonces: un libro pequeño, portátil, en este caso una copia de Las Confesiones de San Agustín, un objeto amigable y diferente a los monstruosos ejemplares que habitaban los monasterios.
La escena, que el mismo Petrarca describe en la epístola “Subida al Ventoso”, late en el corazón del Humanismo, una revolución cultural como no hubo otra y que cambió para siempre el modo de leer: rescató a los clásicos griegos y latinos del ahogo de la glosa medieval y los liberó del dogmatismo escolástico; convirtió el saber en un elemento indispensable para la construcción de un hombre, en un instrumento político y en un estilo de vida cotidiano; inspiró la fundación de universidades, la aparición de mecenas, el surgimiento de bibliotecas privadas y la proliferación de traducciones. Se empezó a escribir para ser leído en voz alta, se dejó atrás el latín anquilosado, surgieron las lenguas romances, nuevos idiomas para nuevas ideas y nuevos públicos. Los libros y las libretas para tomar notas se podían llevar a cualquier lado, se desarrolló la ágil cursiva en reemplazo de la letra gótica, y empezó a tomar forma la idea de que el mundo podía corregirse como se corrige un texto. Ese redescubrimiento de la Antigüedad convirtió a la red de bibliotecas de la Iglesia que se desperdigaban por Europa como los servidores de Internet se desperdigan hoy por el mundo, en un manantial inagotable de textos y saber que se podían rescatar y reinterpretar. La revolución motorizada por esas búsquedas llevaría a Europa al Renacimiento y su fuerza se seguiría sintiendo durante siglos.

No es poco lo que tuvo que ver en todo esto un significativo cambio tecnológico: la incorporación del papel, llegado de China a través del mundo árabe, como versión económica del pergamino.
Menos de un siglo después de la caminata de Petrarca, otra escena terminará de acelerar esa revolución: un hombre de 52 años finalmente encuentra el modo de realizar la idea que lo acompaña desde su juventud: es 1450 y Gutenberg sostiene en sus manos el primer libro de la imprenta que acaba de inventar. El libro, ahora, se imprime apenas en un par de semanas y ya no hace falta copiar a mano durante meses. En poco tiempo, las imprentas se esparcirán por Europa y los libros, como envoltorios de cientos de saberes, se multiplicarán por miles. El libro volverá a ser laico y Europa florecerá como nunca en 1500 años. Las innovaciones artísticas y los adelantos científicos serán incomparables. Se ha puesto en marcha el Renacimiento. Apenas pocos años después, un niño genovés descubrirá en casa de sus padres una de esas pequeñas ediciones dedicada a la geografía e imaginará viajes extraordinarios. El pequeño Cristobalito ya sabe leer.

De alguna manera, fue la imprenta la que descubrió América.

Y mientras tanto, en Europa, Lutero y Hamlet, los dos alumnos más célebres de la Universidad de Wittemberg, también se preparán para hacer historia, abriendo cismas cuyos orígenes, como los de su universidad, pueden rastrearse en esa conjunción de humanismo e imprenta.

Durante los últimos seis siglos, el libro, impreso en papel y salido de la imprenta, parece haberse convertido en la materialización inseparable de la escritura: lo escrito sólo perdurará, se cree, si toma forma de libro. El libro es verbo hecho pulpa. Y, sin embargo, ahora asoma el libro electrónico, un soporte tecnológico que podría desembocar (o no) en una democratización inimaginable de todo de tipo de textos, liberados del ahogo de lo inconseguible, de la importación y de los precios desorbitantes, abriendo la posibilidad de una circulación impensada de traducciones, correcciones y creaciones. Pero no por eso dejará de ser libro. A eso se refiere Umberto Eco cuando afirma que “el libro es como la cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras. Una vez que se han inventado, no se puede hacer nada mejor. El libro ha superado la prueba del tiempo... Quizá evolucionen sus componentes, quizá sus páginas dejen de ser de papel, pero seguirá siendo lo que es”. El libro parece ser a la mente lo que la rueda fue al cuerpo. Sólo el tiempo dirá si la aparición del libro electrónico será al libro lo que la cubierta inflable de caucho fue a la rueda de madera.
Por supuesto que muchos querrían leer, en el camino, en los rollos originales en que Kerouac los tipeó, pero tal vez el libro electrónico nos acerque más a eso que las ediciones de cientos de pesos que, a pesar de ser facsimilares, no se desenrollan (¿no está más cerca de un papiro de Alejandría la función de scrollear para abajo en la pantalla que la de pasar las páginas?). Si durante el Humanismo fue crucial la posibilidad para los artistas y estudiosos de volver a tomar contacto directo con los originales antiguos, liberados de la intermediación escolástica, ¿por qué no imaginar las consecuencias (buenas y malas, pero inevitables) de cientos de miles de alumnos y profesores que podrán, en sus pequeñas pantallas, leer los facsimilares virtuales de papiros griegos, piedras egipcias, pergaminos medievales, papeles chinos, y encima poder anotar, consultar e intercambiar ideas entre todos?

¿Qué sería de los códices de Da Vinci, llenos de dibujos, recetas, diagramas e invenciones, con las posibilidades de la tecnología? ¿Por qué no imaginar una versión aggiornada e interactiva de La evolución de las especies o un libro así sobre la historia del Tiempo o del Universo?
La noción de libro es más amplia que su soporte: Los nueve libros de la Historia de Heródoto, viajero, cronista, historiador, antropólogo, escritor, fueron escritos en rollos de papiro, y no por eso no se llaman libros. Del mismo modo, fueron divididas en nueve libros en la biblioteca de Alejandría. Y hoy, no hay edición que no los reúna en un solo volumen. Nada de eso modifica su contenido: habla en cambio de su circulación y de las épocas que atravesó. El mismo Heródoto escribía en papiros “portátiles” que enrollados cabían en una mano, y cuyo largo estaba calculado para durar una lectura en voz alta. Ya desde entonces el hombre ha vivido bajo la tensión entre el almacenamiento de saber y la posibilidad de transportarlo.

Acaso los cambios que traiga el libro electrónico sean inimaginables, inmensos o modestos, pero lo cierto es que muchos de los problemas que parece plantear ya fueron, en verdad, planteados por el libro antes.

La posibilidad de acceder a todo el conocimiento disponible es algo que ya se había planteado en Alejandría, donde sus copistas copiaban todo lo que conseguían, muchas veces con métodos bastante más ilegales y engañosos que los que hoy se usan para bajar mp3 y películas (y gracias a ello, por ejemplo, sobrevivieron tragedias griegas que si no se hubiesen pulverizado bajo las ruinas de Atenas). Un corte de energía mundial o un virus que fulmine la red serían el equivalente al incendio de la biblioteca, aunque más improbable en la ferocidad de su resultado.
El temor a la circulación desaforada de textos que pierdan su copyright e incluso el nombre de su autor como una etiqueta que se despega de un cuaderno tampoco es nuevo: tenemos siglos de filología tratando de adjudicar con certeza la autoría de textos antiguos (o no tanto, como el Cardenio de Shakespeare), incluso identificando y discutiendo fragmentos de otros autores insertados a lo largo del tiempo en textos originales (como los pasajes de Jenofonte en la monumental obra de Tucídedes).

La idea misma de la riqueza casi infinita del hipertexto, de las múltiples referencias y significados que pueden encerrar cada palabra y las incontables ramificaciones que cada uno puede rastrear, ya se encuentran en el Finnegans Wake de Joyce, un libro de una complejidad a la que Internet todavía no llega.
Incluso el libro con auriculares, ¿no está acaso prefigurado en la Ilíada y la Odisea? ¿No son acaso audiobooks al revés, en los que se fijó por escrito eso que tantos oyeron de boca de los poetas y los rapsodas, historias que pasaban y mejoraban y perfeccionaban de unos a otros sin problemas de copyright?

La circulación de información siempre tuvo resultados inesperados. Shakespeare fagocitó libros de divulgación histórica para algunas de sus piezas sobre reyes antiguos, y hasta libros que recogían noticias y dramones sentimentales para otras como Romeo y Julieta. A mayor información, mayores combinaciones posibles. Una vez, a mediados de los ‘90, Francis Ford Coppola dijo que se sentía un dinosaurio en el cine, porque filmaba a la vieja usanza, mientras probablemente el nuevo Mozart del cine tuviera cinco años y estuviera jugando con una cámara digital en un rancho alejado de las ciudades. Tal vez, esa conjunción de Internet y e-book (difícil no pensarlos juntos) haga lo mismo por la escritura.

Tal vez el e-book signifique libros baratos que uno podrá comprar por poco dinero y entre los que elegirá unos pocos para imprimir a pedido en ediciones a medida o artesanales. Tal vez signifique también varios estantes de libros de consulta menos (igual que Internet fue limpiando los estantes de enciclopedias Espasa y Británicas). Tal vez también signifique la puerta de entrada (sigue teniendo forma de puerta, sigue siendo un libro) a un mundo en el que sea menos probable que las cosas desaparezcan. Es inmensa la cantidad de obras que la humanidad ha perdido por guerras, censuras, imperios derrumbados, piedras rotas, papiros descompuestos, papeles quemados o perdidos. El XX ha sido el primer siglo en dejar un registro de sí mismo en movimiento. No está mal que el XXI perfeccione el modo de almacenar para el futuro todo ese conocimiento, y eso incluye a las palabras. Una palabra incomprensible puede encerrar, incluso, mucho más que un cd sin la tecnología para leerlo. Después de todo, la palabra, mucho antes que la grabación, es un objeto que ha transportado sonidos a través del tiempo: ¿o no son el griego y el latín los únicos sonidos que nos han quedado de Atenas y Roma?
La aparición de la Piedra Rosetta fue aún más proverbial que la de un lector de cds para el arqueólogo que desentierre un Musimundo en el futuro, ya que abrió la puerta a una civilización que estuvo 4000 años cerrada. Y quién sabe si el ebook no tendrá, para entonces, un lugar junto a la Piedra Rosetta en ese inmenso museo de civilizaciones antes que de obras de arte que es el Museo Británico. Ahí se exhiben fragmentos monumentales de paredes talladas en el esplendor de Medio Oriente, jeroglíficos pintados en ataúdes, ideogramas en rollos de papel milenario, cajas con largos rollos de papiros para ser enterrados junto a los muertos como guías para el viaje en el más allá, tabletas escolares del imperio babilónico con acertijos y problemas matemáticos con la solución del otro lado, tabletas de arcilla de 5000 años del tamaño de un iPod. Cada civilización parece representada, también, por sus escritos. Pero si hubiera que elegir uno, quizás sería el Obelisco Blanco, una pieza de 3000 años que muestra que algunos de los primeros libros no eran libros sino obeliscos, con caras en vez de páginas, en el que giran los lectores en vez de las páginas. Bastante se avanzó desde entonces. Sin embargo, ahora, desgastada la piedra, borroneada por el tiempo, imposible de leer, giramos a su alrededor como giran los monos de 2001 alrededor de ese monolito milenario de una civilización desconocida.

A pocos metros, el pequeño Obelisco está custodiado por dos imponentes guardianes en piedra del dios asirio Nabu, el dios de la escritura. Son dos figuras de 3000 años de antigüedad que han mantenido la ferocidad a través del tiempo. Al final de la inscripción que llevan tallada y que todavía se puede leer, advierten al lector: “No confíes en ningún otro Dios”.
El argumento de que el libro se podrá seguir leyendo a la luz de la vela presupone con arrojo que en un futuro sin e-book habrá velas. Tal vez ése sea un apocalipsis optimista. Tal vez, las velas correrán por cuenta de quienes nos vayan a visitar una noche al Museo Británico. Pero eso no será por culpa del e-book.


Fuente: Juan Ignacio Boido (Página 12)

martes, 22 de noviembre de 2011

La importancia del latín en la educación


Desde que se escribió el primer texto que conocemos en latín, la Fíbula de Preneste, en el siglo VII antes de Cristo, el latín se desarrolló como cualquier lengua, dejando sus huellas en autores antiguos, que conocemos apenas por fragmentos: Livio Andrónico, Nevio y Enio. Más tarde aparecerían los textos de Catón y las comedias de Plauto y Terencio, escritas en un latín bastante diferente de aquél del siglo I antes de Cristo, cuando comienza la llamada fase clásica de la literatura latina: César, Cicerón, Ovidio, Horacio, Virgilio, Cátulo. En el período posclásico viene la narrativa de Apuleo, Persio, Juvenal, Marcial, Vitruvio, Tácito, Petronio, Plinio, Séneca y de los narradores cristianos: Amiano, Marcelino, Lactancio, Ausonio, Santo Ambrosio, Carisio, San Agustín y la Vulgata, la traducción latina de la Biblia hecha por San Jerónimo, cuyo estilo inspira toda la Edad Media.
Desde Varrón, la lengua sufre normalización, que fue reforzada por Quintiliano, Donato, Macrobio, Consencio, Pompeyo y Sidonio Apolinario. Durante la Edad Media, el latín adquirió su status de lengua universal: las leyes francesas se escribieron en latín hasta el siglo xvi, las autoridades escriben todo en latín: las etimologías de San Isidoro de Sevilla; los tratados de música de Boecio; libros de medicina, como los de Marcelo Empírico y Oribasio; de culinaria (Apicio); de veterinaria (Vegeto Renato); de conservación de alimentos (Ántimo) y, sobre todo, textos religiosos. Aristóteles es leído en su versión latina, así como la Biblia.

En el Renacimiento, el latín fue el modelo sintáctico y de estilo para el desarrollo de las lenguas modernas, y del propio esquema gramatical sobre el cual son descritas. Hasta no hace mucho tiempo, no sólo las misas, sino también las descripciones de la Botánica y la Zoología eran en latín; los nombre científicos lo son hasta hoy. 

Y viene siempre la pregunta fatídica: ¿Pero para qué sirve el latín hoy? Suelo contestar que es una pregunta impropia pero, ya que se hace, voy a intentar contestarla. Es preciso admitir que en el siglo xxi, dominado por la electricidad y la velocidad, parece extraño y hasta anacrónico el estudio del latín. ¿Cuál es la utilidad de una lengua muerta, que requiere atención, dedicación y esfuerzo? ¿En qué va a cambiar mi vida o llevarme a ocupar posiciones más elevadas en la sociedad? Todo depende de cómo encaremos el problema. Con el latín, aprenderemos a conocer mejor nuestro idioma, que contiene misterios interesantísimos. El latín nos sirve como trampolín para sumergirnos más profundamente en nuestra visión del mundo, en nuestra manera de pensar, en nuestra vida. Aquel que entiende bien el mensaje que el latín trasmite en sus textos se cuestionará mejor y verá que antes de nuestros valores hubo otros, muy diferentes, pero perfectamente coherentes, que merecen nuestra admiración y respeto.
Lejos de ser retrógado, el estudio del latín asociado al estudio de la vida social en Roma nos permite vislumbrar cuántas cosas cambiaron y cuántas permanecen sorprendentemente con la misma forma que tenían entonces, muchas veces apenas con otro nombre.

Lo que se heredó del Imperio Romano a lo largo de estos 27 siglos de uso del latín escrito no fue poco. Resumiendo, yo contestaría con otra pregunta: ¿cómo no estudiar latín?

Una lengua muerta que vive y respira


De "lengua muerta" el latín no tiene nada. Veamos, por ejemplo, expresiones son usadas en Derecho. ¿Quién puede decir que nunca oyó hablar de hábeas corpus? ¿O de que una Cámara legislativa no se reunió por falta de quórum? El latín está en nuestra vida cotidiana cuando enviamos un curriculum vitae, cuando pensamos en una posgraduación lato sensu o cuando ponemos una posdata a una carta. Esta lengua calificada como "muerta" está presente en las tecnologías modernas, como en la fecundación in vitro o en el fax (abreviatura de fac simile, que significa "haga de manera semejante"). Muchas palabras que nos llegan del inglés vienen en realidad del latín, como el horrendo anglicismo deletear, del verbo to delete¸ que a su vez proviene del latín deleo, que significa destruir, como en Delenda est Cartago. 
El Latín y las lenguas romances
El latín está tan entrañado en nuestra lengua que hasta se confunde con ella: ídem es latín, así como grosso modo, per cápita o etcétera y hasta la expresión alias, cuando decimos "Joselo, alias José Luis". Está entrañado en el español en palabras y expresiones como a priori, alter ego, Homo sapiens, lapsus, modus vivendi, statu quo, sui generis, Aedes aegypti.

Por tanto, la cuestión no es aprender o no el latín. Él ya convive con nosotros pues es el alma de nuestra lengua. Con el latín, vemos que las irregularidades y las temibles excepciones de las gramáticas no son ni irregularidades ni excepciones. Todo adquiere una lógica más diáfana y previsible. Si sabemos bastante latín habremos ampliado nuestro horizonte lingüístico y esto nos destacará de los demás. Y así queda contestada la pregunta de aquel que quería mejorar su posición social.

Pero no sólo del latín se ha hecho nuestra lengua: algún conocimiento de griego nos permite vislumbrar muy de cerca aquello que Platón llamaba "la verdad de la palabra", esto es su origen, su étimo, como decían los griegos. Así, la palabra comer viene del latín comedere, lo que en gramática histórica se puede indicar así: comedere > comer. O sea que el étimo de comer es comedere, que en latín significa "comer junto con otras personas". Muchas palabras que conocemos guardan relación directa con otras desde el latín, pero a veces es preciso ponerlas una junto a otra para tener una sorpresa: volare, por ejemplo, es el verbo latino para volar, apenas perdió la e final. Y el radical latino vol- aparece en otras palabras; cuando decimos que el alcohol es un líquido volátil queremos decir que puede volar, evaporarse.

Aquila aparece en la palabra española águila, con el cambio de la q por g, igual que en aqua > agua, pero el radical latino aquil se mantiene en nuestra lengua en aquilino. 

El radical de dominus (señor) se ve fácilmente en dominar, dominio, dominación, condominio. Pero con el paso de los siglos algunas palabras se desgastan y se tornan poco reconocibles. Domina (señora), se convirtió en doña y su diminutivo popular dominicella en doncella. También el adjetivo dominicus "del señor", nombre que Constantino atribuyó al primer día de la semana se convirtió en domingo.
La palabra stella llegó a nosotros como estrella, pero la raíz original podemos reconocerla en el nombre de un conjunto de estrellas, constelación, y en el de un viaje entre las estrellas interestelar. El verbo ver en latín es video y podemos ver cómo la palabra latina reaparece en vidente (el que ve), evidente (aquello que todo el mundo ve) o en los aparatos de video. El verbo latino audio es oír en español, pero la raíz original se mantiene en toda una familia de palabras que incluye audición, auditivo, audífono, etc.

El marinero en latín es nauta, que revive en astronauta y cosmonauta¸ marineros que navegan los astros o el cosmos.

En latín, las preposiciones se juntan a los verbos convertidas en prefijos, lo que confiere a su significado una precisión increíble. Veamos:

Volo es "volar"

Advolo es "volar hacia"

Avolo es "volar alejándose de" 

Curro es "correr"

Accurro es "correr hacia"

Acurro es "correr alejándose de"

Succurro es "correr hacia abajo" (socorrer)

Algunos derivados cambian un poco de sentido. así, voco significa llamar (el mismo radical de vox, vocis, presente en vocal, vocativo), pero advoco es "llamar a acercarse", de donde proviene advocatus (el que fue llamado a acercarse para ayudar, o sea, el abogado); invoco es "llamar hacia dentro", invocar; provoco es llamar hacia delante (para pelear).

Otros ejemplos:

cado es caer

incido es caer dentro

decado es caer desde lo alto

Ocurre aquí una apofonía, es decir, un cambio de vocal en la raíz (cado > cido)

La apofonía, la prefijación y la asimilación son esenciales para relacionar las palabras del español con sus raíces latinas. Veamos otro ejemplo:

capto es tomar, coger

excepto es tomar hacia fuera, o sea, retirar (observe la apofonía capto > -cepto).

Del verbo excepto proviene el sustantivo exceptio, en español, excepción. Vemos ahora por qué excepción no se escribe con s; la partícula latina tio se convierte en español en ción.

Vemos aquí otra ventaja de saber latín: conociendo la etimología, difícilmente podremos cometer faltas de ortografía.

Verbos y derivaciones


Muchas de las formas nominales de los verbos latinos (participios presente, pasado y futuro, gerundios, supinos y gerundivos) son una fuente inagotable de derivaciones. Así, el verbo canere (cantar) tiene el participio pasivo cantus (cantado) de cuyo radical cant- proviene cantar. De ese mismo radical tenemos accentus "acento", resultado de la prefijación y de la apofonía (como vimos más arriba, prefijación consiste en añadir un prefijo y la apofonía, en cambiar una vocal de la raíz): ad+cantus (que acompaña el canto, o sea, la melodía de una forma de hablar). 

Por otra parte, los verbos irregulares ofrecen a veces duplicidad etimológica: assim refero, que significa "llevar hacia atrás" llegó al español como referir y su participio pasado relatus "aquello a lo que se refiere" generó el sustantivo relato y el verbo relatar. 

A primera vista, algunos verbos parecen no tener nada que ver con nuestra lengua, como tango (tocar), pero su participio pasivo tactus ya nos resulta más familiar, pues lo vinculamos con tacto, con intacto (no tocado) y con contacto (tocarse uno con otro).

El verbo quiesco (descansar) puede no parecernos muy familiar, pero la forma supina de este verbo quietum nos resulta más conocida.

El verbo rideo (reír) tiene el supino risum, de donde proviene la palabra española risa. Sin embargo, el radical rid reaparece en ridiculo (aquello de lo cual se ríe).

El verbo ago (hacer) puede no sonarnos muy familiar, pero su participio presente es agens -ntis (aquel que hace), que dio lugar a nuestro agente. Y del gerundivo de este verbo tenemos agenda, es decir, "las cosas que deben ser hechas".

Para concluir, veamos cómo el latín nos ayuda a aprender mejor las demás lenguas. Así, el verbo absum tiene el participio presente absens, absentis (el que está ausente), en inglés, absent. El verbo exeo (salir) tiene como participio pasado exitus, que dio lugar al vocablo inglés exit (salida).

También transfero (formada por el verbo fero y el prefijo trans) dio lugar en español a transferir, mientras que su participio pasivo translatus sirvió para crear en inglés el verbo to translate (traducir, es decir, transferir de una lengua a otra).

A primera vista, el verbo deleo puede parecernos extraño… hasta que conocemos su participio pasado, deletus, que dio lugar en inglés al verbo to delete, bien conocidos por la mayoría de los usuarios de computadoras. 

Después de estos ejemplos, creemos que debe resultar más claro el hecho de que la importancia de la lengua latina es hoy tan grande como en otros tiempos. El latín sigue siendo el alma de nuestro idioma y la clave más importante para su comprensión. 

En los años 50, el profesor brasileño de Filología Románica Maurer Jr., muy respetado en su área, había defendido la tesis de que el latín había servido, durante toda la Edad Media, como elemento principal de uniformidad entre las lenguas del Imperio Romano de Occidente.

Conocer su estructura y su funcionamiento, la productividad de sus raíces, de sus prefijos y sufijos, nos permite deslindar mejor el verdadero significado de las palabras en castellano, su étimo, como decían los griegos. Además, se hace mucho más fácil aprender otras lenguas neolatinas. El inglés, a pesar de no ser una lengua latina, participó de la misma fuerza unificadora. Incluso lenguas distantes, como el alemán y el ruso no son indiferentes al latín.

Veamos un ejemplo. En latín, comandante es dux, que dio lugar al español y portugués duque, al italiano duce, al veneciano doge. Ocurre que dux proviene del verbo duco "el que conduce" y esto se refleja en el inglés duke y, por calco semántico, en el alemán Herzog "el que conduce" (radical del verbo herziehen), que también significa duque. Del alemán, el mismo calco fue al húngaro que... ¡ni siquiera es una lengua indoeuropea!

¡Es por casos como éste que con frecuencia encontramos entre los mayores estudiosos de la lengua latina personas cuya lengua materna aparentemente no guarda relación directa alguna con el latín, como alemanes y los finlandeses!


Fuente: Mario Eduardo Viaro