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La vida interior de las plantas de interior


Patricio Pron: «Cada nuevo libro es la oportunidad de salvarte»
Dice Patricio Pron (Rosario, 1975) en uno de los relatos que componen «La vida interior de las plantas de interior»(Mondadori) que «los personajes que resultan fascinantes para el lector son tan reales como la identidad del autor que los ha creado». En su caso, y en el caso concreto de su último libro, el escritor argentino ha compuesto un friso de identidades marcadas por la soledad y tan reales como la calidad literaria de su creador.


Si, como también advierte Pron en uno de los cuentos, «todas las historias son arrastradas por corrientes subterráneas», los protagonistas de estas historias conducen al lector hacia el final luminoso de un túnel socavado por la desazón generalizada en que la sociedad parece instalada.

En esta extensa entrevista, celebrada a lo largo de una tarde en una conocida librería de Madrid de la que, para regocijo de los amantes del libro, no paró de entrar y salir gente animosa, el autor argentino habla sobre el oficio de escritor, la situación actual de la industria editorial, la crisis y, por supuesto, su nuevo libro.


- ¿Por qué «La vida interior de las plantas de interior»?

- Un parte de lo que sucede, sucede por error, lo que no convierte necesariamente esas cosas en erróneas. Creía haber escuchado de adolescente un disco de Stevie Wonder llamado «The Inner Life Of Plants» que tenía un título muy bonito. Tiempo después, cuando me puse a preguntarme si podía ser un buen título para este libro, me enteré de que el disco se llamaba «The Secret Life of Plants» y era la banda sonora de un documental. Vi el documental y resultó que era absolutamente absurdo, acerca de la experimentación con plantas en los 70 en Estados Unidos. El documental estaba basado en un libro que leí y descubrí que en él se dejaba constancia de una serie de experimentos para determinar la posibilidad de comunicarse de las plantas, que predijesen movimientos telúricos o cambios en el estado de ánimo de sus propietarios. Esto me pareció lo suficientemente absurdo como para que sirviese de inspiración para el libro que iba a escribir. Para entonces, el título había cambiado en mi cabeza y se había convertido en «La vida interior de las plantas de interior». Todo comenzó por un error, pero esos errores son lo que hacen interesante a la literatura y esta filiación retrospectiva del libro venía a hablar del hilo conductor de todos estos textos: la posibilidad de que la ficción cure. Corresponde al lector dudar de la posibilidad de que este libro realmente cure. El hecho es que es un libro acerca de personas heridas que encuentran en las ficciones que escuchan o que ellos mismos inventan una especie de consolación, algo así como el remedo, el sucedáneo de una cura.

- ¿Cree que la sociedad actual necesita una curación?


- Sí, eso parece. Hay un tipo de literatura que explícitamente se propone ofrecer soluciones a los males que nos aquejan estos días. Pero dudo mucho que estas novelas curen los males, en la medida en que la repetición sistemática de los síntomas no contribuye a la curación. Sin embargo, sí parece haber algún tipo de vademécum en estos textos, un poco involuntario y que he ido componiendo de forma fragmentaria en los años en que los he escrito. Este libro propone enriquecer la discusión de los males que nos afectan con la certeza de que todos nosotros estamos imbricados de una forma o de otra. La mayor parte de los relatos hablan de la forma en que nuestra existencia es, por su naturaleza, social y no tiene lugar de forma aislada, sino conformando colectivos a menudo azarosos o desconocidos para nosotros mismos. Los escritores somos los peores críticos de nosotros mismos, pero estos relatos pretenden remarcar que, tal vez, se nos están contando los males de nuestro tiempo de formas diametralmente opuestas pero, en sustancia, igualmente inocuas, ya sea como un drama individual o como una cuestión estadística.

- En la cabaña que Thoreau tenía en el bosque de Walden solo había tres sillas: para la soledad, para la amistad y para la sociedad. ¿Cuántas sillas tienen los personajes de «La vida interior de las plantas de interior»?

- Solo una, para la soledad. Son personajes que están solos. Es sorprendente para mí haber escrito estos cuentos en este momento de mi vida, porque por primera vez en muchos años no me siento solo.

- Quizá por eso los ha escrito.

- Exacto. Los lectores creen que la existencia de los autores también es individual y que la fortuna de sus libros repercute directamente en su fortuna personal. Pero incluso los escritores más reacios a formar parte de multitudes, como yo, participan de ellas de forma involuntaria y se ven afectados por aquello que afecta a las personas que les rodean. Voltaire dice en el final de «Cándido» que en tiempos duros lo que hay que hacer es cultivar el jardín. Así que es una forma de cultivar mi jardín y el de algunos lectores.

- El elemento autobiográfico está presente en algunos de los cuentos.

- No hay una transcripción literal de elementos autobiográficos, porque carecería de interés para el lector, pero sí hay una recreación de algunos de ellos. Aquellos que no están basados en experiencias personales, están vinculados con historias que me han contado.

- ¿Cómo y dónde pone el punto y aparte entre la ficción y la vida personal?

- Desde luego es evidente que lo pongo. Diría que el límite se encuentra en aquello que escrito puede herir potencialmente a alguien.

- ¿Y cuando puede herirse a sí mismo?


- En ese punto tiene menos relevancia, ya que soy el único responsable de su suerte o de su desdicha. Aquellas cosas que pretenden ser de utilidad para otros deben costar un cierto precio. El precio que he pagado con algunos de los relatos de este libro o con mi última novela fue el sufrimiento propio, dicho de forma presuntuosa. No creo ser un gran exhibicionista de mí mismo. Aquello que muestras de ti y aquello que ocultas depende de cuestiones por completo incomprensibles para el lector. Las intenciones del escritor carecen de validez allí donde el libro se convierte en propiedad de otro. A diferencia de muchos de mis colegas, que comprenden la tarea de escribir como el engorroso precio a pagar por ser considerados tales, para mí el reconocimiento público como escritor tiene importancia secundaria en relación a lo que yo considero mi trabajo, que consiste en decir aquello que tengo que decir para las personas que quieran escucharlo.

- ¿Se siente más cómodo escribiendo cuentos que novelas?

- Son cosas diferentes. Las novelas permiten adoptar una voz y profundizar en ella durante un largo período. Los cuentos te permiten adoptar múltiples voces y hacerlo durante períodos más breves. Escribir novelas es muy satisfactorio para mí, pero también me gustan el tipo de respuestas de los cuentos, que son numerosas vías de entrada y salida y el lector escoge.

- Los cuentos provocan respuestas más inmediatas en el lector.

- Sí, y a menudo menos complacientes, porque existe mayor índice de error, pero también mayor posibilidad de acierto. En el caso de un libro como este, que propone la variación de una serie de registros, resultaba particularmente interesante para mí verlos reunidos.

- ¿Cómo hizo la selección de los relatos?

- Escogí trece relatos que creía que daban buena cuenta de las cosas que había estado procurando hacer durante ese tiempo. Quería un libro breve y que permitiese al lector tener una impresión de primera mano de las cosas que me habían estado interesando.

- En el conjunto no hay nada discordante, todo tiene el mismo tono.

- Es una cosa que no había previsto. A menudo las cosas más relevantes en literatura se producen de forma involuntaria, al menos por parte de los autores.

 ¿Es un libro acerca de la soledad?


- Es algo más complejo que eso. Es un libro que habla de las soluciones que se presentan a quienes se sienten perjudicados por la soledad en el contexto contemporáneo. Es también un libro sobre las numerosas derrotas y las muy escasas glorias de los escritores. Y es un libro acerca de la forma en que un puñado de personajes procura reparar los errores que ha cometido. Me siento incapaz de establecer ningún tipo de juicio moral sobre estos textos o sobre los personajes, lo cual no deja de ser irónico, porque yo soy su creador. Casi todos los personajes se encuentran en un momento en que comprenden que el juicio moral con el que han vivido es ineficiente y no les permite resolver los problemas que les afectan. Vivimos en tiempos en los que el juicio moral, más allá de que parece ser ejercido por las personas erróneas, es absolutamente ineficaz como orientación.
- En el relato «Diez mil hombres» dice: «Los libros y sus habitantes pertenecen menos a sus autores que a aquellos que les dan vida con la lectura».

- Es así, absolutamente. Una afirmación semejante no carece de objeciones. La primera está relacionada con el ego de los escritores y con la convicción de que aquello que hemos creado nos pertenece solo a nosotros. Pero hay una razón para creer que no es así. Los textos más relevantes de los últimos tiempos han sido vaciados, de forma que sean llenados por los propios lectores por sus vivencias y experiencias. Con el tiempo, yo mismo como autor he ido procurando vaciar los libros; si lo he conseguido o no, es un aspecto que corresponde valorar a los lectores. Cuando lees lo que los críticos que admiras han expresado sobre tu trabajo, te sorprendes descubriendo que lo que han dicho tiene mucho más que ver con sus propios intereses y lecturas que con las tuyas propias, y eso constituye una especie de riqueza, porque vuelca tu mirada hacia nuevos autores y nuevos textos.

- Con el paso de los años, uno aprende a digerir las malas críticas.


 Sí, desde luego. En realidad tan solo te apenan las que no son inteligentes. En sustancia, el juicio crítico es imposible. La única crítica literaria solvente sería aquella cuyo autor se hubiese visto sometido a las mismas influencias del autor de la obra reseñada. Todo aquello que se puede decir sobre la literatura es coyuntural, pasajero, y está supeditado a una determinada cantidad de factores. Quienes tomamos en serio la crítica, lo hacemos movidos por una pasión que en sustancia es irracional. La importancia excesiva que se le otorga a la crítica constituye uno de los síntomas más evidentes de una enfermedad literaria.
- En otro relato también dice que «los personajes que resultan fascinantes para el lector son tan reales como la identidad del autor que los ha creado».

- Sí, es una idea muy discutible.

- Y que, por tanto, desbarata la ficción.

- Que es el tema del cuento... La existencia social del escritor es tan imaginaria como la de los personajes que ha creado. No existe nada que podamos llamar un autor, y me atrevo a decirlo porque yo soy uno. A diferencia de algunos autores, que son auténticos estilistas y se proponen escribir una y otra vez y cada vez mejor un libro, yo me propongo escribir libros diferentes. Nuestro conocimiento de los autores se limita a aquellos momentos de su vida en que han estado realizando ejercicios de ventriloquía. Ante esta certeza, lo mejor que uno puede hacer es anular el juicio moral. Que la literatura se lea cada vez más en términos morales es uno de los síntomas de una especie de enfermedad literaria.

- Tomando como referencia el título de otro de los cuentos, «En tránsito», ¿cree que el escritor está en una especie de permanente estado de tránsito?

- Creo que el artista en general.

- ¿Es ese estado el ideal para poder crear, para concebir una obra, en este caso literaria?

- Para mí, el estar en tránsito, el no ser del sitio en el que estoy, siempre ha constituido una enorme ventaja. Como escritor, es muy útil saberme siempre en un estado permanente de transformación; un estado en absoluto placentero, en el cual sencillamente continuas caminando y esperas que haya un sitio allí afuera con uno de esos finales, como en las películas, con el sol cayendo hacia la carretera y el muchachito caminando hacia él. Tanto en relación a los libros que leo como a los que escribo, siempre me digo lo mismo: este será el último. Y nunca sucede, afortunadamente.

- ¿Y eso es un alivio?

- Es una condena y un alivio, no hay mucha diferencia entre la condena y la salvación, entre la siembra y la cosecha. El hecho es que cada nuevo libro es la oportunidad, finalmente, de salvarte, de hacerlo bien por primera vez. Casi todas las veces siento que estoy empezando, lo que es una impresión errónea y en buena medida absurda. En sus aspectos más productivos, la incertidumbre acerca de qué van a decir respecto del libro y la perplejidad de que el libro sea leído por alguien y recibido por entusiasmo siempre se renueva. No hay ningún tipo de callo, al menos en mi caso. En la medida en que la atención pública sobre el trabajo de uno es mayor, también es mayor la posibilidad de fallar, lo que conduce a algunos autores a la parálisis. En mi caso, la certeza de que hay unas personas allá afuera esperando a leer un nuevo libro mío es una excelente caja de resonancia. Lo contrario consiste en jugar al tenis solo, que es algo que puede machacarte los nervios.

- ¿Aspiran todos los escritores a la inmortalidad de su obra?


- Es muy posible. No tengo una opinión formada, o la tengo pero cambia cada veinte o treinta minutos. Muy posiblemente, todos los escritores comencemos a escribir con la finalidad de que recaiga sobre nosotros cierto tipo de atención. Con el tiempo, continuamos escribiendo para que esa atención se retire de nosotros y se centre en nuestro libros, al punto de que la atención sobre nosotros, a la que tenemos que ceder, a veces puede resultar engorrosa. Dicho esto, la inmortalidad me tiene sin cuidado. Escribir es la forma más idónea de intervenir en los asuntos de nuestra época, de una manera penosamente ineficaz, pero la única forma que nos resulta posible. Supongo que escribes porque crees que lo mejor de ti está en esos libros.
- ¿Cómo se vive, desde dentro, la actual situación que atraviesa la industria editorial de nuestro país?

- Decir que los escritores estamos dentro de las editoriales es un poco aventurado.

- Forman parte de la industria.

- Eso equivale a decir que una nutria despellejada forma parte de la vida cotidiana de una señora española de 60 años... Mi impresión personal es que la persistencia en el error de buena parte de la industria editorial, que repite con variables insustanciales aquello que no funcionó en el pasado, en términos económicos y artísticos, equivale a una especie de suicidio colectivo. Es muy posible que haya, detrás de las decisiones editoriales, un tipo de lógica que yo no comprendo, desarrollada por personas mucho más inteligentes que yo y que acabarán triunfando. Ahora bien, no parece haber ningún criterio objetivo que nos permita inferir que están ganando; por el contrario, lo que vemos es un retroceso de la literatura en términos de ventas y de importancia social de los libros. Es evidente que asistimos a una especie de monumental error, pero no creo que deba responsabilizarse solo a los editores, también comprende a los autores. Parece haber una tendencia en la sociedad a creer que la crisis es culpa de alguien, pero la crisis es de todos nosotros, hay algo que es parte de un espíritu de época, que posiblemente se convierta en una forma de gobierno, que se llama crisis y de la cual participamos todos.

- ¿Y qué papel debe ejercer el intelectual ante la crisis?

- Es absolutamente imposible mantenerse al margen en situaciones como estas. Los textos que me parecen más políticamente relevantes son los que no se proponen intervenir en el ámbito de los síntomas, como los desahucios y el desempleo, sino en el ámbito de la enfermedad misma, que es el de nuestras convicciones y valores, que son los que nos han llevado a tomar las decisiones que nos han conducido hasta la situación actual. Todos los intelectuales tenemos una cierta voluntad política, un cierto compromiso político, y ese compromiso se debe expresar en aquello que producimos. Vale la pena desconfiar de aquellos autores que hacen público su compromiso privado. Me resulta difícil creer que haya alguien allá afuera que requiere conocer mi opinión política para tomar la suya. Nadie necesita al hombre del tiempo para saber si hacer frío o calor.

- Basta con salir a la calle.

- Exacto, y eso es la política, salir a la calle. La sociedad peruana se ha visto más beneficiada con los libros de Mario Vargas Llosa que con sus opiniones políticas o, incluso, con su candidatura presidencial.

Fuente: ABC





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