miércoles, 30 de enero de 2013

Jane Austen por Ángeles Mastretta

Hace dos siglos un 28 de enero de 1813 aparecía Orgullo y prejuicio, de Jane Austen, una de las obras esenciales de la literatura universal, aunque su génesis se remonta a más de diez años antes, cuando Jane Austen apenas había cumplido los veinte años. En los primeros ejemplares, se editó en tres volúmenes, no aparecía el nombre de su escritora.


Jane Austen

Hay escritores que nos gustan, escritores a los que admiramos y escritores a los que quisimos desde el primer párrafo del primer libro suyo que nos tuvo entre sus manos. Escritores entrañables cuyas historias se vuelven parte de las nuestras. Jane Austen (1775-1817) es una de ellos. No solo es admirable o fascina, sino que sus novelas son un legado esencial que cuanto más pronto se entrega con más alegría se contagia.

No mucho antes de que la querida Jane se volviera una celebridad del siglo veinte, yo le regalé a mi hija, de trece años, la novela que a partir de entonces es la llave de nuestras mejores conversaciones. Porque desde los noviazgos hasta los acantilados encuentran cobijo en la sencillez y la inteligencia de lo que narra.
Una de las portadas más célebres es la que realizó Hugh Thomson para una edición de 1894. La relación entre el ilustrador y la obra de Austen fue muy importante, ya que diseñó las cubiertas de numerosas ediciones de algunos de sus trabajos más relevantes como 'Sentido y sensibilidad', en una edición de 1896, Emma (edición de 1896), Mansfield Park (edición de 1897), Northanger Abbe, y Persuasión (ambas en 1898).



Hay, tras la voz que escribe Orgullo y Prejuicio, una mujer sabia que, a los veinte años, discierne como si llevara cincuenta reflexionando sobre los vicios y virtudes de los seres humanos. En medio de una vida tranquila, dentro de una familia armoniosa y de costumbres sencillas, Jane escribió, para leerles a sus hermanos, historias que resultan emocionantes porque tras el cuento de quién se casa con quien, ella entrega la fuerza de una narradora capaz de desentrañar los entresijos de un mundo mucho más complejo que el regido por las formas y las apariencias de su tiempo. ¿Cómo no leerla con humildad y sin prejuicios, con asombro y devoción?


No digo nada nuevo al afirmar que, mientras Jane escribía, el mundo de las mujeres terminaba en la puerta de sus casas. Por inteligentes que fueran: la mamá de Jane era una mujer ilustrada, que al tiempo en que cuidaba una casa con siete hijos y varios alumnos de su marido, alcanzó a tener tiempo para escribir algo de poesía. Cierto que Jane tuvo a su alcance los libros de la biblioteca de su padre y que pudo leer desde niña con placer y alegría, pero no hubo en ella ni el remoto sueño de convertirse en alguien cuya primera y explícita profesión fuera escribir. Menos aún imaginar el reconocimiento y la exaltación de su trabajo.

Según datos aportados por la consultora Nielsen, 'Orgullo y Prejuicio' sigue siendo todo un best seller 200 años después de su primera publicación. Vende más de 110.000 copias al año en todo el mundo y en las diferentes páginas de Amazon se pueden encontrar hasta 130 versiones. Además, la novela ha sido traducida a más de 35 idiomas.


Hace tiempo intenté, como cualquier lector incauto, indagar qué amores, qué precisa memoria había urgido a Jane a escribir. Leí lo que pude sobre su vida en Pemberly, el cariño de su padre, el gusto por sus hermanos, su intensa amistad con Cassandra, su hermana. Leí de su gusto en el campo y su reticencia en Bath, leí sus cartas, su fervor y quise relacionar las nimiedades que se saben y lo mucho que se ignora con los libros de la distinguida y encantadora miss Austen. Como si alguien que se dedica a escribir no debiera saber que la realidad es una anécdota más entre las muchas que imagina un escritor. Así las cosas, conseguí estar segura de que Elizabeth Bennet, el personaje esencial de Orgullo y prejuicio, fue una mujer audaz que lo sigue siendo, como fueron y siguen siendo: su mamá un soliloquio en voz alta, sus hermanas menores unas frívolas, su papá un lector escéptico, su hermana mayor una suave y hermosa criatura. Pero que no es de la biografía de Jane, sino de su talento, su sentido del humor, su mirada y su imaginación, que salieron estos personajes.

Pionera sonriente, Jane hizo su camino sin aspavientos, pero no creo que ignorando la fuerza de su literatura. Jamás escribió nada en que hablara de sí misma como la creadora de algo excepcional, pero tiene que haber sabido que su prosa encantaba y era de una elegancia y de una sonoridad nada usual. No creo que imaginara cuánto íbamos a quererla doscientos años después, ni de qué modo sus libros iban a entrar por nuestras casas en todos los idiomas y por todos los medios, haciéndonos saber que la incertidumbre y la honradez, la fuerza de las convicciones y la generosidad, siguen siendo actuales.


La obra cumbre de Jane Austen es además un orgullo nacional. Suele colarse en las listas de las mejores novelas del Reino Unido de todos los tiempos. En 2003, la BBC realizó una gran encuesta para determinar el libro favorito de los británicos. Entre los 200 títulos resultantes, tres pertenecían a Jane Austen, y cómo no, 'Orgullo y Prejuicio' ocupaba el puesto más alto, solo apartada de la primera posición por 'El señor de los Anillos', cuya versión cinematográfica triunfaba por aquél entonces en las pantallas de medio mundo.



Vivir en un pequeño pueblo, la patria y el destino de Jane Austen, nos sucede a todos. Cualquier mundo es un pañuelo y en cualquier lugar la gente va haciendo la vida diaria mientras elige o abandona. Como en los libros de Jane Austen. Por eso fascina el irónico deseo de lo ideal que hay en sus historias. Por eso es posible imaginar que se parecen a las nuestras.

Gente que tiembla con los preparativos de una fiesta, que ve los viajes como expediciones y los noviazgos como una duda entre dos templos, habrá en todos los tiempos. Personajes como esos que creían en que la confusión tiene remedio y por su causa eran capaces de meterse en lo inaudito, sigue habiendo. Sobre todo, gente con ojos capaces de imaginar el destino como algo en lo que uno puede incidir, es tan crucial ahora como fue entonces.

Los ojos de Jane Austen eran premonitorios. Alguien creería que estoy loca si digo que fue una feminista, pero la verdad es que ninguna de sus heroínas tuvo a bien suicidarse para salir de un entuerto, mejor lo desafiaban como ahora se supone que debe hacerse. Y se hacían dueñas de sus vidas por obra y gracia de su santa voluntad. Como la propia Jane. Sola, mejor que mal acompañada. O como Elizabeth Bennet, excepcional y drástica, sencilla y elocuente.

Que un libro sea publicado por la editorial de bolsillo Penguin suele ser síntoma de que se trata de una obra importante. Pues bien, 'Orgullo y Prejuicio' no solo aparece en el catálogo de la prestigiosa editorial sino que lo hace en un gran número de ediciones y colecciones.



Escribir es un juego de precario equilibrio entre el valor y la soberbia. También entre sus opuestos: el miedo y la humildad. A veces ninguno alcanza para contarlo todo. Ahí mismo está el secreto de la señorita Austen. Y su enseñanza: en ese equilibrio.

De tal secreto da fe Orgullo y prejuicio, la bendita novela que ahora cumple doscientos años, tan radiante y sabia como nunca.



domingo, 27 de enero de 2013

Cien veces Gabo

García Márquez y Plinio Apuleyo Mendoza en París en los años sesenta.

Eligio García Márquez, el hermano del premio Nobel de Literatura al que todos llaman Gabo, contó en 1971, en un texto periodístico que luego entró en un libro (Así son, publicado por primera vez por La Oveja Negra, 1982), lo que el más famoso de los escritores de lengua española del siglo XX dijo cuando empezaron a atosigarle con las consecuencias de la gloria. Lo que él quería ser era pianista en Zúrich.

La historia fue como sigue, según Eligio. Ya le buscaban de todas partes, porque su novela Cien años de soledad, publicada cuatro años antes, había tenido un éxito abrumador y le daban premios que para él eran castigos. Así reaccionaba ante la gloria: “Pienso que más valiera estar muerto”, le dijo a Armando Durán. “Lo peor que le puede suceder a un hombre que no tiene vocación para el éxito literario, y en un continente que no está acostumbrado a tener escritores de éxito, es publicar una novela que se venda como salchichas”.
Como salchichas en todas partes; ya García Márquez estaba marcado por esa gloria que lo martirizaba. Y decía: “Me he negado a convertirme en un espectáculo, detesto la televisión, los congresos literarios, las conferencias, la vida intelectual, y he tratado de encerrarme dentro de cuatro paredes, a diez kilómetros de mis lectores, y sin embargo ya me queda muy poca vida privada: mi casa, tú lo has visto, parece siempre un mercado público”.

Había renunciado a premios en Italia y en París, “no solo por pudor, sino porque pienso que también esto es mentira”; quería dedicarse tan solo a “las canciones de los Rolling Stones, la revolución cubana y cuatro amigos”.

Fue entonces cuando le preguntaron: “Y si no hubieras sido escritor, ¿qué habrías querido ser?”. Contestó: “El otro día, entre dos trenes, me refugié de una tormenta de nieve en un bar de Zúrich. Todo estaba en penumbra, un hombre tocaba el piano en la sombra, y los pocos clientes que había eran parejas de enamorados. Esa tarde supe que si no fuera escritor, habría querido ser el hombre que tocaba el piano sin que nadie le viera la cara, solo para que los enamorados se quisieran más”.

Se tuvo que conformar con ser el escritor más famoso del mundo y con escuchar el piano en las grabaciones de Mozart o Bach. Se defendía del acoso de los admiradores y de los periodistas emitiendo carcajadas grabadas, para romper el hielo, instaladas en el quicio de la puerta de su casa en Barcelona, cuando vivió allí por aquel entonces, deglutiendo la gloria, y se curó poco a poco haciéndose más reservado y más solitario, más alejado de las apariciones públicas, de las entrevistas y de las lecturas multitudinarias.

Esa búsqueda de la soledad no fue en García Márquez una decisión repentina, ni tampoco fue un meditado abandono de la luz pública; él era así antes, lo que pasa es que entonces huía del éxito y antes huía del gentío, de las amistades e incluso del periodismo, el oficio de su pasión, para dedicarse a su vocación más seria: la literatura.

Ahora se publican dos libros en los que aparecen esos dos Gabo, uno haciendo periodismo de día y el otro haciendo literatura de noche, como si fuera destejiendo en un sitio y tejiendo en otro, agarrando por los pelos la realidad (“torciéndole el cuello al cisne”, como le aconsejó un maestro que había que hacer para hacer buen periodismo) y agarrando los sueños por donde más se desvanecen, es decir, contando historias que nunca pasaron o que pasaron porque él las contó.

Un libro es Gabo periodis­­ta, que ha juntado en torno al oficio de García Márquez a algunos de sus colegas (escritores o periodistas), a los cuales la Fundación para el Nuevo Periodismo, que él fundó (y que dirige Jaime Abello), les pidió que buscaran en la ingente producción periodística del autor de Relato de un náufrago lo que más les impresionara. El resultado –un libro que han publicado la fundación de Gabo y el Fondo de Cultura Económica con el apoyo fundamental de la Organización Ardila Lülle– es abrumador, pero no por la cantidad, sino por la evidencia de que este escritor de periódicos que no dormía ni comía cuando aún ni era famoso ni tenía un peso ha escrito el mejor periodismo en español de este siglo.

Mario Vargas Llosa, José Donoso y Gabo en Barcelona con sus respectivas esposas

El otro libro es Gabo. Cartas y recuerdos, que ahora publica en España Ediciones B, de uno de los primeros amigos de García Márquez, el periodista y escritor colombiano Plinio Apuleyo Mendoza, con quien viajó por América Latina y por Europa cuando ambos eran unos chiquillos, como decía el propio Gabo, “felices e indocumentados”. Este libro ya conoció una versión anterior, en 2000; ahora cuenta Mendoza que, de acuerdo con el hijo de García Márquez, su ahijado Rodrigo, Plinio ha añadido algunas cartas que tienen que ver, sobre todo, con la aventura de escribir Cien años de soledad.

En la carta que aquí se reproduce, Gabo es tan minucioso, por citar un caso, como Malcolm Lowry cuando le comenta a Jonathan Cape sus impresiones de lector de su propia obra, Bajo el volcán. En el caso de García Márquez, recién publicada su obra cumbre (la primera edición salió el 5 de junio de 1967), halla tiempo en medio de la vorágine para decir cómo es “el mamotreto por dentro”. Cien años de soledad había hecho un largo recorrido, “en realidad (…) fue la primera novela que traté de escribir, a los 17 años, y con el título de La casa, y que abandoné al poco tiempo porque me quedaba demasiado grande”. Plinio y Eligio cuentan por separado, uno ahora y el otro en 1971, el trayecto de esa novela en los momentos finales. Dice Eligio en aquel libro, Así son: “Un día de enero de 1965, mientras guiaba su Opel por la carretera de Ciudad de México a Acapulco, surgió íntegra en su mente la novela que venía imaginando pacientemente desde su adolescencia. En una decisión suicida dejó la economía de la casa en manos de Mercedes, su mujer, y se encerró a escribir el libro que le daría prestigio, pero también soledad”. En 1967, después de aquella carta que Plinio recoge, Cien años de soledad apareció en la Editorial Sudamericana de Buenos Aires y ya desde entonces no dejó de ser reimpresa hasta pulverizar récords editoriales.


Pero mientras se hizo, lo revela el propio Gabo, fue un dolor de cabeza, acentuado por el hambre que pasaban él y su familia, como recuerda Mercedes Barcha, su mujer, al frente de una aventura de subsistencia de la que él procuraba no enterarse. Ella se lo cuenta en una entrevista rara –porque ella no suele hablar en público de la obra de su marido– que le hizo Héctor Feliciano en México y en Cartagena de Indias y que aparece como uno de los colofones del libro Gabo periodista. “De Mercedes, en realidad, se sabe poco”, informa Feliciano en el preámbulo de esta conversación. “Hasta ahora ha concedido dos cortas entrevistas que datan de los años ochenta. Conversó solo una vez con el biógrafo inglés de su esposo [Gerald Martin] y luego no quiso verlo”. Aquí, en presencia de Jaime Abello, el director de la fundación, y de otras personas de su círculo más íntimo, Mercedes sí habla, aunque poco, cada vez que lo estima pertinente. Ella asistió a aquel parto literariamente sublime, el de Cien años de soledad, pero no quiso leer ni una línea hasta que el manuscrito, que ella misma envió a la editorial, en dos paquetes, para que el envío saliera más barato, fuera el libro cuya cubierta diseñó Vicente Rojo.

Cuando le mandaron el trabajo ya impreso desde Sudamericana, le cuenta Mercedes Barcha a Héctor Feliciano, “lo leí en la cama y Gabito estaba acostado al lado mío, a ver cómo reaccionaba. Lo leí avorazada”. Esa voracidad (avorazada es un “adjetivo costeño”, del Caribe colombiano, aclara Feliciano) la llevó a leerlo tres veces y a considerar, entonces y ahora, que es el mejor libro de su marido. “Es una maravilla. Ese capítulo de la lluvia y de la peste. ¡Esa Úrsula! La pobre Úrsula es una maravilla”. ¡Y la novela entera! “¡Es que es como un torrente! Uno pasa de capítulo y no se da cuenta. Cuando vas de un capítulo a otro, tú no lo notas”.


Su marido sí lo notaba. Y también que estaba escribiendo el libro que soñó de adolescente, y sabía que podría ser excepcional. Se lo dijeron enseguida. Él le cuenta a Plinio el 17 de marzo de 1967, algo después de que cumpliera 41 años (nació el 6 de marzo de 1926): “El problema de Cien años de soledad no era escribirla, sino que pasara el trago amargo de que la lean los amigos que a uno le interesan. Ya faltan pocos, afortunadamente, y las reacciones han sido mucho más favorables de lo que yo me esperaba. Creo que el concepto más fácil de resumir es el de la editora Sudamericana: contrataron el libro para una primera edición de 10.000 ejemplares, y hace quince días, después de mostrarles a sus expertos las pruebas de imprenta, doblaron el tiro”.

Había como una intuición internacional a favor del libro aun antes de que este se hiciera carne y habitara entre nosotros. La agente del boom, Carmen Balcells, se estaba encargando de lo más delicado, ponerle patas a Cien años de soledad, hacer que caminara por el mundo; Mario Vargas Llosa, que ya era uno de los autores más prominentes de la literatura en español, también toca a rebato. Ahí lo cuenta García Márquez, que informa en una de las cartas a Plinio: “El libro sale en mayo en español. En francés ya lo tomó Les Éditions du Seuil, y en los EE UU está sucediendo algo con lo cual no pude ni siquiera soñar durante mis hambres parisinas: Harper & Row tiene la opción, pero Coward McCann (a quienes Vargas Llosa hizo creer, en una carta, después de leer mi libro, que era el mejor que se ha escrito en muchos años en lengua castellana) está dispuesto a quedarse con él. Mi agente (…) ha citado en Londres a los representantes de las dos editoriales, a ver quién da más”. Gabo salía del frío del hambre, y veía un mundo de cifras que entonces le estremecía: “El precio que les lleva me parece escalofriante: 10.000 dólares, como anticipo de derechos. Yo me amarro los pantalones y trato de poner una cara muy natural”.

Esa carta en la que ya la suerte parece echada acaba muy al estilo Caribe: “Muy bien, compadre, se acabó el carbón”.

Y ya no habría más carbón; ese libro lo cubrió de oro. Algo antes, cuando Gabo y Vargas Llosa fueron juntos a Bogotá, a festejar el premio que este acababa de obtener, el Rómulo Gallegos que le concedieron en Caracas por La casa verde, la fiesta era enorme, pero García Márquez, recuerda Mendoza, estaba a un lado, “en la escalera, con un plato en la mano, hablando de literatura”, él y su amigo Plinio “olvidados de todos”. Pensó Plinio, y lo deja por escrito: “Si supieran la bomba que este ha fabricado…”.


La bomba estalló. La carrera ya fue firme, hasta el Nobel. En aquella conversación de Héctor Feliciano con Mercedes Barcha interviene de vez en cuando el marido de esta. Dice García Márquez: “El Nobel me volvió viejo. Llegó en un momento en el que uno se convierte en viejo. Ya no me dejo tocar”. Mercedes lo vivió. Le dice a Feliciano: “Era antes peor. El Nobel era la culminación del alboroto. Fue entonces cuando se alborotó el paraco”, frase costeña, aclara el entrevistador, que alude al “cabello alborotado y rebelde”.

Al final de la ceremonia del Nobel, a la que acudieron, ruidosos, todos sus amigos, después de las solemnidades en las que él desafió el protocolo yendo de liquilique, Plinio le escuchó decir a su amigo Gabo:

“Mierda, ¡esto es como asistir uno a su propio entierro!”.

Antes y después del Nobel, García Márquez buscó esos refugios a los que aludía su hermano Eligio. ¿Melancólico, quizá, solitario? Lo es en grado sumo, pero él lo gradúa. Durante años, en su juventud y más adelante, compartió viajes y trabajos, en Europa, en Venezuela, en Colombia, con Plinio Apuleyo Mendoza, y este lo refleja en sus recuerdos (Aquellos tiempos con Gabo, que reaparece ahora con las cartas añadidas y algunas impresiones nuevas). ¿Esa melancolía ha existido? Dice Mendoza: “Francamente no. Los nacidos en el altiplano colombiano, mundo de vientos fríos y montañas brumosas, tenemos ese rasgo, pero no los nacidos en la costa Caribe, como Gabo. Más bien son hombres alegres. Si viven algún drama, saben ocultarlo”.



Hubo un drama que hizo saltar por los aires algunas relaciones y puso en peligro otras. El boom de la literatura latinoamericana, explo­­sión que tuvo su epicentro en las obras de Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez, vivió una tragedia disgregadora, el caso Padilla, por el proceso abierto en la Cuba de Castro contra el poeta Heberto Padilla, encarcelado en marzo de 1971 a raíz de la lectura pública de un libro suyo, Provocaciones, estimado por el régimen como una provocación del escritor. Vargas Llosa, Plinio Apuleyo Mendoza, Juan Goytisolo y muchos otros se manifestaron a favor de Padilla y, por tanto, contra Castro, en una primera carta a la que también se adhirió Julio Cortázar, que luego se desgajó de ese grupo de firmantes. En esa primera carta aparecía la firma de García Márquez, que en realidad no firmó. Plinio añadió su rúbrica, creyendo que su amigo, al que no pudo localizar, no tendría inconveniente. Lo tuvo; se lo explicó por carta, desde América (Plinio estaba en París). Aquel fue un suceso que abrió muchas heridas. Le pregunté ahora a Mendoza qué repercusiones personales tuvo aquel incidente en los componentes del boom y sus aledaños: “Sin duda, esas repercusiones fueron inevitables. La solidaridad y estrecha relación que unía hasta entonces a los escritores del boom quedó rota cuando aparecieron posiciones opuestas a propósito del régimen cubano. No de inmediato, es verdad. Luego de la detención en La Habana de Heberto Padilla, en las oficinas de la revista Libre –que se editaba en París y de la cual yo era jefe de redacción–, Mario Vargas Llosa, Goytisolo, Cortázar, Semprún y otros cuantos escritores redactamos una primera carta dirigida a Fidel Castro expresándole inquietudes en torno a esa detención, sin anticipar juicios condenatorios al régimen. Pensábamos, con evidente ingenuidad, que la detención de Padilla no había sido autorizada por Fidel. Y, claro, nos equivocamos. Al recibir la carta, Fidel nos atacó públicamente con una ferocidad muy suya. Cortázar quedó muy lastimado, pues era un incondicional de la revolución y no esperaba semejante ataque. Por cierto, se negó a firmar una segunda carta de ruptura con el régimen redactada por Vargas Llosa y firmada por varios de nosotros. En cuanto a Gabo, como lo cuento en mi libro, no firmó ni la primera ni la segunda carta. De modo que ahí quedó establecida una clara ruptura entre los escritores del boom, aunque no necesariamente surgieran enemistades personales”.

En el libro no aparece la carta que le envió García Márquez a Plinio Apuleyo Mendoza diciéndole que no firmaba la carta. Le he preguntado cómo afectó a su relación con Gabo el hecho de que incluyera su nombre en la protesta más sonora de aquellos tiempos. “En mi caso”, dice el autor de Gabo. Cartas y recuerdos, “aunque tomamos caminos muy opuestos en relación con Cuba, no hubo ningún distanciamiento personal. Nuestra amistad no se rompió, aunque yo cometí un desliz imperdonable. Cuando redactamos la primera carta, traté infructuosamente de localizarlo en busca de su firma. Se encontraba, fuera de todo alcance, en Aracataca, su Macondo natal. Creyendo en ese momento que él compartía con todos nosotros la misma inquietud sobre la detención de Padilla, hice incluir su firma en el [primer] mensaje dirigido a Castro. Días después de publicado con gran estrépito por la prensa internacional, sin que él hiciera una rectificación pública, recibí una carta personal suya, escrita desde un hotel de Caracas, diciéndome que no estaba de acuerdo con ese mensaje que habíamos suscrito. Creo que seguía considerando la revolución como algo que era necesario defender por encima de cualquier tropiezo”.

De hecho, lo decía. En aquella crónica que Eligio García Márquez incluye en Así somos, el hermano del autor de La mala hora reproduce lo que decía su hermano precisamente en 1971: “Lo único cierto para mí son las canciones de los Rolling Stones, la revolución cubana y cuatro amigos”.

Sobre “el desliz” sigue comentando Mendoza: “Recuerdo que de inmediato me dirigí a las oficinas de la agencia cubana Prensa Latina en París y le dije a su director, Aroldo Wall: “Aroldo, vas a saltar de alegría en una sola pata cuando oigas lo que voy a contarte. Gabo no firmó la carta que acaba de ser publicada incluyendo su nombre. La culpa es mía, solo mía, no vayas a culpar a Vargas Llosa ni a Goytisolo en tus despachos”.


Lo cierto es que ahí el boom se hirió, pero, afirma Plinio, no la amistad entre estos dos colombianos, uno del gélido norte, otro del cálido sur. “Incluso nos hacíamos bromas. ‘¿Todavía andas de amigo del barbuchas? [por Castro]’, le preguntaba a veces. ‘¿Y tú, qué?’, me respondía, ‘¿te estás pasando a la derecha?”.
El escritor, con su mujer Mercedes Barcha en Barcelona en 1969.
Cien años de soledad fue su consagración; su júbilo fue pronto deseo de ocultarse. Años atrás, en La Habana, se había encontrado, en la otra acera, con Ernest Hemingway; consciente desde mucho antes de su propia gloria de que la fama te rodea de una espuma de la que no te puedes salvar, se limitó a gritarle al Nobel de El viejo y el mar:

“¡Maestroooooo!”.

Desde que salió ese libro que tanto sudor le costó y tanto éxito le produjo, se ha sentido acosado y ha querido quedarse “con los cuatro amigos” de los que habla también en el curso de esa conversación que Héctor Feliciano le hizo a Mercedes Barcha. Al final del retrato que compone Eligio de cuando Gabriel estaba en el cénit de su fama, en 1971, escribe el hermano menor del Nobel: “Alguien le propone que lo acompañe al centro de Bogotá. ‘¿Salir a la calle? ¿Estás loco? En Barranquilla lo hice y hasta los bomberos me reconocieron’. Pero inmediatamente cambia de tono, feliz: ‘Lo lindo fue que me saludaron gritando: ¡Gabooooo!”.

Quizá quería que Gabriel García Márquez fuera pianista en Zúrich, para que lo quisieran más, pero a Gabo lo quería inventando en las calles de cualquier parte, donde le querían todos.

Carta de Gabo a Plinio



22 de julio de 1967
Compadre:

Me ha dado una gran alegría lo que me dices del capítulo de Cien años de soledad. Por eso lo publiqué. Cuando regresé de Colombia y leí lo que llevaba escrito, tuve de pronto la desmoralizante impresión de estar metido en una aventura que lo mismo podría ser afortunada que catastrófica. Para saber cómo lo veían otros ojos, le mandé entonces el capítulo a Guillermo Cano, y convoqué aquí a la gente más exigente, experta y franca, y les leí otro. El resultado fue formidable, sobre todo porque el capítulo leído era el más peligroso: la subida al cielo en cuerpo y alma de Remedios Buendía.
Ya con estos indicios de que no andaba descarrilado, seguí adelante. Ya les puse punto final a los originales, pero me queda por delante un mes de trabajo duro con la mecanógrafa, que está perdida en un fárrago de notas marginales, anexos en el revés de la cuartilla, remiendos con cinta pegante, diálogos en esparadrapo, y llamadas de atención en todos los colores para que no se enrede en cuatro abigarradas generaciones de José Arcadios y Aurelianos.

Mi principal problema no era solo mantener el nivel del primer capítulo, sino subirlo todavía más en el final, cosa que creo haber conseguido, pues la propia novela me fue enseñando a escribirla en el camino. Otro problema era el tono: había que contar las barbaridades de las abuelas, con sus arcaísmos, localismos, circunloquios e idiotismos, pero también con su lirismo natural y espontáneo y su patética seriedad de documento histórico. Mi antiguo y frustrado deseo de escribir un larguísimo poema de la vida cotidiana, “la novela donde ocurriera todo”, de que tanto te hablé, está a punto de cumplirse. Ojalá no me haya equivocado.

Estoy tratando de contestar con estos párrafos, y sin ninguna modestia, a tu pregunta de cómo armo mis mamotretos. En realidad, Cien años de soledad fue la primera novela que traté de escribir, a los 17 años, y con el título de La casa, y que abandoné al poco tiempo porque me quedaba demasiado grande. Desde entonces no dejé de pensar en ella, de tratar de verla mentalmente, de buscar la forma más eficaz de contarla, y puedo decirte que el primer párrafo no tiene una coma más ni una coma menos que el primer párrafo escrito hace veinte años. Saco de todo esto la conclusión que cuando uno tiene un asunto que lo persigue, se le va armando solo en la cabeza durante mucho tiempo, y el día que revienta hay que sentarse a la máquina, o se corre el riesgo de ahorcar a la esposa.
Lo más difícil es el primer párrafo. Pero antes de intentarlo, hay que conocer la historia tan bien como si fuera una novela que ya uno hubiera leído, y que es capaz de sintetizar en una cuartilla. No se me haría raro que se durara un año en el primer párrafo, y tres meses en el resto, porque el arranque te da a ti mismo la totalidad del tono, del estilo, y hasta de la posibilidad de calcular la longitud exacta del libro. Para el resto del trabajo no tengo que decirte nada, porque ya Hemingway lo dijo en los consejos más útiles que he recibido en mi vida: corta siempre hoy cuando sepas cómo vas a seguir mañana, no solo porque esto te permite seguir mañana, no solo porque eso te permite seguir pensando toda la noche en el principio del día siguiente, sino porque los atracones matinales son desmoralizadores, tóxicos y exasperantes, y parecen inventados por el diablo para que uno se arrepienta de lo que está haciendo. En cambio, los numerosos atracones que uno se encuentra a lo largo del camino, y que dan deseos de suicidarse, son algo así como ganarse la lotería sin comprar billete, porque obligan a profundizar en lo que se está haciendo, a buscar nuevos caminos, a examinar otra vez todo el conjunto, y casi siempre salen de ellos las mejores cosas del libro.
Lo que me dices de “mi disciplina de hierro” es un cumplido inmerecido. La verdad es que la disciplina te la da el propio tema. Si lo que estás haciendo te importa de veras, si crees en él, si estás convencido de que es una buena historia, no hay nada que te interese más en el mundo y te sientas a escribir porque es lo único que quieres hacer, aunque te esté esperando Sofía Loren. Para mí, esta es la clave definitiva para saber qué es lo que estoy haciendo: si me da flojera sentarme a escribir, es mejor olvidarse de eso y esperar a que aparezca una historia mejor. Así he tirado a la basura muchas cosas empezadas, inclusive casi 300 páginas de la novela del dictador, que ahora voy a empezar a escribir por otro lado, completa, y que estoy seguro de sacarla bien.

Yo creo que tú debes escribir la historia de las tías de Toca y todas las demás verdades que conoces. Por una parte, pensando en política, el deber revolucionario de un escritor es escribir bien. Por otra, la única posibilidad que se tiene de escribir bien es escribir las cosas que se han visto. Tengo muchos años de verte atorado con tus historias ajenas, pero entonces no sabía qué era lo que te pasaba, entre otras cosas porque yo andaba un poco en las mismas. Yo tenía atragantada esta historia donde las esteras vuelan, los muertos resucitan, los curas levitan tomando tazas de chocolate, las bobas suben al cielo en cuerpo y alma, los maricas se bañan en albercas de champaña, las muchachas aseguran a sus novios amarrándolos con un dogal de seda como si fueran perritos, y mil barbaridades más de esas que constituyen el verdadero mundo donde tú y yo nos criamos, y que es el único que conocemos, pero no podía contarlas, simplemente porque la literatura positiva, el arte comprometido, la novela como fusil para tumbar gobiernos, es una especie de aplanadora de tractor que no levanta una pluma a un centímetro del suelo. Y para colmo de vainas, ¡qué vaina!, tampoco tumba ningún gobierno. Lo único que permite subir una señora en cuerpo y alma es la buena poesía, que es precisamente el recurso del que disponían tus tías de Toca para hacerte creer, con una seriedad así de grande, que a tus hermanitas las traían las cigüeñas de París.

Yo creo por todo esto que mi primera tentativa acertada fue La hojarasca, y mi primera novela, Cien años de soledad. Entre las dos, el tiempo se me fue en encontrar un idioma que no era el nuestro, un idioma prestado, para tratar de conmover con la suerte de los desvalidos, o llamar la atención sobre la chambonería de los curas, y otras cosas que son verdaderas, pero que sinceramente no me interesan para mi literatura. No es completamente casual que cinco o seis escritores de distintos países latinoamericanos nos encontremos de pronto, ahora, escribiendo en cierto modo tomos separados de una misma novela, liberados de cinturones de castidad, de corsés doctrinarios, y atrapando al vuelo las verdades que nos andaban rondando, y a las cuales les teníamos miedo; por una parte, porque nos regañaban los camaradas, y por otra parte, porque los Gallegos, los Rivera, los Icaza, las habían manoseado mal y las habían malgastado y prostituido. Esas verdades, a las cuales vamos a entrar ahora de frente, y tú también, son el sentimentalismo, la truculencia, el melodramatismo, las supersticiones, la mojigatería, la retórica delirante, pero también la buena poesía y el sentido del humor que constituyen nuestra vida de todos los días.

Un gran abrazo,
Gabo

Esta y otras desconocidas cartas que Gabriel García Márquez envió
 a su amigo Plinio Apuleyo Mendoza están incluidas en el libro ‘Gabo. 
Cartas y recuerdos’, que Ediciones B publica la próxima semana.









Fuente: El país

viernes, 25 de enero de 2013

La ambigüedad de Henry James

Colm Tóibín

En The Master. Retrato del novelista adulto (Edhasa), el irlandés Colm Tóibín se ha metido en la piel de Henry James y ha escrito lo que él llama "casi una autobiografía secreta". La experiencia no le ha ido nada mal, ya que con este libro fue finalista del Premio Booker, ha merecido los elogios de Michael Cunningham y Don DeLillo, ha sido considerada la mejor novela extranjera en Francia y galardonada con varios premios en Estados Unidos.
"Es la segunda vez que soy finalista del Booker", comenta el escritor irlandés Colm Tóibín (Enniscorthy, Wexford, 1955) con una sonrisa. "Tendré que esperar a la tercera para ganarlo". Cuando se le pregunta por qué eligió a Henry James como protagonista de su novela, parece concentrarse para entrar en el papel y apunta: "A los 18 o 19 años leí Retrato de una dama y me interesó mucho por la ausencia del autor en sus páginas. Henry James consiguió escribir una novela pura, muy distinta de las que escribe, por ejemplo, George Eliot, donde siempre percibes la presencia del autor. Pensé que James había tenido una vida en apariencia sencilla: frecuentó la clase alta, dejó Estados Unidos para ir a vivir a Inglaterra y murió sin haber tenido relaciones sexuales. En el fondo ninguna vida es así, pero cuando eres joven tiendes a simplificar la vida de los adultos. Hace 10 años, sin embargo, tuve que escribir un capítulo sobre James y la homosexualidad, ya que en Estados Unidos hay un movimiento que tiende a juzgarlo todo a partir de si un escritor es gay. Lo escribí, pero pensé que la vida de James debía de ser mucho más interesante de lo que parecía. Me leí unas cuantas de sus biografías y de las de sus hermanos, sus notas y sus cartas y de ahí salió esta novela".

Henry James
En The Master se insinúa la homosexualidad de James, aunque también se narran las relaciones que mantuvo con algunas mujeres. "Si escribes una biografía, tienes que utilizar datos comprobados", señala Tóibín, "pero si eres novelista, puedes escribir a partir de insinuaciones. James decía que las dos palabras que necesita un novelista son dramatizar y dramatizar. De eso se trata. En The Master me ha interesado subrayar la ambigüedad que presidió su vida: era homosexual, pero tuvo relaciones muy fuertes con mujeres; amaba a su familia, pero vivía lejos de ella; era norteamericano pero se consideraba británico; era un solitario, pero salía cada noche y tenía mucha vida social. De todo lo que puedes afirmar de él, lo contrario también es verdad. En resumen, que al final me di cuenta de que mi novela sobre Henry James era casi una autobiografía secreta".

La novela se centra en Europa, entre los años 1895 y 1899, y se inicia en el momento en el que James fracasa como autor de teatro en Londres, hecho que contrasta con el éxito en los escenarios de Oscar Wilde. "Ha habido en parte una identificación con James", comenta Tóibín. "Yo soy, como él, el segundo hijo de una familia de cinco hermanos. Tuve un hermano muy atlético mientras que yo siempre me quedaba en casa, leyendo con mi madre. De todos modos, escribir este libro no ha sido ninguna terapia. Ha sido una manera de utilizar la experiencia. Escribir una novela nunca te cura".

Cuenta Tóibín que hay dos libros que le influyeron para escribir The Master: Libra, de Don DeLillo, y El maestro de Petersburgo, de J. M. Coetzee. En cuanto al estilo de su novela, comenta que en cierto modo ha querido ser fiel a James.

miércoles, 23 de enero de 2013

La vida interior de las plantas de interior


Patricio Pron: «Cada nuevo libro es la oportunidad de salvarte»
Dice Patricio Pron (Rosario, 1975) en uno de los relatos que componen «La vida interior de las plantas de interior»(Mondadori) que «los personajes que resultan fascinantes para el lector son tan reales como la identidad del autor que los ha creado». En su caso, y en el caso concreto de su último libro, el escritor argentino ha compuesto un friso de identidades marcadas por la soledad y tan reales como la calidad literaria de su creador.


Si, como también advierte Pron en uno de los cuentos, «todas las historias son arrastradas por corrientes subterráneas», los protagonistas de estas historias conducen al lector hacia el final luminoso de un túnel socavado por la desazón generalizada en que la sociedad parece instalada.

En esta extensa entrevista, celebrada a lo largo de una tarde en una conocida librería de Madrid de la que, para regocijo de los amantes del libro, no paró de entrar y salir gente animosa, el autor argentino habla sobre el oficio de escritor, la situación actual de la industria editorial, la crisis y, por supuesto, su nuevo libro.


- ¿Por qué «La vida interior de las plantas de interior»?

- Un parte de lo que sucede, sucede por error, lo que no convierte necesariamente esas cosas en erróneas. Creía haber escuchado de adolescente un disco de Stevie Wonder llamado «The Inner Life Of Plants» que tenía un título muy bonito. Tiempo después, cuando me puse a preguntarme si podía ser un buen título para este libro, me enteré de que el disco se llamaba «The Secret Life of Plants» y era la banda sonora de un documental. Vi el documental y resultó que era absolutamente absurdo, acerca de la experimentación con plantas en los 70 en Estados Unidos. El documental estaba basado en un libro que leí y descubrí que en él se dejaba constancia de una serie de experimentos para determinar la posibilidad de comunicarse de las plantas, que predijesen movimientos telúricos o cambios en el estado de ánimo de sus propietarios. Esto me pareció lo suficientemente absurdo como para que sirviese de inspiración para el libro que iba a escribir. Para entonces, el título había cambiado en mi cabeza y se había convertido en «La vida interior de las plantas de interior». Todo comenzó por un error, pero esos errores son lo que hacen interesante a la literatura y esta filiación retrospectiva del libro venía a hablar del hilo conductor de todos estos textos: la posibilidad de que la ficción cure. Corresponde al lector dudar de la posibilidad de que este libro realmente cure. El hecho es que es un libro acerca de personas heridas que encuentran en las ficciones que escuchan o que ellos mismos inventan una especie de consolación, algo así como el remedo, el sucedáneo de una cura.

- ¿Cree que la sociedad actual necesita una curación?


- Sí, eso parece. Hay un tipo de literatura que explícitamente se propone ofrecer soluciones a los males que nos aquejan estos días. Pero dudo mucho que estas novelas curen los males, en la medida en que la repetición sistemática de los síntomas no contribuye a la curación. Sin embargo, sí parece haber algún tipo de vademécum en estos textos, un poco involuntario y que he ido componiendo de forma fragmentaria en los años en que los he escrito. Este libro propone enriquecer la discusión de los males que nos afectan con la certeza de que todos nosotros estamos imbricados de una forma o de otra. La mayor parte de los relatos hablan de la forma en que nuestra existencia es, por su naturaleza, social y no tiene lugar de forma aislada, sino conformando colectivos a menudo azarosos o desconocidos para nosotros mismos. Los escritores somos los peores críticos de nosotros mismos, pero estos relatos pretenden remarcar que, tal vez, se nos están contando los males de nuestro tiempo de formas diametralmente opuestas pero, en sustancia, igualmente inocuas, ya sea como un drama individual o como una cuestión estadística.

- En la cabaña que Thoreau tenía en el bosque de Walden solo había tres sillas: para la soledad, para la amistad y para la sociedad. ¿Cuántas sillas tienen los personajes de «La vida interior de las plantas de interior»?

- Solo una, para la soledad. Son personajes que están solos. Es sorprendente para mí haber escrito estos cuentos en este momento de mi vida, porque por primera vez en muchos años no me siento solo.

- Quizá por eso los ha escrito.

- Exacto. Los lectores creen que la existencia de los autores también es individual y que la fortuna de sus libros repercute directamente en su fortuna personal. Pero incluso los escritores más reacios a formar parte de multitudes, como yo, participan de ellas de forma involuntaria y se ven afectados por aquello que afecta a las personas que les rodean. Voltaire dice en el final de «Cándido» que en tiempos duros lo que hay que hacer es cultivar el jardín. Así que es una forma de cultivar mi jardín y el de algunos lectores.

- El elemento autobiográfico está presente en algunos de los cuentos.

- No hay una transcripción literal de elementos autobiográficos, porque carecería de interés para el lector, pero sí hay una recreación de algunos de ellos. Aquellos que no están basados en experiencias personales, están vinculados con historias que me han contado.

- ¿Cómo y dónde pone el punto y aparte entre la ficción y la vida personal?

- Desde luego es evidente que lo pongo. Diría que el límite se encuentra en aquello que escrito puede herir potencialmente a alguien.

- ¿Y cuando puede herirse a sí mismo?


- En ese punto tiene menos relevancia, ya que soy el único responsable de su suerte o de su desdicha. Aquellas cosas que pretenden ser de utilidad para otros deben costar un cierto precio. El precio que he pagado con algunos de los relatos de este libro o con mi última novela fue el sufrimiento propio, dicho de forma presuntuosa. No creo ser un gran exhibicionista de mí mismo. Aquello que muestras de ti y aquello que ocultas depende de cuestiones por completo incomprensibles para el lector. Las intenciones del escritor carecen de validez allí donde el libro se convierte en propiedad de otro. A diferencia de muchos de mis colegas, que comprenden la tarea de escribir como el engorroso precio a pagar por ser considerados tales, para mí el reconocimiento público como escritor tiene importancia secundaria en relación a lo que yo considero mi trabajo, que consiste en decir aquello que tengo que decir para las personas que quieran escucharlo.

- ¿Se siente más cómodo escribiendo cuentos que novelas?

- Son cosas diferentes. Las novelas permiten adoptar una voz y profundizar en ella durante un largo período. Los cuentos te permiten adoptar múltiples voces y hacerlo durante períodos más breves. Escribir novelas es muy satisfactorio para mí, pero también me gustan el tipo de respuestas de los cuentos, que son numerosas vías de entrada y salida y el lector escoge.

- Los cuentos provocan respuestas más inmediatas en el lector.

- Sí, y a menudo menos complacientes, porque existe mayor índice de error, pero también mayor posibilidad de acierto. En el caso de un libro como este, que propone la variación de una serie de registros, resultaba particularmente interesante para mí verlos reunidos.

- ¿Cómo hizo la selección de los relatos?

- Escogí trece relatos que creía que daban buena cuenta de las cosas que había estado procurando hacer durante ese tiempo. Quería un libro breve y que permitiese al lector tener una impresión de primera mano de las cosas que me habían estado interesando.

- En el conjunto no hay nada discordante, todo tiene el mismo tono.

- Es una cosa que no había previsto. A menudo las cosas más relevantes en literatura se producen de forma involuntaria, al menos por parte de los autores.

 ¿Es un libro acerca de la soledad?


- Es algo más complejo que eso. Es un libro que habla de las soluciones que se presentan a quienes se sienten perjudicados por la soledad en el contexto contemporáneo. Es también un libro sobre las numerosas derrotas y las muy escasas glorias de los escritores. Y es un libro acerca de la forma en que un puñado de personajes procura reparar los errores que ha cometido. Me siento incapaz de establecer ningún tipo de juicio moral sobre estos textos o sobre los personajes, lo cual no deja de ser irónico, porque yo soy su creador. Casi todos los personajes se encuentran en un momento en que comprenden que el juicio moral con el que han vivido es ineficiente y no les permite resolver los problemas que les afectan. Vivimos en tiempos en los que el juicio moral, más allá de que parece ser ejercido por las personas erróneas, es absolutamente ineficaz como orientación.
- En el relato «Diez mil hombres» dice: «Los libros y sus habitantes pertenecen menos a sus autores que a aquellos que les dan vida con la lectura».

- Es así, absolutamente. Una afirmación semejante no carece de objeciones. La primera está relacionada con el ego de los escritores y con la convicción de que aquello que hemos creado nos pertenece solo a nosotros. Pero hay una razón para creer que no es así. Los textos más relevantes de los últimos tiempos han sido vaciados, de forma que sean llenados por los propios lectores por sus vivencias y experiencias. Con el tiempo, yo mismo como autor he ido procurando vaciar los libros; si lo he conseguido o no, es un aspecto que corresponde valorar a los lectores. Cuando lees lo que los críticos que admiras han expresado sobre tu trabajo, te sorprendes descubriendo que lo que han dicho tiene mucho más que ver con sus propios intereses y lecturas que con las tuyas propias, y eso constituye una especie de riqueza, porque vuelca tu mirada hacia nuevos autores y nuevos textos.

- Con el paso de los años, uno aprende a digerir las malas críticas.


 Sí, desde luego. En realidad tan solo te apenan las que no son inteligentes. En sustancia, el juicio crítico es imposible. La única crítica literaria solvente sería aquella cuyo autor se hubiese visto sometido a las mismas influencias del autor de la obra reseñada. Todo aquello que se puede decir sobre la literatura es coyuntural, pasajero, y está supeditado a una determinada cantidad de factores. Quienes tomamos en serio la crítica, lo hacemos movidos por una pasión que en sustancia es irracional. La importancia excesiva que se le otorga a la crítica constituye uno de los síntomas más evidentes de una enfermedad literaria.
- En otro relato también dice que «los personajes que resultan fascinantes para el lector son tan reales como la identidad del autor que los ha creado».

- Sí, es una idea muy discutible.

- Y que, por tanto, desbarata la ficción.

- Que es el tema del cuento... La existencia social del escritor es tan imaginaria como la de los personajes que ha creado. No existe nada que podamos llamar un autor, y me atrevo a decirlo porque yo soy uno. A diferencia de algunos autores, que son auténticos estilistas y se proponen escribir una y otra vez y cada vez mejor un libro, yo me propongo escribir libros diferentes. Nuestro conocimiento de los autores se limita a aquellos momentos de su vida en que han estado realizando ejercicios de ventriloquía. Ante esta certeza, lo mejor que uno puede hacer es anular el juicio moral. Que la literatura se lea cada vez más en términos morales es uno de los síntomas de una especie de enfermedad literaria.

- Tomando como referencia el título de otro de los cuentos, «En tránsito», ¿cree que el escritor está en una especie de permanente estado de tránsito?

- Creo que el artista en general.

- ¿Es ese estado el ideal para poder crear, para concebir una obra, en este caso literaria?

- Para mí, el estar en tránsito, el no ser del sitio en el que estoy, siempre ha constituido una enorme ventaja. Como escritor, es muy útil saberme siempre en un estado permanente de transformación; un estado en absoluto placentero, en el cual sencillamente continuas caminando y esperas que haya un sitio allí afuera con uno de esos finales, como en las películas, con el sol cayendo hacia la carretera y el muchachito caminando hacia él. Tanto en relación a los libros que leo como a los que escribo, siempre me digo lo mismo: este será el último. Y nunca sucede, afortunadamente.

- ¿Y eso es un alivio?

- Es una condena y un alivio, no hay mucha diferencia entre la condena y la salvación, entre la siembra y la cosecha. El hecho es que cada nuevo libro es la oportunidad, finalmente, de salvarte, de hacerlo bien por primera vez. Casi todas las veces siento que estoy empezando, lo que es una impresión errónea y en buena medida absurda. En sus aspectos más productivos, la incertidumbre acerca de qué van a decir respecto del libro y la perplejidad de que el libro sea leído por alguien y recibido por entusiasmo siempre se renueva. No hay ningún tipo de callo, al menos en mi caso. En la medida en que la atención pública sobre el trabajo de uno es mayor, también es mayor la posibilidad de fallar, lo que conduce a algunos autores a la parálisis. En mi caso, la certeza de que hay unas personas allá afuera esperando a leer un nuevo libro mío es una excelente caja de resonancia. Lo contrario consiste en jugar al tenis solo, que es algo que puede machacarte los nervios.

- ¿Aspiran todos los escritores a la inmortalidad de su obra?


- Es muy posible. No tengo una opinión formada, o la tengo pero cambia cada veinte o treinta minutos. Muy posiblemente, todos los escritores comencemos a escribir con la finalidad de que recaiga sobre nosotros cierto tipo de atención. Con el tiempo, continuamos escribiendo para que esa atención se retire de nosotros y se centre en nuestro libros, al punto de que la atención sobre nosotros, a la que tenemos que ceder, a veces puede resultar engorrosa. Dicho esto, la inmortalidad me tiene sin cuidado. Escribir es la forma más idónea de intervenir en los asuntos de nuestra época, de una manera penosamente ineficaz, pero la única forma que nos resulta posible. Supongo que escribes porque crees que lo mejor de ti está en esos libros.
- ¿Cómo se vive, desde dentro, la actual situación que atraviesa la industria editorial de nuestro país?

- Decir que los escritores estamos dentro de las editoriales es un poco aventurado.

- Forman parte de la industria.

- Eso equivale a decir que una nutria despellejada forma parte de la vida cotidiana de una señora española de 60 años... Mi impresión personal es que la persistencia en el error de buena parte de la industria editorial, que repite con variables insustanciales aquello que no funcionó en el pasado, en términos económicos y artísticos, equivale a una especie de suicidio colectivo. Es muy posible que haya, detrás de las decisiones editoriales, un tipo de lógica que yo no comprendo, desarrollada por personas mucho más inteligentes que yo y que acabarán triunfando. Ahora bien, no parece haber ningún criterio objetivo que nos permita inferir que están ganando; por el contrario, lo que vemos es un retroceso de la literatura en términos de ventas y de importancia social de los libros. Es evidente que asistimos a una especie de monumental error, pero no creo que deba responsabilizarse solo a los editores, también comprende a los autores. Parece haber una tendencia en la sociedad a creer que la crisis es culpa de alguien, pero la crisis es de todos nosotros, hay algo que es parte de un espíritu de época, que posiblemente se convierta en una forma de gobierno, que se llama crisis y de la cual participamos todos.

- ¿Y qué papel debe ejercer el intelectual ante la crisis?

- Es absolutamente imposible mantenerse al margen en situaciones como estas. Los textos que me parecen más políticamente relevantes son los que no se proponen intervenir en el ámbito de los síntomas, como los desahucios y el desempleo, sino en el ámbito de la enfermedad misma, que es el de nuestras convicciones y valores, que son los que nos han llevado a tomar las decisiones que nos han conducido hasta la situación actual. Todos los intelectuales tenemos una cierta voluntad política, un cierto compromiso político, y ese compromiso se debe expresar en aquello que producimos. Vale la pena desconfiar de aquellos autores que hacen público su compromiso privado. Me resulta difícil creer que haya alguien allá afuera que requiere conocer mi opinión política para tomar la suya. Nadie necesita al hombre del tiempo para saber si hacer frío o calor.

- Basta con salir a la calle.

- Exacto, y eso es la política, salir a la calle. La sociedad peruana se ha visto más beneficiada con los libros de Mario Vargas Llosa que con sus opiniones políticas o, incluso, con su candidatura presidencial.

Fuente: ABC