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Copacubana



La primera novela de Hector Bisi, publicada por el sello Edith en 2011, fue escrita durante largos viajes por Río de Janeiro y La Habana. Es un retrato de la vida del muelle, las mujeres y la noche de dos ciudades convertidas en una. 



Dos fragmentos:


Cielo sin nubes. No hay Beatrices. 




Me gustan las mujeres que puedo impresionar con vino barato. Las veo llegar en vagones transpirados, es sábado, salen de a cientos de la estación Arcoverde, son las once, van a la playa en una procesión de cuerpos semidesnudos y yo soy la comitiva de bienvenida. Cada vez que el cielo se despeja en el suburbio la escena se repite. Produzco saliva en cantidad. Desde el bar en la esquina de Rodolfo Dantas con Barata Ribeiro elijo a la que voy a abordar más tarde en la arena. Soy adicto a las mujeres humildes. Chicas jumilde. Mis jumilde, todas ellas. Si las llamo de un modo cariñoso es porque al final no soy tan malo.

 Son como aves migratorias las jumilde. Vienen a Copacabana en verano y se ausentan el resto del año esas negras, mulatas, pardas, zambas, sararás. Me especialicé en las de quince a diecinueve, mi selección nacional sub-20. En la favela la trata arranca temprano, golpea la puerta de la nena que se hace mujer a la fuerza y que con suerte escapa de ser violada por el vecino, el tío, el padre canalla, y con más suerte llega a mujer fiel de traficante, o a una de sus muchas amantes, lo que ya es negocio en esa vida de mierda, y cuando el tipo está desconfiado por ahí le regala una moto, manda una Honda Biz a la casa de la jumilde. ¿Cómo es que lo sé? Ellas se abren conmigo en todo sentido. En la favela el sexo crea un caparazón. Y yo, que tengo más calle que un perro de la calle, reconozco a lo lejos a las groupies de traficantes y alejado me mantengo de esas loquitas que ven un fusil y se mojan.

No soy pedófilo, son ellas las que son gerontófilas: se calientan con los tipos más viejos. A los cuarentones como yo los encaran sin vueltas ni promesas: entregan porque quieren. ¿Qué se van a aprovechar de mí? Ni en pedo, están fritas. Separo la plata para la transportación (ellas hablan así, usan palabras difíciles para parecer inteligentes), compro bombachita de die reale, pero soy duro. Durango Kid versus Lady Culonaza, cincuenta rounds, ¿quién acaba primero? Y todo bien si no arrancamos ningún pétalo ni desfloramos nada, cuando se tiene más de treinta llevar de la mano a una pendejita ya es un orgasmo.

Entro al terreno donde no ladran los perros, el tramo de playa frente al Copacabana Palace. Dos mulatas largas y flacuchas se asustan con una ola y corren histéricas fuera del agua. El grito lo amplifican las otras que están cerca, formando un coro de voces delicadas que, hummmm, me agrada bastante. Cuando no había metro en la Zona Sul acá solo encontrabas putas, gays, travestis y también gringos detrás de las putas, los gays y los travestis, había tanto gringo queriendo caer bien que al lugar se le terminó conociendo como la Bolsa de Valores. Ahora a este tramo yo le puse Costa Jumilde: ellas coparon el terreno y movieron a las putas más a la derecha del hotel.

 Soy un estudioso de las jumilde: según mis propias investigaciones, el 60% de ellas son de La Baixada, el 38% de Zona Norte y las que quedan vienen de acá del morro. Al norte de Río, “el morro” es un nombre más poético para las favelas y yo, yo soy un estudioso y un sentimental.

Se largó el verano y pronto va a aparecer el bikini del verano, el trago del verano, la musa del verano, el travesti del verano y dale que va, pero ahora en mi principado junto al mar el que manda soy yo: va a ser el Verano de las Jumilde.

Hoy la banda de tatuadores salió a atacar desde temprano. El capo es un moreno bajito y morrudo que usa bandana para ocultar la pelada y vive en un monoambiente, aunque dice que tiene depto en Copa y las jumilde ¡ohhh!, no importa que la pocilga esté en Barata 200, ese bloque criminal de la construcción civil.

 (El tío Otávio y sus sesenta años también viven en el Barata, la plata solo le alcanza para alquilar la parte de la pieza que comparte con otros tres. Debajo de la cama de una marinera, el tío intenta dormir para no despertar más. Treinta y dos departamentos por piso, treinta y dos ventanas pegadas una a la otra, no hay habitantes ahí, lo que hay son sobrevivientes. Ni siquiera citófono. Espero para cruzar la calle, miro hacia arriba y en el segundo piso un tipo dándole a la paja, la cara se le abre. Jaulas colgando de marcos oxidados, esta gente se amontona en quince metros cuadrados y se vengan con los pajaritos. El portero me dice que tome el único ascensor que anda, que baje en el séptimo y haga el resto por escalera. No funcionan los botones de ninguno de los pisos, la máquina me despacha donde ella quiere. Percibo el pasillo enorme y oscuro que conecta el ala infierno con el ala desesperación. Un perro o lo que queda de él se me cruza por delante, mea sobre la losa y vuelve adentro acatando los gritos de su dueño. Casi todos los departamentos tienen reja delante de la puerta y la gente deja la puerta abierta para inventarse un aire acondicionado. Sogas con ropa en la sala de estar, muebles de laca, santos de macumba, la sagrada televisión. Me doy una vuelta de vez en cuando, dicen que hace unos días está así, para la mierda. Llamo un taxi, es la primera vez que él acepta ayuda, mi familia perdió casi todo menos el orgullo.)

Hay tatuadores que se ponen al lado y ni preguntan, van de una metiendo la pluma de jena en las jumilde. El capo no, él primero se gana la confianza. Prefiere a las que están acostadas bocarriba, porque así se arrodilla entre las piernas y les hace el tatuaje en la ingle, les recomienda lo mismo a todas. Apoya la palma de la mano en la bombachita del bikini y masajea la concha de la víctima mientras hace el tattoo (de víctima nada, a ellas les encanta que les masajeen el ego). Y la jumilde se pone el minishort, sacude la toalla y se va de la mano de mi adversario. La semana pasada a él le salió mal, estaba tatuando y masajeando a una quinceañera cuando un tipo se le paró al lado. Él se percató pero siguió haciendo, el otro no paraba de mirar, el capo se hizo el irónico: ¿Te va un tattoo, brother? Vino la trompada: era el padre de la jumilde. Otro tatuador con más edad, más envidia, más idiotez, vio al capo caído y gritó: Pederasta, pederasta. Su desgracia me trajo placer.

De este lado una bajita encantada con su melena posa para la cámara digital de la amiga (un clásico de Costa Jumilde). Levanta el culito, clic, pone boquita de modelo, clic, clic, clic. Es admirable esa autoconfianza. Sus bikinis me excitan, cuanto más rotos y raídos más reveladores, algunas hasta son herederas, recibieron el bikini de sus mamás. Y las colas, hummmm, cómo me ponen loco esos pancitos de La Baixada. Esos grandes que no se consiguen en otra parte, con celulitis y estrías, quedan perfectos, parecen esculpidos por un Miguel Ángel incompetente. Jumilde lindas no me interesan. En una ciudad como Río alguien tiene que darle valor a la fealdad.


Fuente: El Malpensante

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