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Gelman por Caparrós

Me llamaba maestro, como en “maestro, por favor baje a comprarme cigarrillos; dos paquetes, sí, parisiennes”. Yo tenía 16 años, él era el jefe de redacción y yo cadete de un diario que se llamaba Noticias y él, Juan Gelman, me llamaba maestro. Como en “maestro, cuando pueda, ¿me trae un vaso con hielo?”. Yo, mientras, me preguntaba cuándo podría empezar a escribir sin que la música de sus poemas me impidiera escuchar cualquier otra.
Maestro: yo entonces lo admiraba tanto que a principios del ‘76, cuando me fui de la Argentina, el único libro que me llevé fue un tomo marrón, tapa muy blanda, donde la editorial Corregidor había reunido sus poemas. Después pasaron –a todos nos pasaron– tantas cosas, y ahora se murió.

Escribí lo infrascrito el 23 de abril de 2008, cuando le entregaron su premio Cervantes. Aquí, como en el resto, importan sus palabras:



Dice que por favor no le contemos a los muchachos del barrio que se va a tener que transformar en un pingüino. M. y yo nos miramos: es la una de la mañana, acabamos de encontrarlo en el lobby del hotel madrileño, y se lo ve de buen humor, casi feliz.

–¿Un pingüino?

–Sí, me tengo que poner un frac, voy a parecer un auténtico pingüino. . .

Dice, y se le achinan los ojos de sonrisa y ensaya el gesto de los pianistas que se levantan el faldón del frac para sentarse. 

–Pero en la Argentina, ahora, pingüino significa más bien otra cosa.

Le digo, y se ríe más: sí, claro.

–Bueno, eso tampoco se lo digan a los muchachos del barrio. ¿Pero se imaginan lo que dirían si me llegaran a ver ahora, acá?

Los muchachos del barrio son una forma de decirlo: la metáfora de todo un mundo que ha quedado lejos, aunque lo lleve puesto. Villa Crespo, judíos rusos, ciertos libros, un diario, partidos comunistas, maoístas, más diarios, esos versos, cafés, los montoneros, las ginebras, aquellos parisiennes que me mandaba a comprarle cuando era su cadete, hace sólo 34 años. Lejos, aquí, los muchachos de todos esos barrios. Mañana, en la sala más solemne de la vieja universidad de Alcalá de Henares, el rey de España le dirá que es uno de los grandes escritores de la lengua. Juan Gelman, supongo, no necesitaba que ningún borbón se lo contara.

                                                    *                *                *

El Paraninfo de la universidad de Alcalá es chiquito y grandioso, una sala de cuatro o cinco siglos, frescos en las paredes, techos artesonados.  Hoy rebosa de oros, figuras, figurones, murmullos y miradas hasta que entran el rey, la reina, el presidente Zapatero, el ministro de Cultura César Molina y una guardia de guardias y fotógrafos, y se sientan sobre un estrado, tras una mesa larga cubierta de terciopelo rojo. Juan Gelman entra con ellos, bien pingüino, y se sienta en un sillón de terciopelo rojo, enfrente. Se lo ve atento, casi divertido, la cara de aguilucho que el tiempo ennobleció: la nariz corva, sus bigotes, las orejas enormes, los ojitos chispeantes cansados incisivos, la curva raramente perfecta de las cejas.

Es la hora. Hay un silencio, y el rey anuncia que empieza la sesión. El rey es el que ordena, da y quita la palabra: supongo que nadie más podría mandar en su presencia. Entonces Gelman se levanta, camina con cuidado, va hacia el estrado; el rey se levanta y toma, de un estuche, una cadena de oro. Gelman se para ante él e inclina apenas la cabeza, como quien no la inclina: justo lo necesario para que el rey le pase la cadena con medalla y se la cuelgue al cuello. El aplauso es cerrado.

Gelman agradece con palabras susurradas, sonrisas de ocasión, apretones de manos, y camina hacia una escalera en un costado.  Por ella, despacio, casi vacilante, sube a una cátedra o púlpito a tres metros del suelo, dorados y arabescos, dos guardias vestidos de terciopelo rojo, sombrero, pluma blanca. Gelman se instala, carraspea; desde allá arriba habla:

“Hoy se premia a la poesía, como fuera premiada ayer y aun antes en este histórico Paraninfo, donde voces muy altas resuenan todavía. Y es algo verdaderamente admirable en estos "dürftiger Zeite", estos tiempos mezquinos, estos tiempos de penuria, como los calificaba Hölderin preguntándose "Wozu Dichter": ¿para qué poetas? ¿Qué hubiera dicho hoy, en un mundo en el que cada tres segundos y medio un niño menor de cinco años muere de enfermedades curables, de hambre, de pobreza? Me pregunto cuántos habrán fallecido desde que comencé a decir estas palabras. Pero ahí está la poesía: de pie contra la muerte”, dice Gelman, y muchos se emocionan. El tono ya está dado: entre la poesía y el mundo, celebraciones y lamentos, el gozo y la elegía.

                                                    *                *                *

Gelman habla en voz baja, concentrada, y esa cadencia con la que siempre recitó, su arrullo tierno. Después le preguntaré de dónde la sacó, cómo inventó esa música. “De verdad me gustaría saberlo”, me dirá, risueño. Pero, ahora, Gelman sigue hablando desde arriba y combina tres temas: Cervantes, la poesía, la dictadura militar.

“Ya no vivimos en la Grecia del siglo V antes de Cristo, donde los ciudadanos eran obligados a olvidar por decreto. Esa clase de olvido es imposible. Bien lo sabemos en nuestro Cono Sur. Para San Agustín, la memoria es un santuario vasto, sin límite, en el que se llama a los recuerdos que a uno se le antojan”, dice. El rey y la reina miran hacia adelante, hacia la nada: son maestros en el arte de mirar la nada. Zapatero y Molina miran a Gelman hacia arriba, arrobados, la boca medio abierta. Gelman sigue: “Pero hay recuerdos que no necesitan ser llamados y siempre están ahí y muestran su rostro sin descanso. Es el rostro de los seres amados que las dictaduras militares desaparecieron. Pesan en el interior de cada familiar, de cada amigo, de cada compañero de trabajo, alimentan preguntas incesantes: ¿cómo murieron? ¿Quiénes lo mataron? ¿Por qué? ¿Dónde están sus restos para recuperarlos y darles un lugar de homenaje y de memoria? ¿Dónde está la verdad, su verdad? La nuestra es la verdad del sufrimiento. La de los asesinos, la cobardía del silencio. Así prolongan la impunidad de sus crímenes y la convierten en impunidad dos veces”, dice Gelman, la cólera tan buey, tranquila, rítmica. Es su momento con más derecho a hablar: nos reúne la celebración de su palabra. El ministro Molina asiente con movimientos vigorosos, el presidente Zapatero sigue embelesado, el rey se rasca la oreja y, por un momento, vence al sueño. Nadie celebra su victoria.

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El Paraninfo se emperra en un silencio religioso. Somos pocos: muchos se han quedado afuera, y disfrutamos de esta misa profana y exclusiva. Gelman dice que “Cervantes se instala en un supuesto pasado de nobleza e hidalguía para criticar las injusticias de su época, que son las mismas de hoy: la pobreza, la opresión, la corrupción arriba y la impotencia abajo, la imposibilidad de mejorar los tiempos de penuria que Hölderlin nombró. Se burla de ese intento de cambio y se burla de esa burla porque sabe que jamás será posible terminar con la utopía, recortar la capacidad de sueño y de deseo de los seres humanos”. Un cura joven de gran cruz de plata asiente, otro más viejo de flequillo y hábito de terciopelo negro mira su reloj. Juan Gelman sigue: “Yo creo, sin embargo, como el historiador y filósofo Juan Carlos Rodríguez, que el Quijote es una gran novela de amor. Del amor imposible. En el amor se da lo que no se tiene y se recibe lo que no se da y ahí está la presencia del ser amado nunca visto, el amor a un mundo más humano nunca visto y torpemente entrevisto, el amor a una mujer que no es y a una justicia para todos que no es”, dice, y el rey escucha amor, mira a la reina, arruga los labios, cierra los ojos como quien niega algo; después sacude la cabeza en pelea contra el sueño insidioso o quizás un recuerdo. La reina lleva un vestidito rosa, su broche de diamantes, el pelo duro de un maniquí cansado y se sonríe. La reina sonríe siempre, con el gesto de los que saben y se callan.

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Gelman no, pero está terminando: ya lleva media hora de palabras. “La lengua expande el lenguaje para hablar mejor consigo misma. Esas invenciones laten en las entrañas de la lengua y traen balbuceos y brisas de la infancia como memoria de la palabra que de afuera vino, tocó al infante en su cuna y le abrió una herida que nunca ha de cerrar. Esas palabras nuevas, ¿no son acaso una victoria contra los límites del lenguaje? ¿Acaso el aire no nos sigue hablando? ¿Y el mar, la lluvia, no tienen muchas voces? ¿Cuántas palabras aún desconocidas guardan en sus silencios? Hay millones de espacios sin nombrar y la poesía trabaja y nombra lo que no tiene nombre todavía. Esto exige que el poeta despeje en sí caminos que no recorrió antes, que desbroce las malezas de su subjetividad, que no escuche el estrépito de la palabra impuesta, que explore los mil rostros que la vivencia abre en la imaginación, que encuentre la expresión que les dé rostro en la escritura. El internarse en sí mismo del poeta es un atrevimiento que lo expone a la intemperie. Aunque bien decía Rilke: ‘lo que finalmente nos resguarda/ es nuestra desprotección’. Ese atrevimiento conduce al poeta a un más adentro de sí que lo trasciende como ser. Es un trascender hacia sí mismo que se dirige a la verdad del corazón y a la verdad del mundo. Marina Tsvetaeva, la gran poeta rusa aniquilada por el estalinismo, recordó alguna vez que el poeta no vive para escribir. Escribe para vivir”, dice Gelman, termina, y el aplauso no se termina nunca.

                                                    *                *                *

Juan Gelman baja las escaleras, escucha los aplausos, les sonríe. El rey y Zapatero se dicen algo con gestos de las manos y sus risas. Gelman mira a la reina y la reina lo mira, casi pícara. Después el ministro Molina hace un discurso enérgico, encomiástico, y en algún momento cita versos de unos de los primeros libros de Juan Gelman, Velorio del Solo. Más tarde le preguntaré qué impresión le causa escuchar, en ambiente tan solemne y coronado, esas líneas que escribió en un café, una redacción, un departamentito, y Gelman me mira como quien mira al tiempo:

–No sé, como si todo fuera tan antiguo. . .

El ministro termina. Zapatero asiente, rey y reina sonríen y lo felicitan; el rey se para y se otorga la palabra. Es un momento extraño: el rey de España dice que cuando Juan Gelman tenía 11 años –que cuando ese chico argentino de barrio pobre, hijo de un comunista ruso, andaba por sus 11 años– soñaba poemas maravillosos que se olvidaba al despertar y que ahora, tantos años más tarde, nos ha demostrado que esos poemas no eran sólo un sueño. Juan Gelman, en su sillón de terciopelo rojo, lo mira como quien se pregunta. El rey, en realidad, no dice: lee. Alguien le ha escrito un buen discurso y me pregunto qué pensará de todo esto: si le habrán explicado, por ejemplo, cuando se lo entregaron, que este señor que homenajea y ensalza solía pensar que los reyes son una aberración y un arcaísmo y, seguramente, se debe haber cabreado mucho cuando él y su señora visitaron al general Videla, hace ya tantos años que parece como si hubiera sucedido muy poquito, muy leve, casi en sueños.

                                                    *                *                *

La sesión solemne ha terminado.  Ahora, en un claustro maravilloso –columnas, flores y esculturas–, se sirve un ligero piscolabis. El rey y la reina hablan con Gelman, su mujer, sus nietos, y uno podría pensar que se divierten. Hay fotos, muchas fotos. Zapatero me sorprende con una pregunta sobre la situación en la Argentina y si sé cómo pudo pasar eso del humo. Menchi Sábat se ríe de los cuasi, Horacio Verbitsky habla de su emoción por el discurso de su amigo. Sabina dice que está feliz, que está orgulloso:

–Estoy feliz de que le entreguen este premio a Juan y mira, estoy casi orgulloso de este país, que se lo da.

–¿Te me has vuelto nacionalista así, de pronto?

–Bueno, sólo por un momento, no te creas.

Los parabienes van y vienen, las felicitaciones, copas y tapas, las sonrisas. Juan Gelman, pingüino todavía, es el centro de todo. Lleva una semana de homenajes continuos, coloquios, charlas, lecturas, una muestra de pintura y fotos, almuerzos, cenas. Le pregunto cómo le sienta todo esto, y me dice que está muy cansado. ¿Feliz? Feliz, supongo, pero muy cansado.

Fuente: Pamplinas

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