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Orwell. Escritor en guerra.


Orwell. Escritor en guerra. Correspondencia y diarios (1937-1943). 
Traducción de Miguel Temprano Debate. Barcelona, 2014. 544 pp.

La izquierda radical nunca ha perdonado a George Orwell (seudónimo de Eric Blair), que descubrió en España la verdadera faz del comunismo y se atrevió a denunciar su carácter represivo, excluyente y ferozmente antidemocrático. La publicación en castellano de una selección de textos de su correspondencia y sus diarios en el período comprendido entre 1936 y 1943 nos permite corroborar una vez más la lucidez y el insobornable compromiso con la verdad de un escritor sin miedo a ser incómodo, heterodoxo o intempestivo. Orwell (Motihari, Raj británico, 1903 - Londres,1950) nunca fue un reaccionario. De hecho, jamás abandonó el terreno del socialismo democrático, denunciando las injusticias del capitalismo y la ignominia del imperialismo. Sin embargo, ser miliciano del POUM marcó su interpretación del hombre y la historia, pues le mostró que las checas de la retaguardia republicana eran tan inhumanas como cualquier mazmorra franquista. Su carácter inconformista siempre le mantuvo cerca de un anarquismo vital, no ideológico, que reflejaba su apego al individuo como piedra angular de una sociedad libre y abierta.


Paul Potts describió a Orwell como “un Quijote en bicicleta”. No es una mala definición para un idealista que apenas conoció el éxito, pues Rebelión en la Granja se publicó en 1945 y 1984 seis meses antes de su prematura muerte en 1950. Es inevitable pensar en Albert Camus, que también murió a una edad temprana, no sin protagonizar una sonada ruptura con el comunismo y sus mandarines. Ambos representan la conciencia intelectual en estado puro, que se caracteriza por un implacable espíritu autocrítico, lejos de cualquier forma de autocomplacencia. Orwell opinaba que no hay “dictaduras benévolas”, incluyendo la dictadura del proletariado, falsa utopía de la escatología marxista. Cuando los comunistas le acusaron de lacayo del capitalismo, Orwell respondió: “Si la gente piensa que estoy defendiendo el statu quo, ello es, según creo, porque se ha vuelto pesimista y cree que no hay alternativa más allá de la dictadura y el capitalismo de laissez-faire...”. Un obituario comparó a Orwell con el desconocido que se acerca en una estación para advertirnos que aguardamos al tren equivocado, obligándonos a replantearnos nuestro viaje.

Las cartas y los diarios aquí reunidos contienen la misma enseñanza, extremadamente necesaria en una época donde renacen y se propagan los radicalismos y los populismos por culpa de la crisis económica. Jennie Lee conoció a Orwell en la Barcelona de 1936. Le sedujo su idealismo, pues se había costeado el viaje desde Inglaterra y llevaba unas botas al hombro, consciente de que no encontraría su talla en España, pues medía más de un metro ochenta. A pesar de su beligerancia antifascista, Lee descubrió que su temperamento escondía grandes tensiones y paradojas: “Parte de su malestar se debía a que no solo era socialista sino profundamente liberal”.

El material reproducido en esta edición, que procede de A Life in Letters y Diaries (dos ediciones críticas de Peter Davison), incluye numerosas cartas de Eileen Blair, la primera mujer de Orwell. Eileen nos relata las penalidades económicas del matrimonio, los estragos de la tuberculosis contraída por Eric durante los años de vagabundeo por Londres y París, la estancia en Marruecos, con su clima seco y sus paisajes desolados, la lucha de Orwell por el reconocimiento, su talante ascético y su estricta honradez.

Las cartas y las anotaciones del escritor y periodista se caracterizan por su prosa nítida y precisa. Son textos que no se concibieron para su publicación, pero que contienen pasajes memorables: “Creo que hay que combatir por el socialismo y contra el fascismo, y me refiero a combatir físicamente, con las armas en la mano, aunque antes habrá que distinguir lo uno de lo otro”. Orwell nunca fue pacifista y jamás disimuló su escasa simpatía hacia Gandhi, al que consideraba providencial para los intereses del imperio británico, pues desactivó la insurgencia más agresiva. Es fácil caer en la tentación de darle la razón, pero Orwell no quiere acólitos, sino lectores, hombres y mujeres libres aficionados a cuestionar, debatir y disentir.

En 1941, Orwell empezó a trabajar para el Servicio Oriental de la BBC, desarrollando una actividad frenética. Su misión era captar apoyos para la causa aliada en la India, Indonesia y la Malasia ocupada. Uno de sus jefes escribe en un informe confidencial: “En otra época creo que lo habrían canonizado o quemado en la hoguera. Ambos destinos los habría sobrellevado con idénticos estoicismo y valor”. Algunas de las cartas de ese período, reflejan su exquisito sentido moral y su clarividencia. En una nota enviada al director de The Times, manifiesta su indignación ante la decisión de encadenar a los prisioneros alemanes: “Hay una profunda diferencia moral entre la democracia y el fascismo, pero si empezamos a regirnos por el principio de ojo por ojo y diente por diente, conseguiremos que se olvide dicha diferencia”. En otra carta anticipa la tesis central de 1984. El fascismo y el comunismo no son el único riesgo. El capitalismo se encamina hacia “un Estado esclavista centralizado gobernado por un pequeño grupo”, que alimentará “una especie de nacionalismo rabioso y un liderazgo mantenido por una guerra literalmente continua”. Se dijo que 1984 era una profecía fallida, pero la concentración de capital, el renacer del virus nacionalista y los 11 millones de muertos provocados por distintos conflictos entre 1945 y 2014 sugieren que no se hallaba tan desencaminado.

Son especialmente emotivas las entradas del Diario de guerra (1940-42). La oficina de alistamiento rechazó a Orwell por su salud, pero el escritor se incorporó a la simbólica e inoperante Home Guard. Aunque no hay confesiones íntimas, sí se expresan importantes rasgos de carácter: el aprecio por las armas y la camaradería masculina, un patriotismo que no excluye la antipatía hacia los impuestos, el horror ante el sufrimiento ajeno, el carácter efímero y falible del periodismo, un humor que no se deja abatir por la adversidad y una proverbial flema británica, que tal vez explica su reticencia a exteriorizar sus sentimientos.

Se puede cuestionar la selección de textos, que elude importantes acontecimientos vitales, como su segundo y efímero matrimonio, pero no minimizar la notable aportación de esta edición, que permitirá al lector conocer mejor a uno de los personajes más fascinantes de la historia reciente. Quizás la mejor cualidad de Orwell sea su “brutalidad intelectual”, aún intolerable para los que no han renunciado a la realización histórica de las grandes distopías del siglo XX. El nazismo carece de escasos valedores, pero el comunismo sigue disfrutando de una incomprensible benevolencia. “Las purgas rusas no me han cogido por sorpresa -señala-, porque siempre había tenido la sensación de que eran inherentes al dominio bolchevique”.

George Orwell consideraba que su misión era vapulear a los intelectuales con “una absoluta ignorancia de cómo son las cosas en realidad”. Su capacidad de molestar, irritar y encolerizar sobrevive intacta y es la mejor evidencia de su condición de clásico chisporroteante de vida e ingenio. 

Fuente: Rafael Narbona

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