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Las cosas que perdimos en el fuego

Mariana Enriquez construye un mundo propio desde hace poco más de veinte años. Con brujas, vampiros, cementerios y figuras sobrenaturales, puede narrar la noche juvenil, el Conurbano, el barrio de Constitución e incluso incorporar una nueva geografía como en sus últimos cuentos. Pero Enriquez no es una autora del fantástico o del terror a secas, se nutre de esos géneros, suma elementos de otros y compone un mosaico que da como resultado una obra sólida y con una postura clara: la autora de Bajar es lo peor escribe desde el lugar del oprimido, mira desde donde miran los que perdieron todo, se para junto a los que el sistema empujó fuera de sus márgenes. Y lo hace con un trabajo preciso sobre los cuerpos, que en este libro se advierte cuento a cuento; desde el primero, "El chico sucio", al último, "Las cosas que perdimos en el fuego", que le da título al libro que Anagrama distribuye por estos días y que presentó ayer en la Feria del Libro, con la presencia del legendario director del sello español, Jorge Herralde.

El libro se abre con un relato que expone un choque de clases: una chica de clase media que, frente a la oposición de su familia, se va a vivir a Constitución y se topa con un chico que vive en la calle ("Me daba cuenta, mientras el chico sucio se lamía los dedos chorreados, de lo poco que me importaba la gente, de lo naturales que me resultaban esas vidas desdichadas") y se cierra con un relato de mujeres que son víctimas de la violencia machista que deciden prenderse fuego. Aquí el choque se dará, como en el primero, en el subte, y el territorio de sentido será otra vez el cuerpo, para subvertir la idea de lo bello ("La chica del subte dijo algo impresionante, brutal: —Si siguen así, los hombres se van a tener que acostumbrar. La mayoría de las mujeres van a ser como yo, si no, se mueren. Estaría bueno, ¿no? Una belleza nueva").

Horas antes de la presentación, Mariana Enriquez visitó la redacción de Infobae. Durante esta entrevista habló sobre las obsesiones de su literatura, explicó sus sensaciones frente a la publicación a través de Anagrama en veinte países y recorrió parte de los doce cuentos que componen este volumen.

—¿Cómo vive este momento en que se edita su primer libro por Anagrama, con el anuncio de que se publicará en veinte países?
—Es alucinante, un poco intimidante también, porque te da una proyección que en general los escritores no esperamos, sobre todo los que tenemos un plan muy literario, un plan personal literario, que no estás trabajando mucho para ver qué libro funciona y cuál no, haciendo como mi pequeño estudio; escribo lo que me gusta. Es bastante inesperado y muchísimo más en una editorial que, más allá de la importancia y la proyección, es muy importante para mí y para mi generación. Esa editorial que, de alguna manera, formó un montón de lectores. Me acuerdo, cuando era chica, los amarillos de Anagrama y, después, cuando empezó a salir la colección Narrativas Hispánicas, [Roberto] Bolaño editó acá por primera vez. Es un muy buen lugar en ese sentido, te sentís muy bien acompañado, en un catálogo bárbaro, es casi una situación ideal.

—¿Y respecto a las traducciones?
—Es re loco, no sé por qué les puede interesar, pero les interesa. Eso me resulta un poco lejano, porque va a ocurrir el año que viene; van a empezar a salir los libros el año que viene en muchos países y en muchos idiomas. No lo puedo explicar mucho y no sé qué encontraron, tengo las devoluciones que hicieron esos editores extranjeros y es genial, pero al mismo tiempo no deja de sorprenderme.

—Hace un par de semanas estuvo aquí Martín Kohan y dijo que su interés acerca de los géneros radicaba en la posibilidad del desvío, no en que funcionen como una caja rígida a la que se les ponen palabras en su interior. Lo escuché y pensé en estos cuentos y en su escritura. ¿Lo vive así?
—Sí, los cuentos tienen la gran campana del terror o del horror, si querés, pero son cuentos en donde trabajo con el realismo; en algunos, con el policial, en algunos, con formas más extrañas. Hay uno que se llama "Los años intoxicados", que es una especie de diario del fin del alfonsinismo y los primeros años del menemismo y que tiene una forma particular. Hay cuentos que son más de puro terror, casi de género con remate, como "La casa de Adela" o "El patio del vecino", pero otros donde el terror es sutil, por ejemplo, en "Tela de araña", que es casi un cuento de parejas. Pero si hay un género campana para mí, es el terror, que lo trabajo de una manera mucho menos sobrenatural que en otra época, de una manera mucho más realista y mucho más con los climas que con el impacto vistoso del momento del horror. Eso también lo hago y me gusta, pero traté de que fuera una especie de clima perturbador más que otra cosa. En ese sentido, la campana del horror, como es una emoción, es algo que te da miedo, entonces se puede tratar de un cuento de ciencia ficción que tenga horror, puede ser un policial que tenga horror, depende de la lectura que le quieras dar, hacia dónde orientás al cuento.

—El año pasado se cumplieron veinte años de su primera novela, Bajar es lo peor. ¿Qué sucedió en estas dos décadas en su escritura?
—Como publiqué muy chica la primera vez, tenía veinte años, lo que ocurre es que esa primera novela era una novela realista y de realismo sucio juvenil, con drogas, noche y toda esa historia, pero también tenía elementos de novela romántica tipo Cumbres borrascosas y alguna cosa de vampiros. Y cercana a un imaginario que sigo manteniendo, que lo fui modificando con distintas obsesiones y distintas lecturas de todos estos años. Lo que pasó desde entonces hasta ahora es que me achiqué: empecé como novelista y ahora estoy escribiendo cuentos. Ahora justo estoy escribiendo una novela, pero hace muchos años que escribo cuentos fundamentalmente y crónicas, que son formas más breves. Ese achicamiento no sé por qué sucedió, creo que por una suerte de concentración de esos temas; como que llegué a un concentrado y ese mismo concentrado ahora me permite volver a hacer una cosa larga, volver a la novela de otra manera. Pero más allá de estos elementos, "Cómo desaparecer completamente" también es una novela realista, tiene cosas sórdidas, cosas mórbidas y realistas del Conurbano.

—¿Lo sórdido es una permanencia en tu obra?
—Eso sí y todo el tiempo. Fui yendo cada vez más hacia el género, poniéndolo en el terror y fantaseando un poco más, haciendo un poco más imaginativo e incorporando el realismo a ese género campana que es el terror, que de alguna manera me aleja de las primeras novelas.

—¿Hay aquí algo que podríamos llamar el terror o el gótico urbano?
—Es como un gótico urbano y algunos transcurren en provincias. Hay uno que transcurre en La Rioja, hay otro que es entre Corrientes, Misiones y después se van a Paraguay. Me interesaba incorporar un poco otras geografías, pero igual son bastante urbanas; en un momento llega a Asunción, que es una ciudad enorme.

—Una de las cosas que une a estas historias es cómo usted trabaja con los cuerpos y esa continuidad ata también a este libro con su obra. ¿Está de acuerdo?
—Totalmente, no sé sí obsesionada es la palabra, pero termina siendo porque aparece en todos los libros. En este fue muy específico con el cuerpo de la mujer: hay un cuento que se llama "Nada de carne sobre nosotras", donde una chica se enamora de una calavera y quiere parecerse a ella y adelgaza. Es una forma oblicua de hablar de una chica obsesionada por adelgazar, pero desde otro lugar. Está el cuento que le da el título al libro, donde las mujeres se queman a sí mismas voluntariamente. Hay muchas mutilaciones, que es una cosa que empezó a aparecer como la falta de pedazos de cuerpo y es algo en lo que pienso posteriormente, como les suele pasar a los escritores, pero después termino teniendo un montón de relatos donde el cuerpo está absolutamente en primer plano y, en ocasiones, está bastante lastimado.

—Este libro se abre con un cuento sobre el cuerpo donde hay suciedad en un niño y se cierra con cuerpos de mujeres bajo fuego.
—Las mujeres de ese cuento se queman a sí mismas después de una epidemia de una forma de violencia machista donde los hombres las queman, que es una cosa que obviamente está tomada de la crónica policial real. Lo que hacen ellas es una radicalización absoluta. Lo pensé preguntándome "¿Cómo sería un cuento de brujas contemporáneo?". En principio, tendrían que ir a la hoguera, pero debería ser voluntario, tendrían que apropiarse de su cuerpo y tomar esa decisión en la que finalmente sobreviven y es una decisión estética. Como suele pasar en las radicalizaciones, primero hay una especie de martirio y sufrimiento, para después llegar a la acción y a la transformación radical, que en este caso es un cambio estético notable: ellas pretenden un mundo nuevo donde haya hombres y mujeres quemados, que vaya a saber si son mujeres ya.

—¿Y entonces ahí usted trabaja y trastoca la idea de belleza?
—Claro y en varios de los cuentos. Como un desprendimiento de la imposición de lo que es bello en un cuerpo de una mujer, se desprenden de esa imposición de la manera más radical posible. Decidimos no serlo más y de una manera dolorosa para nosotras. Es un cuento complicado también. Me acuerdo que, cuando lo escribía, me parecía un cuento de ciencia ficción a la James Ballard e incluso hablando del cuento empiezo a notar las capas de sentido y me doy cuenta de que es mucho más denso de lo que a mí me parecía. No es que me haya parecido divertido, pero tampoco me parecía tan oscuro.

—Nombró al pasar a las brujas y, si no me equivoco, en todos los cuentos hay una bruja que se menciona...
—Hay eso y es que al elegir narradoras femeninas y muchas protagonistas mujeres y al trabajar con el terror, que, si querés, el abuelo del terror es el cuento de hadas, sobrevuela ese poder femenino mítico de la bruja y del hada, de la hechicera, de la mujer con secretos. Entonces hay brujas sugeridas todo el tiempo, desde estas que son como unas militantes terribles que toman el símbolo opresivo de la hoguera para hacer una transformación radical, hasta las adolescentes que creen ver una bruja en un bosque que en realidad es un parque.

—Creo que usted elige su lugar para narrar y es el del oprimido. ¿Es así?
—No sé, conscientemente no tanto, pero me interesa que lo digas, porque es una lectura política que ojalá sea así. Porque me gustaría estar en un lugar así. Hay una transición en el libro que me parece que es clara: el chico muerto del primer cuento ni siquiera puede nombrarse, no tiene nombre y la protagonista cree que empatiza con él y hasta cree que puede llegar a ayudarlo y luego se da cuenta de que las buenas intenciones no son suficientes en ningún caso. Esa es la gran revelación que tiene, pero me interesaba mostrar que ese chico es intercambiable; hay un chico vivo y un chico muerto, no se sabe si es el mismo chico y lo que ocurre es que no sé si nos interesa tanto. No sé si no es la crónica diaria del horror de un chico atrás del otro y son todos lo mismo. La mujer lastimada por un hombre del último cuento aparece casi en el mismo lugar del chico del primero: en el subterráneo. Los dos hacen lo mismo, saludan a los pasajeros dándoles la mano y como diciendo "acá estoy". La diferencia es que la mujer se puede nombrar y en ese sentido tiene un poder que el chico no tiene. Que quedaran así los cuentos no fue intencional.

—¿En serio? Como lector puedo decirle que sentí que cerraba una parábola perfecta.
—¿No es rarísimo? Cuando yo leí de vuelta todo en ese orden, dije: "En efecto, cierra así y hubiera quedado raro que esté en otro lado". Son esas cosas que tiene la literatura, donde las cosas van cayendo y donde no todo es cálculo y los textos medio que intuitivamente se van relacionando de una manera que están donde tienen que estar. Pero sí, creo que hay un crecimiento sobre lo que pueden decir, desde el chico que no se puede nombrar, que es casi descartable, hasta la mujer, que no sólo no lo es, sino que termina liderando algo porque tiene un nombre y ese nombre le da un poder. En ese sentido, por supuesto que todos los textos que escribo son políticos, pero no creo trabajarlos desde un lugar de bajada de línea, incluso algunos son políticamente incorrectos, pero sí, están todos pensados como una pregunta sobre el poder. ¿Quién tiene el poder? ¿Quién no lo tiene? ¿Tenemos poder sobre nuestro cuerpo? ¿Podemos tener poder solos? ¿Se puede tener poder con política o sin política?


Fuente: Matías Méndez para Infobae

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