Ir al contenido principal

El nombre de la rosa o la lujuria del saber


De todos es sabido el extraordinario éxito y difusión que ha alcanzado la novela El nombre de la rosa de Umberto Eco. Pero también es notorio que no es una novela fácil y que requiere (supuestamente) una sólida cultura medieval, además de plantear una serie de interrogantes que el lector normalmente no puede contestar por sí mismo. El interés que despertó la novela y la necesidad de satisfacer esos interrogantes del público motivaron la publicación de las Apostillas a «El nombre de la rosa», de Umberto Eco A decir verdad estas aclaraciones satisfacen algunos aspectos de la curiosidad del lector, pero dejan en la oscuridad otros y, a su vez, suscitan problemas literarios de gran trascendencia.
La novela tiene como característica llamativa su ambientación medieval, siglo XIV, y su circunscripción a un monasterio, lo que implica la reconstrucción de ese mundo medieval, de la manera de sentir y pensar de sus hombres y, además, una técnica literaria apropiada para montar ese mundo en forma de novela. En esta perspectiva parece natural que un filólogo interesado por el mundo medieval caiga en la tentación de confrontar sus datos —al menos en los aspectos más significativos— con el mundo que presenta esta novela. Sin embargo, esta primera confrontación conduce inevitablemente a otras cuestiones más complejas como las fuentes del autor, la técnica de inserción de largos monólogos o disputas teóricas en la trama argumental, etc., e incluso lleva a preguntarse sobre el público, el lector de una novela como ésta.

ARGUMENTO
La novela tiene como cañamazo un argumento policíaco: Adso de Melk, monje benedictino, cuenta de viejo los recuerdos de su estancia temporal(noviembre de 1327) en una abadía benedictina, situada en un lugar impreciso de los Apeninos, acompañando al franciscano Guillermo de Baskerville. Este fraile, sagaz y observador, es encargado por el abad de esclarecer una serie de asesinatos que en aquellos días acaecen en la abadía, relacionados con la rica biblioteca del monasterio.
En este argumento tan singular es llamativo el motivo del asesinato: evitar que se conociese y difundiese la parte, perdida hasta hoy, de la Poética de Aristóteles que habla de la comedia y de la risa. En efecto, según el asesino, en esta parte de la Poética (que se conserva en la abadía) la risa se eleva a la categoría de arte y esto llevaría a la liberación del miedo a la muerte, del miedo al diablo y del miedo a Dios. El hombre entonces ya no se sentiría sometido a la muerte, al diablo ni a Dios, sino su amo y dueño.
Al aislado convento benedictino llegan, como en sordina, los lejanos ecos de los sucesos políticos, religiosos y culturales del mundo exterior.
Como Umberto Eco hace discurrir toda la intriga dentro de los muros de un monasterio benedictino, se ve obligado a reconstruir ese ambiente en el siglo XIV, aunque sus datos tópicos sobre la vida interna del monasterio podrían valer igualmente, o tal vez mejor, para los siglos precedentes. La actividad del monasterio tiene un foco de atención primordial: la biblioteca y el scriptorium. En efecto, la biblioteca es un lugar prohibido por las ordenanzas del abad (únicamente tiene acceso a ella el bibliotecario que ejerce la función de censor) y por un laberinto, una creación pintoresca de Umberto Eco: guarda un tesoro extraordinariamente rico de libros inaccesibles de todo tipo, origen e ideología
Pero entre los monjes del scriptorium, especialistas en griego, árabe o retórica, copistas, miniaturistas e iluministas, etcétera, hay una lucha sorda por el poder, el poder del conocimiento, «la lujuria del saber» en palabras del propio Guillermo, por el acceso a la biblioteca. Con la advertencia (destinada a prevenir posibles anacronismos) de que esta biblioteca y este scriptorium eran algo excepcional en el XIV ante la decadencia general y la competencia de corporaciones, gremios seglares y universidades a que se ve sometido el scriptorium monacal , Umberto Eco nos introduce en la labor de copia de manuscritos. Esto le da pie para interesar al lector, a partir del trabajo de miniaturistas e iluministas, en la rica simbología de las figuras y monstruos del arte medieval y en otrosaspectos técnicos codicológicos. Precisamente el manuscrito que ocasiona los asesinatos es un «pergamino de tela», es decir, de papel, material que en el Occidente latino fue introducido a través de España por los árabes y cuyos testimonios más antiguos ofrece Santo Domingo de Silos.
Umberto Eco ha acoplado perfectamente este dato a su narración, pues el español Jorge de Burgos fue el que tiempo atrás en un viaje a su tierra había traído a la abadía, probablemente de Silos, este manuscrito de papel conteniendo el texto griego de la Poética de Aristóteles (conservada por los árabes). Además el hecho de que fuese papel le sirve al autor para desarrollar la trama del veneno impregnado en él, que es el elemento decisivo en el desenvolvimiento y desenlace de la acción.
En la reconstrucción del mundo monacal la novela adquiere mayor profundidad en la manera de hacer pensar y sentir a los monjes. En un momento en el que florecen las lenguas y literaturas románicas aquellos monjes siguen ajenos a ellas, pensando y escribiendo en latín, reflexionando sobre el mundo y el cielo desde una formación y visión bíblica, patrística y escolástica. Las auctoritates, tan típicas en la concepción medieval, son la fuente del conocimiento, a las que obedecen y siguen, pues sólo se atreven a afirmar algo, cuando lo pueden rubricar con el peso de alguna autoridad.
Únicamente Guillermo de Baskerville hace suya la célebre frase de que “somos enanos subidos a los hombros de otros gigantes”.
El éxito mundial de esta novela traducida a múltiples idiomas, plantea un interrogante. El nombre de la rosa es un libro de los llamados «cultos», porque exige una formación cultural específica y un notable esfuerzo mental. Sin embargo, son miles sus lectores que no se han rendido ante una novela de una época que se desconoce, en la que se discuten temas que no interesan, con supuestos que se ignoran y, para mayor complejidad, llena de textos en latin. Umberto Eco, sorprendido también por esta difusión, aduce más de una razón para ello, síntoma de que la explicación no es sencilla. El recurso a la preterición, es decir, el procedimiento de dar por conocidos hechos que,
sin embargo, se explican al mencionarlos, así como el tono didáctico de la exposición puede facilitar las cosas a determinados tipos de lectores, pero no a todos, sobre todo a los de menor formación o menos específica. Puede pensarse que el lector haya ido saltando los excursus, sorteando el latín, evitando la terminología técnica y quedándose solamente con el diálogo policíaco, pero no resulta verosímil. De proceder así la obra quedaría reducida a una novela de Agatha Christie, apasionante tal vez, pero nada más. ¿Puede creerse satisfactorio además para este tipo de lector que el asesino mate en siete días a siete compañeros de regla para evitar que se leyese la parte perdida de la Poética de Aristóteles?
Tampoco resulta convincente del todo la teoría de Umberto Eco de la construcción de su propio lector: “... quería, con todas mis fuerzas, que se perfilase una figura de lector que, superada la iniciación, se convirtiera en mi presa, o sea en la presa del texto, y pensase que sólo podía querer lo que el texto le ofrecía. Un texto quiere ser una experiencia de transformación para su lector Crees que quieres sexo, e intrigas criminales en las que acaba descubriéndose al culpable, y mucha acción, pero al mismo tiempo te daría vergüenza aceptar una venerable pacotilla que los artesanos del convento fabricasen con las manos de la muerte. Pues bien, te daré latín, y pocas mujeres, y montones de teología, y litros de sangre, como en el gran guignol, para que digas: « ¡Es falso, no juego más!» Y en ese momento tendrás que ser mío…”
Lo lógico es que un lector que quiera sexo, intriga y acción, al que se le da a cambio latín y teología, cambie la lectura de El nombre de la rosa por cualquier novela del género negro.
Querido lector, haz tu mismo la prueba…

Fuente: Enrique Montero Cartelle


Artículos relacionados
Umberto Eco y Jorge Luis Borges

Comentarios