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La esperanza de una amistad

Ficha técnica
Título: Bombón, el perro
Género: drama
Director: Carlos Sorín
Año: 2004
Duración: 95 minutos
Calificación: apta para todo público
Interpretes: Juan Villegas (Coco), Walter Donado (Walter), Micol Estévez (Gracielita), Kita Ca (señora de la estancia), Pascual Condito (Pascual)
Coproducción: Argentina-España
Idioma: castellano
Guion: Carlos Sorín, Salvador Roselli y Santiago Calori; basado en una idea original de Carlos Sorín
Música: Nicolas Sorín
Fotografía: Hugo Colace
Montaje: Mohamed Rajid
Dirección artística: Margarita Jusid
Vestuario: Ruth Fischerman
Premios: Premio FIPRESCI de la Crítica Internacional en el Festival de San Sebastián 2004.
Disponible en DVD

En el horizonte cinematográfico de fines de los '90 y principios del 2000, una nueva generación de directores, (mal llamada en sus inicios “nuevo cine argentino”) renovó en términos estéticos y temáticos una década viciada por el peor costumbrismo, el anquilosamiento temático, y una carente audacia narrativa. Dentro de este marco Carlos Sorín estrenóHistorias mínimas (2002), filme que estaba en relación con las producciones de la nueva “generación del '90”. Sin embargo, su creador, si bien compartía interrogaciones estéticas, no era parte de dicha generación sino anterior a ella. Su opera prima La película del rey data de 1986, y le abrió las puertas para rodar con capitales norteamericanos (de ahí, su producción en 1989 de Eterna sonrisa de New Jersey, con Daniel Lee Lewis). Luego sobrevino un silencio (llámese cine publicitario) de trece años que culminaría en 2002 con un consenso de crítica y público, además de la acumulación de premios a nivel nacional e internacional.
El perro sigue a rajatablas la propuesta de Historias mínimas. Sorín ubica la historia de Juan Villegas y su perro Bombón en la Patagonia, como lo hiciera con sus tres películas anteriores. Un paraje desolado, de largos recorridos ausentes, donde el tiempo parece detenerse tras un silencio sepulcral. Estos rasgos se hermanan con las criaturas que suele moldear el director: personajes cotidianos, solitarios –pero no por opción– que buscan con timidez una compañía para aplacar la soledad. Las supuestas trivialidades y los encuentros (casuales o no) son precisos dentro de la propuesta. Los devenires en la vida de los personajes se muestran como infinitos pliegues que esquivan todo determinismo. El destino, si bien incierto, nunca es del todo pesimista. La película trata de un hombre de cincuenta y dos años, Juan Villegas, que se ha quedado sin trabajo después de desempeñarse toda la vida en una estación de servicio. El día que una mujer le regala un perro de raza, la vida de Villegas cambiará por completo. Le Chien (posteriormente Bombón) es algo más que un compañero de viaje; es una fuente de trabajo para un desocupado que se las arregla vendiendo cuchillos artesanales. Sorín parece haber encontrado su lugar en el mundo, y allí desplaza sus piezas con un infinito amor (algo no tan común en el cine actual). La película consigue un delicioso equilibrio entre su contenido social y el tono cómico y eminentemente tierno de la historia. Un actor no profesional, que destila humanidad, y un perro imponente iluminan la pantalla durante hora y media irradiando esperanza y dignidad. A ello contribuye también una variopinta galería de personajes secundarios. Sin dejar de lado una banda de sonido impecable y bellísima.
Lo visual es en el cine de Sorín más importante que lo verbal. Y también en ello se nota su afición por el documental, que da prioridad a la realidad sobre el discurso. Quizá por eso los personajes tienen el mismo nombre que los actores que los encarnan. Menos el perro, Bombón, que en la vida real se llama Gregorio. J.O.
En sus notas de producción Sorín comenta que en esta película “vuelvo a trabajar con no actores. Esto proviene de experiencias filmando gente real en mi carrera como director de cine publicitario. Pienso que no hay personajes simples: el universo interior del más humilde campesino es tan insondable como el de un profesor de filosofía. La diferencia reside en que este último reflexiona y comunica mayormente a través de la palabra; y aquel, más elemental, por medio de gestos y silencios. En cine siempre he preferido lo gestual a lo textual. Una mirada, un silencio, un pequeñísimo rictus adivinado en un primer plano, comunica con mayor contundencia que la retórica de la palabra. Y eso es lo que pasa con los personajes simples: hay que leerlos en los ojos. Pienso que es ahí donde el cine asume el gran legado de la pintura. La mirada abatida de Felipe IV en los últimos retratos realizados por Velázquez nos dice más de la tragedia de ese rey, que todos los volúmenes que pudieron haberse escrito sobre el tema”.
El cine de Sorín no se basa en grandilocuencias o efectismos; es un largo peregrinaje que encuentra en las pequeñas anécdotas, casi efímeras, su razón de ser. Apuesta a la sencillez (eliminando todo simbolismo) y sus historias se instalan en un universo amable que tiende a resultar ingenuo por su liviandad. El perro no sólo no desafía estas características; las profundiza. No hay cuestionamientos (pese a algunas insinuaciones) hacia los personajes, sino la actitud de focalizar sobre el futuro de cada uno de ellos. Un mundo que se va creando y definiendo a lo largo de los caminos desérticos del sur.



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