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Biblioteca personal, por Coetzee

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Madame Bovary es la historia de una francesita sin importancia —esposa de un inepto médico rural—, quien tras un par de relaciones extramatrimoniales, ninguna de las cuales funciona bien, y después de hundirse en deudas para pagar artículos de lujo, desesperada toma veneno para ratas y se suicida”. Así arranca la introducción que John Maxwell Coetzee, Nobel de Literatura en 2003, ha colocado al frente de la celebérrima novela de Flaubert, una de las 12 obras que forman su Biblioteca Personal, la particular colección que acaba de lanzar el sello El hilo de Ariadna.

La Biblioteca Personal de John Maxwell Coetzee constará de la selección e introducción de doce clásicos de la literatura universal que lo han acompañado a lo largo de su vida. Ante este emprendimiento no podemos más que recordar las palabras de Borges : “Un libro es una cosa entre las cosas, un volumen perdido entre los volúmenes que pueblan el indiferente universo, hasta que da con su lector, con el hombre destinado a sus símbolos. Ocurre entonces la emoción singular llamada belleza, ese misterio hermoso que no descifran ni la psicología ni la retórica. La rosa es sin por qué, dijo Angelus Silesius; siglos después, Whistler declararía El arte sucede.” 
John M. Coetzee es profesor de literatura, traductor, lingüista, crítico literario y sin duda, uno de los escritores más importantes de los últimos tiempos, y de los más premiados. Obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 2003 y en dos ocasiones le fue concedido el Booker Prize, el premio más prestigioso de la literatura en lengua inglesa. Ante el proyecto de la edición de su Biblioteca Personal J. M. Coetzee comentó: “Será una especial aventura volver a explorar aquellos libros que han sido de enorme importancia en el transcurso de mi vida y poder formular mis ideas acerca de ellos en la forma de una introducción. Además estoy muy entusiasmado porque esta biblioteca aparecerá primero en el mundo de habla hispana".


Los volúmenes que acompañan a Madame Bovary en el debut de una serie que por ahora solo se publicará en español son La letra escarlata de Nathaniel Hawthorne, La marquesa de O Michael Kohlhaas, de Heinrich von Kleist y Tres mujeres de Robert Musil. Les seguirán obras de Kafka, Robert Walser, su querido Daniel Defoe —en 1986 Coetzee publicó Foe, una particular versión de Robinson Crusoe— o el australiano Patrick White, premio Nobel en 1973. Aunque Coetzee, que reside en Australia, no acostumbra a dar entrevistas y aborrece glosar su propio trabajo, ha accedido a responder al diario español EL PAÍS por correo electrónico:


“La Biblioteca Personal no es una biblioteca de clásicos universales”, aclara. “De ser así habría incluido La Ilíada, El Quijote y La Guerra y paz. Por otra parte, no he seleccionado libros que simplemente he disfrutado leyendo. La biblioteca es personal en el sentido de que los libros que incluye han significado mucho para mí como escritor”. 
Como profesor universitario y crítico literario —asiduo de The New York Review of Books—, ¿puede separar ese trabajo de su gusto personal, en otras palabras, disfruta leyendo obras que nunca consideraría gran literatura? 
“Sí. Hay escritores que disfruto aunque no tengan grandes ambiciones literarias, por ejemplo, el escritor estadounidense de novela negra George V. Higgins. Pero esta Biblioteca Personal está hecha de libros que han significado mucho para mí como escritor. No importa si son canónicos o no. El de canon es un concepto que hoy se usa demasiado, como si todos supiéramos qué contiene y qué no. Pero si profundizas un poco ves que la gente no se pone de acuerdo sobre qué libros constituyen ese canon”.

Conjugando rigor y claridad, los prólogos de Coetzee explican impecablemente cada obra —ya trate de una injusticia flagrante o de un misterioso embarazo—, pero es imposible leerlos sin pensar en lo que, huyendo de la primera persona, dicen del propio antólogo. ¿Cómo no pensar en su estilo cuando cita a Thomas Mann hablando de la prosa “dura como el acero y sin embargo impetuosa” de Von Kleist? ¿O cuando recoge la idea de Flaubert de que “en su obra, el artista debe ser como Dios en su creación: invisible y todopoderoso. Se lo debe sentir en todas partes, pero no vérselo jamás?”. Esas palabras cuadrarían perfectamente a obras como Elisabeth Costello o Verano, pero cuando se le pregunta por la “impetuosa” frialdad de sus seleccionados en relación con la suya, matiza: “Walser nunca es frío. A los demás yo los describiría más como inteligentes que como fríos. Por supuesto, me siento cercano a ellos: de ellos he aprendido mucho. Sobre si el lector debe o no sentir la presencia del autor o si el autor debe o no ser visible diría que, en el terreno de la ficción, los escritores no deben odebecer ninguna ley”.

El Coetzee lector se ha dedicado especialmente a la narrativa, pero nunca ha perdido de vista la poesía (el polaco Zbigniew Herbert es una referencia constante) y su Biblioteca Personal tendrá una antología de versos. 
¿Qué puede un novelista aprender de un poeta? “Cada verso de un buen poema”, contesta, “suele tener detrás el peso de un sentimiento fuerte y de un pensamiento certero. El novelista puede aprender del poeta a concentrar y a intensificar el sentimiento y el pensamiento que pone en su prosa.

Tres de los cuatro títulos que abren la biblioteca de Coetzee tienen un curioso denominador común: el adulterio. En su introducción a Madame Bovary, el autor sudafricano apunta algo que, de nuevo, podría cuadrarle a él: “Flaubert tenía dos talentos que rara vez se encuentran conjuntamente en una sola alma: una vívida imaginación poética y agudos poderes analíticos. Lo que lo convierte en un novelista de novelistas, el principal de todos, es su capacidad para reformular grandes temas morales como problemas de composición”. ¿Y qué sucede cuando una sociedad ha dejado de considerar tan traumáticos dilemas morales como el adulterio?, ¿adiós a la novela? Coetzee responde con ironía: “Me alegra oír que el adulterio como problema moral se ha resuelto. No era consciente de ello. Pero si el adulterio se ha desvanecido como asunto sobre el que construir una novela, hay otros dilemas morales que cobran protagonismo, como, por ejemplo, los planteados por gente como Julian Assange y Edward Snowden”. Parece que las novelas seguirán llenando las bibliotecas. También las de los novelistas.

 En su búsqueda de una sensación erótica todavía más intensa, en su amor por las ropas y las telas hermosas, Emma también es una esteta, aunque sea de tipo superficial. Lo que al principio fue concebido como la parodia de un caso testigo de las costumbres provincianas, creció en manos de Flaubert hasta convertirse en un concentrado proyecto de traer a primer plano el esfuerzo heroico que tiñe las pequeñas aventuras de Emma. A pesar del parecido en el trayecto de sus vidas, Emma no es hermana de Anna Karenina. Por el contrario, es una nieta lejana de Alonso Quijano, el héroe de la épica de la vida provinciana creado por Cervantes. Puede no haber fin para los sufrimientos de las hermanas de Emma en los pueblos de toda Francia, pero al menos, leyendo la historia de sus aventuras, también pueden soñar que son heroínas famosas.
De la Introducción de J. M. Coetzee (Premio Nobel de Literatura)
«No hay temas nobles ni innobles; desde el punto de vista del Arte puro… no existe eso llamado tema, el estilo en sí mismo es una manera absoluta de ver las cosas… Todo lo que uno inventa es verdad… La poesía es tan precisa como la geometría… Mi pobre Bovary, sin duda, está sufriendo y llorando en este mismo instante en veinte pueblos de Francia».
Gustave Flaubert
«Se dignó… arrojar un manto de gloria sobre un tema de enredos de alcoba que sería repulsivo y grotesco si no lo hubiera abordado con la luz opalescente de la poesía». Charles Baudelaire.
Nacido en los años declinantes del imperio de los Habsburgo, Robert Musil sirvió a su Majestad Imperial y Real en una sangrienta conflagración continental y encontró la muerte durante la guerra todavía peor que siguió. Mirando hacia atrás, llamaría a la época en la que vivió «una era maldita». Para Musil, el rasgo más obstinadamente retrógrado de la cultura alemana era su tendencia a separar el intelecto del sentimiento. Le parecía que la educación de los sentidos a través del refinamiento de la vida erótica entrañaba la promesa de elevar a la gente a un plano ético más alto. Deploraba los roles rígidos, que se extendían incluso al ámbito de la intimidad sexual, confirmados en su vigencia por las costumbres burguesas tanto de hombres como de mujeres. «Como consecuencia, se han perdido y sumergido regiones enteras del alma», escribió.
De la Introducción de J. M. Coetzee (Premio Nobel de Literatura)
«Todavía más que la de Proust, la sensibilidad de Robert Musil era hermafrodita. Se podía centrar en la corriente de la conciencia femenina inarticulada o subliminal, en las palabras de las mujeres cuando hablan consigo mismas, con una exactitud y una osada precisión que ningún otro escritor moderno ha alcanzado». George Steiner.
Durante una noche de «felicidad indecible» la virtuosa Alcmena es fecundada por quien ella supone su marido, pero que luego resulta ser el dios Júpiter, que ha asumido la forma de su esposo. Si no solo sus sentidos físicos sino también las fibras más profundas de su corazón fracasaron en decirle quién estaba con ella en la cama, ¿puede estar segura de algo? ¿Puede siquiera estar segura de que ella es ella misma? El narrador que cuenta la historia de la Marquesa sugiere oblicuamente que el autor del embarazo de la dama puede ser sobrenatural (el niño «cuyo origen, precisamente porque era más misterioso, también parecía ser más divino que el de las otras personas», palabras agregadas por Kleist cuando revisó el relato en 1810) y así, debajo del misterio banal de quién cometió el acto, puede surgir un misterio más hondo. Tras haber insinuado estas profundidades, Kleist cambia de rumbo. Pero, detrás de la solución feliz propuesta por la narración para el enigma de la paternidad del niño, el oscuro aire de inquietud de la Marquesa sugiere que el género cómico donde se encuentra inmersa puede no ser al que verdaderamente pertenece.
De la Introducción de J. M. Coetzee (Premio Nobel de Literatura)
«Pues en el fondo él sabe que dentro suyo hay algo oscuro, subterráneo, pre-olímpico, titánico-barbárico… que nada tiene que ver con la educación, el humanismo, la elegancia, el dorado término medio, el ideal, la Grecia de Winckelmann…, sino que es dionisíaco, poseso, extático-excesivo…». Thomas Mann
«Una historia que leo con auténtico temor de Dios». Franz Kafka.


En los anales del pueblo de Salem, en Massachusetts, está registrado que, en el año 1694, los magistrados aprobaron una ley que consideraba el adulterio un crimen y prescribía que, por el resto de sus vidas, la pareja culpable debía usar la letra mayúscula A cosida a sus ropas. La idea de escribir una historia sobre una mujer sentenciada a usar la marca de su crimen como estigma tenía un interés excepcional para Hawthorne. Si bien la historia de su familia lo calificaba como un eminente vecino de Nueva Inglaterra, él tenía motivos para considerarse un traidor a sus tradiciones. Con toda claridad, Hawthorne creía que la escritura de La letra escarlata era un acto de expiación, un acto pensado para reconocer la culpa heredada, y poner distancia entre él y sus antepasados puritanos.
De la Introducción de J. M. Coetzee (Premio Nobel de Literatura)
«[Hawthorne] extrae su fuerza de apelar a ese sentimiento calvinista de Depravación Innata y Pecado Original… Tal vez ningún escritor haya empuñado este espeluznante pensamiento con mayor terror que el propio e inofensivo Hawthorne… El mundo se ha equivocado con este Nathaniel Hawthorne. A menudo, él mismo habrá sonreído ante esa absurda interpretación errónea de sí. Hawthorne es inconmensurablemente más profundo que el poder de penetración del simple crítico. Porque no es el cerebro el que puede evaluar a semejante hombre; es solo el corazón».Herman Melville




Fuente: El País, El placer de la lectura

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