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La reescritura infinita de Borges

De puño y letra. “No se lee de forma obediente, respetando un orden, la irreverencia del lector está en la edificación de un laberinto”, sostenía Borges..Bibliotecología. Dos expertos en catalogación de la obra borgeana leyeron las claves que evidencian las correcciones que el autor hacía sobre sus libros.

El hombre ciego que dirigió la Biblioteca Nacional a partir de 1955 tenía un propósito que un grupo de investigadores desentrañaron y convirtieron en hipótesis de trabajo. Preparar sus Obras Completas como modo de controlar la lectura futura de sus libros. “Nosotros ya habíamos visto otros ejemplares de Sur donde Borges corrige sobre lo impreso”, explica Laura Rosato. “Esta práctica también se ve en ejemplares de Fervor de Buenos Aires , en los poemarios. Nos hizo pensar que en estas colecciones de Sur, que no son las que se usan a diario porque están absolutamente revisadas y consultadas, podría haber alguna colección duplicada que hubiese traído Borges.” Ese manuscrito con el párrafo final de “Tema del traidor y el héroe” que los investigadores Laura Rosato y Germán Alvarez encontraron en la Biblioteca Nacional en un papel recortado y tachado entre las hojas de la revista Sur, no tiene el rótulo de un inédito; completa casi exactamente el cuento que fue editado en Ficciones . Es un testimonio que permite reconstruir una estrategia de escritura ligada al texto impreso en publicaciones como un espacio de prueba, como si publicar fuera necesario para corregir el material que tendrá un momento de cristalización en el libro.

Cuando Borges leía también intervenía sobre los textos. Dejaba en las hojas de los libros de teosofía, en las aventuras de Stevenson la huella de una forma de lectura que tal vez sea su mayor herencia. Si el ejemplar se convertía en un cuaderno de notas donde la marginalia encerraba también un enigma, el armado de su propia enciclopedia, esas pistas descifradas en Borges, libros y lecturas publicado en el año 2010, señalan que un escritor no sólo construye su propio lenguaje sino que inventa un montaje de lecturas.

“La nota es la representación de un sistema cognitivo, ejemplifica en el papel el orden mental que está teniendo. Cada vez que relee, toma el número de página, copia la cita con puntos suspensivos antes y después. Ahí te indica, no me estoy fijando solamente en lo que copio, sino en todo el texto. O traduce, o pone entre paréntesis cita y autor. Si está leyendo un libro de Rabelais y la cita es de otro autor, él pone entre paréntesis el autor que está citando Rabelais, como para él tener esta catalogación de autores”. Alvarez explica este proceso de búsqueda que no estaba guiado por un afán de documentación temática sino por la voluntad de trazar en el papel una cartografía. “Hay algo que Piglia identifica que se relaciona muy bien con el tipo de lectura y es que sólo busca idénticos, no diferencias y es real porque cuando Borges confronta lecturas en la misma nota extrae todas las lecturas que apuntan en un mismo sentido o que usan la misma retórica o que utilizan la misma metáfora para definir algo, es como un catálogo de símiles y es capaz de verlos en lugares inesperados”, interviene Rosato “ Yo creo que es una operación para fijar en la memoria porque queda muy claro, en los relatos de quienes lo conocieron, que no tenía que recurrir a los libros para recuperarlo”.

Como si desde sus lecturas adolescentes fuera atesorando toda esa información que lo acompañaría en sus años de ceguera, Borges comienza a establecer un mecanismo de selección y depuración. No se lee de forma obediente, respetando un orden cronológico, la irreverencia del lector está en la edificación de un laberinto.

“Nosotros tenemos en esta colección muchas notas hechas por la madre y por Bioy Casares”, cuenta Álvarez y agrega: “En Borges entrás por un autor y confronta con cinco o seis textos distintos. Las notas con la madre ya cambian porque hay otra operación intelectual. De alguien que te lee y vos suspendés la lectura y reelaborás lo que entendiste. Ahí Borges dicta partes del texto”. Estas anotaciones bajo la forma de una marginalia que rechaza el subrayado convencional y que ocupan los espacios vacíos del texto, que iluminan proyectos de historias porque en su biblioteca está su literatura, fueron las que llevaron a Alvarez y Rosato a la sospecha y al deseo de encontrar un manuscrito.

“Borges forma parte de su sistema de confrontes”, explica Rosato “Lee algo que le ratifica o le aclara o le aporta a lo que ya escribió y se confronta. El primer ejemplar que nos dio la pista para buscar en Sur es del número 59 con ‘La biblioteca total’, un texto que no vuelve a publicar, con una corrección agregada. Yo creo que hay una urgencia casi maníaca, de corregir en cada ejemplar, expurgatoria y que seguramente puede volver a cambiar o le puede agregar cosas pero tiene la idea de corregir todas las ediciones ”.

Borges convierte el libro en una evidencia, lo altera como si buscara que su sistema de lectura y escritura quedara ilustrado. La tarea de Rosato y Alvarez fue descubrir el destino de esas notas en la obra. Borges trabajaba un estilo, exploraba entre mitos y autores casi desconocidos para las librerías argentinas, un vocabulario propio. Su originalidad se extrae de esas lecturas laterales, extrañadas donde él traduce e inventa. Desacraliza el texto publicado al igual que el libro que con sus marginalias como indicios regala, cede, deja al descuido en el depósito de las distintas bibliotecas donde trabajó.

Fuente: Revista Ñ

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