miércoles, 27 de julio de 2011

280 escritores fotografiados en el Centro Cultural Recoleta



Hasta el 14 de agosto se puede visitar en la mítica sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta esta exposición de fotografías a escritores tomadas por el argentino Daniel Mordzinski.
En el marco del TANDEM París-Buenos Aires 2011, El Centro Cultural Recoleta y Buenos Aires Capital Mundial del Libro presentan esta muestra de Daniel Mordzinski. Nacido en 1960 en Buenos Aires es conocido como “el fotógrafo de los escritores”, trabaja desde hace más de treinta años en un ambicioso “atlas humano” de la literatura iberoamericana. El fotógrafo franco-argentino afincado en París ha retratado a los protagonistas más destacados de las letras.
Gabriel García Márquez
Esta muestra -integrada por más de 280 fotografías- incluirá por primera vez una galería de 130 retratos de escritores argentinos y un homenaje particular a Ernesto Sabato. Las tres orillas es un diálogo fotográfico que incluye retratos de escritores de España, Francia y América Latina. Centro Cultural Recoleta (Junín 1930). Hasta el 14 de agosto. L a V de 14 a 21h. o sábados, domingos y feriados de 10 a 21h. Más info en La Nación o en Ñ.
Jorge Luis Borges

Argentinismos

Argentinismos, de Martín Caparrós es una exploración de las palabras que atraviesan la Argentina actual, las ideas y los hechos que configuran lo que somos y lo que creemos ser. Democracia, política, peronismo, kirchnerismo, setentismo, memoria, ejército, segurismo, derecho sumanos, lagente, villero, honestismo, presidenta, campo, inepsia, crispación, progresismo, relato, trucho, modelo, Él, militancia, aguante, elecciones, futuro son algunos de los términos que el autor examina para establecer un recorrido despiadado y sugerente por nuestra sociedad, por nuestras vidas.


El libro nos interpela en su tentativa de entender de qué hablamos cuando hablamos de la Argentina de hoy: qué decimos, por qué, para quién. En contra de la trampa de la polarización entre el oficialismo y la oposición, Caparrós analiza el modelo económico, la inseguridad, la corrupción, la pelea mediática, las nuevas militancias, los conflictos sociales, el descrédito político, las opciones posibles, a la vez que perfora la trama cerrada del relato impostado de los poderes y la expone en toda su desnudez.

Argentinismos es un libro para pensar el país, más allá y más acá de cualquier gobierno: un ensayo provocativo y sutil, una larga reflexión que apela a la inteligencia y a la sinceridad más cruda y se rehúsa a aceptar, como únicas posibilidades de nuestro futuro, la resignación o la farsa.

Prólogo


Era una cena placentera, tan normal. Junio de 2008; en pleno conflicto campestre, Margarita y yo comíamos con dos parejas de amigos de siempre –décadas de cariño. Charlábamos, hasta que alguien dijo algo sobre el tema del momento. Entonces T. –llamémoslo T.– me miró y dijo que mejor no habláramos de eso: yo sé lo que pensás, me dijo, yo pienso distinto, nos vamos a pelear. Yo le dije que cómo no íbamos a hablar, que éramos amigos, que siempre habíamos hablado; él insistió que mejor no; yo le dije que si dos amigos no podían intercambiar opiniones políticas todo estaba perdido. Tenía sentido –parecía que tenía sentido– y T. terminó por aceptarlo. Asi que nos pusimos a debatir el asunto del campo; él apoyaba con ardor al gobierno, yo no. Media hora más tarde estábamos a los gritos, insultos, enojos espantosos. Nos dijimos cosas feas; no volvimos a vernos.

Poco a poco, ese tipo de situación se nos hizo lugar común y pasó a tener un nombre propio: la palabra crispación se hizo frecuente en el idioma de los argentinos. La palabra crispación encierra muchas cosas: la decisión de un gobierno que pensó que enfrentar era una buena táctica de poder, la tozudez de una oposición que suplió la falta de ideas e iniciativas con la crítica a mansalva, la confusión de ciertos discursos y relatos y, sobre todo, situaciones como aquella: peleas entre parientes, entre amigos, entre pares, enfrentamientos a los que las opiniones políticas proveyeron una violencia inhabitual, inesperada.

Hemos perdido –si es que alguna vez la tuvimos– la capacidad de debatir. Se agravia, se amenaza, se putea en arameo, pero es muy difícil discutir alguna idea. Gente con la que tantas veces estuve de acuerdo ahora me odia; cuando quiere ser amable me trata sólo de traidor. Gente que respeto ve en este gobierno cualidades que no consigo percibir ni un poquitito. Gente que no respeto en absoluto le critica aspectos que yo también criticaría –y entonces reviso mis críticas. Me gustaría tanto –me aliviaría tanto– poder estar a favor de alguno de ellos, saber dónde está el bien y dónde el mal. La vida es mucho más fácil cuando uno sabe dónde está el bien y dónde el mal. En busca de esa facilidad la gente se hace religiosa, patriota, hincha de fútbol.

Por eso me descubro añorando subir a esos banquitos, perorar con verdades, libertades, grandes palabras de alguna moral. Los envidio –de verdad los envidio–: quién pudiera tener esas certezas más o menos férreas, más o menos ciegas. Es tan bueno tener certezas, saber cómo es el mundo, poder catequizar –y ser coherente con lo que uno dice. Y es tan buen negocio tener certezas: podés venderlas bien en el mercado de certezas –los medios, la verdulería, los empleos, las prebendas– y siempre hay gente que te quiere por tus certezas, lo firmes, lo bien expresadas, lo valientes que son.
Yo no lo logro, últimamente, y me desespero más porque no quiero situarme en el medio, no quiero pensarme neutral, templado, calmo; al contrario, me gusta embarrarme, embanderarme. Lejos de mí postular que hay dos demonios y que quiero mantenerme equidistante. No quiero, y además en este caso creo que hay uno solo, el mismo tipo de demonio: unidades de negocios y poder que se pelean por un solo queso a gritos de principios. Y que, encima, te miran con odio o con pena si no apoyás sus argumentos, si no te alineás del lado donde, sin duda, anida la verdad justo antes de lanzarse en proceloso vuelo. No es mentira, no es ironía barata: de verdad me gustaría ser uno de ellos. Mi vida, palabra, sería mucho más fácil.

O, en su defecto, desentenderme: decidir que la política es definitivamente una basura para basureros, que a mí qué me importa, que yo igual me las rebusco más o menos bien y que se cuelguen todos del sauce más florido. Pero tampoco puedo: hay algo en mi formación, supongo –y en la formación de miles y miles de argentinos, espero– que me haría sentir alguna especie de canalla si lo hiciera. Así que sigo interesándome, tratando de entender, recibiendo los cachetazos varios.



Me siento, en síntesis, colgado del pincel –y sospecho que nos pasa a muchos, estos días. Yo, al menos, suelo descubrirme dolido y perplejo. Dolido por la violencia de esos enfrentamientos, por la rapidez con que el insulto reemplaza cualquier argumento. Perplejo, porque no entiendo por qué tanto.

No descarto la necesidad de la violencia como desgraciado instrumento de la historia. Más adelante voy a tratar de discutirlo pero, en síntesis, creo que hay cambios que no se pueden hacer sin enfrentamientos, porque todo cambio social y económico supone que haya sectores que perderán parte de lo que tienen –sus privilegios, su dinero, su capacidad de dictar las leyes y las normas– y no suelen resignarlo sin pelear. Los cambios importantes han requerido siempre cierta dosis de violencia; es una lástima, pero los hombres todavía no hemos inventado otra manera. Lo que no entiendo, en este caso, es tal enfrentamiento por tan poca cosa. Tanta pólvora, tan tristes chimangos.

Sobre esa situación anómala, esa aparente contradicción, quiero pensar en estas páginas. No quiero contar pequeñas historias de curros o engañitos. Quiero tratar de pensar. Por suerte, no siempre me sale. Pero creo que vale la pena intentarlo, equivocarse, intentarlo otra vez.



El formato de este libro es casi simple: voy a explorar las palabras que, estos últimos años, ocuparon buena parte de la escena, para pensar qué dicen esas palabras que se nos fueron haciendo cotidianas con un sentido que no es el que solía. Son palabras que se han vuelto argentinismos: progresismo, modelo, lagente, política, campo, democracia, derecho  sumanos, peronismo, relato, militancia, kirchnerismo, futuro, Él, trucho, setentismo –y varias más: quiero tratar de saber qué decimos cuando decimos lo que decimos. Indagar en esos sentidos nuevos –intentar armar con ellos un panorama de la Argentina actual– es la trama que sostiene estas páginas. Donde el peronismo actual –el llamado kirchnerismo– ocupa mucho espacio por las razones obvias: es lo más decisivo que pasó en la Argentina en los últimos años. Si me intereso tanto menos por su oposición más institucional –peronistas varios, radicales, boquipapas– no es porque los sienta más cercanos sino, más bien, porque no creo que valga la pena dedicarles mucho tiempo.

Dudé mucho en escribir este libro, que seguramente no convencerá de nada a nadie. Imagino que los que estén de acuerdo encontrarán argumentos que los reafirmen, el alivio del reconocimiento; los que no, supongo, buscarán los patinazos que puedan servirles para descalificarnos –al libro y a mí. Está claro que esta es una de esas veces en que la situación política de un país se transforma en algo demasiado personal para demasiadas personas –y yo entre ellas.

Por eso quiero aclarar, antes que nada, desde dónde hablo. No hay nada más incómodo que tener que explicar la propia posición, pero aún así quiero decir que yo fui uno de esos que tuvimos que huir de la Argentina mientras el matrimonio Kirchner hacía buenos negocios, de esos que criticábamos al peronismo de Menem mientras el matrimonio Kirchner y su gobierno peronista hacían buenos negocios, de esos que trabajábamos para recuperar la historia reciente mientras el matrimonio Kirchner prohibía en su capital marchas de las Madres.

Y quiero decir que nunca voté peronista –lo cual significa que no voté al doctor Luder, que que no voté al doctor Menem, que no voté al doctor Duhalde, que no voté a los doctores Kirchner–; que nunca tuve un cargo público; que nunca recibí dinero de ningún grupo político. Y –disculpen que lo diga– que he dejado por lo menos una docena de empleos pero nunca escribí nada que no pensara, que no pudiera sostener. Me incomoda decirlo, pero últimamente no se puede dar nada por sentado.

Por eso vale la pena parar y pararse, pensar qué es lo que uno piensa. Sé que estoy perplejo. Pero, además, estoy molesto, inquieto, irritado: me persigue la sensación de que algo está muy mal en la Argentina y que mucha gente muy respetable se resiste a verlo.

No lo ven, y entonces dudo de lo que creo que veo. El kirchnerismo es, para mí, una cura de humildad. Cuando era muy chico e intentaba ser revolucionario y peronista, con perdón, siempre había algún viejo –¿treinta, cuarenta años?– zurdo aguafiestas que venía a decir que el peronismo era la forma en que los patrones argentinos más inteligentes o más temerosos habían desviado y desarmado las reivindicaciones obreras para que no amenazaran al sistema capitalista. Yo, por supuesto, entendía que el pobre tipo no entendía la historia y lo miraba por encima del hombro con desdén y un poco de cabreo. Ahora, muy a menudo, me siento como aquellos viejos, y no siempre me gusta. Y peor: si el peronismo de izquierda era una versión descafeínada, mistificada de los grandes movimientos obreros, el kirchnerismo aparece como una versión mistificada, descafeinada de aquel peronismo: reflejo del reflejo, degradación platónica.



Pero, mientras lo pienso, me perturba la sensación de que hay algo importante que me escapa y me escapa. Este libro es el efecto de esa perplejidad que no se rinde, el resultado de una incomodidad que no me suelta: por qué no consigo apoyar a un gobierno que, aparentemente, hace ciertas cosas que yo apoyaría –y que, incluso, llevo años esperando.

La clave, creo, está en la palabra aparentemente. No recuerdo en la Argentina un gobierno que pusiera más distancia entre el discurso y la práctica. Lo creo, pero a menudo dudo: me pregunto si hay cosas que no consigo ver y que justifican el hecho de que todas esas personas que respeto –y todas esas que no, faltaba más– estén convencidas de que el kirchnerismo es un movimiento que vale la pena apoyar. Entonces vuelvo a dudar –y, ahora, lo hago en público. No soy neutral; nunca lo fui, no quiero serlo. Tengo ideas, sólo que trato de desconfiar de ellas: de ponerlas a prueba. Entre las cuatro o cinco cosas que defiendo, la duda tiene un lugar central: reivindico sin dudar la duda como forma de conocer el mundo. Si algo del “setentismo” realmente ha vuelto en estos años, es el imperio de la afirmación tajante. No sólo entre los supuestos setentistas; también entre sus adversarios más o menos liberales. Yo, insisto, reivindico la duda: este libro es, en última instancia, un panfleto dudoso, una búsqueda porfiada de las preguntas pertinentes.

domingo, 24 de julio de 2011

Cuando Harry conoció a Oksa

Cinco, diez, quince minutos. Media hora de conversación y aún no ha salido el nombre de Harry Potter. Extraño. Como si el joven mago hubiera hechizado a los presentes con la varita del silencio. Se habla de casi todo: de la autoedición, de la influencia de Internet sobre la literatura, de la escritura a cuatro manos. Menos de Harry Potter.

Pasan cuarenta minutos y, por fin, surge el nombre de boca de Anne Plichota, coautora junto con Cendrine Wolf de la saga de género fantástico protagonizada por Oksa Pollock. El primer tomo, Oksa Pollock y el descubrimiento de Edefia, llega a España —lo publica Planeta— con una carga pesada a sus espaldas: no sólo porque la sombra de Harry Potter es alargada e inabarcable, sino porque el éxito conseguido en otros países ha sido tan brutal que igualar las mismas cotas, o al menos acercarse, no será trabajo sencillo.

Las aventuras de esta chica de 13 años impetuosa y de gustos masculinos —amante del karate o del monopatín, reacia al color rosa— se desencadena un día en el que empiezan a suceder cosas extrañas: una mesa que arde, cajas de la mudanza que explotan y una estrella de ocho puntas que le aparece a la protagonista alrededor del ombligo. Oksa descubre que su familia procede de Edefia, un mundo invisible y que posee poderes sobrenaturales.

La historia ha vendido ya 200.000 ejemplares, ha sido traducida a más de 25 idiomas y la productora de Crepúsculo prepara su versión para el cine. Oksa Pollock ha generado la Pollockmanía: miles de chicos que intentan mimetizarse con Oksa, Gus o Tugdual, protagonistas de la historia.  


Seis libros, ni uno más

Una fantasía que bebe directamente de Harry Potter. Nadie, ni siquiera las autoras lo discuten: "Las comparaciones son inevitables", asume Cendrine Wolf, quien, con todo, anota algunas diferencias: "Oksa es más realista; Harry más fantasioso. Él tiene que demostrar que es mago; ella esconde sus poderes".  "Harry Potter es el motor, lo que nos impulsó a escribir. Sin Harry Potter no existiría Oksa Pollock. No podemos ser ingratas", agregan al tiempo que zanjan cualquier similitud con J.K. Rowling, madre del aprendiz de mago: "Es un ejemplo a seguir".

En un mundo de fantasía en el que coincidieran Potter y Pollock, ¿qué pensarían el uno de la otra? ¿Podrían llegar a trabar amistad? "Honestamente podrían ser amigos. Oksa le diría: 'ya vale, deja de quejarte, de lamentarte, y actúa'. Le daría una patada en el culo para que reaccionara. Creo que, por su parte, Harry mandaría a paseo a Oksa, aunque podrían ser buenos amigos. Quién sabe, algún podrían llegar a encontrarse...", deja caer Cendrine Wolf, responsable de la parte más imaginativa de las historias. Es la que exprime cualquier idea fantasiosa, la que muchas veces cruza la línea roja. La que recibe la amonestación de su compañera, más centrada en la escritura.




Oksa Pollock y el descubrimiento de Edefia es el primero de los seis libros de la saga. "No habrá ni uno más", prometen las autoras en perfecta coordinación. Su justificación: "No nos interesa la Oksa adulta. Hay que saber parar".

En Francia ya se han publicado tres novelas y la sexta servirá para echar la mirada atrás, "al estilo de las películas de La guerra de las galaxias", aclaran. 

La evolución de la protagonista se irá percibiendo libro a libro. En el primero "es una chavala, una chica de 13 años que está aprendiendo. No es coqueta, no es cursi, le gustan los deportes masculinos, y su libertad". Pero Oksa crecerá "hasta ir tomando conciencia de su lado femenino", avanza Wolf, quien asume que la chica "tiene mucho de mi temperamento".

La aventura de la autoedición 

Un temperamento que a veces ha saltado durante la escritura a cuatro manos. Anne Plichota y Cendrine Wolf se conocieron hace 17 años, cuando ambas intentaban superar una ruptura familiar. Eran bibliotecarias. Plichota era encargada de la sección infantil. Entre lectura y lectura concluyó que ella también lo podría hacer. Podría construir un mundo en el que los jóvenes se sintieran cómodos, con el que pudieran sentirse identificados. El mundo de Oksa Pollock. Convenció a Wolf: ella escribiría en rojo, la segunda en negro. Todo bajo una premisa: para trabajar juntas deberían rebajar sus cotas de ego: "Hay que saber escuchar, aprender de la otra parte", explica Plichota. Wolf asiente.

Escribieron, pero ninguna editorial les compraba la historia. Inasequibles al desaliento, decidieron autoeditarse el libro: eran responsables de la paginación, la portada, incluso "llevábamos los volúmenes a las librerías en carretillas", evocan. Comenzó el boca a boca por Internet: redes sociales, blogs, foros. Un fan de 14 años escribió una carta quejándose del desinterés de las editoriales. Mandó la misiva a editoriales y revistas. Consiguió apoyos y Nouvel Observateur publicó la carta de protesta y un artículo sobre la Pollockmanía.
"Siempre, siempre, siempre nos creímos que podía funcionar, que podríamos llegar lejos. Por eso confiamos en la autoedición", explican las creadoras con una sonrisa de felicidad y satisfacción en la cara.
Por ahora, en Argentina, está disponible en E-book.  A esperar se ha dicho...

Fuente: Público.es

sábado, 23 de julio de 2011

La muerte de un Dios

Sai Baba se murió y es casi un chiste: los dioses, y él decía serlo, no hacen esas cosas.

Recuerdos de una visita a su templo en la India.

Por Martín Caparrós 

Sólo porque es un dios no lo voy a acusar de oportunismo: los dioses, como todo el mundo sabe, nunca lo son, siempre tan oportunos. Pero, aún así, este truco de morirse justo cuando vuelve a salir aquel libro que escribí sobre Él –sí, Él también es Él– me parece un poco exagerado: si, de todas formas, siempre ha dado que hablar. Si su vida fue, en síntesis, una aplicación de la vieja doctrina del general Perón: que hablen, aunque sea bien. 
 Hace casi 18 años, una mañana de noviembre, conversábamos con Juan Forn, editor de la Biblioteca del Sur de editorial Planeta. Tiempo antes Juan había publicado Larga Distancia, mi primer libro de crónicas, y no estaba completamente arrepentido, así que yo trataba de convencerlo de que me diera un anticipo para escribir otro que había querido durante mucho tiempo: un viaje por la India. Juan me decía que no. Me dijo no, no puedo contratarte un libro que sea Caparrós viajando por la India pero si tiene algo más específico, alguna excusa, podríamos verlo. Yo le dije que buscaría una. Días después volví para decirle que la había encontrado: en la India había un señor al que llamaban Sai Baba, Swami, Baghavan, que decía que era un dios –y no estaba encerrado en un hospicio. Y a mí, le dije, me parecía que contar unos encuentros con un dios alcanzaba para justificar un libro –y mis paseos por la India. 
Dios Mío fue, entonces, una mezcla de esas dos curiosidades: un blanquito viajando por Bombay, Delhi, Benarés, Calcuta, Bangalore en plena mutación, y la vida inmutable de un dios junto a sus fieles en sus ashrams de invierno y de verano. Ambas me resultaron fascinantes: la India era un mundo perfectamente ajeno, lleno de estímulos y provocaciones, lo que yo quería ver. Pero, de a poco, la parte Baba se me volvió obsesión: era increíble mirar a todos esos hombres y mujeres cara a cara con su Señor. Era una ocasión única para ver la creencia en pleno funcionamiento, en todo su esplendor. Lo genial de observar a un dios un poco tosco es que te muestra –te descubre– las conductas de todos los demás: es un curso acelerado sobre el pensamiento religioso. 

Dios mío se publicó en 1994, alguien incluso lo debe haber leído, y después se pasó muchos años agotado. Hace unos meses la gente de Planeta me ofreció reeditarlo –junto con ocho o diez títulos más– y me dio mucho gusto: siempre es bueno imaginar que los libros no se mueren tan rápido. 
 Pero, a cambio, Sri Sathya Sai Baba se murió y ahora los diarios rebosan de su muerte. Es lo que suele pasar, ya lo sabemos: no hay espacio menos igualitario que los cementerios. Sólo que, en su caso, su muerte es casi un chiste: Sai Baba decía que era un dios y los dioses no hacen esas cosas. Menos aún contradiciendo sus propias profecías: siempre dijo que iba a "quedarse en este cuerpo" hasta los 95 años, y lo puso a pudrirse a los 84. 

Los diarios, en todo caso, rememoran y dudan. La mayoría de las notas destaca su supuesta divinidad y deplora su supuesta pedofilia. Yo –tras sesuda reflexión, escrupulosa búsqueda– creo que es más probable que fuera pedófilo que dios, pero me sorprenden las valoraciones generales: con todo lo grave que me resulta que un viejorro intente abusar de tres o cuatro jovencitos, mucho más grave me parece que ése –o cualquier otro– jorro abuse de millones diciéndoles que lo obedezcan porque es dios. El nivel de engaño necesario para convencer a multitudes de que uno es dios es infinitamente mayor que el que se precisa para convencer a un muchachito de manotear –con perdón– una gallina bataraza; el nivel de daño producido debe ser proporcional. O, dicho de otro modo: es obvio que Sai Baba no era dios porque conseguía que chicos lo ungieran con sus babas; lo conseguía porque era un dios. O, de otro: ¿qué idea del mundo, qué ideología hay que tener para suponer que es más grave cogerse a un devoto que hacer creer a millones de ellos que uno es dios? 
Algunas de estas cosas –y tantas más– me pregunté en Dios Mío. No recuerdo haber encontrado la más mínima respuesta. Ahora vendrán otras; ahora que el aspirante a dios ha muerto llega lo más interesante: los argentinos ya sabemos –de sobra– cómo es. 


La trama           

Para capturar una banda de malhechores, el oficial de policía debe moverse etnre ellos com si fuera miembro de la banda. Por eso yo he escoido la forma humana. Dios tiene que adoptar la forma más apropiada para la tarea que debe realizar¨, ha dicho Sai Baba
La India es pródiga en gurus y santones; sin embargo, ninguno de ellos proclama que es Dios. SAi Baba, en cambio, lo ha anunciado de todas las maneras posibles. No es el primero, ni el único: además de Jesús, Buda, o Krishna, miles de seres anónimos han proclamado su divinidad a lo largo de la historia (para terminar, casi siempre, encerrados en algún manicomio de provincias). Millones de personas, en todos los países del mundo, creen que Sai Baba es Dios, y se le entregan en cuerpo y alma: creen en sus curaciones, sus milagros y sus enseñanzas sobre el karma, el desapego y la reencarnación.
Matín Caparrós quiso saber cómo y por qué. Recorrió la India, desde Bombay hasta Calcutta, desde Benares hasta Cochin, desde Goa hasta Deli; vivió en el ashram de Sai Baba y asistió a todo tipo de situaciones increíbles, reflejadas con maetría en este libro. Com oen sus crónicas de Larga distancia, Caparrós propone el viaje como una de las últimas aventuras posibles y hace de Dios mío un relato raramente encantado por la fe, la miseria, la crueldad y la dulzura del país más insensato y misterioso de la tierra. 

El escritor                                           

Se inició en el periodismo con dieciséis años en el diario Noticias. En 1976, con la llegada de la dictadura a Argentina se exilió a Paris, licenciándose en Historia en La Sorbona. A continuación marchó a Madrid, colaborando con el diario El País. De regreso a Argentina, trabajó en prensa y radio, siendo cofundador de Página/12 y editor de El Porteño. Ha recibido varios premios como el Rey de España en 1992 y el planeta Argentina en 2004.

viernes, 22 de julio de 2011

Cinco curas, confesiones silenciadas

El martes próximo 26 de julio la editorial cordobesa Raíz de dos, presentará en el aula Magna de la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y naturales de la provincia, el libro Cinco curas, confesiones silenciadas, donde cinco curas cuentas lo que nadie jamás contó sobre la iglesia.
El presbítero Adrián Vitali conoció una mujer en su parroquia. La mujer quedó embarazada. El arzobispo le “ofertó” mandarlo a otro destino y que la Iglesia se hiciera cargo de la manutención de la criatura si renunciaba a su paternidad.
Horacio Fábregas revela cómo una monja corrompía seminaristas diciendo que era la Virgen la que besaba en su nombre. Y habla de su desilusión porque casi nadie en la Iglesia respetaba el celibato.
Nicolás Alessio cuenta los entretelones de su expulsión de la parroquia por apoyar el matrimonio igualitario y recuerda cuando un obispo le pidió que no usara la palabra “justicia” en sus sermones.
Lucio Olmos descubre el sistema de “financiamiento” de los curas párrocos y relata el momento en que el obispo le pidió que no trabajara y viviera de los sacramentos. Además cuenta con lujo de detalle su colaboración con la guerrilla y la persecución militar.
Elvio Alberione desmenuza la complicidad de la Iglesia con el golpe del ’55 y analiza, hecho por hecho, por qué la Iglesia usa el mensaje de Cristo como herramienta de poder.
Todos recuerdan su paso por el seminario, las represiones, expresiones y perversiones sexuales que parecen inevitables y revelan cómo el clero se esfuerza en permitir que todo ocurra siempre y cuando no se conozca.
Cinco curas ,confesiones silenciadas. Un libro imperdible.


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jueves, 21 de julio de 2011

El paciente inglés, la película

Anthony Minghella ("Truly, Madly, Deeply", "El talento de Mr. Ripley", "Cold Mountain") rubrica esta película conmovedora, escrita en un lenguaje clásico y perdurable, que habla de los grandes temas de la existencia, como el amor, la política, el rencor y la venganza, la muerte, la identidad, la pertenencia a la nación, o la voluntad. Una película épica, grandiosa, a la manera de las antiguas superproducciones, que no puede circunscribirse exactamente en la narrativa cinematográfica de los años 90.
El paciente inglés se presenta envuelta por unos elementos impecables: una espectacular fotografía, un guión bien hilado que conjuga una historia pasada a medio camino entre la pasión amorosa y la traición política, y una historia vital presente entre la necesidad de vivir y el irrefenable deseo de olvidar y morir, y especialmente una banda sonora magistral, mezcla de cuatro estilos aparente irreconciliables, que son los vértices sobre los que gira la historia. A saber, la canción húngara "Szerelem, Szerelem" (amor, amor) que habla de los orígenes húngaros del paciente, el aria de las "Variaciones Goldberg" de Bach que toca la enfermera en el piano del monasterio porque es la "pieza que más le conmueve en el mundo", la música de jazz propia de la época de la Guerra representada por "Cheek to cheek", "One o'clock jump" o "Where or when" y finalmente el leit motiv creado por Gabriel Yared, que confiere además unidad al conjunto combinando un estilo oriental, propio del norte de África, y un estilo más napolitano, característico de Italia. Lo dicho, una maravilla.
"El paciente inglés" nos recuerda al David Lean de "Lawrence de Arabia", o al Sidney Pollack de "Memorias de África" (cómo olvidar el vuelo sobre las dunas del desierto, trasunto del vuelo de Karen Blixen y Denys Finch Hatton sobre la sabana africana) y, aunque no alcance la valía cinematográfica de sus predecesoras, es una digna sucesora de ese cine entre lo éxotico, lo bélico o lo amoroso, que te hipnotiza y te transporta a otra época en que la lucha, la resistencia, la pasión, se escribían con letras mayúsculas. Esta película nos invita a soñar que en el amor no hay fronteras, ni físicas, ni temporales, y que lo importante son las personas, por encima de cualquier idea política o nacionalidad.
Esta película bella, tanto en lo visual, como en la historia que narra, que cuenta con un buen reparto encabezado por Ralph Fiennes, Kristin Scott Thomas y Juliette Binoche (que ganó un merecido oscar como actriz secundaria) y con destacables secundarios como Willem Dafoe, Naveen Andrews o Colin Firth, puede ser tachada por algunos como demasiado sentimental, o englobada en esa lamentable categoría de "cine para mujeres", pero más bien es una obra dirigida a los que no tienen miedo a sentir, a padecer a través de la torturada existencia de los personajes, a agitarse con una caricia en el cuello, a asombrarse por la belleza artísica, a alterarse por un encuentro demasiado tardío, a sobrecogerse por la necesidad de olvidar para siempre.
Por todo ello esta película está dirigida a los que deseen retirar la seca arena del desierto de sus ojos y sustituirla por tibias lágrimas de compasión.

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