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Los argentinos de la feria


Fernanda García Lao, escritora argentina que nos representó en la reciente feria internacional del Libro de Guadalajara.




Nunca escribo sobre la visión directa de las cosas, soy transversal. La realidad no me necesita y siempre se viste de otra cosa. Cultivo la irreverencia. Una suerte de alquimia barata. Un desvío, donde el humor y la poesía cuelgan de un hilo tenso.



Biografía    

Nací en Mendoza (Argentina, 1966), pero me formé en Madrid. Y me deformé, reiteradamente, con tesón. Viajar instruye y trastorna. Cumplí diez años en el aire, sobre el mismo océano que había unido a mis padres, pero en sentido inverso.
En casa, me entrenaron en el arte de la conversación, la literatura y el absurdo. Soy Bachiller en Letras, estudié piano, danza clásica, actuación, dramaturgia y periodismo. 
Me mudé unas veinte veces de hogar y cuatro de continente. Trabajé en radio, hice teatro, canciones, cine, video. Con mis obras viajé a lugares exóticos como Colombia, Panamá, Chile y Mar del Plata.
Tanta agitación geográfico-compulsiva derivó en una necesidad imperiosa de escribir. Una pulsión vital por el registro. Mis papeles y yo éramos una sola cosa. Mientras yo me mostraba, mi literatura crecía en la oscuridad. Es decir, yo era su contorno.
Un día decidí mandar mi primera novela a concurso. Era 2004, y Muerta de hambre recibió el primer premio del Fondo Nacional de las Artes, publicándose un año más tarde. Ese mismo año, otro jurado alucinado me concedió el tercer Premio de Novela Julio Cortázar por La perfecta otra cosa, editada en 2007.
Este año 2011, aparecieron mis novelas La piel dura y Vagabundas en Argentina; y La Faim de María Bernabé, en Francia. El acontecimiento de la publicación le dio impulso a mi actividad oculta: la literaria, que devoró mi costado social, teatral y empeoró mi espalda. Ahora, ella se muestra y yo, me guardo.
He vivido un poco más de quince mil días de los cuales no recuerdo prácticamente ninguno. Soy amnésica -es decir optimista- por naturaleza. Me gusta olvidarme de mí e inventar otros mundos. Las palabras me pueden, me deslumbran, y frente al papel, me dictan lo que no entiendo. Por eso escribo, para cederles mi lugar. Saben gruñir o murmurar cuando hace falta. Ellas son mi cuerpo. Yo sólo les presto la cabeza.


Fragmento de Muerta de hambre (El cuenco de plata, 2005)

“Simplemente, 
caímos en una trampa”
Bruno Schulz

Al centro del estómago

1.
Un viaje singular revisitando mi provincia ya tan olvidada por los acontecimientos. Viñedos abarrotados y maduros como mi pasado, sauces, el silbido del conductor, las señoras en la puerta, los perros en la mitad de la calle, vendedores de queso y de vino patero, una realidad tan costumbrista para este personaje exasperado y tragicómico. En la clínica, había perdido la noción del tiempo y ahora el espacio se me hacía igualmente incomprensible; creí ver cien veces a la misma parejita en bicicleta, ella sentada con las piernas hacia adelante como una muñeca tiesa en equilibrio, él con una gorrita de pescador y las piernas peludas e inmensas, torcidas para coincidir con los pedales. Bajé la ventanilla y un viento seco me golpeó la cara. Hicimos algunos kilómetros bajo un cielo limpio, junto a los ciclistas y al doblar una loma comenzó a llover furiosamente. Subí la ventanilla aunque ya estaba empapada. Cayeron piedras y tuvimos que refugiarnos en una construcción abandonada. Entonces, mientras el conductor fumaba un cigarrillo, vi pasar escenas familiares, bajo la lluvia sólida. Vi correr a mi padre detrás de Mother, agitando el llavero. Las gemelas desfilaron muy despacio frente a mí, haciendo piruetas preciosas mientras iban envejeciendo. Emilio me miraba desde su oscuridad infinita. Miré al conductor que parecía no percatarse de nada. Me bajé del auto.

El ruido de las piedras golpeando contra el asfalto era ensordecedor. La parejita volvió a pasar, pero esta vez era ella la que pedaleaba, mientras él flameaba como una bandera. ¿Qué clase de mundo era este? ¿Dónde había quedado aquel otro clásico de mi infancia, aquel tibio y pálido mundo que me hacía sentir ebulliciosa y colorida? Alguien muy perverso estaba invirtiendo los roles. Algo similar a un espejo parecía decirme, tú eres la más cuerda, majestad. Sentí miedo. 
Era evidente que las reglas habían cambiado durante mi ausencia. Siempre las estaban cambiando  sin  dar explicaciones. Y todos parecían adaptarse con naturalidad a ellas. Todos menos yo. La humanidad de un lado y yo del otro.
Sentí ganas de huir del conductor que parecía restregarme su normalidad de hombre al revés. Hacía circulitos con el humo, para que las piedras pasaran por el medio. De qué cosas sería capaz ese monstruo de camisa a cuadros. La crueldad de la lluvia y el paisaje desierto me hicieron reflexionar. No tenía a dónde ir. El me miró como si leyera mi angustia en un prospecto. Entré al automóvil. Me temblaba todo el cuerpo. Me cubrí la cara con las manos y entonces el motor se puso en marcha. Decidí no volver a mirarlo. Abrí el pastillero. Pastillas diminutas parecidas a Jáuregui me ofrecían un futuro de silencio. Tomé dos. Pensé en una mujer joven en un ritual, en el que los hombres nunca mueren. Nos dan pastillitas de fantasía para meternos sus manos frías o sus cuchillos entre las piernas. Ellos excavan las tumbas y nos llenan los ojos de tierra. 
El conductor me miraba intensamente, como un enterrador adolescente. Me sentí un poco muerta y un poco difícil de entender. Mi cuerpo había perdido su contenido erótico. Hacía mucho tiempo que no tenía ganas de nadie. Mi Emilio se había convertido en un fantasma, en un concepto inasible. Él era una historia que yo misma me contaba, tan lejana y perfecta que ninguna respiración humana podía empañar.  El conductor detuvo repentinamente el motor. Giró hacia mí y me dijo “¿Qué le pasa?”. Yo me quedé paralizada de terror. Cómo podía dirigirse a mí de aquella manera. No sabía contestar ese tipo de preguntas. No quería hablar con aquel ser. Su cara estaba llena de arrugas, aunque era un hombre joven. Entonces me di cuenta de que nunca había podido establecer un diálogo simple con nadie. No sabía ser social. Miré hacia abajo sin responderle. Él me humilló entre dientes y volvió a ponerse en marcha. Después encendió la radio y se perdió en los vericuetos de su mente. Había un perro muerto tirado a un costado de la ruta, rodeado de basura.

2.
Ella está subiendo. Ha llegado el momento de asumir responsabilidades. No es justo hacerme tanto daño sin dar explicaciones a los demás. Esa parva de inútiles que conforman mi familia tiene que hacerse cargo de mi dolor. No voy a evitar epítetos ni me voy a hacer la diplomática. Soy una mujer latina, después de todo. Eso. Tengo que ampararme en el sol caliente, en la humedad, en los españoles que llegaron con Colón, en la brutalidad heredada, en la salvaje masacre sobre la que se fundó esta ciudad de llorones, cínicos y esquizofrénicos. También puedo basar mi falta de tacto en mi condición de mujer obesa. ¿Por qué no fabrican medias de nylon para gordas? Hijos de puta.

3.
Lentamente empezamos a ver las primeras casas, el principio de la ciudad. Personas en las calles entrando o saliendo de pequeñas construcciones, exhibiéndose con naturalidad. El agua corría jugosamente por las acequias, el sol tejía formas de araña entre los árboles y se proyectaba en las veredas cepilladas y relucientes. La proximidad de mi pasado me puso un poco inquieta. Comencé a reconocer algunas formas, plazas, esquinas. ¿Iba hacia delante o hacia atrás? El auto indudablemente marchaba hacia delante, ¿pero, yo? El futuro se parece tanto al pasado que asusta. El mío estaba decorado siempre igual. Y todas esas personas extrañas que simulan tanta comodidad y se pasean por mi presente como si tuvieran algo que hacer, ¿serán reales o tan sólo figuraciones?
Cuando llegamos a mi calle, el corazón latía con irregularidad y desasosiego. El auto se detuvo. Supongo que el tipo esperaba que yo hiciera algún comentario o movimiento, algo, ¡reaccione!, pero yo estaba dura en el asiento mirando la puerta de mi casa.
De alguna forma que no recuerdo aparecí parada en el umbral. El enterrador  no estaba. Sólo yo frente a mi timbre. Eso. Me quedé así un rato largo, esperando a que mi corazón se acostumbrara.
Una voz se dirigió a mí desde atrás. Yo, que pensaba que todo lo que podía suceder estaba adelante, fui sorprendida por acontecimientos de retaguardia. Era la voz de mi padre y pensé que seguramente al girar, no estaría él, ya que todo sucedía de una manera tan imprevisible. Si escucho a mi padre, en un mundo convencional, sería mi padre el emisor. Pero en este mundo puto…Al girar, fuera de todo pronóstico, encontré a mi padre. Estaba viejísimo y descolorido. Me abrazó de repente. Encima, mientras estaba ocupada en digerir mi desconcierto, se abrió la puerta de mi casa. Pensé que sería víctima, una vez más, del efecto dominó. Un hecho desbancado por el siguiente. Con mi padre todavía colgado de mi cogote, apunté hacia la novedad. Las gemelas estaban tomadas del brazo, mirándome.





Fuente: http://www.fil.com.mx

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