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Apolonio de Alejandría


Apolonio Díscolo (gr. Ἀπολλώνιος ὁ δύσκολος, «Apolonio el de mal genio») es considerado el fundador del estudio metódico de la gramática, al ser autor de varios tratados que dotaron por primera vez a la gramática griega de una base científica.

Este célebre gramático griego floreció en la primera mitad del siglo II de la era cristiana. Era natural de Alejandría, donde se cree pasó la vida en la pobreza, pudiendo utilizar no obstante los ricos tesoros de erudición acumulados en aquella Biblioteca. Se cita de él una obra sobre las Mentiras de la Historia, cuya pérdida es tanto más sensible cuanto que su título indica uno de esos trabajos de pura crítica tan raros en la antigüedad y que tan pocas huellas han dejado en lo que de los antiguos analistas nos queda. Desgraciadamente, no es de tan relevante mérito la pequeña colección de Narraciones maravillosas que poseemos con el nombre de Apolonio y que ha sido reimpresa diferentes veces. Sin embargo, a lo que el personaje de esta biografía debe principalmente su fama es a sus libros de gramática, en los cuales abraza verdaderamente la enciclopedia de esta ciencia, al menos tal como se comprendía en su tiempo, esto es, sin hacer entrar en ella el estudio comparativo de las lenguas. En efecto, aunque se hubiese ya pensado en buscar las fuentes de los idiomas en la interpretación de los jeroglíficos y en las lenguas de remota antigüedad, sólo en el griego estudia la naturaleza de las frases del discurso y sus relaciones entre sí, demostrando que le son desconocidos el lenguaje de la antigua India y el del Egipto. Pero aparte de esta sensible laguna, difícil es imaginarse una ciencia más completa que la suya, sobre todo en lo que toca a la filosofía del lenguaje y a la constitución e historia de la lengua griega y sus dialectos.

He aquí, en el orden más lógicamente metódico, los títulos de sus tratados: I. Elementos del discurso, esto es, exposición de los sonidos elementales y de las letras que los representan en la escritura. II. Distinción y división de las partes del discurso. III. Del nombre; del verbo; del participio; del artículo; del pronombre; de la preposición; del adverbio y de la conjunción, esto es, de las ocho partes de la oración, reconocidas y consagradas desde los tiempos de Aristarco, división que con escasísimas modificaciones pasó de las escuelas griegas a las romanas, y de éstas a la enseñanza clásica de todo el Occidente. IV. De la sintaxis, en cuatro libros. V. Formación de las palabras compuestas. VI. De las afecciones, esto es, de las figuras gramaticales que afectan a la forma de las palabras. VII. De las figuras, entendiéndose en esta clasificación las que atañen a la sintaxis y a la construcción. VIII. De la ortografía, que comprende cinco libros que tratan respectivamente: del uso de las letras; de los acentos; de la cantidad; de la aspiración y de la puntuación. IX. De los cuatro dialectos, dórico, jónico, eólico y ático; y X. Sobre la obra de Dídimo, titulada Semejanza.

Además de estos tratados, se encuentra en los gramáticos de la Edad Media el rastro de una obra en que Apolonio finge discutir sobre diversos puntos de gramática con su hijo Herodiano, que fue también gramático ilustre. De todos estos escritos, frecuentemente citados y compilados por los sucesores de Apolonio, sólo han llegado a nosotros cuatro tratados que, aunque con grandes lagunas y alteraciones, permiten no obstante formar completo juicio de las teorías de su autor y de la riqueza de su erudición. Éstos son: el del Pronombre; los de la Conjunción y el Adverbio, y los cuatro libros de la Sintaxis.

Los escoliastas de Dionisio el Tracio y el gramático latino Prisciano suministran además noticias utilísimas para reconstruir y apreciar las doctrinas del maestro, al cual se refieren con una veneración religiosa. Estas doctrinas merecen con efecto, bajo muchos puntos de vista, la admiración que ellos sintieron. Considerar la gramática como un conjunto de leyes atestiguadas por la pluralidad de los ejemplos; buscar éstos entre los prosistas, que son los que manejan el lenguaje con más libertad y con menos licencias; clasificar las partes de la oración fundándose en el valor representado por las voces; definir las palabras, analizarlas, explicar su etimología y sus transformaciones, y llegar por medio de la sintaxis y de la ortografía desde los elementos más rudimentarios de la palabra hasta los más delicados procedimientos del discurso: tal es, para caracterizarle brevemente por sus más salientes rasgos, el método del gramático-filósofo. Para que este método fuera perfecto no le falta más que una cosa: no haber dejado fuera de sus teorías todo lo que tiende en el lenguaje a la belleza oratoria y poética. Pero Apolonio, digno heredero de Aristóteles, se mostraba demasiado desdeñoso hacia las galas del estilo, y tal desdén constituye su capital defecto. Su lenguaje, con frecuencia oscuro, erizado de neologismos y de expresiones técnicas, desluce muchas veces sus análisis de una sutileza y de una precisión maravillosas para los tiempos en que escribía. Otro defecto tenía aún. La rigidez de su razonamiento le lleve a una rudeza que le llega a hacer, más que injusto, descortés para sus contemporáneos, que no anduvieron descaminados al aplicarle el sobrenombre del Díscolo. Sin embargo, con estos lunares y todo, admira la maravillosa intuición de su talento tan original, que con el solo estudio de la lengua griega descubre y demuestra principios que hoy se aplican a idiomas nacidos diez siglos más tarde. 




En 1987, la Biblioteca Clásica Gredos celebró su número 100 con la publicación, por primera vez en castellano, de la Sintaxis del gramático alejandrino Apolonio Díscolo (s. II d. C.), quizá renombrada, pero hasta ahora realmente desconocida en la España contemporánea.

Vicente Bécares, profesor titular de la Universidad de Salamanca, es el autor de esta traducción, a la que Carlos García Gual califica "de extrema precisión y fidelidad" ("Prefacio", p. 8), y Francisco Rodríguez Adrados como "fiel y ceñida al texto", valorando la presencia de notas explicativas "siempre que es necesario" (Saber/Leer, XI/87, p. 10). Además, el Prof. Bécares aporta una amplia introducción (pp. 9-70) sobre los orígenes de la gramática en la Alejandría helenística y una apasionada presentación de Apolonio Díscolo (vida, obra, ideas lingüísticas y método), así como del plan de la Sintaxis y de su herencia. El Prof. Bécares da razón de sus criterios de traductor, de sus lecciones divergentes respecto del texto de G. Uhlig (Leipzig, 1910) y compila una valiosa bibliografía, en la que da noticia de las dos únicas traducciones que existían hasta ahora: la de A. Butmann al alemán (Berlín, 1877) y la reciente de F. W. Householder al inglés (Ámsterdam, 1981). Aparte del propio Bécares, en esa bibliografía no hay ningún otro autor español: "Las ideas lingüísticas de Apolonio no han recibido aún la atención que su importancia les hace merecer. (...). De los cinco códices españoles de Apolonio que Uhlig menciona (y es probable que haya más), quizá ninguno de ellos haya recibido el estudio que está necesitándolo" (p. 64).

Frente a lo sostenido por los filósofos e historiadores de la filosofía que incluyen a Apolonio en la tradición estoica (Bécares cita a D. L. Blank, R. Camereer, K. Barwick y H. Steinthal), Bécares defiende rotundamente la inclusión de Apolonio Díscolo en la tradición filosófica alejandrina: "Es un hecho —afirma en p. 29— que los gramáticos antiguos fueron siempre conscientes de su especificidad frente a la filosofía y de la independencia de su propio sistema, y si citan a los filósofos (estoicos), es a menudo para reducir o equiparar sus términos o conceptos a los gramaticales, cuando no para rechazarlos claramente". Así mismo, señala con destreza las influencias platónicas, aristotélicas y estoicas, propugnando para Apolonio un eclecticismo conciliador ante las grandes cuestiones filosóficas y lingüísticas: naturaleza-convención, racionalismo-empirismo, analogía-anomalía (pp. 35-6).

La lectura directa de la Sintaxis desvanece cualquier duda en contra de la opinión defendida por Bécares: "Apolonio es, ante todo, un filólogo de fines y de contenidos, y como tal se siente en la tradición alejandrina" (p. 46). Precisamente esta calidad filológica de la Sintaxis de Apolonio la hace —en mi opinión— más merecedora de la atención de los filósofos del lenguaje y de los historiadores de la disciplina, pues con frecuencia nuestro conocimiento de la Gramática se limita a una vaga rememoración de nociones elementales aprendidas en la enseñanza secundaria. "Hay en los gramáticos antiguos —griegos y latinos— muchas cosas que nos están aguardando. Si tardan en descubrirse —se lamenta el Prof. Adrados en su recensión de esta obra— es por el temible problema que a tantas ciencias plantea el especialismo reinante".

El peligro de un especialismo esterilizante atenaza también —en mi opinión— a los filósofos del lenguaje. La lectura —por ejemplo— de las setenta páginas del Libro I que Apolonio dedica al artículo determinado o prepositivo (35-141) y al artículo pospositivo o pronombre relativo (142-57) disipará cualquier apresurado intento de simplificación sobre la materia. En los otros tres libros que componen la Sintaxis se abordan las materias siguientes: II. Sintaxis del pronombre (1-170). III Casos de incoherencia oracional (1-53); sintaxis general del verbo (54-190). IV. Las preposiciones. En contraste con la Téchne Grammatiké de Dionisio Tracio, "el tratado sintáctico de Apolonio —valora García Gual (pp. 7-8)— es un estudio amplio y bastante original. (...) En sus análisis hay atisbos que sorprenden por su modernidad, evocando en el lector algún comentario sobre sintaxis griega de J. Wackernagel o algún apunte sobre funciones sintácticas de K. Bühler o Noam Chomsky". A su vez, Bécares concluye su introducción con un encendido elogio a Apolonio como "padre indiscutible de la sintaxis y firme pilar de la teorización gramatical, en la que alcanzó logros definitivos, tanto por haber hecho el primer gran intento de sistematización, como por la superioridad intelectual que demuestra sobre antepasados y seguidores a la hora de encarar cuestiones lingüísticas" (p. 66).

Para ahuyentar el fantasma del especialismo que he mencionado, apuntaré tres observaciones de carácter menor: 1) La definición de teoría como "mecanismo de conceptos-términos" (p. 16), y las expresiones "mecanismo gramatical"(p. 16) y "mecanismos teóricos del método" (p. 47) resultan, cuando menos, extrañas. 2) En el libro I, 120, para mantener el paralelismo, podría resultar más clara —quizá sin detrimento de la fidelidad— la expresión "la construcción con el progreso interrogativo". Asimismo, la nota aclaratoria de este pasaje resulta escasamente inteligible para el lector pervertido filosóficamente: "Los pronombres significan el ente sin más, y sólo conociendo su referencia es posible conocer el ser concreto; el nombre, por el contrario, lo designa por sí mismo" (p. 138). Quizá esta nota podría resultar más clara si se evitaran las ocurrencias de "su", "lo" y "sí mismo" (que introducen antecedentes oscuros). En todo caso, el verbo "designar" —que puede aludir a "señalar"— no se compadece bien con la tesis de que los nombres no tienen poder deíctico (II, 22, 45). 3). Es una pena —dada la naturaleza de la obra y el interés especializado del lector— que el "Índice temático" (pp. 407-9) se limite a "los grandes temas" (n. 1), sin incluir un índice de nombres ni dar noticia de todos los lugares de la obra en que se abordan siquiera esos grandes temas.

La presencia del libro, la tipografía y la encuadernación —como es habitual en Editorial Gredos— son muy buenas, y las erratas escasísimas.



Fuente: Universidad de Navarra

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