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Borges a través del espejo


Por Ramón Moreno Rodríguez

En el siglo pasado Lewis Caroll ejercía con fervor incomparable su sacerdocio anglicano y su paidofilia. Del primero, afortunadamente, no se conserva nada; del segundo, desgraciadamente, tan sólo conocemos una serie de fotografías de niñas semidesnudas, cartas a más de una de ellas, el nada candoroso libro Alice's adventures in wonderland (que el candor de Walt Disney lo convirtió en una torpe película de dibujos animados) y una saga de éste: el libro Through the looking-glass and what Alice found there, traducido telegráficamente al español como Alicia a través del espejo. Para ambos escritores, Borges y Caroll, el espejo tiene un tentador significado: conocer de una manera cabal al mundo, es decir, a sí mismo. Alice Liddell atraviesa el espejo para ingresar a un mundo confuso y extraño: simbólica representación del yo propio o acaso, ¿por qué no? del propio Charles L. Dodgson (verdadero nombre de Caroll). Para el inglés el espejo es tan sólo la herramienta mágica que nos permite ingresar a esta otra dimensión del conocimiento que es el lado oscuro de la per-sonalidad. Para Borges el espejo es más, mucho más que un instrumento del conocimiento, o una fórmula que sirve para ingresar al mundo de la fantasía donde todo puede suceder y todo está permitido.

Para el escritor argentino el espejo es en primer término un profundo reflejo del yo, que va más allá del mostrar una reproducción ilusoria de la figura humana. También en el espejo se encuentra toda la esencia del yo, es una forma de enfrentarse a sí mismo, es lo que Freud acaso llamaría el super-yo o la idealización del yo. Se da una transubstanciación del yo en el espejo -como la de Cristo en el vino y la hostia- tan profunda que incluso la fuerza, la energía de la figura reflejada es tan fuerte que es más real que la figura real de la cual se produce.

En el poema "El forastero" esta idea del espejo como verdadera "realidad" queda claramente expuesta cuando la voz narrativa afirma: "Se afeitará después ante un espejo/ que no volverá a reflejar-lo/ y le parecerá que ese rostro/es más inescrutable y más firme/que el alma que lo habita/ y que a lo largo de los años lo labra".
Este fenómeno de la duplicidad del yo, y de la duda o confusión respecto de cuál es más "real" o verdadero, se da reiteradamente en la obra de Borges, no sólo a través de las metáforas del espejo, sino también a través de la escritura ("otro poema de los dones"), los laberintos ("El laberinto"), del hecho mágico de un yo que se encuentra a sí mismo en la calle ("El libro de arena") o del yo que reflexiona sobre un otro yo ("Borges y yo"), etc.

Pero esta duplicidad del yo explicada por Borges tiene también su contraparte, es decir, el poeta plantea que ese yo dividido busca, consciente o inconscientemente, la manera de resolver el problema de la separación o de la duplicidad. Esta necesidad de unir las parte del yo también las metaforiza, entre otras cosas, con el espejo. Incluso va más allá de la idea inicial del yo-real frente al yo-espejo, propone que ambos yo son espejos, que, acaso, fatigados, se reflejan incesantemente (como hubiera preferido calificarlos Borges).

En el relato "El acercamiento a Almotásim" Borges presenta, en forma de reseña bibliográfica, el caso de un estudiante que busca al sabio Almotásim. Lo guía exclusivamente el reflejo que éste ha dejado en forma de claridad en las personas que lo han conocido: "en algún punto de la tierra está el hombre que es igual a esa claridad".
El joven recorre parte de la India, su tierra, en busca del misterioso personaje hasta que los rastros dejados lo conducen, nuevamente, hasta su ciudad, Bombay, desde donde inició la búsqueda. La novela finaliza, según la supuesta reseña de Borges cuando: "Una voz de hombre -la increíble voz de Almotásim- lo instó a pasar. El estudiante descorre la cortina y avanza. En ese punto la novela concluye."
Las consideraciones ulteriores de Borges nos llevan a concluir lo arriba mencionado. Lo que el estudiante busca se puede interpretar, entre otras cosas, como la búsqueda del yo propio. El largo periplo del joven es el símbolo de la vía de purificación que tiene que recorrer para poderse encontrar consigo mismo: se sugiere pues, que al atravesar la cortina el estudiante se encontró a sí mismo. Esta posible interpretación la sugiere Borges cuando explica el "Coloquio de los pájaros". Es un grupo de aves que llega hasta los confines de una montaña en busca de su rey, Simurg (treinta-pájaros): "Treinta, purificados por los trabajos, pisan la montaña del Simurg. La contemplan al fin: perciben que ellos son el Simurg y que el Simurg es cada uno de ellos". La novela que reseña Borges, supuestamente: El acercamiento a Almotásim se subtitula "Un juego con espejos que se desplazan".

Otra interpretación borgiana de los espejos radica en que los conocimientos del hombre son los reflejos que a través de un espejo recibimos del universo.

El hombre, pues, como en la famosa "Cueva de Platón" sólo conoce a través de reflejos; en el caso de la idea expuesta por Borges en el texto "El espejo de los enigmas", estos reflejos son los de un espejo. En ese sentido, difiere de la idea de Platón pues el espejo refleja total y cabalmente los conocimientos (léase el universo), mientras que en el mito de la cueva, se propone que sólo se conoce las siluetas dejadas por la luz sobre la superficie de la misma.

Ahora bien, el conocimiento a través de espejos (retomada de San Pablo en su Primera Epístola a los Corintios) también está limitado pues lo que muestran es tan sólo una fantasía, nunca el conocimiento en sí. Por eso es que no debe extrañarnos que en ocasiones diga lo contrario de lo que en otro texto afirma: nadie, pues, rebaje a reproche esta aclaración sobre la obra de Borges.
Cuando Borges, en el cuento "El Aleph" nos describe lo que es un Aleph, nos está diciendo lo contrario de lo que nos ha dicho en "El espejo de los enigmas". El Aleph es una pequeña esfera, un punto del universo en que confluyen todos los puntos del mismo. Ese lugar funciona como un espejo esférico en que se puede ver reflejado, simultáneamente, todas las cosas que "destejen y tejen este universo". Así pues, los espejos, este particular espejo, son la suma y esencia de las cosas pues nada hay que no pueda reflejar; en ese sentido contener.

Si múltiples e infinitas son las imágenes que podemos tener de los espejos, múltiples e infinitas pueden ser sus significaciones, por eso es que debemos estar preparados para que en cada relato o cuento el sentido que le dé Borges al espejo difiera o cobre un matiz particular. Así por ejemplo, una cosa puede ser espejo de otra, o una persona de otra, tal es el caso de Edipo que al ver a la esfinge descubre que ésta es un espejo de él mismo: "Con la tarde un hombre vino/ que descifró aterrado en el espejo/ de la monstruosa imagen el reflejo/ de su declinación y su destino"

En el poema "El instante" Borges coincide con la filosofía existencialista al sugerir que el presente no existe, todo es un pasar inconmovible o futuro inseguro. Los espejos sólo reflejan, en consecuencia, el pasado de una persona, jamás atrapan el segundo en que uno se contempla: "El rostro que se mira en los gastados/ espejos de la noche no es el mismo".

La historia es un espejo de los hechos que a través del tiempo la memoria no ha podido borrar. A diferencia de otras imágenes de otros espejos, la imagen de la historia es rígida y dura; perdura como una escultura. No comparte esa condición esencial de las imágenes de los espejos: ser efímera. En "El reloj de arena" Borges dice: "En los minutos de la arena creo/ sentir el tiempo cósmico: la historia/ que encierra en sus espejos la memoria"

Para concluir, quiero señalar que todo el mundo significativo que Borges trama intrincadamente en torno de los espejos le permite construir su propio mundo literario. Los espejos son pues, para él, un pretexto para decir lo que más le importa de las cosas. Son una forma de patentizar sus juegos con el tiempo, lo infinito, la vida o la muerte, aunque también es pertinente aclarar que los espejos, de vez en cuando, también sirven para hacer esa humilde y anónima función: reflejar.

Fuente: Oye Borges

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