domingo, 29 de mayo de 2011

La usina del poeta





EL GOLEM

Si (como el griego afirma en el Cratilo)
El nombre es arquetipo de la cosa,
En las letras de rosa está la rosa
Y todo el Nilo en la palabra Nilo.

Y, hecho de consonantes y vocales,
Habrá un terrible Nombre, que la esencia
cifre de Dios y que la Omnipotencia
Guarde en letras y sílabas cabales.

Adán y las estrellas lo supieron
En el jardín. La herrumbre del pecado
(dicen los cabalistas) lo ha borrado
Y las generaciones lo perdieron.

Los artificios y el candor del hombre
No tienen fin. Sabemos que hubo un día
En que el pueblo de Dios buscaba el Nombre
En las vigilias de la judería.

No a la manera de otras que una vaga
Sombra insinúan en la vaga historia,
Aún está verde y viva la memoria
De judá León, que era rabino en Praga.

Sediento de saber lo que Dios sabe,
Judá León se dio a permutaciones
De letras y a complejas variaciones
Y al fin pronunció el Nombre que es la Clave,

La Puerta, el Eco, el Huésped y el Palacio,
Sobre un muñeco que con torpes manos
Labró, para enseñarle los arcanos
De las Letras, del Tiempo y del Espacio.

El simulacro alzó los soñolientos
Párpados y vio formas y colores
Que no entendió, perdidos en rumores
Y ensayó temerosos movimientos.

Gradualmente se vio (como nosotros)
Aprisionado en esta red sonora
De Antes, Después, Ayer, Mientras, Ahora,
Derecha, Izquierda, Yo, Tú, Aquellos, Otros.

(El cabalista que ofició de numen
A la vasta criatura apodó Golem;
Estas verdades las refiere Scholem
En un docto lugar de su volumen.)


El rabí le explicaba el universo
“Esto es mi pie; esto el tuyo; esto la soga.”
Y logró, al cabo de años, que el perverso
Barriera bien o mal la sinagoga.

Tal vez hubo un error en la grafía
O en la articulación del Sacro Nombre;
A pesar de tan alta hechicería,
No aprendió a hablar el aprendiz de hombre.

Sus ojos, menos de hombre que de perro
Y harto menos de perro que de cosa,
Seguían al rabí por la dudosa
Penumbra de las piezas del encierro.

Algo anormal y tosco hubo en el Golem,
Ya que a su paso el gato del rabino
Se escondía. (Ese gato no está en Scholem
Pero, a través del tiempo, lo adivino.)

Elevando a su Dios manos filiales,
Las devociones de su Dios copiaba
O, estúpido y sonriente, se ahuecaba
En cóncavas zalemas orientales.

El rabí lo miraba con ternura
Y con algún horror. ¿Cómo (se dijo)
Pude engendrar este penoso hijo
Y la inacción dejé, que es la cordura?

¿Por qué di en agregar a la infinita
Serie un símbolo más? ¿Por qué a la vana
Madeja que en lo eterno se devana,
Di otra causa, otro efecto y otra cuita?

En la hora de angustia y de luz vaga,
En su Golem los ojos detenía.
¿Quién nos dirá las cosas que sentía
Dios, al mirar a su rabino en Praga?

Jorge Luis Borges, El otro, el mismo, 1964

sábado, 28 de mayo de 2011

De Borges... A un Gato


No son más silenciosos los espejos
ni más furtiva el alba aventurera;
eres, bajo la luna, esa pantera
que nos es dado divisar de lejos.
Por obra indescifrable de un decreto
divino, te buscamos vanamente;
más remoto que el Ganges y el poniente,
tuya es la soledad, tuyo el secreto.
Tu lomo condesciende a la morosa
caricia de mi mano. Has admitido,
desde esa eternidad que ya es olvido,
el amor de la mano recelosa.
En otro tiempo estás. Eres el dueño
de un ámbito cerrado como un sueño.


El oro de los tigres, 1972







Beppo



El gato blanco y célibe se mira 
en la lúcida luna del espejo 
y no puede saber que esa blancura 
y esos ojos de oro que no ha visto 
nunca en la casa son su propia imagen. 
¿Quién le dirá que el otro que lo observa 
es apenas un sueño del espejo? 
Me digo que esos gatos armoniosos 
el de cristal y el de caliente sangre, 
son simulacros que concede el tiempo 
un arquetipo eterno. Así lo afirma, 
sombra también, Plotino en las Ennéadas. 
¿De qué Adán anterior al paraíso, 
de qué divinidad indescifrable 
somos los hombres un espejo roto? 

La cifra, 1981

viernes, 27 de mayo de 2011

Sobre La audacia y el cálculo



Beatriz Sarlo publicó La audacia y el cálculo, un recorrido por el ideario político de Néstor Kirchner en el período 2003-2010. Y, polémica por excelencia, recibió críticas por derecha y por izquierda. Una charla donde desentraña el rol de los intelectuales y define posiciones.

El mozo del bar de la esquina no pregunta. “Va a ver a Sarlo”, dice, como si un libro abierto y unas páginas con anotaciones sobre la mesa sólo remitiera a una persona: Beatriz Sarlo. No espera ni un sí ni un no, vuelve a la lectura de Clarín abierto en la página de deportes. TN, en el televisor colgante, machaca con su indignación profesional. Cuando trae el ticket, recibe una pregunta: “¿Paga Cablevisión el abono?”. No dice ni sí ni no. Vuelve al Clarín.

En la calle, el fotógrafo (con ese don que tienen los buenos fotógrafos de ver algo que pasa desapercibido y luego de su intervención será visto por todos como algo nuevo) mira las vidrieras donde guitarras eléctricas se reflejan sobre la superficie dorada de los saxos. Unos pisos más arriba, unos minutos después, Beatriz Sarlo (la mujer que, entre otros libros, escribió La ciudad vista, esa forma de usar las palabras como imágenes, y el reciente La audacia y el cálculo, Kirchner 2003-2010) abre la puerta de su estudio y ofrece mate –ritual argentino que emula la pipa de la paz– para arrancar la charla.

“Empecé mal el día; la vi a Sarlo en el bondi”, arranca La audacia y el cálculo. Y la frase, perfecta para cualquier novela, preanuncia la mirada de una intelectual atípica.

–¿Viaja en bondi?
–Todos los días, no tengo auto.

–Dijo en una entrevista que circula por la web: “…podés llegar a tener el nombre de la persona, pero me pareció más discreto ponerlo así. Si tengo que jurar ante un juez de la Nación, digo que era político”.
–No, si eso salió así está mal. Leí en twitter ese mensaje. Y escribí que no empezaba mal el día si veía a un kirchnerista en el colectivo o en el subte. Un “kirchnerista”, así como yo soy “no kirchnerista”. Además, los políticos no viajan en bondi ni en subte, solamente algún diputado de vez en cuando subiendo en Congreso para ir hasta Castro Barros. Pero sí, viajo en transporte público a cualquier hora del día y de la noche. Y llego en transporte público a mi casa. Me parece que es una de las formas de afirmar que Buenos Aires es una ciudad vivible por completo.

–¿Pasó de “no kirchnerista” a “macrista”?
–No, para nada. Macri dice que Buenos Aires no es una ciudad vivible, que la gente no puede viajar en transporte público, que está desesperada. No es así. Con mucha menos violencia que se encuentran los argentinos que van a Río de Janeiro de vacaciones. Cuando hay algún acto de violencia en las vacaciones de los argentinos en Brasil, me pregunto qué pasaría si ese mismo acto de violencia hubiera transcurrido en alguna playa argentina: para los titulares argentinos sería una catástrofe.

–A veces se habla de los dos mil autos por minuto en las rutas a la costa durante los fines de semana largos como sinónimo de felicidad. ¿Es otra lectura de la sociedad el uso del transporte público?
–En efecto, eso da el poco contacto con la gente que puede tener un intelectual. El contacto no sólo se hace por encuestas o por observación etnográfica. El transporte público, y andar por la ciudad en lugares que no sean Palermo, es otra lectura, sí. Los intelectuales andan en nichos ecológicos miserablemente chicos, con experiencias reducidas al límite. Mi lugar no es Palermo. Cada uno, con su práctica urbana, debe ser coherente con los discursos ideales que emite sobre la ciudad.

Llega un volante del PRO por debajo de la puerta. “Mirá vos, por mano, Macri en sobrecitos a cada uno de los vecinos”, dice Sarlo. Y cuenta: “Es esa propaganda totalmente asquerosa que sacaron, la de ‘Sos bienvenido’ con una serie de caras que supuestamente no serían bienvenidas si Macri no les permitiera la entrada. Ahí está la más patética, la del pibe con la camiseta de River. Todas tienen ese sentido: vos sos diferente pero acá te damos la bienvenida”.

–Hay cierto grado de mal gusto en las campañas políticas. Habrá visto la de María Eugenia Estenssoro afirmando tener “un sueño entre ceja y ceja”.
–Muy mala elección de frase. Creo que la Coalición Cívica tiene algo más para decir que una mala frase de campaña. Es como si partidos, que por momentos son muy ideológicos principistas, desembarcan con una campaña que se asemeja a lo que los italianos llaman ‘qualunquista’. Es muy raro cómo eso se combina: cuánto hay de discusión política de la campaña.

–Más allá de que recién dijo que la Coalición tiene mucho más para decir, asombra la defensa que hace de Elisa Carrió en su libro.
–Yo creo que Carrió analizó bien el escenario político. Ella dijo que los precandidatos se iban a caer como muñecos. Y eso, efectivamente pasó. Mientras gran parte de los analistas políticos, kirchneristas o no kirchneristas, decían cómo venían posicionados en el sistema de alianzas que se iban a hacer, Lilita anunció sus caídas. Y eso ocurrió. Ahora hay un panorama con dos nombres y Cristina como una candidata que va a poner en escena ciertos principios: republicanos, institucionales, de separación de los poderes, de no usar la cosa pública como si le perteneciera. No es una defensa, sino una descripción. Andaba todo el mundo desesperado proponiendo las alquimias más extravagantes. Y Lilita llamó a la tranquilidad.

–No parecía muy tranquila cuando anunció que la gente andaba por la calle deseosa de matar a Néstor Kirchner o a Cristina...
–Carrió tiene un discurso a dos velocidades. Basta verla en el transcurso de un programa: hace una intervención extremadamente racional y luego hace una entrada que se empezó a categorizar como “mesiánica”, adjetivo que a mí no me gusta.

–¿Por eso utiliza el de “chamánica”?
–Claro. Por su cuerpo, como por el de cualquiera que encarna algo, como un chamán, pasan sus ideas. Su cuerpo es como la materia transmisora de sus ideas. Mucho de lo que se dijo alrededor de la muerte de Kirchner, también tenía que ver con que su intencionalidad política había pasado por su cuerpo hasta quemarlo. 
A nadie le pareció que estaba mal ese análisis. Pero cuando pasan por el cuerpo de Lilita Carrió todos dicen que está mal. A nadie le parecía que estuviera mal que por el cuerpo de Eva Perón pasara su devoción y su consagración a su tarea. Y cuando las ideas pasan por el cuerpo de Carrió, se dice “mesiánico”. Parecería que hay gente que tiene derecho a tener psicología y gente que no. La Presidenta tiene derecho a tener psicología porque es viuda. Alfonsín tiene derecho a tener psicología porque es huérfano. Y Carrió no tiene derecho a tener psicología, es simplemente “mesiánica”.

–Una cosa es psicología y otra patología. Usted menciona la viudez de la Presidenta o la orfandad de Alfonsín. Dentro de esa línea, ¿qué pérdida le aportaría el derecho a Carrió?
–Todo el mundo tiene derecho a tener psicología. ¿Por qué a algunos se les reconoce de manera eminente y pública el derecho a tener una psicología? Dicen “la Presidenta está afectada por la muerte de su esposo” o “Ricardo Alfonsín lleva sobre sus hombros la pesada carga de la herencia paterna”. Otros, en cambio, parecen como si les hubieran barrido la cabeza. Y sólo tienen defectos.

–Más allá de Carrió, aunque sirve muy bien de disparador, ¿no hay en el discurso político actual una pelea contra las personas en lugar de contra las ideas?
–Alfonsín o Binner no pelean contra personas, más bien son de una discreción extrema. Critican modalidades de gobierno.

–Son dos...
–Sí, está bien, pero dos que son candidatos presidenciales de la oposición o la fórmula de la oposición. No son cualquiera, no jodamos. Pero la personalización del poder está también del lado del kirchnerismo. Contamos los minutos para saber que la Presidenta elegía a Filmus y Tomada para ser candidatos del independiente Estado de Buenos Aires. Ese personalismo es un rasgo que se encuentra en las políticas de la posmodernidad.

–¿Las crisis de los partidos?
–Crisis donde el poder tiende a encarnarse en una figura.

–Retomando aquello de los intelectuales y la inserción en la cosa pública: ¿le preocupa ser una preocupación para los políticos?
–No creo ser una preocupación para los políticos. Puedo llegar a ser un punto de debate para otros intelectuales, pero no creo que los políticos me conozcan. Mantengo un diálogo con los asesores de los políticos, periodistas, cientistas sociales, egresados de la facultad de Filosofía y Letras. Después, quizás, esos asesores les pasen un párrafo subrayado a algún político. Los políticos tienen muy poco tiempo para leer. No hablo porque sí: fue mi experiencia cuando trabajé en el Frepaso. El periodismo político o de opinión que escribimos es leído por una minoría. Y una minoría que es personal estable: esto se ve en los diarios que tienen foros más activos, como el caso de La Nación. Allí, más allá de los trolls kirchneristas y furiosamente antikirchneristas, el personal es muy estable. Son muchos, es cierto, pero siempre los mismos. No me doy más trascendencia que esa. No soy Feinmann.

–¿Chicana o golpe bajo?
–No, verdad. No me creo tanto. No creo en la repercusión del discurso intelectual en los políticos. Creo que sí hay una esfera de opinión muy activa, que se irá agrandando a medida que se acerquen las elecciones

–¿Cuánta gente integra hoy esa esfera de opinión activa y dónde está representada?
–En el kirchnerismo está el punto y medio o dos puntos de 6,7,8, que es mucho, muchísimo. Un equivalente son los programas de la noche de TN, donde desfila la oposición pero también el kirchnerismo, ya que responden a una lógica periodística de dualidad. Pero un dato sintomático es que, más allá de 6,7,8, no hay programas políticos en los canales de aire. Estas ausencias ocurren por primera vez en la historia de la televisión argentina de aire.

–Bueno, con TN, Canal 13 no parece necesitarlos...
–Sí, pero el que hace la imagen en la televisión es el aire. Y en el aire ponen a Tinelli o a quien demonios esté en el preciado espacio de las 10 de la noche. Esa es la imagen de la televisión, eso es lo que repercute en la tapa de las revistas, eso es lo que crea celebrities, de eso habla toda la televisión durante el día y la tarde siguiente.

–¿No cree que hay una ebullición política que hace que la injerencia de los intelectuales, se llamen Sarlo o se llamen Feinmann, para ahorrar chicanas, sea mayor que en otros momentos de la historia reciente argentina?
–No lo sé. Pero no lo sé de verdad, no es que dude. La cuestión sería reconstruir los años ’80 y ’90 como los reconstruye un historiador. Olvidemos los ’90, en los ’80 nosotros éramos muy jóvenes, no teníamos la experiencia de visibilidad que tenemos hoy.

–Pero había otros intelectuales...
–Es probable que los hubiera y es probable que su incidencia fuera más profunda en algunos campos. Carlos Nino tiene una influencia muy fuerte sobre Alfonsín como filósofo del derecho. El famoso discurso de Parque Norte fue escrito por intelectuales: Juan Carlos Portantiero, Emilio de Ipola, etcétera. No sé si esa incidencia no era más profunda en el nivel ideológico. Hoy, Carta Abierta le proporciona a Kirchner una palabra fundamental para caracterizar el conflicto con el campo.

–Destituyente...
–Palabra que evita todos los peligros de una mala caracterización. Evita la repetición sonsa y vacía, neurótica, de la palabra “oligarquía”. Y evita la calificación de “golpista”, lo que le hubiera quitado toda verosimilitud. Ellos proporcionan esa palabra que tiene, además, la virtud de ser adoptada hasta por la oposición. Kirchner dice “destituyente” y los que estaban en contra dijeron “no somos destituyentes”. Después está la célebre visita de Néstor Kirchner a Carta Abierta, pero, pensemos, ¿cuánto del discurso complejo de Horacio González pudo incidir en el pensamiento de Kirchner? Yo creo que, para un político, González no proporciona las armas para una acción inmediata. Por eso Aníbal Fernández no escribe la segunda parte de los ensayos de John William Cooke sino la segunda parte del Manual de Zonceras, un libro sencillo escrito por un gran estilista como era Arturo Jauretche. Como una manera de decir “meta palo y a la bolsa”.

–En abril de 2010, en una nota de La Nación, desarrolló la idea de la batalla cultural ganada por Néstor Kirchner.
–Fue la idea que me trajo más dolores de cabeza en mi existencia.

–¿Se lamenta?
–Qué sé yo, ya estoy vieja para lamentarme de algo. En ese artículo decía que, frente a los discursos que interpretaban al kirchnerismo como pura construcción de hegemonía sin dimensión cultural, una mezcla de imposición y prebenda, allí había una serie de objetos y dispositivos simbólicos que estaban funcionando y que no convencían sólo sobre la base de planes sociales o imposiciones. Eso se fue armando después de 2008. Antes, el kirchnerismo era muy pobre en símbolos. Después de 2008, Kirchner muestra que es un político audaz y firme. Allí sale al armado de este dispositivo, que está hecho sobre una red de medios kirchneristas, financiados con publicidad pública, claro. Pero al margen de las críticas que se le pueden hacer a las formas en que se arma ese dispositivo, hay que tener en cuenta que no se arma en una mesa de la Secretaría de Inteligencia del Estado, no es concebido por una mente. Se arma por una mezcla de iniciativas individuales, de artistas e intelectuales, con apoyo del Estado. Así se arman los dispositivos exitosos. Y, otro costado a tener en cuenta es que eso tuvo su respuesta.

–¿Por ejemplo?
–Uno puede tener toda esa red de intelectuales y artistas y no obtener la respuesta social que obtuvo. No se puede pensar que esa respuesta se obtuvo sobre la base de bolsas de shopping para las capas medias. Allí estaba ese cemento del cual hablaba Gramsci y que unía distintos segmentos de la sociedad. Eso quise decir.

–Pero...
–Pero, claro, siempre hay un pero. De repente, los kirchneristas me convirtieron en intérprete de algo que yo no decía de ellos. Y los antikirchneristas en una suerte de traidora que atribuía a Néstor la victoria del combate de Ayacucho por el cual los españoles abandonaron América latina. Ese malentendido por partida doble marca un enfrentamiento muy fuerte de la sociedad argentina. El alineamiento, de uno y otro lado, fue muy tajante.

–Disipemos dudas: unos días antes de cubrir los actos del 25 de mayo de 2010, había escrito que los festejos “tendrán algunas puestas en escena en el espacio público, pero va a pasar sin que nos demos cuenta”.
–Me equivoqué. Me equivoqué fiero. No ví que se estaba organizando. No fue una equivocación política o ideológica.

–¿Se equivocó sobre lo que el Gobierno estaba organizando o se equivocó en relación a la respuesta social?
–Me equivoqué porque supuse que el Gobierno estaba como distraído de la cuestión. En cuanto a la respuesta social, no fue una celebración de cuatro días kirchneristas. Fueron cuatro días de fiesta popular, en la tradición de las fiestas populares francesas desde la Revolución. No percibí dimensión kirchnerista. Percibí dimensión de fiesta. Y está muy bien que un gobierno logre organizar una fiesta así, completamente segura, en la cual reinaba la buena onda de todos. Está muy bien que el Gobierno se apunte un poroto.

–¿Podría hacer una caracterización de los candidatos presidenciales lanzados hasta ahora?
–De Carrió ya hablé. Pero algo más: salvo que suceda algún entendimiento que no logro ver por ahora cuál es, y que hablaría de la inteligencia y el tiempismo de los políticos, Carrió va a ser la candidata que represente una serie de valores en estas elecciones. A quien muchos votarán diciendo “si la suerte está echada, voy a hacer un voto de principios”.

–Ricardo Alfonsín.
–Quiere un frente de centro izquierda con los socialistas y el GEN, pero se puso un obstáculo fuerte al no descartar a De Narváez. Cuando se elige llevar a la provincia de Buenos Aires, el 40 por ciento del padrón, a De Narváez se está llevando a un gran elector para ganar las elecciones. No lo lleva en Catamarca para ganarle al saadismo. Se metió sólo en un brete. Si armara ese frente con el socialismo y el GEN, tendría algunas posibilidades de entrar a una segunda vuelta. Aún perdiendo las elecciones, sería bueno que cambiaran las representaciones parlamentarias, que permitieran un gobierno con un alto control. ¿Sabés cómo le dicen en Brasil a los Decretos de necesidad y urgencia? Medida provisoria. Me encantaría que un parlamento pudiera parar esos decretos o, al menos, hacerlos provisorios.

–Duhalde.
–Con toda la consideración que me merece el tipo que tomó el gobierno en 2001 y entregó un país ordenado en 2003, no lo veo. Duhalde tiene muchas etapas en su vida: de la maldita policía y el flagelo narco a pilotear una salida a la crisis. Pero en este momento, no lo pondría sobre la mesa.

–Cristina.
–Néstor Kirchner había ideado una especie de loop donde se podían suceder entre él y Cristina por varios mandatos. Esto se quebró. La sucesión de Cristina va a empezar a ser discutida el próximo 12 de diciembre. Si en los Estados Unidos, Obama tiene que empezar la campaña dos años después y no tres y medio, imaginemos lo que puede ocurrir en la Argentina con el Justicialismo donde hay varios que se sienten presidenciables y una Presidenta que, hasta ahora, ya no tiene re-reelección. No sé si Cristina quiere una re re, y no creo que quiera poner a todo el país fuera de la ley. Me resulta muy difícil de creer en una persona como ella.

–¿Dónde se para ideológicamente?
–Soy una social demócrata sin partido. Lo soy desde 1980, cuando hice una crítica de mi pasado marxista maoísta. Desde ese momento, adopté lo que muchos marxistas críticos tomaron como camino en algunos países con la opción de tener partidos socialistas: caso España, Francia, Brasil, Chile, Uruguay. En la Argentina, el peronismo hizo imposible, en el sentido que ocupó todos esos lugares, la instalación de un partido socialista. No pudieron insertarse como verdaderos partidos de masas y me quedé sin partido.

Fuente: Miradas al sur

Entrevista a Beatriz Sarlo


En su ensayo, pensado como “autobiografía colectiva”, Sarlo se ocupa de analizar el papel que representan los relatos testimoniales sobre el pasado inmediato. “Sé que hago una crítica muy fuerte de la primera persona en un país donde el testimonio fue lo que permitió la condena a los terroristas de Estado”, asegura.

La idea inicial fue escribir una “autobiografía colectiva” de los jóvenes intelectuales de la década del ’60 y del ’70, pero el proyecto le pareció blando, reiterativo y lo abandonó. Con esa lucidez con la que analiza los fenómenos culturales, Beatriz Sarlo acaba de publicar un nuevo ensayo, Tiempo pasado (Siglo XXI), en el que explora los límites del relato subjetivo para enriquecer la discusión sobre los usos del pasado, en momentos en donde se han abierto frentes de debates sobre la lucha armada y la militancia política revolucionaria, aunque aún quedan por examinar el Mundial de fútbol del ’78 y la guerra de Malvinas, según sugiere la fundadora y directora de la revista Punto de vista. “Es un libro que escribí con mucho temor porque sé que hago una crítica muy fuerte de la primera persona, en un país donde el testimonio fue lo que permitió la condena a los terroristas de Estado”, confiesa Sarlo en la entrevista con Página/12. “El testimonio como única prueba de verdad para condenar a los militares queda fuera de la dimensión crítica que el libro ejerce sobre el resto de los testimonios”, aclara.

–Usted afirma, siguiendo a Susan Sontag, que es más importante entender que recordar, aunque para entender sea necesario recordar. ¿El debate sobre los años ’70 está aún en el estadio del recuerdo?
–Como los protagonistas de esa década estamos vivos, el peso de la subjetividad y del recuerdo es muy fuerte todavía, aunque esto sin duda irá disminuyendo en los próximos diez o veinte años. Por otro lado, la década del ’70 ha tenido un reciclaje imaginario en el kirchnerismo con la idea de una militancia juvenil comprometida con la transformación, de la cual el Presidente y su esposa se sentirían parte. Esto no tiene nada que ver con la verdad histórica, sino más bien con qué tipo de identificación política han hecho. Por estas dos puntas ha habido una acentuación de la 
identificación política han hecho. Por estas dos puntas ha habido una acentuación de la perspectiva subjetiva sobre esa década. La frase de Sontag me parece absolutamente reveladora respecto de cualquier pasado: que es más importante entenderlo que captarlo como hecho de memoria.

–Giorgio Agamben analizó la paradoja del testigo en los campos de concentración: el testimonio del sobreviviente está supliendo una ausencia, el lugar del que está muerto. ¿Esta paradoja es aplicable a los sobrevivientes de la dictadura?
–La paradoja del testigo está muy bien que la plantee alguien que es testigo. No voy a hablar de algo que desconozco de manera radical, los sentimientos de los sobrevivientes de los campos de detención de la dictadura militar, y no quisiera hacer sobre eso un acto de imaginación. Lo que sí puede decirse es que esos sobrevivientes han permitido revelar algunas de las formas de la muerte de aquellos que desaparecieron. Hay ciertas perspectivas históricas que sólo habilita el paso del tiempo, y por lo tanto hoy no se pueden adoptar. Quizá desde la literatura, desde el arte, se podría hacer porque no obliga a una relación de verdad.

–¿La primera persona que construye una narración siempre implica para usted una desconfianza a priori?
–Siempre, y en ese sentido soy hija del siglo XX, que es el siglo de la desconfianza en la primera persona. Esto no significa que mi formación, ni filosófica ni teórica, sea el psicoanálisis, lo que pasa es que el psicoanálisis es parte del piso cultural del siglo pasado, que se abre con Freud y se cierra con Derrida. La crítica literaria hace 40 años que está examinando las condiciones de invención de la primera persona. Todo el siglo XX planteó que el principio epistemológico es la desconfianza en el yo. Me llamó la atención que muchos críticos o escritores que saben esto lo olviden en el momento en que emerge el testimonio, incluso olvidan los escándalos suscitados a raíz de testimonios fraguados, que fueron tomados como reales, como es el caso de Rigoberta Menchú. Los testimonios no siempre tuvieron una recepción de creencia absoluta; en algún momento mostraron su artificiosidad, su falsedad, incluso su mala fe.

–¿Por qué se le demanda tanta verdad al testimonio?
–La adjudicación de verdad es parte de la configuración cultural de la posmodernidad, que restituye la centralidad de la primera persona. Esto se puede ver en la televisión, que hace todos los experimentos posibles con la primera persona, como poner pedazos de carne cruda hablando ante la pantalla. Esa restitución también ocurre en las neo-religiones. Las religiones históricas como el judaísmo o las diversas variantes del cristianismo son religiones de comunidad, mientras que las neo-religiones son especies de pactos que las personas establecen con divinidades más o menos difusas. 

–Usted señala que la década del ’70 estuvo atravesada, en sus comienzos, por un intenso debate ideológico y un imaginario libresco. ¿Cómo se ensambla este imaginario, que presupone reflexión, con la lucha armada?
–A partir del enfrentamiento en el interior del peronismo, entre la Triple A y Montoneros, mi idea es que nadie piensa; todos actuamos (me incluyo, aunque no haya participado de la guerrilla) guiados por los automatismos y los reflejos políticos. En los cuatro primeros años de la década del ’70, que comienzan con el asesinato de Aramburu, en junio de 1970, la discusión de ideas era muy fuerte. La carta que le mandan los Montoneros a Perón, después del asesinato de Aramburu, para bajarle línea y explicarle cómo es el peronismo, se sostiene en todas las hipótesis que el revisionismo histórico, nacionalista y antiimperialista había escrito sobre el peronismo. Lo que marca la densidad es que esas ideas estaban en los libros, en Puiggrós, en Abelardo Ramos, en Hernández Arregui. En Cristianismo y Revolución, una revista clásica del período, se percibe cómo parte de las organizaciones discutían alrededor de esos textos. Por eso digo que la guerrilla de los años ’70, o la radicalización política, no es una aventura del sentimiento. Esa densidad ideológica es la que hay restituir para extirpar la idea de que era una aventura juvenil.

–¿De dónde surgió esa idea?
–A las organizaciones de derechos humanos durante la dictadura les parecía que estaba mal, ante la desaparición de sus familiares, reconocer que eran militantes políticos. Y creo que fue una gran equivocación de las organizaciones, porque asesinar está mal en cualquier circunstancia. La primera que reconoció y cambió fue Hebe de Bonafini, cuando empezó a decir que sus hijos eran revolucionarios y reconoció la lucha armada. Carlotto también hizo ese cambio. Pero durante muchos años se fue sobreimprimiendo, en una especie de consenso blando, que esos desaparecidos eran simplemente jóvenes idealistas. Hoy sabemos que hay otra lectura de La Noche de los Lápices: no eran simplemente estudiantes secundarios que estaban reclamando por el boleto estudiantil; algunos chicos estaban muy comprometidos, y hasta diría que es injusto haberles sacado durante años ese compromiso político tan fuerte.

–¿No es una paradoja que una época fuertemente politizada haya construido, inicialmente, una imagen despolitizada de los desaparecidos?
–Frente a la dictadura, las organizaciones hicieron lo que pudieron. Era muy difícil pensar o revisar la lucha armada en esas condiciones, pero a partir del ’84 deberíamos haberlo hecho con mayor intensidad y creo que todavía no se hizo.

–¿Cómo examinar ese pasado sin aplicar categorías del presente que resulten anacrónicas para la década del ’70?
–La idea de respetar los derechos del enemigo no existía. Eso no implica justificar los asesinatos; quiere decir que no se los puede juzgar como si esos asesinatos sucedieran hoy. En 1970 matar a un burócrata sindical no era inconcebible desde el punto de vista moral, lo cual no significa que uno pueda justificarlo desde el presente, pero tiene que entenderlo ayer. La operación es compleja: hay que ver los valores que estaban en ese pasado y no suspender el juicio moral del presente sobre la ausencia de esos valores. Lo peor que podemos hacer es no hablar del asunto, no decir que a Ru-cci lo asesinaron, al dirigente sindical que Perón amaba. No propongo aplicar un doble estándar, sino una doble mirada que se haga cargo de cuáles eran los valores fundamentales que organizaban todo en el pasado, los entienda, y al mismo tiempo no suspenda los valores del presente, y sobre todo, evitar la operación de mala fe que es no hablar. Para mí la operación de mala fe sería no decir que le pusieron una bomba debajo de la cama a Paula Lambruschini, que tenía quince años, porque nunca entenderemos el pasado si hacemos estos borramientos.

–Hay un vacío crítico que contribuye a la incomprensión de ese pasado: la responsabilidad de la sociedad civil durante la dictadura, que aún no ha sido revisada.
–A ninguna sociedad le gusta hacerse cargo de su pasado. Hay dos hechos puntuales de la década del ’70 y del ’80 que tenemos que revisar: el Mundial de fútbol del ’78 y la guerra de Malvinas. No podemos olvidar la foto de Passarella rodeado de Massera y de Videla. El estadio de River desbordaba de gritos de argentinos, mientras que los holandeses, por lo menos, no subieron al palco a recibir la medalla de subcampeones. El Mundial del ’78 tiene que ser revisado, porque en el exilio también lo festejaron. Prácticamente nos hemos olvidado que transcurrió durante la dictadura militar. Y con Malvinas le tiramos el fardo a los militares, pero la Plaza de Mayo estaba rebosante; Galtieri, por primera vez en su vida, pudo salir a un balcón. El carácter minoritario de los que se oponían a la guerra era absoluto: estaba (Adolfo) Pérez Esquivel y diez intelectuales. Esto marca que las sociedades conviven con los peores regímenes; también el menemismo parece ser algo que le aconteció a este país, pero que fue aprobado por otra sociedad. El esfuerzo de rever esto es importante. Y cuando hay que hacer este esfuerzo, los jóvenes setentistas tienen que meterse en esta revisión porque Montoneros andaba organizando brigadas para Malvinas; unos pocos gatos locos viajaron a Perú para ver si de ahí entraban a la Argentina para liberar las Malvinas y después pasar el fusil de hombro y liberar al país de la dictadura militar.

–¿La dificultad en la revisión con Malvinas reside, además, en la ideología de los ex combatientes?
–Los ex combatientes son tan víctimas como las víctimas de los ’70, pero con una diferencia: ellos no eligieron ir a Malvinas, aunque creían haber elegido una vez que estaban embarcados. Esta sociedad logró ignorar a los ex combatientes como hizo Estados Unidos con los veteranos de Vietnam; los veteranos de guerras perdidas y de guerras infames son olvidados.

Fuente: Mirada al sur