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La última estación, de Michael Hoffman

Esta noche, cine
La última estación critica

En el mundo del cine, la figura de León Tolstói es conocida sobre todo por la adaptación de dos novelas en concreto, Anna Karenina y Guerra y paz, probablemente sus dos obras más conocidas. De la primera de ellas destacan las realizadas por Clarence Brown en 1935 a mayor gloria de la mítica Greta Garbo, y la de Julien Divivier dirigida en 1948 con Vivien Leigh en el papel principal. Sobre la segunda obra se recuerda muy especialmente la versión dirigida por King Vidor en 1956 y protagonizada por Henry Fonda y Audrey Hepburn, una versión muy exitosa, sobre todo en nuestro país, pero casi nadie se acuerda de la monumental versión de Sergei Bondarchuk de casi 7 horas de duración y que se alzó con un Oscar a la mejor película extranjera en 1967.


En el filme que nos ocupa, La última estación es una película que nos habla sobre el amor desde varias acepciones. Al fin y al cabo la película comienza con la frase “Lo que sé lo sé porque amo”. Los últimos años de León Tolstói sirven a Michael Hoffman para firmar su mejor película, una propuesta profunda, maravillosa, espectacularmente presentada y con un elenco de actores soberbio. Un regalo para el espectador.
Christopher Plummer en la piel de Tolstói 
Valentín Bulgakov (James McAvoy) ha conseguido el trabajo de su vida: convertirse en el secretario personal del novelista más importante de su momento, León Tolstói (Christopher Plummer). En estos tiempos en los que el cine se nutre de las fugacidades de Stephenie Meyer o Dan Brown, La última estación llega a nuestro país marcando una curiosa coincidencia en su convivencia con otra propuesta que recupera otro inmortal de la literatura, Oscar Wilde. Más allá de lo anecdótico, el abismo artístico que separa ambas raya lo insondable, aunque su presencia simultánea aporta un punto de interés a una cartelera curiosamente no falta de sugestiones de cara al público menos palomitero.
A las órdenes de Michael Hoffman ─que firma, de largo, su mejor trabajo cinematográfico hasta la fecha─, la película, que adapta la novela de Jay Parini, se convierte en un espectacular despliegue de forma y fondo que supera las imprecisiones de que adolece ─especialmente en lo tocante al ritmo de una historia densa y en ocasiones parsimoniosa─ gracias a un elenco plagado de actores que recogen la potentísima esencia de sus personajes y se entregan a un aluvión de pasiones comedidas, casi etéreas en el punto de partida desde el que el espectador entra a formar parte de un complejo retablo acerca del amor, en su más amplio y a la vez estricto sentido de la palabra. Y es que el viaje de Bulgakov ─McAvoy, estupendo una vez más en papeles de época─ arrastra al palco al vórtice emocional de una vida irrepetible, que bucea tras la leyenda de quien fue prácticamente santificado en vida por un pueblo rendido a las virtudes de un creador mastodóntico y comprometido.

Helen Mirren interpreta a condesa Sofia Andréyevna Tolstáya
La composición visual del director oscila entre la grandiosidad ─el apartado de la dirección artística es tan pasmoso como embriagador─ y los coqueteos con la intimidad de una cámara en mano cercana, palpable, un tanto irregular pero siempre apasionada. Armonizando el apartado técnico con un recital tremebundo de interpretaciones coronadas no ya por un inmenso Plummer, sino por una espectacular, perfecta, titánica Helen Mirren como la esposa del sabio, La última estación abre los ojos a un amor lastrado en el crepúsculo de la pareja central por la necesidad del control material de un legado patrimonial tan venerado como necesario desde un punto de vista ecuménico, familiar y social. Maravillosa y acongojante, la película atenaza y agarrota desde la quietud, desde los rostros engrandecidos que más allá de la pantalla subliman la figura de tan gigantesco autor para centrarse en lo impalpable que todo lo mueve. «Lo que sé, lo sé porque amo». Siete palabras que lo resumen todo.


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